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Memorias del cuerpo
"Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a la que nunca ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro". Con esta abrumadora frase comienza Paul Auster su Diario de invierno, un ejercicio autobiográfico escrito en segunda persona. Para quienes creíamos que el escritor neoyorquino llevaba ya un rato con la pólvora mojada, o que su editorial lo estaba obligando a escribir una novela al año, este nuevo libro es una sacudida que muestra no sólo su vigencia, sino la capacidad experimental de su narrativa.
Aunque Auster revele vivencias que cualquier fanático suyo sabría, su mérito está en el enfoque del cuerpo con el que lo hace, tal vez como lección para los que consideran la supremacía de lo intelectual sobre lo que siente la piel, los órganos y los huesos. Ahí están los juegos de béisbol de su niñez, los primeros borbotones de sangre, los primeros amores y el momento en que apareció la mujer Única. En Diario de invierno está el dolor de la muerte de sus padres, el nacimiento de sus hijos, el accidente automovilístico, las enfermedades que vaticinaban tragedias, su empeño por ser escritor y viajero a pesar de que eso implicara vivir años en cuchitriles sin baño. Y ahí están todas las cicatrices -visibles e invisibles- que durante 64 años han delineado su persona y sus libros. Todas esas cosas que crees que jamás te pasarán, pero que con los años terminan por alcanzarte, como a todos.
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