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Un adiós imposible
Permítaseme, en primer término, vaciar el cajón de los recuerdos. Lo conocí en Oxford en 1986, cuando yo estudiaba mi doctorado y él, a la sazón titular de la Cátedra Simón Bolívar en Cambridge, visitó mi universidad para dar una conferencia. En uno de los pocos golpes de buena suerte que he tenido en mi vida, el rector de mi Colegio me pidió que lo atendiera. Ya sabía que me tocaría convivir con uno de los más grandes escritores de mi país, pero ver a los sumos sacerdotes de la academia inglesa escuchar a un intelectual mexicano con la admiración que se les dispensa a los gurús de la intelligentsia europea estimuló aún más mi chovinismo juvenil. Lo llevé a pasear en mi destartalado Mini -con una escala en la librería Blackwell's- y finalmente a su hotel. Al despedirme le di una copia del primer capítulo de mi tesis y, ante mi sorpresa, recibí la invitación a comer el día siguiente en Stratford-upon-Avon. Ahí conocí a Silvia, a Carlos Jr. y a Natasha. Una personalidad de ese tamaño le abría las puertas de su familia a un estudiante desconocido.
De ahí en adelante, y hasta su muerte, nuestra relación estuvo presidida por su proverbial generosidad. Inolvidables cenas, llamadas telefónicas desde Londres para abrevar en el acontecer nacional, el prólogo de mi primer libro y la inauguración de la Cátedra México en Trinity College cuando estuve en Dublín -dos cosas que nunca le agradecí bastante-, lo nuestro fue un asimétrico intercambio de sabiduría de su parte y una insignificante dosis de información política de la mía. Y es que Carlos fue, además de un enorme novelista, un gran ensayista del poder. Leyó el tiempo de México y del mundo y ejerció, en súbitas urgencias, el análisis periodístico. Y lo hizo con la familiaridad de quien dialoga con la historia, de quien convive con los personajes de la vida real. Por eso colmó sus alforjas vivenciales de los ecos de una élite estrepitosa, que fue la suya. Una pléyade internacional de epónimos con los que se codeó durante la construcción de hitos históricos.
Fuentes fue el mexicano más cosmopolita y el cosmopolita más mexicano. El que hermanó a San Jerónimo y Kensington, el que estiró su región hasta transparentar casi todos los confines de la Tierra. Le fue fácil salir de México, pero le fue muy difícil que México saliera de él. Dedicaba la mañana a escribir en español, pasaba la tarde hablando en inglés y en francés y recibía la noche sintiendo en mexicano, porque le dolía México. Escudriñaba los continentes libre de gadgets, era un posmoderno tradicionalista reacio a la cibernética, un trotamundos que prefería caminar el planeta sin laptop y sin celular. Lo suyo era la pluma, la máquina de escribir y la biblioteca. Las únicas pantallas que procuraba eran las del cine. Su cinefilia empezaba en el blanco y negro y terminaba en el último e ignoto recodo del espectro cromático.
Fuentes superó a todos sus personajes, de Ixca Cienfuegos y Artemio Cruz a Inez y Josué Nadal, pasando por Aura, o mejor dicho parando en Aura. No me refiero a su pulsión autobiográfica, hablo de algo más sencillo y más complejo a la vez: del escritor que se escribe a sí mismo, que reinventa su papel más allá del papel. Del que dibuja su máscara, su identidad alterna, su propia otredad, y se convierte en un ser realista y mágico, ineludible e inasible, remoto y portátil.
Siempre intuí que su partida me iba a doler, pero nunca imaginé cuánto. Esa noche, al llegar a su casa y abrazar a Silvia, asimilé mi nudo en la garganta. Ella tuvo la munificencia de descifrármelo: "Sé cómo te sientes -me dijo-, perdiste a tu amigo, a tu maestro". Sé que la pérdida es de todos, que ese 15 de mayo, México amaneció mutilado. Pero yo también lo perdí, y no sé cómo decirle adiós. Vi su féretro y no acerté a despedirme. Recordé que en sus 83 años de vida, y sobre todo en sus cincuenta y tantos de gloria, Carlos Fuentes cargó un corazón a la intemperie, zaherido y sublimado por el amor y la bonhomía. Imaginé que se reuniría con sus hijos, que me seguiría guiando desde arriba, que su obra no dejaría de iluminarnos. Pero salí de ahí sin poder decirle adiós.
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