El código del brindis es tan firme –estamos celebrando, alegres, dedicamos esta copa o estas copas a la salud de alguien, presente o ausente, o a su honor o a la dicha de estos tiempos o de los que fueron o de los que serán– que se presta al símbolo, a la señal ominosa. En cine es incesantemente así. Nadie no recuerda el brindis amoroso pero que ya anuncia el drama de Rick en Casablanca (Michael Curtiz, 1943): "Here’s looking at you, kid":
Un ejemplo mejor: al principio de Mala mujer (Scarlet Street, 1946), obra maestra de Fritz Lang, fúricamente misógina y, para el caso, intachablemente misantrópica, se brinda por el año veinticinco de servicio de Chris Cross para un banco: veinticinco años sentado ante su caja. Su jefe le regala un reloj de oro atribulado de diamantes, le da puros, champaña; los compañeros alzan su copa también por la salud de este hombre que intuye, en el fondo, que no se brinda aquí por un logro sino por una vida funeral cuyo único sentido es la repetición de todo interminablemente... Tan bien lo sabe, que a la salida del brindis conocerá a Kitty March, hermosa y mortal como un sable japonés, y se atreverá a encenderse, a amar, a mentir, a robar, a matar, a enloquecer: todo eso estaba preparado en aquel brindis... Otro: el primer verdadero brindis entre Joe Clay y Kirsten Arnesen en Días de vino y rosas (Days of wine and roses, 1962) de Blake Edwards. Están en el muelle, en su primera salida: en Joe está la pedez y la condición de pobre diablo, en Kirsten la ingenuidad y la fe. Entonces, con la vista en el mar negro, Kirsten repite unos versos de Ernest Dowson:
They are not long, the days of wine and roses:
Out of a misty dream Our path emerges for a while,then closes
Within a dream:
son breves estos días de vino y rosas: el camino se abre entre un sueño y una niebla y un momento después se cierra en otro sueño. (La rosa, el vino, la brevedad de todo recuerdan los brindis en rubáiyát de Khayyám; este, por ejemplo.) "Son breves estos días" dice Kirsten, y Joe saca su anforita, la alza en un salud y bebe sus heces: no saben ellos (pero nosotros sí, horriblemente) que en ese brindis está ya la Kirsten del futuro, abyecta y rota de alcohol barato.
PARIS, 29 de agosto de 2011.- Todo arte es inútil, decía Oscar Wilde. Y toda tumba es lacónica: por más bellas que se construyan, las tumbas, los cenotafios, los mausoleos, se erigen para petrificar la gloria y preservar el silencio de la muerte. En el camino a Aarhus, Dinamarca, paré ayer en París para visitar a un amigo y hacer una escala en el magnífico cementerio de Père Lachaise. Aunque me aburren las tumbas (cuando yo muera, por favor, horno crematorio y cenizas al viento) me atraen los cementerios por su silencio conventual y su elegancia improductiva. Sin la tumba de Oscar Wilde, Père Lachaise satisfaría al admirador de Morrison o de Edith Piaf, al lector de Balzac y de Proust, al nacionalista francés y al indignado con el holocausto judío. Pero Père Lachaise, en su grisura de solemnidad y muerte, regala un páramo de resurrección festiva. Blanca y pétrea en su construcción original, la tumba de Oscar Wilde se tiñe de rojo y de rosado: es el rostro vivo de Dorian Gray que refleja al cuerpo muerto del resto del panteón: centenas de besos marcados con lápiz labial: labios gruesos y delgados, bocas abiertas y cerradas, pintas que dicen "Tú me cambiaste la vida", "Te amo", "Gracias, gracias, gracias", en francés, en italiano, en inglés, en español. En esos besos, en los aforismos anotados con el rojo del amor y de la sangre, en las citas a sus obras que dejan sus lectores, se advierte uno de los poderes más raros de la especie humana: el poder de la poesía —escrita en prosa o verso— que toca a las almas y las insufla de gozo estético.
El huracán Irene llegó a Nueva York convertido en tormenta tropical, tras degradarse de la categoría 4 con la que avanzaba en el océano Atlántico. Días de miedo e incertidumbre se vivieron en la Gran Manzana, la ciudad estaba preparada para lo peor. Especialistas del Centro Nacional de Huracanes en Miami explicaron al New York Times que tenían sólidas razones para esperar que Irene se fortaleciera al entrar a tierra, lo cual justificaba el temor a un fenómeno devastador.
A pesar de haber perdido fuerza, Irene dejó destrucción a su paso. Los servicios de emergencia cuentan al menos 21 muertes a lo largo de la costa este y alrededor de mil millones de dólares en daños sólo por los fuertes vientos. Se registraron inundaciones severas en los estados de Filadelfia, Massachusetts, Nueva York y Carolina del Norte y alrededor de 4.5 millones de hogares y negocios se quedaron sin energía eléctrica.
Después del paso de Irene en Nueva York, la vida comienza a volver a la normalidad. Esta mañana reabrieron los aeropuertos LaGuardia, Newark Liberty y John F. Kennedy, el metro funciona con relativa normalidad y aunque los suburbios presentan daños más profundos que la ciudad, las cosas mejoran poco a poco.
OCÉANO ATLÁNTICO, 29 de agosto de 2011. México se encoge poco a poco hasta volverse minúsculo, invisible. Los barrios del Distrito Federal se tornan una costra gris y la última visión del país se disuelve en las playas del noreste, por donde el Boeing 727 huye hacia el Atlántico. Resulta difícil abandonar México: irrumpe en el periódico con el conteo final de los muertos en el casino de Monterrey y en la conversación con un desconocido: "Cuando los países avanzan, lo hacen a pesar de sus políticos", me dice un ciudadano español.
En sólo cinco días México vivió dos episodios inéditos desde que inició la llamada "guerra contra el narcotráfico", convocada por el presidente Felipe Calderón en 2006 (dos, porque el asesinato del periodista Humberto Millán Salazar, ocurrido el jueves en Culiacán es, lamentablemente, un hecho recurrente. Van 83 periodistas ultimados del 2000 a la fecha). El primero ocurrió a las afueras del estadio Territorio Santos Modelo de Torreón, Coahuila. El ruido de balazos hizo correr despavoridos a los jugadores al vestidor, otros más subieron a las gradas a proteger a sus familias. Los aficionados se agacharon y luego se precipitaron al campo. Dos canales transmitían en vivo el acontecimiento: ESPN2 (de cable) y TV Azteca (abierto). Cuando las ráfagas cesaron, el comentarista que estaba en la cancha, espantado hablaba de "la maldita inseguridad" que hay en el país, mientras las cámaras tomaban a mujeres y niños llorando. Emilio Fernando Alonso, conductor a cargo de la transmisión dijo, refiriéndose a la situación: "tenemos que informarle como periodistas que somos, no se trata de hacer leña del árbol caído", lo cual hacía suponer que seguirían en la cobertura. Sin embargo, un minuto después, despidió la transmisión y comenzó un programa de cámara escondida: