Miércoles 22 de octubre de 2014 
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ACTUALIZADO 2013-07-20 AT 18:13:39
Peligroso pop
Carlos Velázquez
ESCRITOR
La lengua más violenta
2013-07-20 18:13:39


En sus últimos tiempos, Julián Garza exhibió una vitalidad y una lucidez sólo comparables a las de Henry Miller hacia el final de sus días. Pero a diferencia del autor de Trópico de Cáncer, que se recluyó en Big Sur, no se atrincheró en su rancho a recapitular sobre los éxitos cosechados durante su vida. Al contrario, le dio la espalda al pasado y comenzó desde cero. Cuando se pensaba que la tradición de la música norestense ya no tenía nada que ofrecer, se situó a la vanguardia al inaugurar una nueva corriente dentro del género: “el corrido posnorteño”.

Originario de Los Ramones, Nuevo León, irrumpió en el panorama de la música norteña junto a su hermano como parte del dueto Luis y Julián. Su consagración como compositor le llegaría en 1973, con la publicación de “Pistoleros famosos”, más no como intérprete. Al grado que la versión más popular de esta pieza es la grabada por Los Cadetes de Linares, el dueto más popular en la historia de esta corriente. Son los mismos Cadetes quienes popularizarían la segunda gran composición del autor: “Las tres tumbas”. Estas dos canciones justifican la existencia toda de Julián. Son suficientes para ingresarlo en el olimpo de la tradición musical norestense. Un lugar qué difícilmente otro creador de historias puede disputarle. En un verso de “Pistoleros famosos” está cifrado todo nuestro devenir: “en los pueblitos del norte siempre ha corrido la sangre”. La clarividencia que esgrima es apabullante. Se convertiría en sino y presagio, maldición y condena. Una habilidad que sólo un compositor de corridos posee.


ACTUALIZADO 2013-07-16 AT 17:45:42
Levantar una piedra
Diego Enrique Osorno
REPORTERO
Z-40: Vuelta a la normalidad
2013-07-16 17:45:42
Nuevo Laredo es una ciudad del noreste de México, rodeada de monte y tierra quemada por el sol. Por su carretera principal circulan miles de trailers día con día, llevando o trayendo mercancía legal o ilegal de Estados Unidos. Aunque no es tan famosa como Tijuana o Ciudad Juárez, se trata de una de las fronteras terrestres con mayor intercambio comercial de América Latina. Su economía legal gira en torno a Texas, aunque en el mercado negro, la cocaína que se trafica por ahí es la que va directo a las fantásticas calles de Nueva York.

Pero además de su carretera principal y sus avenidas asfaltadas, Nuevo Laredo está rodeada por un laberinto de brechas, caminos con ambiente western que llevan a donde sea, rutas campesinas de antaño por las que también circula esa vida de las sombras. Durante la madrugada de este lunes veraniego, de acuerdo con la versión oficial, por uno de estos entresijos del noreste mexicano, viajaba Miguel Ángel Treviño. Iba acompañado solamente por un escolta que cargaba 8 armas largas y 500 cartuchos, y por un contador que llevaba guardados 2 millones de dólares en efectivo. Algo falló esta vez porque ni el arsenal ni el dinero –en una región donde ambas cosas son primordiales para sobrevivir– impidieron la detención de quien estaba catalogado como el líder de Los Zetas.


ACTUALIZADO 2013-07-09 AT 17:36:29
Levantar una piedra
Diego Enrique Osorno
REPORTERO
Futbol, agua y un olor rancio
2013-07-09 17:36:29
La reportera Daniela García viajó del Barrio Antiguo de Monterrey a Coatepec, Veracruz, para investigar de forma directa los daños que arrojó la explotación económica de los ricos mantos acuíferos de la región. Lo que halló es deprimente. Tras la continua utilización de las reservas naturales por parte de empresas trasnacionales para sus procesos industriales, varios pueblos y ciudades de una zona majestuosamente verde se han quedado sin agua y ahora dependen de proyectos que se antojan extravagantes. Uno es que el agua les llegue desde el vecino estado de Puebla. Pero, ¿por qué Veracruz, un lugar distinguido por su riqueza en recursos naturales, dependería del agua poblana?

García relata que “firmas como Coca Cola y Nestlé compraron en Veracruz quintas y ranchos rodeados de lagos y manantiales llenos del agua cristalina que mantenían al lugar vivo y verde. Al principio los habitantes se alegraron de contar con nuevas fuentes de trabajo en una zona donde la mayoría de los empleos están relacionados con la siembra, recolección o venta de café. Además, la llegada de las empresas trasnacionales les permitió obtener productos de la canasta básica a un precio más accesible. Parecía que después de tanto tiempo la exuberancia de su tierra recibiría los frutos del progreso”. Esto fue publicado en El Barrio Antiguo, el periódico semanal de crónicas de Monterrey. El título del texto es “Así se adueña del agua FEMSA”.


ACTUALIZADO 2013-07-04 AT 17:31:10
Posiblemente no entendí el final
Irving Rivas
PERIODISTA Y ESPECTADOR
Los hermanos Oligor
2013-07-04 17:31:10
Un día te paras en frente de alguien que no conoces… y cambia tu vida.

Hace unos días vi el trabajo de los hermanos Oligor, un par de españoles que presenta Las tribulaciones de Virginia en el Teatro El Galeón.  Este proyecto es un dispositivo escénico que nos lleva a la intimidad y melancolía del par de hermanos  basado en una premisa sencilla que todos conocemos: el desamor. Una historia melancólica que si lo permites puede quedarse en tu alma para siempre.



ACTUALIZADO 2013-07-02 AT 18:47:21
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
Sobre "Dreamers"
2013-07-02 18:47:21
Leído en la presentación de Dreamers, el 28 de junio de 2013 en la Casa Refugio Citlaltépetl de la Ciudad de México.

Existe un país en el mundo en donde no se reconoce el derecho de manifestación para los jóvenes de una minoría racial. Salir a las calles a demandar sus derechos humanos elementales es un delito tan grave que se castiga con la cárcel y el destierro. En ese país se practica una segregación racial sutil pero no menos ominosa: los jóvenes que pertenecen a las minorías étnicas no tienen derecho a acudir a la educación superior, no importa si son buenos o malos estudiantes. En ese país, los oficiales más entusiastas del apartheid encadenan a los miembros de una minoría y los confinan a campos de concentración llamados “ciudades de carpas”. En ese país muy posiblemente se construya el Muro más grande después de la Muralla China. Ese país se llama Estados Unidos de América y es el epicentro del mundo libre.

El escritor indobritánico George Orwell inventó el verbo “doblepensar” en su novela 1984. A través del “doblepensamiento” somos capaces de aceptar que los Estados Unidos ejerza una segregación racial —sutil pero no menos discriminatoria— y al mismo tiempo nos parezca un país de libertades y oportunidades. O que pensemos que Barack Obama es un presidente liberal, progresista y defensor de las minorías, mientras que manda a matar a mujeres, hombres y niños sin orden judicial y, cada día, su gobierno deporte a mil 100 personas: las cifras más altas de la historia. Imaginen a George Bush graduado de Harvard: Ése es Barack Obama.

En ese país, el más rico del mundo, los alumnos de una de las universidades más prestigiadas del mundo, UCLA, pasan hambre y viven de la caridad de personas anónimas que dejan comida en un refrigerador. Esos mismos muchachos viven su infancia, su adolescencia y su juventud en tráileres, porque sus padres no tienen el derecho a comprar el pedazo de tierra sobre el que han dormido durante décadas. Una vez más, ese país se llama Estados Unidos de América, es el más rico y poderoso del mundo.

En su libro Dreamers, Eileen Truax nos cuenta una historia épica, una saga conmovedora que llena al lector de esperanza. En ese país del apartheid sutil, miles, quizá cientos de miles de muchachos de 18, 19, 20, 25, treinta y pocos años se cansaron de esperar. Ellos, los soñadores, llegaron a los Estados Unidos en los brazos de sus padres. Crecieron como estadounidenses: algunos fueron al frente de batalla a defender los intereses de ese país. Otros ya olvidaron la lengua materna y sólo hablan inglés. Son estadounidenses en todo, menos en los papeles. Durante su infancia se acostumbraron a mentir: a ocultar que no habían nacido en suelo estadounidense. Pero cuando llegó el momento de solicitar una licencia de conducir, de abrir una cuenta bancaria y, sobre todo, de acudir a la universidad, esos muchachos carecían de un número, el número de seguridad social, que hace toda la diferencia entre ser un ciudadano o un fantasma.

Sin ese número, esos jóvenes viven bajo la amenaza, cada segundo, de ser desterrados. Sin ese número, son inelegibles al sistema de financiamiento de educación superior. Sin ese número, nunca obtendrán un empleo formal. Sin ese número, serán siempre mano de obra barata, mujeres y hombres aterrorizados por la amenaza de la deportación.

En las crónicas de Eileen Truax, los adolescentes y los jóvenes de veintipocos años encabezan la más reciente de las batallas por los derechos civiles en Estados Unidos. A ellos no los define ser mexicanos o guadalupanos. Al organizarse, estos jóvenes construyen de nuevo su identidad, una identidad de clase: son los oprimidos, no importa que sean musulmanes o hindúes, cristianos o católicos. Uno de los protagonistas de este libro se llama Mohammad Abdollahi: nació en Irán, es musulmán y, para mi gratísima sorpresa, es el dirigente de los dreamers mexicanos. Bajo el liderazgo de Mo, un muchacho de 26 años, otros soñadores aprenden a usar sus palabras y sus cuerpos como armas políticas en los actos de resistencia civil. Mo les enseña cómo responder las preguntas de la prensa xenofóbica, cómo aguantar la intimidación de las botas de los policías, cómo ser arrestados sin dar pie a que se les acuse de agresión a la autoridad y, esto es muy bello, les enseña a caminar altivos aunque estén esposados y a sonreír frente a la cámara cuando les elaboren la ficha policial.

Porque estos jóvenes, una vez que han decidido salir de las sombras y convertirse en sujetos políticos, escalan la apuesta a lo más alto. Hay una parte en el libro —la crónica número seis— en donde seis jóvenes acuden a Arizona, la tierra del sheriff Joe Arpaio, para participar en un acto de desobediencia civil, que se desarrollaba dentro de una manifestación masiva de unas 10 mil personas. Su protesta estaba programada a las dos de la tarde. Su dirigente, Mo, cierra los preparativos con la siguiente frase: “con suerte, para las cinco de la tarde todos ustedes van a estar en la cárcel”.

Porque lo que comprendieron estos jóvenes es que el éxito de su protesta residía en hacerse visibles, en salir de la oscuridad a la que el país de las libertades los había condenado. Ellos sabían y saben que cada una de sus protestas terminará en la cárcel. Pero la cárcel era lo de menos; el auténtico temor es el destierro, al que llamamos deportación para ocultar su perversidad.

Pero el triunfo de su lucha residía, justamente, en que entre más organizados, más públicos, más visibles, el riesgo de deportación era cada vez menor. El racista sheriff Arpaio siempre notificaba a las autoridades de Inmigración para que deportaran a los indocumentados, pero las autoridades migratorias tenían y tienen el recurso de no darse por aludidas. Y de pagar un costo político muy alto al deportar a seis estudiantes sin antecedentes penales. El grito de estos jóvenes al escuchar las botas de la policía acercarse a ellos es tan simple como heroico: Undocumented and unafraid!: sin documentos y sin miedo. Porque si estos jóvenes, después de gritar frente al mundo que eran indocumentados, de exhibirse frente a las cámaras de televisión, son liberados por el gobierno, entonces su mensaje al resto de los indocumentados es muy poderoso: salgan de las sombras, organícense, esta batalla la vamos a ganar.

Todos sabemos, sin embargo, lo que pasó con Nancy Landa (dreamer deportada por el gobierno de Barack Obama), porque Nancy está de este lado de la frontera. Los sueños de Nancy fueron secuestrados por una patrulla fronteriza. De un momento a otro, Nancy fue arrojada a México: un país extraño en donde se hablaba una lengua que ya casi había olvidado, en donde no conocía a nadie. Ojo, su caso es sólo uno de mil cien que ocurrieron el mismo día que ella fue deportada. Porque Eileen Truax nos lo recuerda una y otra vez: Barack Obama es el presidente con más deportaciones en la historia. Los dreamers lo llaman deporter in chief: el jefe de los desterradores. Nancy, por cierto, desde Tijuana, le escribió una carta a Barack Obama para exponerle su caso: ella era una estudiante brillante, líder comunitaria y soporte de su familia. Obama le contestó con un borrador burocrático y ofensivo: ahí le responde que su gobierno se concentrará en deportar criminales.

Nancy se identifica como ex dreamer. Pero no, Nancy es ahora una soñadora de este lado de la frontera. Antonio Machado escribió un brevísimo poema: “Entre el vivir y el soñar / hay una tercera cosa / adívínala”. Los dreamers ya resolvieron el acertijo de Machado: la tercera palabra es luchar. Bienvenida, Nancy, a soñar desde México.

Los dreamers son lo mejor que tiene Estados Unidos y son mi esperanza de que ese país se revierta su imperialismo y lo transforme en solidaridad o, cuando menos, en respeto. Para los dreamers ser estadounidense ha sido, cada día de su vida, una batalla política y cultural. No sólo están tallados en el sobreesfuerzo y la organización, sin —y esto es lo importante— en la conciencia política, en una conciencia de clase. Cuando ellos gobiernen ese país tendrán la obligación moral de dejar el “doblepensamiento” orwelliano, abolir todos los apartheids y hacer realidad el país de las libertades y las igualdades.

Todo lo bueno que traiga la reforma migratoria que en estos momentos se discute en el Congreso, es una conquista de estos soñadores, y no una concesión de Obama ni de los republicanos. Al ver la lucha de estos jóvenes y sus extraordinarios frutos, más vergüenza me da que nuestros gobiernos con Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto hayan asumido la línea de abandonar a los mexicanos en su lucha por sus derechos en Estados Unidos. Los dreamers nos dan también una lección de dignidad en política exterior.

Quiero agradecerle a Eileen Truax por haber pasado tantos años al lado de estos soñadores y por contarnos sus historias. Eileen, tu libro me produjo rabia, tristeza, llanto, pero también despertó mi aletargada esperanza. Escribes una historia épica sin perder la ternura: tus soñadores no son víctimas de ese país discriminador; no, ellos son guerreros y van a ganar su batalla. Y te pido una disculpa por no detenerme a hablar de tu estilo fluido y claro, de tu originalidad narrativa, de los cambios de ritmo y del sentido del humor que impregna tus páginas, pero ya me he pasado de mi tiempo. Sólo quiero decirte que nunca me imaginé que allá, del otro lado del muro de la ignominia, hubiera muchachos tan jóvenes que me enseñaran el verdadero significado de la palabra soñar. Y el verdadero significado, hasta donde entendí en tu libro, significa luchar y luchar hasta convertir el sueño en realidad.

Muchas gracias.


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