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ACTUALIZADO 2011-03-28 AT 15:00:24
Cabeza de borrador
Pável Granados
ESCRITOR
Destino
2011-03-28 15:00:24




Ocurrió hace muchos años, cuando la guerra. En 1943 el ejército estadounidense y el australiano operaban desde Nueva Guinea, ganándole terreno a los japoneses en el Pacífico Sur. En México, las dudas acerca del conflicto eran enviadas por el público a la XEW. Y las respuestas que eran leídas con total seriedad por el locutor Manuel Bernal eran redactadas en las oficinas de la Embajada de los Estados Unidos. Entonces, los mexicanos opinaban a favor o en contra de los Aliados y de los Países del Eje. Desde mucho tiempo antes, existía una gran tendencia a simpatizar con Alemania, una tendencia que preocupaba bastante al departamento de inteligencia norteamericano. Qué tanta era su preocupación que decidió crear una política de “buenos vecinos”, y entusiasmarse por las ciudades de Brasil, por los grandes desiertos de México, y por las tradiciones y las posadas y todo eso. Eran las épocas en que el pato Donald viajó por el continente, disfrutando del color local, de las canciones y de las piñatas. Ya habíamos sido “buenos salvajes” y también podíamos ser “buenos vecinos”.

Los tres caballeros (1944) fue una película técnicamente novedosa, que combinó seres humanos con animaciones. Y no sólo convivían sino que podían enamorarse entre sí, lo cual hizo incomodarse a varios críticos despojados de la inocencia del pato Donald: “Algo así como un romance físico entre un pato de sesenta centímetros y una mujer de cuerpo entero, pese a que uno es un dibujo, y la otra agradablemente torneada y ciertamente mortal, es una de esas cosas que pueden desconcertar a autoridades menos remilgosas que la oficina Hays” (reseña de The New Yorker). La oficina Hays, como todo moralista sabe –o debiera saber– tenía, desde 1934, el control absoluto del contenido de las películas. Las adaptaciones fílmicas de las obras de Zola, Tolstoi o Steinbeck tenían que ser revisadas por la Oficina. Las películas debían de ser censuradas antes de que fueran exhibidas y no después, cuando ya habían propalado su daño. Claro que no se les ocurrió que las animaciones dieran el salto de la especie para enamorarse de una mujer.



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