Durante la última edición de la Feria Internacional de Turismo en España, la Ruta de los Conventos del estado de Morelos ganó el premio Turismo Activo Internacional. Ya en 1994 había sido reconocida como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Al pasear por los 11 pueblos se comprende que tanto elogio se debe no sólo a los monasterios franciscanos, dominicos y agustinos del siglo XVI, sino a las tradiciones, la comida y el encanto de cada uno de ellos.
La ruta puede iniciar (o terminar) en Zacualpan de Amilpas, casi en la frontera con Puebla, en cuya plaza se reúnen cada domingo las comunidades aledañas para hacer trueque, una práctica prehispánica que sobrevive. En el Convento de la Inmaculada Concepción, de 1535, destaca una puerta de madera monumental con motivos florales y una pila bautismal con rasgos precolombinos.
Tras conducir por una carretera sinuosa se llega a Hueyapan, en las faldas del Popocatépetl. El convento es el más modesto del viaje y resguarda un nicho del siglo XVII, de una sola pieza. En la cabecera de este municipio, Tetela del Volcán, se halla el convento dominico de San Juan Bautista donde están los frescos mejor conservados de la travesía, dedicados a episodios bíblicos o mártires que eran tomados como ejemplo. Antes de irte debes llevar unos kilos del durazno que se siembra en los alrededores, o una botella del licor de membrillo.
El Convento de Santiago Apóstol en Ocuituco, el primero construido por los agustinos en América, es la siguiente escala. En su patio destaca una fuente con seis leones labrados y dos sirenas en las escaleras para subir al atrio. Próximamente albergará un museo de arte sacro y piezas prehispánicas. A unos minutos se halla Yecapixtla, donde se prepara la mejor cecina de México. De su monasterio destaca el huerto y el remate de almenas, que le dan un aire de fortaleza, aunque se cree que sólo se incorporaron como ornamento en varias edificaciones religiosas de la época. Otro atractivo está en sus elementos góticos, como un rosetón de cantera y las pequeñas ventanas.
Atlatlahucan es un pueblo que disfruta la recaudación de impuestos municipales del fraccionamiento Lomas de Cocoyoc, por lo que su plaza principal está recién restaurada. Le colocaron una fuente saltarina con luces, jardineras y un nuevo quiosco. En su convento, el de San Mateo Apóstol, se siguen celebrando misas en latín y las monjas entonan cantos gregorianos. Su colorido altar está decorado con luces y flores de plástico. Al convento de Totolapan llegan procesiones desde Iztapalapa para venerar la imagen del Cristo Aparecido.
Sigue Oaxtepec, con su Convento de Santo Domingo, el primero que edificaron los dominicos, también en 1535. Su fachada es muy simple, pero en el interior hay varios murales perfectamente conservados. En la planta baja hay un museo con piezas arqueológicas y un insectario; en la superior, una biblioteca. Bajo una cordillera de largos riscos se encuentra Tlayacapan, un pueblo famoso por la destreza de sus alfareros, porque fue trazado con forma de cruz y por el mole verde y rojo que se prepara. En el refectorio de su monasterio hay un museo con un Cristo hecho con argamasa de caña, y una pintura de San Agustín, del siglo XVI. Lo más sorprendente es la media docena de momias que fueron encontradas durante los trabajos de restauración y que ahora, tétricamente, se exhiben.
Tepoztlán, con el aire neohippie que le han dado sus nuevos habitantes, es la penúltima escala. Hay que visitar el gigantesco convento, que es el único administrado por el INAH. La ruta, que puede realizarse cómodamente en tres días, termina en la catedral de Cuernavaca, capital del estado, ubicada entre bellos jardines y capillas construidas en siglos posteriores. Destaca en ella el enorme tamaño de su atrio, y que tiene una de las capillas abiertas más antiguas del continente.