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Regina Martínez: el silencio forzado
Seria, reservada, honesta, diligente, precisa, comprometida, responsable, sagaz, dura, obstinada, trabajadora. Así es como los compañeros y amigos recuerdan a Regina Martínez Pérez, quien fuera corresponsal del semanario Proceso en Veracruz. Oriunda de Rafael Lucio, pequeña localidad ubicada en el norte del estado de Veracruz, Regina nació el 7 de septiembre de 1963. Sus padres María Lorenza Pérez Vázquez y Florencio Martínez Romero formaron una familia numerosa de 11 hijos. Regina Martínez sabía lo que quería hacer de su vida, por ello dejó el pueblo para estudiar periodismo en la Universidad Veracruzana. Una vez graduada, Regina se trasladó a Chiapas para trabajar como reportera en el sistema de televisión del estado. Dejó la televisión para laborar en medios impresos. Era lo que más le gustaba, según colegas que la conocieron bien. Pasó por diversos periódicos chiapanecos en momentos en que el periodismo local sufría graves presiones por parte del poder político. Su paso por Chiapas y su entereza en el oficio son recordados con gratitud. Su regreso a Veracruz, cinco años después, no fue más sencillo que sus trabajos en Chiapas. Enfrentó embates por parte de gobernadores y secretarios de gobierno afanados en detener la información crítica contra su administración. Pero Regina creía en lo que hacía. Jamás se movió un ápice en su intención de hacer periodismo serio en un contexto donde la prensa está cooptada por los tentáculos del poder.

La inteligencia y la audacia como reportera se corroboran cuando analizamos la amplia agenda que cubría con sus textos. El interés público de la información dominaba su agenda. Iba donde la noticia la llevaba, con tal de sacar la información que ella sabía que satisfaría el derecho a la información de la sociedad. Reporteó sobre asesinatos a candidatos políticos, desastres naturales, atropellos por parte de las fuerzas de seguridad, violaciones graves a los derechos humanos, corrupción política y actos de mal gobierno. Por medio de su trabajo periodístico, Regina logró dar voz a un sinfín de personas. Por ejemplo, recordamos sus amplios y precisos reportajes sobre la violación sexual de Ernestina Ascencio por un grupo de soldados del Ejército mexicano. A pesar del pernicioso intento por parte del gobierno de encubrir al Ejército afirmando que Ernestina había muerto de "anemia aguda", fue la corresponsal de Proceso quien recogió la verdadera historia. Ésa era su meta en los más de 63 reportajes que escribió.

A su mirada no se le escapaba detalle, describen sus amigos. Detrás de esos lentes ochenteros, escribió Luciano, su colega, había una cara con rasgos indígenas que buscaba comprender la realidad para después escribirla en sus historias.

Regina Martínez se suma a una ominosa lista de periodistas asesinados en México. Del año 2000 a la fecha, 70 periodistas han sido asesinados; 13 están desaparecidos. Las cifras son frías y no explican del todo la violencia directa de la cual es víctima la prensa mexicana. Pero estos números no tienen comparación en ningún otro país del orbe con las características de México. La prensa mexicana en muchos territorios del país está arrinconada, silenciada, con miedo y zozobra. Las líneas editoriales ya pasan por el temor a publicar. La violencia ha impuesto la censura como medida de protección para periodistas, reporteros, editores y medios de comunicación. La censura y la violencia se han convertido en un binomio pernicioso para el libre flujo de ideas, opiniones e información. Ninguna nota vale una vida, se repiten continuamente reporteros que trabajan en las zonas de mayor riesgo. Pero la violencia no ha vencido al periodismo mexicano. Hay diarios que todos los días se comprometen con la información destinada a su audiencia. Reconocen el peligro pero están decididos a no claudicar en su oficio.

Aún estaba fresca la memoria de Regina Martínez cuando, días después, los reporteros gráficos Guillermo Luna, Gabriel Huge y Esteban Rodríguez fueron asesinados y sus cuerpos encontrados con señales de tortura. Eran también veracruzanos. De esta manera, el estado de Veracruz se convirtió en el lugar más peligroso para ejercer el periodismo en México.

Los homicidios de periodistas han cimbrado la libertad de prensa en México. Las huecas condenas y declaraciones oficiales, lejos de dar certeza, abonan al escepticismo de que la situación pueda cambiar en el corto plazo. El Estado ausente, la delincuencia en su apogeo y la prensa en el fuego cruzado, en la indefensión, en el olvido.

Las letras de Regina y las fotos de Guillermo y Gabriel han dejado de circular. La información que ponían a disposición de la sociedad fue acallada de la manera más vil. Los efectos de la violencia contra la prensa ya se pueden ver, es la afectación al derecho a la información de la sociedad. El silencio impuesto por las balas le está ganando terreno a la democracia. El débil Estado de derecho coloca los cimientos para futuras agresiones. De no detener la espiral de violencia nos encaminamos a ser una sociedad desinformada y sin libertades.
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