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ACTUALIZADO 2011-04-08 AT 12:18:27
Cabeza de borrador
Pável Granados
ESCRITOR
Estas calles, una última caminata
2011-04-08 12:18:27


Una historia de mis calles, un relato personal que me ocurrió sobre el cual no quisiera decir mucho, pero de cuyo desenlace se cumplieron dos años el pasado 4 de abril. Escribir para quitarse la angustia de olvidar, sería mi consigna. Me gustaría olvidarme, pero escribir para dispersar los pensamientos es lo más cercano a ese deseo.

Para Roberto Sánchez Huerta

Miré la avenida Álvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual.
Carlitos venía caminando por Tabasco, dio vuelta en Córdoba para llegar a su casa, en Zacatecas, pero se detuvo en la esquina con Álvaro Obregón. Vio casas, carros, personas, negocios, que por un solo instante adquirieron esa forma sin repetición posible. Recuerdo que a mí, al volver de las vacaciones de invierno, mi profesora de sexto de primaria me pidió un libro, El principio del placer, para leer en voz alta, por los primeros días de 1989. Nos dijo que ella había conocido a su autor y que teníamos que leer ese libro. Recuerdo que antes de eso había otra ciudad, a la que por desgracia no conocí nunca, la que se destruyó en 1985 y quedó entre escombros. Y me quedaba claro que los mayores, al hablar de la ciudad, se referían a una tan ajena y distinta a la que yo no podría vislumbrar siquiera. También recuerdo que estaba enamorado de aquella profesora, Carmen León, ¿veintiséis años, veintisiete?, y desde entonces prefería ocultar el amor y todo eso, tal vez el odio que siempre sentí de mi padre, tan palpable desde entonces, contribuía fuertemente al miedo. Y yo sentía el cariño de esa profesora por ser el mejor del salón, el más listo, porque no hubiera podido ser de otra forma, porque entonces creía que sólo así podría ser querido, desde entonces la angustia de no saber, de valer sólo por eso. Pero leímos ese libro, Tenga para que se entretenga, La zarpa; sí, también recuerdo que la miraba a través de cada cuento. Me la imaginaba en la vida misteriosa de una profesora de primaria que atravesaba la ciudad en camiones todas las mañanas desde un lugar que yo nunca había visto, ni entonces ni ahora: Martín Carrera.



ACTUALIZADO 2011-04-02 AT 14:34:20
Cabeza de borrador
Pável Granados
ESCRITOR
La extranjera (para un retrato de Gabriela Mistral). Tercera y última parte
2011-04-02 14:34:20




Gabriela Mistral con Antonio Caso, Julio Torri, José Vasconcelos, Carlos Pellicer y Enrique González Martínez, entre otros.



Aún me falta algo que decir para terminar de delinear a Gabriela Mistral. No quedaría esbozado un retrato más o menos entero sin su personalidad pública, la cual parece más fácil de dibujar que sus precipicios interiores. Pero desafortunadamente tampoco es sencillo, pues básicamente su vida social dependió de negar su sexualidad, de que los demás tuvieran de ella una percepción enigmática. La mujer alta e imponente, de ojos verdes, que, con sus grandes faldas, parecía una montaña impasible. Caminando por las calles de los pueblos con una verticalidad inapelable. Por más que ella se sintiera vulnerable. Aunque no sabría decir si esa forma exterior era una forma de su vulnerabilidad. Pero de nuevo: esa existencia pública comenzó con el premio ganado en 1914. De ahí en adelante los chilenos la tomaron en cuenta; no importa que la hayan tomado en cuenta para despreciarla y ocultarla, de todas maneras ésa ya es una forma de existir. Ya desde antes, en la Escuela Normal de La Serena, en donde había trabajado desde 1905, se le humilló, reprobándola en el momento de presentar sus exámenes. Un profesor de Religión encabezó una conspiración ya que consideraba nocivas las ideas de la Mistral en torno a la educación de la mujer, su pensamiento anticlerical y el extraño uso de la palabra "socialismo" en los artículos periodísticos que ya por entonces publicaba. También desde entonces, las autoridades educativas con las que debía de tratar le recriminaban que le quitara tiempo a sus actividades docentes para dedicarlo a escribir poemas.



ACTUALIZADO 2011-03-18 AT 14:42:39
Cabeza de borrador
Pável Granados
ESCRITOR
Acerca de si se debe de atender el llamado del amor (Nuevo retrato de Gabriela Mistral, segunda parte)
2011-03-18 14:42:39




Como se sabe, el amor no puede ser evadido; si se le evade, se va, pero regresa para hacer sufrir terribles dolores, pues suele ser vengativo. Hipólito, hace muchos siglos, ya se sabe... su indiferencia al amor, el suicidio de Fedra, su madrastra, la diosa del amor aleccionando con la muerte a los que se niegan a dar su respectivo sacrificio por ella. Todo eso son las lecciones de la literatura en torno al poderío del amor. Es demandante, caprichoso, inconstante, puede irse y volar –revolotear más bien: en realidad, el amor no tiene grandes vuelos, se cansa rápido, tiene que volver a alimentarse de la persona que lo ha recibido. Mientras bebe sangre es valiente y todopoderoso. Y se arriesga. Pero no puede alejarse demasiado. Es una sombra peligrosa. No habrá terreno que se pise sin pisar el amor, en realidad. Ninguna teoría está completa sin esta variable. Puede tomar las formas más montruosas. Aunque, hasta aquí, venía figurándomelo como un pequeño mosco incómodo... un zumbido constante y una molestia ciertamente cambiante. Como adopta muchos modos, difícilmente se le puede huir. O cazar. De todas formas, ya regresará a hacerle comer todas sus palabras al que lo niegue. O al que lo acepte. También es inútil apresarlo, pues se deshace entre las manos, por más que se le quiera retener. Si ha decidido irse, se irá. Tiene la última palabra. Y por esa precisa causa, puede volver sin anunciarse. En realidad, somos sus objetos. Si hablamos de él, es porque queremos conocerlo y saber cómo es aquel que mueve nuestras manos, que nos obliga a ir cuando debemos de ir, a callar cuando debemos de callar. Ah, siempre el método indirecto con él. Esperando que aparezca para que lo podamos contemplar. No aparecerá. No de la forma que queremos. Siempre sorprenderá. Por más previsible que sea.

Diré ahora, pero no con mis palabras, lo que es. Son las palabras de Gabriela Mistral. Pues es que ella lo tomó de una manera un tanto ambigua. Fíjense ustedes: esta mujer sale de su casa un día, baja a la cañada, se atraviesa con el amor y, al volver, no reconoce nada, ni nada la reconoce a ella. Apenas en la mañana había visto ese camino y no lo reconoce. Y mañana, al despertar, va a ser llamada por su nombre, y no lo va creer. Cuando se percate de que es ella a quien sorprendió la dicha, va llorar. Todo es nuevo, porque el amor le ha hecho olvidar toda la vida. Es que la persona que le ha dicho que la ama y que pasará toda la vida con ella, le dio la felicidad de forma tan repentina, como una puñalada. Si no se está preparado para la dicha, puede no soportarse. Ahora escuchen este otro ejemplo: dice la escritora que el amor vuela libre en el viento, que puede usar una voz tímida lo mismo que una voz imperativa, que tiene fuerza para hendir el hielo del glaciar, tú no le puedes oponer una excusa. Se le tiene que escuchar y se le tiene que hospedar. Y aunque mienta, se le tiene que creer. Y se le sigue aunque se tenga la seguridad de que es una ruta que lleva a la muerte.



ACTUALIZADO 2011-03-11 AT 20:49:51
Cabeza de borrador
Pável Granados
ESCRITOR
Derrumbarse para sostenerse (nuevo retrato de Gabriela Mistral)
2011-03-11 20:49:51




Gabriela Mistral es un personaje que se está desmontando para volver a construirse por completo. Ganó el premio Nobel de Literatura en 1945, el primero después de la Segunda Guerra, aunque su nombre era célebre desde bastante tiempo antes. No sé si la misoginia o la ignorancia nos han entregado una imagen endulzada y agradable de esta escritora frecuentemente despreciada. Cuánta prisa existe en dar un juicio apresurado ante la mayor cantidad de cosas para poder desembarazarse de ellas. Aquel que la inmovilizó dice más o menos: la gran escritora de poemas que no fue dichosa en el amor, que expresó poéticamente su desamor, la mujer que no pudo ser madre y decidió entregar su cariño a la infancia a través de la poesía y la misión educativa... Una imagen que ella odiaba tanto como los críticos que la despreciaban a ella.

La Asociación de Academias de la Lengua publicó, no hace mucho (2010), antologías de los dos grandes poetas chilenos, Pablo Neruda y la Mistral. Los cuestionamientos sobre la obra de Neruda se han centrado en la incomodidad que suscita que sus Veinte poemas de amor... sean tan populares y en los desacuerdos ideológicos que despiertan sus ideas políticas (al grado de llegar a cuestionar largos periodos creativos). Aunque nunca se ha cuestionado el valor general de su obra. Con la Mistral es completamente distinto, pues se trata de una incomprensión total de su obra y de su personalidad. Una incomprensión que ha cuestionado violentamente la totalidad de su trabajo literario. Con esta edición de la Academia comienza a revelarse la complejidad de su poética y a disipar las inercias críticas. No por completo: todavía hay quienes la consideran una religiosa convencida, mística, plácida.

El mayor prejuicio que la ha seguido es el que dice que su obra es el reflejo fiel de su vida. En 1907, la Mistral había conocido a un ferrocarrilero, Romelio Ureta, con el que había tenido un romance. Por entonces, él le dijo que iba a trabajar en las minas del Norte para poder reunir dinero para la boda. Poco después de su regreso, la relación terminó y Romelio se fue a un pueblo donde contrajo matrimonio con otra mujer. Dos años más tarde, un amigo le pidió dinero prestado a Ureta; como no tenía esa cantidad, decidió tomarlo de la caja. Se supone que el amigo no pudo pagar la deuda y huyó, así que Romelio se suicidó al ver que no podría reponer el dinero que tomó de su trabajo. Gabriela, quien ya no tenía ninguna relación con el suicida, se enteró por los diarios que Ureta tenía en su cartera una foto de ella. Tres años después, ella comenzó a escribir unos "Sonetos de la muerte" que sólo se decidiría a presentar en un concurso en 1914. Con ellos obtuvo el primer lugar y cierta notoriedad en su país: la profesora rural que escribía unos sonetos inspirados en la muerte de su prometido...



ACTUALIZADO 2011-03-05 AT 15:07:38
Cabeza de borrador
Pável Granados
ESCRITOR
Vine a la Fundación Rulfo porque me dijeron que aquí expedían verdades oficiales (Reflexiones sobre una polémica)
2011-03-05 15:07:38


Se admira a Juan Rulfo. Se lee a Juan Rulfo. Se comenta a Juan Rulfo. Quizá sea incluso una obligación. Para que no quede inmóvil como una piedra y se desmorone. Porque la vitalidad de su prosa tiene mucho que ver con las nuevas lecturas. Y porque la voracidad de la lectura se engolosina con una prosa de un ritmo hipnótico. Por las reminiscencias misteriosas de su léxico y los elementos misteriosos de sus recursos poéticos. Juan José Arreola decía incluso que Pedro Páramo podía ser leído como un poema. Un poema sinfónico, de voces cercanas y lejanas. Voces que incluso parecen provenir de la tragedia griega. García Márquez siempre ha dicho que Rulfo es un Esquilo moderno. García Márquez, el novelista que ha tenido el cuidado de no revelar las fuentes de su máxima novela, con excepción de Rulfo: nunca ha negado la huella de Rulfo en su prosa. Ni lo puede negar, son prosas hermanadas, ritmos que quedan resonando luego de cada lectura. Se puede comentar, sí, pero hasta cierto punto; hay libertad, pero no tanta. Puede pasar lo que a Daniel Rodríguez Barrón, que luego de publicar su texto “Confiar en la palabra” (La Gaceta del Fondo del Fondo de Cultura, diciembre de 2010) recibió una carta de la Fundación Rulfo para desautorizar sus conjeturas en torno a la escritura de Pedro Páramo.

Se puede conjeturar sobre escritura de La Ilíada, de Don Quijote e incluso de de la Biblia. Pero de preferencia no de Rulfo. se ha dicho tanto que para qué ir contra la versión canónica, ésa que se debe citar: Fundación Rulfo, libro 2, versículo 6. ¡Tantas habladurías, a dónde nos llevarían si todas son irrisorias! Sin embargo, el ensayista Leopoldo Lezama, a finales de 2006, buscó la opinión de las personas que tuvieron en sus manos los manuscritos de Pedro Páramo y que vieron el proceso de su escritura desde los talleres del Centro Mexicano de Escritores. No sé si ésas sean las “historias irrisorias” a que se refiere la carta de la Fundación Rulfo. Los autores consultados por Lezama, los que tal vez merezcan esa sonrisa indulgente, son: Alí Chumacero, Antonio Alatorre, Emmanuel Carballo y Samuel Gordon. En tanto que Chumacero y Carballo aceptaron una entrevista, Alatorre y Gordon enviaron un texto. Son testimonios de peso, testimonios que no deberían ser desestimados, testimonios que demuestran que el tema de la escritura de Pedro Páramo no está agotado.



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