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Un poeta para (des)armar
Con el tiempo, el poeta chileno Nicanor Parra se ha convertido en un puzzle. Hay tantas piezas diferentes, que es posible armar un Parra al gusto de cada uno. Ahí, por ejemplo, está la imagen del martes 24 de abril pasado: Nicanor Parra al volante de un Volkswagen escarabajo. El poeta, de 97 años, junto a una de sus hijas, conduce por las calles del balneario Las Cruces, en la costa chilena, donde actualmente vive. ¿Quién, al borde de los 100 años, está en condiciones de manejar un vehículo? Pero ésa es una pregunta que nadie se hizo porque, ahora, Parra no parece estar cerca de cumplir un siglo. El poeta, que hace 58 años inventó la antipoesía, el despojo de cualquier carga metafórica en sus versos para acercarlos al "habla común", fue premiado en diciembre de 2011 con el Premio Cervantes, y el día de la entrega, el 24 de abril de 2012, se excusó de viajar a España con el siguiente argumento: "Es peligroso, los aviones se caen". A la misma hora en que se realizaba la ceremonia de premiación, él paseaba en su Volkswagen color plata de 1960.
El crítico británico Harold Bloom dijo de él que "si el poeta más poderoso que hasta ahora ha dado el Nuevo Mundo sigue siendo Walt Whitman, Parra se le une como un poeta esencial de las Tierras del Crepúsculo", pero lo que más se dice de Parra es que es el poeta más joven de Chile. Y esa faceta de forever young longevo es la que más ha explotado en los últimos tiempos: sigue con atención las manifestaciones estudiantiles, está al tanto de lo que sucede en Twitter y, no por nada, en el discurso que leyó uno de sus nietos en la ceremonia de aceptación del Cervantes, frente a los príncipes de Asturias y el presidente Mariano Rajoy, incluyó versos como este: "Los premios son para los espíritus libres / Y para los amigos del jurado / Chanfle / No contaban con mi astucia".
Así, no debería extrañar que a estas alturas la de Nicanor Parra sea una presencia múltiple. Sólo hay que revisar las piezas que conforman el puzzle del antipoeta. Está el autor que tempranamente, en su libro Versos de salón (1962), anunciaba que venía para quedarse: "Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa". Y está el que, desde Hojas de Parra (1985), pasó 20 años sin publicar hasta que se editó su traducción de la obra de Shakespeare Lear Rey & Mendigo (2004). Está el autor contracultural, admirado por la madrina del punk Patti Smith, traducido por beatniks como Allen Ginsberg y eterno observador crítico del establishment político, que escribió, por ejemplo: "La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas". Y está el que trascendió a la poesía y roció su humor y su lenguaje en narradores de diversas generaciones y nacionalidades, desde Roberto Bolaño (quien siempre fue enfático al respecto: "Nicanor Parra por encima de todos, incluido Pablo Neruda y Vicente Huidobro y Gabriela Mistral") hasta el argentino Ricardo Piglia (quien prologó el segundo volumen de las obras completas, publicadas por Galaxia Gutenberg en 2010 y 2011), pasando por la estadounidense Nicole Krauss (devota de sus libros, lo menciona reiteradas veces en su última novela Great House) y escritores más jóvenes, como el chileno Alejandro Zambra. Y está, también, el Parra de los "artefactos", esas instalaciones artísticas hechas con frases que él descontextualiza para darles un nuevo sentido. Desde 1972, año en que publicó los primeros artefactos, esta dimensión de Parra se ha vuelto uno de sus sellos inconfundibles, que lo ha llevado a exponer en museos de España y Estados Unidos, entre otros países. Hace algunos años, a propósito de una comentada instalación en la que se mostraba a muñecos de todos los presidentes chilenos ahorcados (llamada El pago de Chile), un lector mandó una carta al diario El Mercurio. Su comentario sobre la muestra fue breve, pero conciso. Y, como todo lo que rodea al poeta, extremadamente parriano: "La suya es una falta de respeto muy grande que le hace muy bien a nuestra democracia".
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