Es difícil no reconocer las formas de Ernesto Neto (Río de Janeiro, 1964). Caracterizada por materiales como lycra, crochet, esferas de polipropileno o especias, su obra representa una tipología escultórica en la que lo corporal incide con sutileza en la experiencia del arte; enormes y pesadas masas sometidas a la gravedad parecieran cambiar su naturaleza por una más ligera; materiales frágiles y sensibles pierden su liviandad y se vuelven una invitación a un impulso básico de la escultura: el tacto. Neto teje una identidad a partir del reconocimiento de lo local e inmediato: el cuerpo, lo cotidiano, una continuación en el campo del arte de cómo se mueve el artista en su propia vida, herencia del neoconcretismo de artistas como Lygia Clark o Hélio Oiticica. De este reconocimiento de lo personal para construir una noción de espacio, donde lo social pueda desarrollarse de manera colectiva, parte "La lengua de Ernesto, Obras 1987-2011", la exposición de la obra de Neto más grande montada a la fecha.
Las ideas clave son visibles desde el inicio de la muestra, donde pesadas barras y planchas de acero reposan sobre pelotas de hule espuma o se mantienen en equilibrio por medio de ligeros pedazos de lycra. Mientras que en estas piezas atestiguamos, de manera casi dolorosa, el peso y la fragilidad de los materiales crudos, en obras posteriores, por medio de impresionantes volúmenes que se desplazan silenciosamente alrededor del espectador, estas ideas se presentan leves, accesibles. Todo el peso, ominoso y a punto de colapsar, se vuelve suave, adquiere una naturaleza corpórea y flota, pero la tensión sigue estando ahí. Más allá de los adjetivos comunes, como son lo táctil o lo lúdico, lo que en verdad sorprende de esta experiencia física es cómo se adueña del espacio del espectador, desde la incómoda levedad de las primeras obras, pasando por lo inquietantemente blando de sus formas, hasta la manera en que los olores (clavo, lavanda, orégano) anuncian poco a poco esta presencia -cuando no ocupación-, al grado de reconocerse dentro, absorbido. Lejos de una relación fría entre obra y audiencia, Neto lleva esta relación a un grado vital, el de dos organismos interactuando.
Quizás el título de la muestra sea una buena forma de reflexionar sobre cómo percibimos la obra. La lengua, un órgano blando y sensible al mismo tiempo que el músculo más fuerte del cuerpo, permite también entender que estos recursos físicos que utilizamos para experimentar su trabajo -el olfato, el tacto, la vista- forman parte de un mismo lenguaje escultórico; que, por ejemplo, antes del olor está el polvo, que puede transpirar a través de un tejido -una idea que explica la corporeidad de los aromas-. Que lenguaje y órgano (la forma, la experiencia física) pueden situarse en el mismo punto, cuando uno, como dice el artista, "piensa por medio de su cuerpo".
"La lengua de Ernesto, Obras 1987-2011"Antiguo Colegio de San Ildefonso
Justo Sierra 16, Centro Histórico, ciudad de México
Hasta el 9 de septiembre de 2012
www.sanildefonso.org.mx