Sábado 1 de noviembre de 2014 
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ACTUALIZADO 2011-02-03 AT 15:34:16
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
Héroes de ficción
2011-02-03 15:34:16


Me refiero ahora a esa manía de volvernos posesivos pero convenientemente lacónicos con nuestras aflicciones como país.


Hace unas semanas capturaron a José Jorge Balderas Garza, “El JJ”, un narcotraficante que saltó a la infamia luego de disparar contra Salvador Cabañas en el baño de una discoteca. Es probable que, de haberse aguantado las ganas de alojarle un fierrazo a Cabañas en la cabeza, el JJ siguiera en libertad ordeñando su “próspero” negocio. Las autoridades federales lo encontraron en un caserón al noroeste de la Ciudad de México acompañado de sus escoltas, su pareja en turno –la colombiana Juliana Sossa–, varios paquetes de cocaína y pasta base, y armas largas y subametralladoras. El personaje que las cámaras nos han mostrado es un tipo fornido, atestado de anabólicos, relamido y que curiosamente, comparte guardarropa con “La Barbie”, la penúltima medalla colocada sobre el blasón de una guerra cuyos medios y efectos aún permanecen dislocados de la razón. Estos datos no son gratuitos. Tras la detención de ambos las ventas de las camisas Ralph Lauren con las que aparecieron retratados dispararon sus ventas, por lo menos en la división apócrifa del mercado. Ni siquiera la intervención de jugadores argentinos de polo consiguió dulcificar la imagen de este par de narcomodelos que se redundó hasta el cansancio en periódicos y noticieros. El resultado de este narcoglamour extendido es palpable en los procesos sociales y estéticos inmediatos, pero su estela viene de lejos. Hoy en los portales de compras por Internet se ofertan camisas idénticas a las de los malandros como se haría con productos de futbolistas o divas del cine. No es difícil encontrarse con anuncios como “Ya hay de la del JJ” o “Pásele por su camisa original de La Barbie”. El crimen paga. El mismo “JJ” aseguró que sus ventas subieron “de un 60 a un 80%” luego del incidente con Cabañas, como si la violencia tuviera un dividendo real fuera de ese pacto ficticio al que rinden pleitesía los medios. “Todos querían tratar con el JJ” dice de sí mismo y en tercera persona el bruto, contribuyendo así a encarecer la idea de que lo primitivo y violento puede sufragar otra cosa que estragos y fisuras en una civilización. Esto, por supuesto, sucede luego de una segunda o tercera lectura: lo que vemos en pantalla no es a los integrantes de un cártel de narcotráfico sino a unos millonarios que visten “bien”, se pasean en autos de lujo y “poseen” a las mujeres “más bellas”.  Son “triunfadores”, elementos que han logrado sacudirse la miseria. Gente que viene “de abajo”. Ninguno de los dos nuevos modelos de Polo nació millonario: ambos crecieron en ambientes adversos. Y ahora mírenlos bien, detenidos pero a la moda. Seguramente poseen más de un celular para seguir atendiendo las necesidades que una vida cara –como la que se vive en prisión– requiere satisfacer. Son productos y consumidores, idénticos a  los chicos que compran esas camisetas piratas para parecerse a sus ídolos. Son rebaba de las expectativas que ofrece nuestro modelo económico y una cultura cimentada en la violencia.



ACTUALIZADO 2011-01-27 AT 11:39:17
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
La dieta de la lectura
2011-01-27 11:39:17


¿Se podría recordar un momento tan dislocado entre el lector y el libro como el que atravesamos? Quien desee tomar esta declaración como una porfía cuantitativa, que lo haga, a riesgo de subirse al tren en sentido contrario. No son tiempos de lectura, definitivamente, y quien quiera convencerse de que la sequía se debe a la ardua competencia por satisfacer el entretenimiento masivo, peca de altivo. Si bien la lectura exige silencio y precisamente el silencio es un bien dorado (tan peligroso como el ajetreo del bombardeo mediático, cabe señalar) en una actualidad sobreinformada, la raíz del accidente podría tener implicaciones carnales. El incendio es más profundo y su origen, doméstico. Existen ahí, en paralelo, barreras más abruptas que trataré en otra ocasión con mayor pertinencia: la arrogancia del escritor, la jerarquización de la literatura, su desuso como discurso público y el optimismo cándido del autor transformado en la soberbia del comerciante. Pero ¿cómo se apaga el fuego amigo, ése que tan bien se propaga entre los mismos amantes de los libros?


El libro no solamente tiene como enemigos naturales a la humedad, al fuego y a la indolencia, sino, paradójicamente, también se enfrenta a los que se han empeñado en promoverle, porque los lectores, con los propios tabúes y las trabas ideológicas-literarias a cuestas (del tipo letraherido les llama Constantino Bértolo), no han conseguido otra cosa sino estigmatizarlo, transformándolo en un artículo sospechoso. Incluso, sobrellevados por esa voracidad gregaria que caracteriza a los lectores predicadores, nos sorprendemos de que libros considerados como obligatorios en nuestra formación humana, libros que al fin y al cabo son privilegio de unos pocos, no alcancen las alturas que la industria les ha quedado a deber. Esto, por supuesto, no tiene que ver con la literatura, aunque la costumbre relacione la permanencia de una obra con sus ventas de manera casi inmediata. Para mí, por ejemplo, la manera más sencilla de librarse de la sombra de un libro no leído es cuando varios conocidos lo recomiendan. Suelen hacerlo además en temporadas afines y con maneras encarecidas. Estoy harto de los libros que cambian vidas como si de ungüentos milagrosos se trataran. Es un ejemplo aislado y caricaturizado de los diagnósticos que proyectamos, pero bien cierto: los lectores somos víctimas de esa petulancia que nos encanta blandir disimuladamente. La persona que lee cree pertenecer a una estirpe tan exclusiva, que automáticamente se suma en la pasividad y espera atenciones y mimos como si de un consorte real se tratara. En su más reciente libro de ensayos, El último lector, Ricardo Piglia sugiere que en la novela moderna existen dos grandes mitos sobre esta controvertida figura: el hombre que se aliena de la sociedad y encuentra en una isla desierta el contexto perfecto para dedicarse a la lectura; y el anverso, el que sobrevive en la clandestinidad, sumergido en un mundo donde los libros han sido prohibidos. ¿Acaso no hay un margen amplísimo entre ser Robinson Crusoe y Guy Montag? Espero que sí, porque de lo contrario la situación tiene pinta de intratable. Si se han abatido poco a poco las barreras entre el escritor y el lector ¿por qué no intentar hacer algo similar con las que se erigen entre el lector y el Lector?



ACTUALIZADO 2011-01-21 AT 11:58:12
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
La luz de Córdoba
2011-01-21 11:58:12


No se equivocó Séneca El Joven al afirmar que la luz de Córdoba en invierno agudiza los sentidos. Es verdad, dota a la mirada de una precisión casi divina. Bajo los últimos rayos dorados de la tarde se pueden percibir con detalle las formas: la profundidad de las tejas superpuestas unas con otras se vuelve tangible por medio del ojo y la respiración, el blanco de los edificios y las casas típicas andaluzas también gana en cuerpo, deja de ser un color límpido sin más, y a la distancia, parecen advertirse con facilidad las rugosidades, los relieves. Hasta un autor de enérgicas convicciones antiouclares como Martin Jay, tendría que otorgar cierta razón a que en este caso, es la vista la que conduce al resto de los sentidos -sin inhibirlos- en el tránsito de los objetos. Y el sentido aliado a la luz dota al intento de captarla de cierto gozo indescriptible.

Bajo esta claridad puntual de la tarde cordobesa, los esfuerzos del hombre me parecen más nobles, menos gratuitos. La ciudad desenvuelve sus capas al atardecer. Esto se debe quizá a que en algunos pasajes, los más intrincados y recónditos (Córdoba posee un exceso de estas callejuelas), la noche llega de golpe y sus trazos parecen venas oscurecidas, hendeduras notorias en el conjunto refulgente que se admira desde el otro lado del Puente Romano. El reparto de esta virtud es generoso con toda la ciudad y no sólo atañe, por ejemplo, a La Mezquita. Podría pensarse que con tamaña obra arquitectónica, los haces de luz se concentran sólo en sus cúpulas califales, celosos de su propia materia, de esparcirla con rumbo indefinido. Pero no, incluso los más discretos resquicios de Córdoba participan del misterio del crepúsculo. Parecen prestarse unos a otros los reflejos del sol agonizante. Esta luz invernal tiene además la característica de carecer de toda intención térmica, no es portadora de calor, ni reblandece los cuerpos con su estela: su existencia tiene por cometido intensificar la posición del hombre y hacer más nítida la experiencia de habitar el mundo.



ACTUALIZADO 2011-01-14 AT 10:49:32
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
La fiesta se desbrava*
2011-01-14 10:49:32


Hace apenas unos días, en los albores del año, Radio y Televisión Española emitió un comunicado donde, a grandes rasgos, informaba que cesarían las transmisiones de las corridas de toros por ser consideradas violentas y coincidir con el horario de especial protección para la infancia. Algo así dice el punto 5.9 del nuevo manual de estilo de RTVE, en el que también se vetan escenas de caza o de matanza explícita, aún con fines alimentarios. Estas franjas reforzadas para salvaguardar la inocencia de la muchachada (y enjaretarles en cambio escenas con edulcorantes Disney, diría David Gistau) comienzan a las cinco de la tarde, que es, como señala el poema de García Lorca, la hora en que tradicionalmente dan inicio los festejos taurinos en toda España. A solo seis meses de la prohibición de corridas de toros en Cataluña, la supuesta herida mortífera continúa supurante. El 28 de julio del año pasado, el Parlament abolió las corridas de toros, que a partir del 2012 dejarán de celebrarse en territorio catalán. Ésa es sólo la punta del iceberg. No nos confundamos: ésta ha sido la verdadera puntilla mediática a una fiesta que muestra ya desde hace tiempo síntomas crepusculares, probablemente irreversibles.



Supe de la noticia hojeando el periódico el viernes pasado, mientras me tomaba un cortado en la Plaza de la Corredera, en Córdoba. Esa misma mañana un grupo de antitaurinos entró por el arco alto de la única plaza mayor cuadrada de Andalucía en un ceremonioso amago de manifestación: era apenas un puñado de quinceañeros armados con un altavoz y seguidos por tres perros que acompañaban con sus aullidos las proclamas y consignas de los desangelados manifestantes. He de admitir que una ternura trémula se apoderó de mí: no debe haber peor lugar en el mundo para declararse antitaurino que Córdoba, ciudad pródiga en califas del toreo y aficionados enterados. No debe existir tierra más dura para declararse disidente con la llamada fiesta nacional y reconocerse distinto al resto del redil, salvo quizá Sevilla, con su feria y su Maestranza, que queda a hora y media en coche. Los antitaurinos no me son del todo extraños; la mayoría de mis amigos, o bien no da un duro por lo que acontezca en el panorama taurófilo –como yo mismo –o son encarnizados defensores de los derechos animales. Y allí estaba la delegación cordobesa, un domingo cualquiera por la mañana, gritándole a las palomas y a tres resacosos más que manteníamos sumisos la cara en nuestras tazas humeantes. A sus homólogos mexicanos, muchos más rabiosos y virulentos, los conozco bien. He sido testigo de sus movilizaciones, los he visto arremolinarse alrededor de la Plaza México cada cinco de febrero (el término villamelón aplica igualmente a partidarios que a detractores) y enzarzarse a vituperios con cuanto aficionado a los toros tengan a mano. Los he visto salpicar de pintura roja, rayar automóviles, pegar calcomanías, vandalizar la vía pública. Me han gritado: ¡Asesino! Sus contrapartes tampoco me provocan simpatía alguna: señoronas estiradas y juniors prepotentes que utilizan insultos clasistas y ceden a cualquier provocación para batirse a golpes. Jet set venido a menos y disfrazado de conocedores que se aposentan en sus barreras de sombra para dejarse ver y ser fotografiados, para emborracharse y que el mundo pueda dar testimonio de sus gustos sibaritas y costosos. Sí, en ambas facciones existen personas sensibles dispuestas a argumentar sus puntos de vista de manera ordenada y con respeto, pero es precisamente esa clase de gente la que no se entromete en grescas fanáticas ni busca subyugar al otro mediante actos simplistas.



ACTUALIZADO 2011-01-04 AT 12:53:03
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
Exorcismos
2011-01-04 12:53:03


El otro día recibí la llamada de un querido amigo que desde hace un par de años vive fuera de México. Luego de intercambiar los reglamentarios saludos, preguntar por los quehaceres de las amistades en común y quejarnos de lo que se quejan dos paisanos en el exilio voluntario, la conversación llegó al apartado, inevitable cómo no, de las relaciones amorosas. Después de secarle el seso con mis tribulaciones, mi amigo confesó estar inquieto por su situación conyugal. Me contó con preocupación que su novia, una escritora estadounidense que desde hace tres años llevaba trabajando una novela de ficción histórica sobre la Primera Guerra Mundial, había por fin colocado el punto final a su proyecto. No pude sino alegrarme por ambos; una tiene su mérito por haber concluido un mamotreto a todas luces ilegible (confieso que toda primera novela que supere la barrera de las doscientas cuartillas me parece sospechosa), el otro, por haberla soportado durante ese lapso siniestro. 
Cualquiera que haya compartido techo con una persona que se dedica a escribir libros (o que lo intenta, al menos) sabrá a lo que me refiero: los agradecimientos inaugurales nunca son en balde, porque llevar una vida más o menos ordenada y libre de conflictos se convierte en una auténtica prueba de resistencia síquica cuando los tiempos son establecidos por el traidor procesador de textos. Haciendo gala de una prudencia casi nunca presente en mí, tuve a bien ahorrarme advertencias escandalosas sobre la fase de corrección, por demás frustrante e ingrata: nunca la vida en pareja de un escritor se tambalea más que cuando tiene que dar de baja sus parrafadas y remendar la rebaba de su prosa. A pesar de eso, no entendí cuál era el problema de mi amigo: la gesta estaba completada, al fin podría gozar de nuevo de sus horas de alcoba con la consabida satisfacción que otorga el saber terminadas las labores. Entonces, preguntó si nunca me había sucedido que, mientras trabajaba en un libro, me apoderara de la naturaleza de mis personajes, o mejor dicho, si por casualidad alguno de mis personajes se me había enquistado en el carácter de manera permanente. Si podía desprenderme de su cutícula cada noche luego de apagar la computadora, si no me acompañaba hasta la cama y velaba mi sueño, o peor aún, intervenía en él. Recordé la máxima carveriana:



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