El fin de semana que sobrevino al jueves del bombazo en Monterrey, la Ciudad de México parecía sumida en un desmayo generalizado. Quizá era porque el domingo había dilatado ya sus agujas negras (lo que contaré sucedió casi al anochecer, justo cuando se agrava el gesto perturbado y nervioso de los peatones), pero durante una de esas largas caminatas que ayudan a sobrevivir sus tardes tan pausadas, me pareció distinguir por las calles una variedad de tristeza más aguda que la habitual. Era como si el auténtico filamento del desconsuelo, el más particular y oculto, hubiese sido expuesto de pronto, sin advertencia de por medio. La ciudad mostraba en sus plazas, calles y avenidas, la misma vergüenza que se delinea en el rostro de un hombre cuando sus miserias son puestas a la luz. Llovía, pero no como siempre. Algo había de nuevo (y de arcaico, y de abismal) en el compás desigual de los espectadores. Así, la ciudad se revelaba como una presencia mansa: en todos los kioscos (también en los televisores, como ataúdes coloridos y planos; en las rodillas sostenidas sobre esteras, a su vez contenidas en el concreto) se despliegan imágenes violentas, letras negras, mayúsculas, implorando paz. ¿Quién pudiese redimir la extrañeza de la paz cuando ha sido coreada hasta la saciedad? Pero quizá sólo se trate de la fibra óptica dominical. Existe, para aligerar el malestar, un adjetivo más campechano, que nos insufla el pecho de falso descanso: dominguero. Domingueros son los restos de comida y envolturas regados por Chapultepec al caer la tarde, la espeluznante voz del autómata que enumera las emisiones de Acción al final de cada programa, las cubetas rebosantes de agua que los señorones en "chores" malgastan para lavar su automóvil estacionado frente a la cochera. No, los domingos son cosa seria, lo bastante desoladores por sí mismos como para ostentar un luto que no sea el provocado por el fin de los finales: la tragedia de la semana inglesa. Cargan mucha oscura dignidad como para ser primos hermanos de lo cursi, de lo desmedido. Eduardo Lizalde escribió un poema sobre los domingos que recuerdo a menudo, por la impronta cíclica y machacona que les atribuye:
El año que comencé a trabajar como reportero no hubo ningún colapso informático por el efecto 2000, pero nacieron Los Zetas. En el noreste de México escuchabas comentarios acerca de la gente de la última letra sin prestar demasiado interés. La derrota del PRI y el inicio de la supuesta transición eran temas mejor valorados en las redacciones de los periódicos.
Como había furor democrático, me la pasé reporteando sobre las nuevas y viejas mafias de políticos que practicaban el robo sistemático del dinero público. Cada nota que redactaba sobre bonos millonarios cobrados en secreto por diputados, o de contratos otorgados por presidentes municipales corruptos a sus socios o familiares, me hacían sentir parte de algo vibrante como el Watergate. En el México norteño, durante los inicios del siglo XXI, antes de que los editores debieran resignarse a trabajar sus titulares con un vocabulario medieval que incluye palabras como guerra, torturados, decapitación, fosas y masacre, las principales notas solían incluir términos como Bonogate, Parquegate, Amigogate, Asesorgate y Gobernadorgate.
Parece que en el Distrito Federal hasta hubo un Toallagate.
Manadas de periodistas entreabríamos emocionados la caja de Pandora tras la caída del régimen priista y aparecían excreciones flamantes o acumuladas durante largo tiempo, que sacábamos y envolvíamos con términos anglo, como papel regalo, antes de ponerlas a la luz.
Escribí mi primera nota sobre Los Zetas en abril de 2001, a los 20 años. Trataba sobre un operativo que marcó un antes y después en el mundo del narcotráfico de La Frontera Chica, como llamamos nosotros a la pequeña zona de Tamaulipas colindante con Texas. Soldados de fuerzas especiales descendieron de madrugada del cielo, en paracaídas camuflados, en Guardados de Abajo, ranchería de Ciudad Miguel Alemán donde operaba Gilberto García Mena, un traficante veterano no muy conocido, que sin embargo, hasta el día de su captura fue un regulador entre los intereses económicos de empresarios narcos del noreste y de los comerciantes sinaloenses pioneros que exportaban la mercancía requerida por consumidores estadounidenses.
Prométeme, señor, que no me vas a dejar plantado cuando el Cristo Redentor de Río de Janeiro se hunda para siempre en el Atlántico desde sus setecientos metros, brazos abiertos pero quebrados ya; cuando se rompa y se alce el suelo de Los Ángeles y de entre las grietas brote lava; cuando el Sena al fin engulla París; cuando los muertos de la muerta Tenochtitlan se alcen de sus tumbas, arranquen sus cráneos del tzompantli y en un nuevo cu de Huichilobos canten su pestilente canción de despedida. Prométeme que vas a cumplirles a los mayas. Prométemelo: la tierra tiene un año de vida (o un poquito más: 21 de diciembre, 2012), y has fallado a nuestra cita en cada fin del mundo del pasado.
Aunque son amigas desde la infancia, las chicas de Warpaint empezaron a hacer música en el 2004. Se las podía ver dando conciertos pequeños en su ciudad natal, Los Ángeles, California, hasta que en el 2009 editaron su primer EP, Exquisite Corpse, que sacaron por sus propios medios. El material fue reeditado ese mismo año por el sello angelino Manimal, quien dio a conocer a Warpaint a nivel mundial.
Un año después, en octubre del 2010, su primer álbum vio la luz: The Fool, que se coló inmediatamente en todas las listas y la banda fue reseñada por los medios más prestiogiosos. El mismísimo Jarvis Cocker se declaró fan de Warpaint en su programa de radio semanal, Jarvis Cocker’s Sunday Service, donde las programó más de una vez.
Cerré la confección y publicación de la crónica apenas estuve bien instalado en la ciudad. Y es que el tercer choque entre Juan Manuel Márquez y Manny Pacquiao promete ser el evento rey de la década en Fistania. Me temo que estoy lejos de exagerar: no había visto tal furor desde que Julio César abarrotó el Azteca y demostró al guiñapo Haugen lo duro que pueden pegar los taxistas tijuanenses. A Juan Manuel le llegó tarde el revuelo pero con intensidad mayúscula. Luego de dos polémicos fallos, el espíritu de Márquez permanece inquebrantable: si hay alguien en este planeta que puede derrotar al filipino, es él. He ahí una historia: la del más grande boxeador que hemos tenido en los últimos tiempos, de vuelta a Ítaca. Me presenté en la redacción de esta revista y los convencí con un juego de manos inusualmente veloz: la afición al deporte de los puñetazos suele insuflar ánimos homéricos a mis esclarecimientos, que por lo regular son más bien vagos. Pocos asuntos de los que disfrute escribir tanto como de éste. La crónica de boxeo es un género mayor con poco reconocimiento. Nombres como Schulberg, Liebling, Torres, Toledo y Mailer, son sólo los extremos visibles de un témpano enorme y bien articulado. Nuestro país, que tantas glorias ha cosechado en el ring y tan poca literatura posee al respecto, tiene a Ricardo Garibay –ese tahur de la prosa –como figura central.