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ACTUALIZADO 2011-11-28 AT 12:23:35
La conspiración de Hades
Fernando Montiel T.
ESCRITOR
Henry Kissinger
2011-11-28 12:23:35




Retrato de un "Nobel de la Paz"


Los muchos entienden el Nobel a la Paz como una patente de corso que certifica una vida de compromiso por la paz y contra la guerra. Los recipientes del galardón aparecen entonces cubiertos con una suerte de mando de santidad: son hombres y mujeres nobles, comprometidos con el bien y a quienes mueve el más alto idealismo. Muchos de ellos son así sin duda, otros definitivamente no lo son.

Dos debían compartir el Nobel aquel 1973: Le Duc Tho y Henry Kissinger (Fürth, 1923). El primero declinó el reconocimiento, y explicó su negativa "dada la situación en Vietnam, no estoy en condiciones de aceptar el premio"; el segundo aceptó el galardón, entre otras, con las siguientes palabras:

"Si la paz, como ideal, ha de ser nuestro destino común, entonces la paz, como experiencia, debe ser nuestra práctica común. Para que esto ocurra, los líderes de todas las naciones deben recordar que sus decisiones políticas sobre la guerra o la paz se materializan en el sufrimiento o el bienestar de su gente."

Vietnam se encontraba en la mente de ambos, pero ¿a qué "condiciones" se refería el vietnamita? Y más aún ¿de qué "práctica" hablaba el Secretario de Estado de los Estados Unidos?

"Durante la guerra de Vietnam se tiran 7 millones de toneladas de bombas, explosivos equivalentes a 270 kg de TNT por sudvietnamita, equivalente a 450 bombas de Hiroshima... en promedio se usan 3 kgs de herbicida por sudvietnamita para destruir arrozales -tomará 100 años a las tierras para recuperarse- y otros tóxicos que causan mutaciones genéticas, cáncer y otras enfermedades".*



ACTUALIZADO 2011-11-24 AT 13:51:23
Aspirina molida
Rodrigo Márquez Tizano
ESCRITOR
La noche triste del boxeo
2011-11-24 13:51:23




I.


Un día, durante una rueda de prensa, escuché decir a Shane Mosley que si alguien era derribado tres veces durante el primer asalto, y aún así conseguía empatar la pelea a los puntos, no debía caber duda quién es el ganador. Se refería, sin decirlo abiertamente, al primer combate –declarado tablas– que sostuvieron Manny Pacquiao y Juan Manuel Márquez.

II.

Tres días es el tiempo preciso que necesita un ultimátum o una resurrección. Podríamos alargar la expectativa, pero a mi consideración, 72 horas deberían bastar para que un fallo cumpla su propósito definitorio. Exigir un menor tiempo en la deliberación sería una falta de educación, y apurarla, una insensatez. No podemos reclamar que esta misma lógica sea la que determine las decisiones en un deporte tan dinámico y explosivo como el boxeo. La misma estructura de la industria hace ver a este razonamiento fuera de sitio, inabarcable desde su propuesta. ¿Cómo esperar que el espíritu combativo de dos hombres que han estado castigándose durante casi cuarenta minutos amaine de pronto, sin que la inmediatez del resultado se convierta en bálsamo? Sería como pedirle tiempo de compensación a la muerte. El daño agudo está ahí presente, planeando silencioso entre el encordado y los reflectores, de incógnito. Más ridículo me parece pedir mesura al motor del espectáculo: el dinero. Tiene que contarse, dilapidarse, gastarse a velocidades que ni siquiera el ojo mecánico de Compubox podría registrar. Ante el método de los acreedores poco se puede debatir. Y sin embargo, éste es un deporte de apreciación en el que las certezas son pocas. Incluso el nocaut, tan rotundo e irrefutable, puede ser incierto como un fantasma: los años y las infinitas reproducciones aún no han podido elucidar si aquel 25 de mayo del 65, a Sonny Liston se le cruzaron los nervios con ese puñetazo –en apariencia inofensivo– que soltó Ali a contrapié, o si en cambio, su desplome tuvo motivos más oscuros. Lo que sucede en el cuadrilátero y lo que se aprecia desde afuera necesitan del cálculo y el sosiego como puente. Son dos ritmos diametralmente distintos que se unifican por la urgencia de llegar a un término. Pero en el segundo de los combates entre Sonny y Muhammad, quizá hasta Jersey Joe Walcott pudo haber llegado a una conclusión (o al menos comenzar el conteo), si la proximidad temporal del suceso no lo hubiese petrificado.



ACTUALIZADO 2011-11-24 AT 23:52:11
Otros viajes
Enrique Escalona
REPORTERO Y GUIONISTA
El hostal Auschwitz
2011-11-24 23:52:11


Tenía 25 años, llevaba meses viajando y no veía cuándo parar. Trabajaba en lo que fuera para seguir adelante, -como mesero, lavando trastes y hasta disfrazado de revolucionario para un restaurante de comida mexicana en Praga-. Cuando juntaba algo de dinero saltaba a otro país y volvía a empezar, con menor o mayor fortuna, pero siempre con buenas experiencias.

Así fue como llegué a Atenas, aprovechando un vuelo baratísimo desde Budapest que me permitió atravesar los Balcanes y salir del paisaje medieval del centro de Europa rumbo al seductor Mediterráneo griego.

En el vuelo conocí a un par de italianos que me hablaron de un hostal barato (del que les habían contado) y relativamente cercano a todos los atractivos de Atenas. Al llegar a la capital griega subimos al metro y me dejé guiar por ellos hasta el barrio de Pangrati, que encontré hermoso con sus parques, cafeterías y pequeños locales de comida.

Tocamos la puerta de una casa sin letrero y nos abrió una chica hermosa, alta, de cabello negro, cuerpo perfecto, parecida a Angel Dark, la actriz porno. Ella nos pidió con señas esperar en el patio. Al parecer no hablaba otra cosa que su idioma, -que después supimos era el checo-. Adentro parecía el dormitorio de un reformatorio hippie, con paredes llenas de publicidad sobre fiestas y recados; un jardín abandonado y cuartos llenos de literas. Por todas partes había jóvenes tomando cerveza o buscando un espacio para colgar su ropa húmeda.



ACTUALIZADO 2011-11-23 AT 13:37:36
La llama y el vagabundo
Alonso Ruvalcaba
ESCRITOR
La mejor taquería del DF
2011-11-23 13:37:36


Entre los restaurantes realmente buenos del Distrito Federal pocos han cambiado tanto y, al mismo tiempo, sido tan consistentes como Pujol (Francisco Petrarca 254, Polanco; T. 5545 4111). Hace once años, cuando comenzó, era un restaurante apenas atrevido: buscaba seriamente un primer dominio de la técnica en lo que era algo "internacional" –con sólo unos platos de chef como el sándwich de foie gras y un avistamiento, de lejos, de México: salpicón de pato. En medio de una carta bastante olvidable, aunque sabrosa, ese platillo apuntaba a algo: al replanteamiento/recontextualización de recetas clásicas mexicanas.



Después, Pujol pasó una exploración nostálgica y un poco juguetona: por ejemplo, un arroz "de San Cosme" recordado de la infancia y recolocado en el respingado ambiente del restaurante o un postre con tapioca que se comía con popote. (Como sucedía en la cocina de avanzada, en Pujol se estaba poniendo en entredicho, también, la forma de comer.) Hubo también una especie de ars combinatoria, ingredientes / cocciones / presentaciones típicas de lo que se llama o se llamó "cocina evolutiva". Un ejemplo: la quesadilla líquida, que se servía en un vasito y estaba hecha de espumas, aires, jugos. (Es la deconstrucción al estilo de Adrià, no al de Derrida.)



ACTUALIZADO 2011-11-22 AT 13:17:55
Levantar una piedra
Diego Enrique Osorno
REPORTERO
Miedo
2011-11-22 13:17:55


23 de 33

Miedo al destino afiebrado. Miedo a los enfisemas, la neumonía y el cáncer de pulmón. Miedo al último cigarro. Miedo a los sermones, a las tardes en un hospital. Miedo al cuarto de ese hospital. Miedo a salir del cuarto de ese hospital. Miedo a la presunta juventud en la que no se comprende nada. Miedo a la mente en blanco. Miedo a vivir siempre en esta laguna mental.

Miedo al desorden avivado. Miedo a un antibiótico perpetuo. Miedo al dinero y al poder de los mediocres y superficiales. Miedo a las batas azules de todas las clínicas. Miedo a ese silencio de las ambulancias apagadas que aturde los oídos en las madrugadas. Miedo a las últimas 24 horas tratando de hallarle compás a la vida. Miedo a las sombras iluminadas del pensamiento vagabundo.

Miedo a los hoyos negros de los hospitales que parecen los hoyos negros de las redacciones de los periódicos. Miedo a las gelatinas verdes fosforescentes de un paciente desesperado de tanta enfermedad. Miedo a las enfermeras que relatan con sus ojos una tragedia de espuma y amor. Miedo a los políticos que se anuncian hasta en las revistas de servicios médicos. Miedo al ruido, sin acústica, del ventilador. Miedo del ir y venir -en la sien-, de una vieja mar.

Miedo del azoro medicinal. Miedo a no regresar al rancho. Miedo de no saber, ni siquiera en el último momento, cuál es el secreto. Miedo de creer en Dios después de todo. Miedo del panal de abejas, cerca del corazón de las radiografías. Miedo de los acertijos matutinos del médico. Miedo por el semblante con el que te saludan los amigos del dominó. Miedo por el amor que pasó como una alucinante primavera.

Miedo a la tos. Miedo a los exámenes, a las terapias y al agua escurriendo, como un río sucio, en el pulmón. Miedo a Raleigh. Miedo de la burocracia pastosa de escalón tras escalón. Miedo de las historias de nadie contadas por encima de la propia historia de uno que es nadie. Miedo de caminar día y noche sin salir de una habitación. Miedo del olor a perfume sobrepuesto sobre ti. Miedo a una ráfaga de ese aliento que me llega del lugar más tierno de la noche. Miedo a no escribir nada nunca más. Miedo a no pasar los dedos por tu piel.



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