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ACTUALIZADO 2011-08-19 AT 19:16:35
Cabeza de borrador
Pável Granados
ESCRITOR
Agustín Lara y el humo verde
2011-08-19 19:16:35




Agustín Lara toma un cigarro y se enciende nuevamente el mito que hace brotar su inspiración de la marihuana. Se dice que un reportero le preguntó si efectivamente era su musa. Lara entonces tomó un cigarro de marihuana, lo encendió, se lo extendió a su interlocutor y le dijo, una vez que éste había fumado: "Ahora componga algo". No sé la fuente de esta anécdota, y tampoco reconozco al Agustín tan abierto a hablar de este tema –secreto desde su juventud. Sus amigos, los periodistas experimentados no necesitaban preguntarle nada acerca de sus fuentes de inspiración. Y suena extraño que sin rodeos, el pianista terminara de pronto el mito que tanto tiempo le costó formar. Ninguna de sus esposas se enteraron de esta afición, y sus amigos han sido discretos al respecto; ni Renato Leduc, tan pronto a develar secretos de sus contemporáneos, hace hincapié en esta faceta de Lara.

Si fumó marihuana toda la vida, no lo sé de cierto. Algo se puede adivinar en los vestigios arqueológicos de las farras diarias del Músico Poeta, pues nadie vive de sus años de juventud, cuando –antes de ser un pianista medianamente conocido– vagaba por las calles del Centro de la ciudad; por la calle de Héroes, en la colonia Guerrero, en donde estaban las mejores casas de citas de la ciudad; o por Cuauhtemotzín (hoy Eje Fray Servando) en donde había prostíbulos menos lujosos, a veces regenteados por travestis o viudas de revolucionarios que habían perdido la vida en alguna batalla. A Agustín le tocó ver un general que volvió a su casa para encontrar a su antigua esposa convertida en la dueña de una de esas casas –homicidio incluido.

Uno de los trabajos con más futuro para los músicos sin futuro era trabajar en esas casas. Lara tomaba hasta perder el conocimiento y tocaba danzones, foxtróts y tangos. Los pianistas de entonces, alma de las casas de citas, eran contratados por noche. A veces, tenían problemas con sus patrones por lo que se quedaban sin trabajo; ese problema se resolvía gracias a un pacto entre los músicos: el pianista desempleado iba a buscar a uno de sus amigos para intercambiar su empleo. Uno de esos pianistas era Manuel Sereijo, pero el músico más importante para la vida de Agustín fue Rodolfo Rangel el Garbanzo. "Ése me enseñó a andar en la vida”, le confesó el Flaco de Oro a Ricardo Garibay. El mítico maestro de Lara, que lo enseñó a tocar el piano con su estilo inconfundible y le mostró la manera de tratar a las prostitutas. Entre 1918 y 1928, Lara fue puliendo su estilo. Repentinamente, ese mundo se desvaneció a causa de la prohibición de los burdeles decretada por Plutarco Elías Calles.



ACTUALIZADO 2011-07-30 AT 23:57:20
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Pável Granados
ESCRITOR
En el clóset, de G. Loaeza
2011-07-30 23:57:20


(Esta entrada fue leída el miércoles 27 de julio, en el museo del Estanquillo, durante la presentación del libro En el clóset, de Guadalupe Loaeza).

I

Desafortunadamente, la fiesta gay, que (como su nombre lo indica) debería ser alegre es, por lo general, un remanso en una tarde con frecuencia nublada. Hoy, por desgracia, no es la excepción. Hace apenas cuatro días fue asesinado Cristian Sánchez Venancio, uno de esos muchos nombres que deberemos retener en la memoria, una de las muchas víctimas de “crímenes por odio”. Por lo menos, tenemos un nombre. Antes ni eso. Antes eran víctimas anónimas, sin derecho a ser consideradas víctimas. Cuando a esos asesinatos se les llamaba “crímenes pasionales”, una forma de decir que ni siquiera valía la pena investigar. “Crimen pasional”, se etiquetaba y se pasaba a lo inmediatamente importante.

Cristian Sánchez Venancio estaba, según los diarios que han cubierto el crimen, durmiendo, en su departamento de Tlatelolco. Unos desconocidos entraron forzando la cerradura y lo asesinaron, con una cuchillada en el cuello. El asesino debió de ser alguien que lo conocía y que sabía de sus rutinas. Yo no sabía de él, pero desde el sábado comencé a recibir correos de muchos miembros de la comunidad gay, de gente desmoralizada. Además de ser un activista de tiempo completo, este joven de 25 años era miembro de la Coordinadora para la Diversidad Sexual del PRD. Yo ignoro si el PAN o el PRI tienen una oficina para defender a los homosexuales. Tampoco sé, porque nadie les pregunta, qué opinan los principales precandidatos acerca de los derechos civiles de la comunidad gay. Pero me los supongo. Si nadie les pregunta, tampoco ellos se interesan mucho por que se escuchen. Y hay una distancia muy grande en la reacción que ha mostrado el PRD, que los miembros de otros partidos. Fuera de foco, fuera de tiempo, pero vale la pena fijarse en otro caso, y especialmente en la actitud del más televisible de nuestros políticos:



ACTUALIZADO 2011-07-20 AT 13:35:15
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Pável Granados
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Una evocación no requerida
2011-07-20 13:35:15


Para Fernando Vallejo, cazador de fantasmas.

Este es un texto viejo, pero lo quiero compartir ahora porque en él evoco a la primera cantante de boleros de México, Ana María Fernández. Me han preguntado cuándo murió; me parece que fue en febrero de 1994, poco después de que la visitara. Aprovecho, además, para poner aquí una de sus mejores grabaciones, "Camagüey", del compositor regiomontano Paco Treviño, con letra de Alfonso Espriú Ortiz. Fue la última sesión de discos que hizo Ana María, en 1941, con la marimba de los hermanos Domínguez, en California. Sólo grabó cuatro canciones, pues la Guerra Mundial hizo que se interrumpiera el contrato con la compañía de discos Okeh. Como es la primera cantante de boleros, el estilo para cantarlos proviene directamente de ella. Quiero poner, además, una foto de Ana María; se la tomaron durante una visita a casa de Agustín Lara y Angelina Bruschetta, hacia 1933. Me la regaló Bibian, la nieta de Angelina.


Recuerdo la curiosidad con la que llegué a la casa de Ana María Fernández. Aunque miré y miré el mapa en el que se veía claramente su calle en Las Arboledas de Ciudad Satélite, eso no obstó para que no me perdiera durante horas antes de llegar a su casa. También la recuerdo en el momento de tocar a su puerta y de entrar a un pasillo que me llevaba a la sala; me recibió mientras caminaba apoyada en una andadera de metal. Ella, toda maquillada, con los labios pintados, portando un collar de perlas y un vestido gris, salió de un pasillo en una casa oscura. Yo tenía 16 años y al verla sentí como si asistiera a la resurrección de alguien que había dejado este mundo en otras eras lejanas e inconcebibles. Cuando nací, Ana María tenía cuarenta y un años retirada del medio artístico; cuarenta y un años hacía que ese mundo se había acabado, el ámbito del teatro de revista y de la radio, el de las canciones de colores pastel y princesitas azules que florecían como violetas en un jardín etéreo de materia hertziana.



ACTUALIZADO 2011-07-06 AT 14:11:43
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Pável Granados
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El abrazo
2011-07-06 14:11:43


El 8 de mayo estuve en la marcha que partió de Ciudad Universitaria al Zócalo. El contingente de Filosofía y Letras llevaba pancartas y gritaba consignas. Pasando Churubusco, se incorporó la Escuela Nacional de Música; sus alumnos prepararon canciones y organizaron una batucada. Poco después, una persona se acercó:

–¡Que dice Sicilia que se callen!

Y otra voz, creo que desde el contingente de los músicos, respondió con un grito:

–¡Pues díganle a Sicilia que no es su marcha!

Sentí que había desde entonces una brecha que no se iba a poder cerrar pronto. Porque, desde ese momento, estuve de acuerdo con el grito de la UNAM. Javier Sicilia es un símbolo, el símbolo de la desesperación, de un dolor que no le importa al poder. O que no le interesa. El poder no tiene oídos para él. Pero Sicilia decidió hacerse oír. Desde entonces, me lo he imaginado cargando una enorme cruz, viviendo sus propias parábolas bíblicas de las que es protagonista. Su sentimiento religioso lo ha ayudado a persistir. ¿Será que imagina que su dolor soporta el peso de los demás? No lo dudo. Afirmo que su dolor lo ha llevado lejos. Más lejos de lo que ninguna otra víctima de este régimen ha llegado. De ahí la desazón de verlo llegar a arrojar a los pies de Felipe Calderón el producto de su larga experiencia en el país.



ACTUALIZADO 2011-06-13 AT 15:37:31
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Pável Granados
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Lucha Reyes: la voz por fuera
2011-06-13 15:37:31






Presumida, de Lorenzo Barceleta, interpretada por Lucha Reyes y la orquesta de Armando Rosales

Antes de Lucha Reyes todas fueron precursoras; inició la canción ranchera y en ella se inspiraron las cantantes posteriores. El género ha llegado sólo hasta las fronteras que le impuso con su voz, le asignó un espectro de sentimientos límite que las demás voces han recorrido de ida y vuelta sin cansancio, sin cansarla, sin agregarle cansancio. Su voz se quiebra en donde el sentimiento se quiebra. Embiste, matiza, se retira a su cueva como fiera herida sólo para regresar y volver a escalar la escala de los sonidos con una fuerza que saca fuerzas del despecho, de la desesperanza e, incluso, de la felicidad. ¿No decía yo que instauró un registro de emociones? A veces se nos olvida la felicidad –la cual también existe y reclama un repertorio adecuado, una historia que relatar, una voz que se imponga ante las teorías de la tristeza ancestral del mexicano, y resista. La voz de Lucha Reyes resiste como un muro infranqueable. No se me ocurre otra manera de referirme a este torrente que cae y cae inagotablemente, que sube y sube, que parte de pronto de un arrebato y como un golpe se abre paso a lo más profundo de sus escuchas. Una voz que no se puede atrapar porque se mueve, un lamento que se perdura, que no quiere escuchar y no quiere ser aliviado. Sí, es inconsolable cuando quiere. No sé por qué quiere, es un misterio, no se le puede responder nada, sólo se puede prestar atención, porque cuando se le ocurre cantar es imposible no atenderla. Después de tanto oír su voz, puedo decir que no sé a dónde se dirige, más o menos sé de dónde viene, proviene de una tradición musical, por más que se le disfrace de emoción personal. Proviene de las cantadoras de los pueblos, de las cuales sólo tenemos noticia pero, por desgracia, no grabaciones; proviene de las romanzas campiranas que se cantan desde el siglo XIX; de los teatros de revista de los años 20; de la construcción de un nacionalismo que necesita una voz convincente; de la imagen de una mujer que decidió un día salir en las huestes de la revolución, sin ánimo mítico, para convertirse en soldadera. Proviene del campo en dirección a la ciudad, ya que la canción ranchera es necesariamente nostalgia de lo que no existió nunca, de la amapola del camino que dejó la romanza mexicana para incorporarse a los éxitos del narcocorrido, de la eterna tentativa del retorno al pueblo en donde se dejó algo que es amado sólo porque no se volverá a ver. Es lo bueno de la nostalgia: que tiene unas manos que sólo tocan fantasmas. Si tengo nostalgia es porque no sé quién es, es porque escucho la sombra de su voz en unos discos, es porque toco su ausencia. Seguro que no fue así como la imagino. Seguro que la leyenda es mejor que la vida real. No quiero estar del otro lado de la nostalgia, contemplando su realidad. Prefiero estar de este lado, del lado en el que los sueños se pueden tocar. ¿O es que han visto que en la realidad se toquen los sueños? Mejor imaginarla: en un teatro de revista hacia 1925, con su penetrante mirada verde y una voz aún no del todo espectacular, porque le faltaba sufrir para volverse inolvidable. Todavía le faltaba irse a Alemania, a fracasar en una gira porque el director de la orquesta y de la compañía se iría con el poco dinero que se reunió en las presentaciones. Y luego, la pérdida de su voz, para recuperarla ya incapaz de la sutilidad. Me queda claro que el dolor es su medio natural, si se eleva hasta la risa es para burlarse y para retar a la vida. Sí, mejor imaginarla sola, frente a una botella de tequila, que la acompañaba en su vida y en su repertorio, porque de alguna manera sus interpretaciones "se cargan" con algo indefinible, algo como un aura, como una lejanía que la vuelve cercana. O mejor: con una cercanía engañosa porque la efectividad de su repertorio es un grito desgarrado que viene desde lejos. Ah, y una muerte que dejó todo a la mitad, cuando ella tenía 38 años... Una vida rota a la mitad. Me queda claro que tenía una voz hecha para las grandes palabras: Dolor, Sufrimiento, Irreverencia, Aniquilamiento Interior, Sarcasmo... ¿Ternura? No le acerquen esa palabra que la destriparía de una mordida. Y sin embargo, también la intentó, pero la ternura en su voz pierde sentido, se convierte en una sensación dolorida, en un lamerse las heridas con fuerza. En una retirada a dolerse ella misma, pero no le tengamos mucha confianza ni a su ternura ni a su felicidad. Parece que nadie se fijó en ella para hablar de lo mexicano, y eso que es uno de sus símbolos más importantes. Sólo que no tiene complejo de inferioridad, ni se expresa en un tono menor. Grita y se regocija y se carcajea. ¿Cómo es que la sigue el estigma del sufrimiento si tiene tantas canciones francamente felices? Si cantó Cuquita, Los tarzanes, La Panchita, Pobre changuita, ¡Ay mamita!... Pero es que no debería la felicidad quedar opacada por la sombra del suicidio, ya que no era más que una sombra que hubiera pasado. De todas formas, ya había dado un paso hacia la leyenda. A ese lugar en el que no importa si se dice la verdad o la mentira. De preferencia hay que decir la verdad. Por lo menos hasta donde ella lo permita. Digamos que su voz es su biografía, que todo hay que preguntárselo a ese oráculo. Aunque no para oír lo que dice, ya que toda su verdad está en su forma.
Ni siquiera intento elogiarla, apenas la describo. Pero si estas palabras tienen la forma del elogio es sólo porque se pliegan a la forma de su estilo



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