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ACTUALIZADO 2013-03-18 AT 14:11:33
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
Un mexicano incómodo
2013-03-18 14:11:33
Camilo Maccise tenía prohibido leer los periódicos. A pesar de que vivía en Roma, ni siquiera se enteró de que a fines de 1959 se preparaba el Concilio Vaticano II, convocado por el papa Juan XXIII. Si tenía necesidad de salir a la calle, debía vestir el hábito de monje carmelita y un sombrero de teja. Con ese atuendo, el joven mexicano se sentía más un payaso que un novicio. En una ocasión se subió a un autobús y un niño se asustó tanto al verlo que no paró de llorar y de gritar hasta que Maccise se apeó del vehículo. En aquella época, en Italia se amenazaba a los niños con la frase: “si te portas mal, va a venir el fraile y te va a llevar”.
Roma fue un salto a la Edad Media para Maccise. No sólo porque los novicios debían de usar la tonsura (la coronilla cortada a rape) sino porque su educación, en la Pontificia Facultad del Teresiano, se basaba en una neoescolástica “totalmente al margen de la realidad”, como recordaba él mismo.
Se iniciaba la década de 1960 con sus cambios radicales en el mundo y los aprendices de teología celebraban discusiones bizantinas —así las llamaba Maccise—, por ejemplo, si un católico se ha comido una torta hace 55 minutos, ¿le es lícito tomar la comunión, cuando la norma prescribe una hora de ayuno?
ACTUALIZADO 2012-11-07 AT 19:03:07
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
Ovejas negras
2012-11-07 19:03:07

Tengo muy presente el recuerdo de dos sacerdotes celebrando una misa en plena calle, en Polanco, uno de los barrios más exclusivos de esta ciudad. El altar era una mesa de plástico y los feligreses seguían la misa sentados en sillas plegables. Esos feligreses, por cierto, no eran los altos ejecutivos de Polanco, sino campesinos y mineros pobres de la zona carbonífera de Coahuila, sobre todo mujeres. La imagen de los dos sacerdotes se reflejaba en el vidrio-espejo de las oficinas de Grupo México, un emporio minero cuyo dueño, Germán Larrea, figuraba en las listas de los hombres más ricos del mundo, esas listas tristemente célebres de la revista Forbes.
Esos dos sacerdotes eran el fraile dominico Raúl Vera López y el sacerdote jesuita Carlos Rodríguez Rivera. Ahí estaba también la teóloga laica Cristina Auerbach. Era el 19 de septiembre de 2007 y, como cada día 19 de cada mes, alguno de esos dos curas celebraba una misa frente a las oficinas de Grupo México. Era cada 19 porque un 19 de febrero, pero de 2006, una explosión en la mina Pasta de Conchos había sepultado a 65 trabajadores. Sabemos la historia de esa explosión: los trabajadores no tenían condiciones mínimas de seguridad. Tras la explosión, a la mina llegaron los familiares de los desaparecidos a reclamar su rescate. Esos familiares fueron cuatro veces regañados y despreciados: por la empresa, que se negó a rescatarlos vivos o muertos; por el gobierno, que le dio carta de impunidad a Grupo México; por el cacique sindical Napoleón Gómez Urrutia, que llegó con un abrigo de pelos de oso y huyó de la zona sin volver a dar la cara tras revelarse que pesaba sobre él una orden de aprehensión por fraude; y por el obispo de Piedras Negras, que regañó a los deudos de Pasta de Conchos por atreverse a reclamar el rescate y los llamó a la reconciliación y el perdón.
Recuerdo mi visita al albergue Hermanos en el Camino, de Ixtepec, Oaxaca, en junio de 2011, en donde vi a Alejandro Solalinde compartir la comida podrida que le regalaban del mercado de Juchitán, con los transmigrantes centroamericanos. Dormía en un colchón que tiraba en medio del patio y dedicaba sus horas a conversar, confortar y defender a los migrantes, muchos de ellos víctimas de secuestro. Unos meses atrás, la delegada del Instituto Nacional de Migración, Mercedes Gómez Mont, con el entonces obispo Felipe Padilla Cardona, lo presionaron para cerrar ese albergue y cambiarse a un terreno que estaba a tres kilómetros de las vías de ferrocarril, a donde jamás llegarían los migrantes. Solalinde, por supuesto, se negó.
Recuerdo al padre Pedro Pantoja acudir un 6 de enero, día de la Epifanía, a celebrar una misa al Rancho Temporales, a unos kilómetros de Saltillo. Se trataba de un pueblo aterrorizado por los Zetas, que habían ejecutado a dos jóvenes con el simple propósito de marcar su territorio y establecer quién mandaba ahí. Pantoja se fue a parar a ese pueblo no sólo a llevar la liturgia católica, no sólo a llevarle pan y piñatas a los niños, sino a hablar de política y a concientizar a los campesinos de Temporales acerca de la solidaridad que le debían a los transmigrantes centroamericanos. Pantoja, por cierto, es el director de otro albergue importantísimo para la defensa de esta población: la Casa del Migrante de Saltillo o Belén Posada del Migrante.
ACTUALIZADO 2012-05-07 AT 12:48:36
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
Conspiraciones
2012-05-07 12:48:36

Si algo en el mundo no le cuadra, no lo dude: hay una conspiración detrás que lo explica todo: el cambio climático, la crisis financiera internacional, los ovnis y hasta la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial.
El sábado me tomé un café con una conspiracionista profesional. Me habló de cómo los illuminati dominan el mundo —una supuesta secta que determina, por ejemplo, quiénes serán presidentes de los Estados Unidos—; de cómo Hitler murió de causas naturales en el sur de Argentina, del secuestro masivo —700 mil al año sólo en Estados Unidos— de bebés y niños para ritos satánicos.
Si las conspiraciones se contradicen entre sí, no importa: quieren confundirnos. Entre menos creamos en ellos, mejor: buscan ser invisibles para gobernar el mundo desde las sombras. Los medios de comunicación no nos informarán de las conspiraciones, ni los historiadores ni politólogos las desenmascararán, justamente porque trabajan, conscientemente o sin saberlo, para los conspiradores.
ACTUALIZADO 2011-12-15 AT 15:07:27
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
Killing an Arab
2011-12-15 15:07:27
Rodeado de arces y sicomoros, el estanque ofrece una de las vistas más apacibles de Aarhus. Los patos graznan a la espera de un pedazo de pan; las gaviotas vuelan alrededor y los céspedes, aun en lo más crudo del invierno, reflejan con el brillo de su verdor los pálidos rayos del sol. Situado dentro del campus universitario, cada tanto me siento en una de sus bancas a contemplar el espectáculo del silencio y la naturaleza. Esa mañana, sin embargo, la tranquilidad se perturbó por la carrera de un hombre de cabello gris con una red en la mano que perseguía a un pequeño gallinazo. Hubo una fracción de segundo que lo tuvo al alcance pero no se animó a arrojarse para atraparlo y el pajarillo se lanzó al agua. El hombre resolló y se dirigió a mí en una lengua que no comprendí.
–Disculpe, no hablo danés –le dije.
Me respondió en inglés fluido:
–Las gaviotas atacaron a la madre de este pequeño gallinazo y ahora debo rescatarlo o, de lo contrario, se lo comerán a él también si no está su madre para defenderlo. ¡Pero vaya que corre rápido!
–¿Y qué hará con él si lo atrapa? –pregunté.
–Cuando menos, llevarlo al estanque de allá, que es más pequeño. Pero creo que lo mejor será llevarlo al hospital.
–¿Al hospital?
–Sí, tenemos un hospital para los animales en situación vulnerable. Allá crecería, y ya más grande lo devolveríamos al estanque.
ACTUALIZADO 2011-11-28 AT 18:11:30
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
La puta y el escritor
2011-11-28 18:11:30
Los fundamentalismos y los integrismos atraviesan por un reavivamiento: Osama Bin Laden tiró las Torres Gemelas en nombre del islam y George W. Bush respondió con un bombardeo sobre Afganistán llamado "Justicia infinita"; mujeres que residen en Europa reivindican su derecho a encerrarse dentro de un burka y los republicanos del Tea Party amagan con desterrar la evolución de la enseñanza escolar. Pero nuestros tiempos también han sido fértiles para las distintas manifestaciones del secularismo, desde su faceta más suave: la del creyente que sólo acude al templo si hay boda o bautizo, hasta la del ateo, que afirma que Dios es un invento de vivales que encontraron un lucrativo modus vivendi. De los títulos más recientes con los que se ha enriquecido la biblioteca del ateísmo (en donde destacan Dios no es bueno, de Christopher Hitchens y Tratado de ateología de Michel Onfray) uno de los más seductores es La Puta de Babilonia, del estupendo escritor colombiano-mexicano Fernando Vallejo, que recibió el sábado 26 de noviembre el premio Lenguas Romances 2011 en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

La Puta de Babilonia dirige su artillería contra la Iglesia Católica, pero le sobra munición para atacar al judaísmo, al islam y a las iglesias protestantes. Masacre tras persecución, La Puta de Babilonia (nombre con que los albigenses designaban a la Iglesia de Roma) describe las atrocidades y la venalidad de una institución que, dice Vallejo, creció gracias a sus alianzas con los poderosos, desde Constantino en el siglo IV hasta Hitler en el siglo XX, cuya política de exterminio judío fue tolerada por Pío XII. En sus páginas se narra los crímenes de los papas, los genocidios de las Cruzadas, las quemas de brujas, las bulas que justificaron la esclavitud -la última de 1866- y la servidumbre de las mujeres y los indígenas. Pero el libro no es, afortunadamente, sólo una historia negra de la Iglesia católica. Es una crítica erudita a las religiones semíticas desde su origen en Israel: Vallejo afirma que no existieron ni Moisés ni Josué, que la cautividad en Egipto y el exilio nunca ocurrieron y, citando a historiadores contemporáneos, dice que "la historicidad del Rey David 'no es mayor que la del Rey Arturo'".
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