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ACTUALIZADO 2011-05-25 AT 12:19:59
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
Estatuas de sal
2011-05-25 12:19:59


(Instrucciones para sobrevivir en México)



1.


Se suele repetir por estos rumbos la frase atribuida a Enrique Múgica, político que fungiera como Ministro de Justicia durante el gobierno de Felipe González, y más tarde, como Ombudsman del pueblo español, silla que ocupó los últimos diez años: "La añoranza es el camino previo a convertirse en estatua de sal". Con este enunciado, la intención de Múgica no era otra sino abogar por la reparación de los hechos ante la amenaza que él veía en la memoria histórica: una herramienta que pudiera ser utilizada por supuestos manipuladores con tal de generar discordia entre los españoles. Aquella no fue su única acción controvertida. El recurso interpuesto como iniciativa propia contra el Estatut de Catalunya, sus críticas hacia el diálogo abierto de Zapatero con ETA, su feroz lucha contra la Ley de Extranjería, y ese centrismo sospechoso, truncaron su carrera como aforista. La frase es efectiva y si se desea ver desde una óptica flexible, hasta positiva, pero a mí no me provoca ningún tipo de confianza, tal vez por la analogía utilizada, tal vez por el contexto.



ACTUALIZADO 2011-05-13 AT 20:49:55
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
El ocaso de nuestros enemigos
2011-05-13 20:49:55


I.

El discurso que Amos Oz pronunció durante la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007 comenzaba con un elogio del bovarismo: leer novelas quizá no vaya a cambiar el mundo, pero abre un pasadizo más secreto e íntimo entre los pueblos. "Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo. La capacidad de imaginar al prójimo no sólo te convierte en un hombre de negocios más exitoso y en un mejor amante, sino también en una persona más humana". Ésta idea es también la base de las famosas conferencias que dictó en Tubinga entre los años 2001 y 2002, y que más tarde serían compendiadas y editadas por Siruela, bajo el nombre de "Contra el fanatismo". Imaginar al otro. Vivir es ser otro, escribió Pessoa. Si uno es incapaz de ser otro, de traspasar los confines de la carne y transformarse en alguien más, entonces también está incapacitado para vivir. Acaso respirará. La literatura es un antídoto porque estimula la imaginación. Nos ofrece un espejo y una ventana en el mismo formato. Es una forma distinta de vida, más sutil si cabe. Esa podría ser la primera medida para dominar ese gen fanático que todos llevamos dentro. Y entender, de una buena vez, que el fanatismo no se reduce a "las manifestaciones obvias de fundamentalismo y fervor ciego". Es más próximo y familiar de lo que creemos. No parte del odio sino del optimismo por la conversión. Su principal arma es la capacidad de pasar inadvertido. ¿Cómo detectarlo cuando, en buena medida, el génesis del fanatismo parte de una supuesta superioridad moral que anula los motivos ajenos y se interpone entre los nexos?



ACTUALIZADO 2011-05-03 AT 12:18:56
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
Equipaje
2011-05-03 12:18:56


Cada vez que me encuentro en un aeropuerto, extenuado por el peso de mi equipaje y en el límite del agobio que suponen los contratiempos propios de un lugar en que los líquidos que superan los 100 ml. son considerados sospechosos, recuerdo aquello que suele repetir Guillermo Fadanelli sobre el tamaño de las maletas y la proporción directa con la imbecilidad de quien las carga. Si esto resulta cierto, y el número y tamaño de las valijas influye directamente en el grado de estupidez del viajero, me declaro un mentecato de extensiones mayúsculas. Cuando viajo no sólo acostumbro ir más cargado que el Pípila en noche de revuelta, sino que además, y para desgracia de mis acompañantes, soy propenso a endilgar todo objeto que no logre compactar en las dimensiones y peso que las aerolíneas exigen con tal de hacerse cargo del paquete con esas maneras solícitas y delicadas tan suyas, de las que ya hablaré en otro momento. Aún no he logrado descifrar en qué consiste la expansión espontánea de mi equipaje, como tampoco puedo explicarme la manera en que la gravedad suele jugarme trastadas no previstas a la hora de enfrentarme a la báscula del mostrador. El primero de mis dilemas puedo achacarlo a un problema de orden textil.



ACTUALIZADO 2011-04-19 AT 12:16:04
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
El triunfo de la calvicie
2011-04-19 12:16:04


A los siete años comenzó mi lucha abierta en contra del bienestar físico. No es que fuera un niño especialmente enfermizo, pero el ejercicio me repugnaba. Cualquier clase de actividad que interfiriera con mis maratónicas sesiones de dibujo o me alejara de esas novelitas de policías y ladrones que regían mis días era considerada mi enemiga natural. Más tarde, el gusano del futbol llegaría a mis intestinos, pero en aquel entonces  podía considerárseme parte del mobiliario de la casa materna: un sillón de bejuco diminuto que no hacía otra cosa sino estar ahí. En buena medida, mi aversión por el ejercicio se debía a aquellos suplicios propios de la escuela primaria y denominados –para efectos sumistas– clases de educación física. El recuerdo de una cincuentena de niños retorciéndose para beneplácito de un degenerado en pantalón corto aún me retuerce las tripas. Que el martirio se realizara por lo general a las siete de la mañana y tuviera lugar en un helado patio marista no hace sino oscurecerme la memoria. Sólo mediante el análisis concienzudo de los agentes de tránsito y la comparación entre patrones de conducta puedo intentar adivinar cómo es que un instrumento tan simple como un silbato hace creer a un pusilánime que posee cierta clase de autoridad. Por supuesto, tratar de explicárselo a los educadores físicos de antaño o a la policía (de ayer y hoy: son irreductibles) es una misión destinada al fracaso, a menos que se desee pasar la vida realizando flexiones de castigo o sacando coches del corralón.



ACTUALIZADO 2011-04-06 AT 13:08:00
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
Cinco meditaciones sobre Rocky Graziano
2011-04-06 13:08:00


1.



La recta final en la vida de Rocco Barbella resulta atípica si se compara con los terribles ocasos que el boxeo profesional acaudala en sus galpones. El panteón de los boxeadores malogrados es pródigo y nutrido: el mismo acto de boxear conlleva ya la fatalidad premonitoria, como si al ajustarse una y otra vez los guantes se estuviese azuzando la bala imaginaria en el oscuro tambor de un revolver. No se sabe cuándo, pero hay un pedazo de muerte alojado en la recámara, esperando para salir: sobre un ring siempre danzan cuatro. La campana indica el inicio de otra guerra de tres minutos que parecen diez años, y una vez más se pone todo en juego, la serenidad del cráneo, la estabilidad emocional, la posibilidad de conservar la vida tal y como se conoce. Basta recordar los tristes casos de Edwin Valero o el de la esposa de Bobby Chacón para advertir que el boxeo se parece tanto a la ruleta rusa, que en ocasiones la presión puede salir disparada hacia un costado o cargarse al mundo entero. Así, Barbella confiaba su vida a aquel puño derecho que rara vez dejaba lugar a las papeletas, una vida que encontró la salvación sólo después de convertirlo en lo que más odiaba: un boxeador.






2.

¿Cómo es posible explicar el fenómeno de Rocky Graziano? Rocco Barbella, ese macarroni ladrón y peleonero estaba destinado a la silla eléctrica, a morir desangrado en la esquina de la Segunda y Bowery, a pudrirse en la cárcel y ahorcarse en su celda un domingo sin visitas, o más tarde, cuando comenzó a frecuentar las peleas de club, a quedar sonado, incapaz de recubrir los cables que mantenían funcionando su cabeza. Todos los miembros de su vieja pandilla del East Side, con la que perpetró los más diversos crímenes, tuvieron un desenlace funesto: el que no cumplió condena perpetua fue abatido a tiros por los gángsters o puesto a dormir con los peces del Hudson. Sus contrincantes en el cuadrilátero no tuvieron mejor suerte. Al "Bummy" Davis, el "Terror de Brownsville", un judío de pegada sobrenatural al que Graziano puso fuera de circulación una noche del 45, fue asesinado de cuatro impactos de bala en el pecho. Los efluvios del alcohol lo hicieron pensar que aún podía enseñarle una o dos buenas combinaciones a unos atracadores que intentaron hacer lo propio en un bar donde solía beber whisky buena parte de los días. El cadáver de Jerry Fiorello, un tipo duro que no había besado la lona hasta que conoció a Graziano, fue encontrado una noche del 47 en un apartamento de Red Hook junto al de su amante, una joven de diecinueve con la que había establecido un pacto de suicidio. Harold Green, quien libró tres combates con Rocky, y en el tercero –el definitivo– alegó dejarse caer por presión de la mafia, vivió de la caridad durante una larga temporada antes de morir consumido por la diabetes. Marty Servo jamás volvió a respirar por las dos aletas de la nariz. Freddy "Red" Cochrane perdió la razón en la guerra. Tony Zale, "El Hombre de Acero", cuyo nombre será siempre ligado al de Graziano, como el de Tunney lo estará al de Dempsey, o el de Frazier al de Ali, nunca recuperó la vista del todo luego del tercer combate que libraron. ¿Qué tenía de especial aquel hombre que nunca aprendió a utilizar la izquierda y que prefería desvalijar autos antes que entrenarse en condiciones? ¿Cómo logró rebelarse ante esa fatal marca de nacimiento?




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