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ACTUALIZADO 2011-03-22 AT 13:03:43
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
La eterna caída
2011-03-22 13:03:43


Recibí hace unas semanas el correo de un querido amigo donde me informa, de manera sucinta, el accidente fatal que sufrió una persona cercana a él. La carta termina con la siguiente afirmación: "A los mejores borrachos no los mata el alcohol, sino las caídas". Llevo en ello desde entonces. Todos los muertos, los lejanos y los nuestros están cubiertos por la misma tierra. Pienso en el acto de caer: un bulto descompuesto, un saco de huesos, una colección de cartílagos y sangre contrayéndose en una posición imposible, eterna. Un cuerpo que azota contra el suelo y nunca más vuelve a conocer el movimiento. Pienso en El libro de las caídas de Andrés Barba y Pablo Angulo. Quizá fui yo, pero en todos esos dibujos de gente triste tirándose por un desfiladero sólo pude ver borrachos a punto de quebrarse. Hombres, mujeres, niños y perros, conducidos por una ebriedad anómala, lemmings urgidos por la sangre, acercándose a su desenlace a toda velocidad. Ahí suspendidos en el aire, en la soledad de la página en blanco, ajenos a cualquier pensamiento o palabra que cualquiera pudiera dedicarles. No deja de parecerme inquietante que ninguna de esas caídas tenga fin. No hay uno solo de los dibujos de Pablo en que se considere el impacto, ni pista alguna que nos permita suponer la distancia que separa la superficie de lanzamiento del área de aterrizaje. Están a la intemperie, sin poder calcular el tiempo que tardarán en volverse puré. Quizá se desmoronen sobre un almohadón o dentro de un estuario, quién sabe, pero todos se dirigen voluntariamente hacia su propio barranco. La mayoría de esas espaldas torvas dibujadas por Angulo no hallarán descanso jamás, estoy seguro. ¿En qué pensarán mientras caen? ¿Verán una retrospectiva de sus vidas en sucesión de diapositivas o simplemente sentirán cómo el frío atroz se apodera de ellos? ¿Podrá alguien aburrirse de caer sin colisionar contra el mundo? Solemos pensar en el impacto como la cumbre de una caída, evitamos prolongar la pausa e ignoramos el auténtico acto de derrumbarse sin encontrar sosiego. Dice el lugar común que para levantarse es necesario caer. Yo discrepo. Son ineludibles, cuando menos, el piso y el dolor, pero la tregua aérea es otra cosa, un proceso que no puede ser reducido a una simplona receta de superación personal. La caída eterna es ésa de la que nadie puede levantarse porque no tiene desenlace y su origen es anterior a la muerte, a pesar de su aparente intimidad. ¿Es caer una hermosa manera de morir? No existen cadáveres hermosos, se mire por donde se mire, pero no puedo pensar en desaparición más triste que la de ser carcomido por los efluvios que alguna vez inyectaron alegría y vitalidad a un cuerpo humano. Yo también, cuando llegue el momento, preferiré caer antes de ser reducido por un hígado caníbal. No pienso criar una flor carnívora que fagocite el cuerpo que la aloja. Lo que sí queda claro es que esos descensos tienen sólo importancia épica para el bebedor. Li Po, por ejemplo, ¿murió abrazando el reflejo de la luna o ahogado en el Yangtsé, harto de vino de arroz? La catarata del poeta chino no tuvo inicio ni fin en el tropezón que lo derribó de su barca. Tenía su origen en un lugar tan íntimo que parece remoto, y es imposible saber hasta donde llegará. Sacrificó todo por el vino, pues sabía que era lo único que podía hacerlo olvidar el inminente ocaso. Cantaba Li Po:



"No mires el agua del río Amarillo: se precipita hacia el mar para no regresar. No mires tus tristes cabellos blancos en el espejo: por la mañana son de seda negra y por la noche de nieve (...) Bebamos trescientas copas y diré a mi hijo que cambie mi caballo tordo y mi abrigo de piel por un buen vino."



ACTUALIZADO 2011-03-13 AT 13:05:43
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
Contra la necedad de los espectaculares
2011-03-13 13:05:43




I.


Me enteré por Twitter, vía Mónica Nepote (@neponita), sobre el último acierto publicitario de los creativos que llevan la cuenta de Librerías Gandhi. Junto a un conocido hotel ubicado en la Av. Revolución de la ciudad de México se ubica una de las trincheras más recurridas de estos prodigios de la entelequia. Esta vez dieron en la diana con un espectacular que "ironiza" sobre la situación por la que atraviesa el país: "Si la letra con sangre entra, el país ha de estar leyendo mucho". Obviemos el prescindible gerundio: la jugada resulta poco ingeniosa, pero no es algo que me sorprenda, ni mucho menos escandalice. Y es que este anuncio no debería escandalizar a nadie. Tendríamos que estar ya acostumbrados a contemplar carteles atestados de frases pedestres y humorismo de ocasión con los que nuestros amigos publicistas de Gandhi pretenden, desde hace años, hacer pasar la venta de libros pura y dura por una perspicaz campaña de fomento a la lectura. ¿Es oportunista valerse de un contexto tan delicado para causar impacto? Totalmente, como buena parte de sus campañas, sólo que en esta ocasión tiraron del hilo equivocado, no porque sean la violencia y la sangre temas tabú, sino por esa súbita vocación de paladines que pretenden echarnos en cara con tal de que compremos nuestros libros en su establecimiento. Las reacciones han sido desaforadas, lo cual, en ese estrecho panorama de éxitos y asignaturas aprobadas que da norte a sus maniobras, debe tenerlos contentos. Incluso esta columna podría ser tomada como justo premio a la capacidad de provocar para alguien que se rija por códigos tan primarios y sea incapaz de distinguir el tocino de la velocidad. No hay, sin embargo, mérito alguno en escandalizar a un cuerpo desahuciado: basta con mostrarle un espejo y esperar a que se reconozca. Hasta ahí todo bien. Lo verdaderamente preocupante es que haya quien sostenga que este tipo de acciones son temerarias y confrontan tal o cual accionar político. Seamos francos: el objetivo de esta campaña no es provocar una reflexión, ni siquiera hacer que la gente lea. No busca "la complicidad de los lectores más conscientes y críticos" porque sería ingenuo pensar que el foro para llevar a cabo este análisis se encuentra en un cartel publicitario. Tampoco "habla de la violencia o la aborda desde otro espacio", sino más bien lucra con ella. Ambiciona vender, sin adjetivos. Arranca de una realidad desafortunada para vender un producto, en este caso, libros. Son vendedores astutos, pero de ahí a que se les considere campeones de la libertad, agitadores culturales o críticos agudos de las políticas de estado, hay una distancia enorme. Hay quien incluso llegó a utilizar el término "brillante" para referirse al anuncio; seguramente, uno de sus compradores de libros, que no lectores. Habría que llevar a cabo una distinción marcada sobre lo que ellos mismos opinan de sus cruzadas ("Parte de la personalidad de nuestra marca siempre ha sido ser un observador social [sic] que le preocupa y comenta lo que sucede en nuestro país" vía @LibreriasGandhi) y lo que el resto de la población pensamos de ellas, para evitar que se siga confundiendo la inopia con valentía.

II.

Escribió en su cuenta @neponita: "Si Hannah Arendt viera la campaña de Libr. Gandhi volvería a escribir la Banalidad del mal (…)". La referencia bibliográfica es acertada: el argumento sobre el mal menor y sus promotores puede dar cuenta de la gravedad en las acciones de nuestros valerosos creativos. Arendt, quien durante la posguerra vaticinó erróneamente que el problema del mal –para ser más exactos, su significado y lugar dentro de las actividades de la mente– se convertiría en la cuestión fundamental de la vida intelectual europea, escribió Eichmann en Jerusalén luego de asistir al juicio de Adolf Eichmann, encontrado responsable por la ejecución de la solución final. No fueron pocas las críticas que Arendt recibió tras la publicación de su libro, coincidiendo entre las más feroces las escritas por Hans Jonas y Gershom Scholen. Con este último llevó a cabo un intercambio epistolar en el que el teólogo israelí decía encontrarse sorprendido por el cambio repentino que había sufrido su "elocuente y erudito" comentario del mal radical desde la publicación de Los orígenes del totalitarismo (1951), hasta convertirlo en "ese eslogan llamado banalidad del mal" (1963). Hannah Arendt defendió su postura alegando que el mal nunca puede ser radical sino únicamente extremo, y que no posee profundidad ni dimensión demoníaca alguna. Es peligroso como un hongo porque comienza invadiendo las superficies, no las raíces. No es que Arendt pretendiera excusar la matanza ni validar el débil argumento de "las órdenes superiores", pero al igual que sucede con el moho, la maldad no necesita una inteligencia superior para desperdigarse, sino simplemente seguir un parámetro, guiarse dentro de un mundo pautado y cumplir preceptos. Muchos se sintieron ofendidos: un hombre como Eichmann, partícipe a lo Pilatos de la conferencia de Wannsee y actor en la mayor tragedia del siglo tenía que ser movido por una perversidad sin parangón. La realidad, sin embargo, era ligeramente distinta. Durante el juicio, Eichmann afirmó en varias ocasiones no ser un antisemita fanático y resultó ser menos "brillante" de lo que se creía, a pesar de haber aprendido hebreo y decirse lector de Kant (Arendt hace hincapié en que malentendió sus conceptos y que, si acaso, da "una definición aproximada del imperativo categórico"; mientras que en su libro El sueño de Eichmann, Michel Onfray se deshace en argumentos, unos más convincentes que otros, para alejar la sombra del genocida de su adorado Nietszche y encausarlo en la virtud kantiana). La banalidad del mal no atenúa este motor: lo vuelve, precisamente por no existir deliberación del sujeto que lo comete, más siniestro.

III.

Quienes tengan una visión oscurantista del mal, o sea, los moralistas estrictos, dirán que esto es una exageración. Mal es una palabra que suena rimbombante y suele ir ligada a un inminente juicio de valor. ¿Qué tanta maldad puede haber en una simple transacción publicitaria? Atención: el crimen puede prescindir del propósito sin desaparecer del todo. En El idiota moral, Norbert Bilbeny propone que además de la apatía moral, "el mal de nuestro tiempo tiene su móvil fundamental en una conducta que no aparece, por lo demás, en la relación con otros males: la necedad". Por supuesto, pelear contra la necedad es conjurarse contra el mundo entero, vivir en un estado permanente de alerta. El necio ignora y silencia, y quizá ahí se encuentre su principal defecto. Es indiferente porque es inmune al ruido, sordo por omisión y sin embargo, dice pensar siempre, salvo en donde resulta obvio que no lo hace: en las situaciones límite, las de inminente acción, donde pensar adquiere el valor que en otra circunstancia le correspondería al hacer. "El necio deja de creer en los hechos e incluso los critica; se siente satisfecho de sí mismo, y si se le irrita pasa al ataque" dice Bilbeny. En efecto, hay que cuidarse de los necios: se manifiestan en espectaculares.

twitter.com/felinabar


tragiques@gmail.com



ACTUALIZADO 2011-03-04 AT 12:56:01
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
Matemáticas de barra
2011-03-04 12:56:01


I.

Hay sólo una clase de borrachos que me son inaguantables. Para llegar a una aseveración de tal magnitud hay que volverse laxo y dejar a un lado eminencias alcohólicas capaces de incurrir en los más singulares estropicios, especie de la cual se compone buena parte de mis amistades, e incluso, uno que otro miembro de mi familia. Hay quienes, en un pacto de intimidad respetabilísimo, deciden beber a solas y en privado, ahorrándole al resto de la sociedad la murga de soportarlos en estados inconvenientes. Lamentablemente no tengo la templanza para pertenecer al equilibrio monástico por periodos extensos. Como cualquier bebedor habitual que además ha decidido hacer público su hábito, es decir, que frecuenta cantinas, tabernas, bares y tugurios varios, uno se expone a cualquier número de factores discordantes: alcohol adulterado, meseros mañosos y, sobre todo, contertulios necios. El infierno no son los otros, sino la borrachera de los otros.

II.

El código es simple, casi juarista. Hay que recordar que cada borrachera, con sus alzas y bajas, le corresponde únicamente a quien la conjura, y que bajo ninguna circunstancia estamos obligados a soportar a borrachos cretinos: la ruindad se manifiesta, no por alcohol sino a pesar de él. El licor es tan sereno y diáfano que en sus enérgicas aguas distingue al hombre cabal y señala al insolente. Con todo, soy capaz de sobrellevar cualquier incidencia mientras tenga un trago a mano, porque yo mismo he sido víctima y comparsa de cuantos achaques señalo. Desde mi mesa han lanzado botellas y nos las han devuelto en forma de sillas, he esperado durante horas, hinchado y amoratado, dentro y fuera de separos, hospitales y balcones; he cantado, he vomitado y han brotado de esta misma boca los peores ladridos. Por culpa de borrachos irresponsables me he visto envuelto en pleitos con taxistas, policías, narcomenudistas y hasta enterradores. En una ocasión, incluso me vi forzado a ser parte de un montaje de secuestro ciertamente ridículo. Si enumero todo esto, no es con ánimos de confesión, ni de ninguna manera pretendo ufanarme por las estupideces perpetradas; sólo quiero que conste que todas éstas me parecen incidencias pintorescas al lado del tipo de borracho del que quiero escribir, pues no existe peor compañero de barra que el que a mitad de un convite hace números y llega a la conclusión de cuántos (coloque aquí el artículo de su preferencia, aunque se suele hablar en términos de automóviles; o en caso de largas y laureadas trayectorias, de casas o departamentos) pudo haberse comprado si no hubiera decidido dilapidar su hipotética fortuna en tragos.



ACTUALIZADO 2011-02-17 AT 13:49:24
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
Contra la motivación
2011-02-17 13:49:24


Hace no mucho me encontré por la calle con una vieja conocida. La conversación -que bien pudo haber transitado por los distintos tópicos que balbucean dos perfectos desconocidos- tomó de inmediato el rumbo unidireccional de la maternidad y sus amenidades. De vez en cuando nos cruzamos con personajes -aparentemente desterrados del pensamiento- que parecen haber sido extraídos de una vida ajena y anterior. El hecho en sí es lo suficientemente violento como para extenderlo más allá de un par de preguntas y respuestas de cortesía; ya no digamos para aderezarlo con esa compulsión por sintetizar los relatos en clave de eructos y papillas. Yo, que no tengo hijos y por el momento no pretendo reproducirme, la escuché con la justa cortesía que le pondría un auditorio compuesto por abstemios a un borracho que narra sus lances. La efusividad de algunos nuevos padres no tiene límites: no contentos con hacer partícipes de su monomanía a otros tantos en idéntica situación (lo cual es comprensible), se sienten obligados a relatar con lujo de detalles -casi siempre relacionados con humores y secreciones- sucesos que en nada competen a quienes hemos elegido la plausible vía de dormir ocho horas del tirón y sin interrupciones.


Mi vieja conocida me embutió -a la mitad de un eje vial y en menos de cinco minutos- los pormenores de su nueva vida dedicada a la crianza y manutención de tres querubines; uno con apenas un año, otro rozando los cuatro y el mayor, de siete. Tuvo tiempo incluso de platicarme sobre su espléndida relación con el pediatra, las diferencias básicas entre las distintas marcas de leche deslactosada y el reto que significaba la correcta educación de su prole. Su marido, también me enteré, era el exitoso gerente de recursos humanos en una multinacional y había cursado una especialidad en motivación y productividad en una universidad extranjera. Tales credenciales conseguían que mi vieja conocida asegurara (seguramente porque lo había escuchado hasta el cansancio de la boca de su esposo) que la motivación y los incentivos son pilares fundamentales en la formación de buenos estudiantes que más tarde se convertirán en empeñosos trabajadores y honestos ciudadanos. Se despidió de mí con un beso, un abrazo y una sentencia: “la incentivación es una de las claves del éxito escolar y del matrimonio, recuérdalo para cuando te decidas a sentar cabeza”.




ACTUALIZADO 2011-02-10 AT 12:29:10
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
Culpen a los borrachos
2011-02-10 12:29:10


La resaca del “caso” Aristegui ha tenido idénticos efectos en mí que las etílicas. Los síntomas son bien conocidos: boca desértica, estómago en llamas, seso machacado y la gravada depresión del que luego de participar de una bacanal, se queda completamente solo, conversando con sus fantasmas. Esta cruda, sin embargo, no es la lógica recompensa de la efusividad, ni sirve como remanso para continuar la borrachera; es un estado de parálisis sin más. Un atolladero.

Los acontecimientos han servido, como siempre, para destapar el tarro de las vergüenzas y transformar asuntos gravísimos (como lo es la censura, en caso de que la instrucción o sugerencia del cese de Carmen Aristegui —información que desconocemos— haya venido desde presidencia) en ramplonas quemas públicas. Me entristece la facilidad con la que el ímpetu se esmera en crear héroes y villanos. Bien parece que lo único que el ciudadano busca es aliarse a un bando que le asegure la comodidad de conservar una posición ideológica sin tener que mojarse o comprometerse del todo. El escritor y filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila lo bordó en uno de sus escolios: “Las ideologías se inventaron para que pueda opinar el que no piensa”. Y como hay ciertos temas en los que el mexicano tiene que esgrimir su opinión y no tolera que lo pillen desprevenido, se adhiere de inmediato a la sentencia más atrayente y la toma como suya, defendiendo sus ideas, no hasta la muerte, sino, tal vez, hasta la hora del almuerzo. Ese entusiasmo, al caer la tarde no pasa por otra cosa sino por oportunismo, y luego, deviene en hipocresía. No me parece un acto valiente vomitar lo primero que se nos ocurra o repetir sin cuestionar lo que todos redundan. En cambio, para callar sí que se necesita ímpetu.



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