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Mujeres y niñas bien primero
Guadalupe Loaeza estaba con el dentista cuando se puso a hojear una Selecciones. Ahí venía la historia del único mexicano a bordo del Titanic: un diplomático que cedió su lugar a una mujer inglesa en un bote salvavidas, cuando el transatlántico se hundió en 1912. Manuel R. Uruchurtu murió esa noche. Guadalupe quedó cautivada.

Entonces buscó a la familia de aquel hombre, originario de Sonora, para escribir una biografía novelada. “La familia ha pasado esta historia de generación en generación. El gesto de caballerosidad que tuvo al cederle su lugar a Elizabeth Ramell Nye, que dicen que vino a México a agradecerles que estuviera viva. Aunque no encontré ningún documento o declaración que lo atestigüe”, dice Loaeza.

Uruchurtu era ahijado de Ramón Corral, fundamental en la política porfiriana. Fue opositor de Madero y Zapata y apoyó la matanza de los yaquis. “Era muy conservador. Había sido cuatro veces diputado y buscaba un lugar en el Senado. Estaba en Europa visitando a porfiristas en el exilio, les estaba pidiendo ayuda. El país estaba cayéndose a pedazos y este señor viajaba con lujos, muy elegante, en primera clase, y se iba a hospedar en el Waldorf Astoria de Nueva York”, dice la autora.

La familia proporcionó entrevistas, cartas y telegramas con los que reconstruyó esta historia, al estilo de Noticias del imperio de Fernando del Paso. “Pero encontré que no había nada en español sobre el Titanic. Recurrí a documentales, películas, entre otros libros en inglés. Utilicé muchas fuentes de internet, sí, de internet, ¡aunque se enoje Guillermo Sheridan!”.

Loaeza ha vuelto a hacer un retrato de época como sólo ella lo sabe hacer. “El caballero del Titanic lo escribí con adrenalina como si hubiera estado a bordo”, dice.
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