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La resurrección de Chavela
Casi ningún artista resurge, como la mitológica Ave Fénix, de sus propias cenizas, y Chavela Vargas lo hizo para elevarse a la cumbre.

Gracias a su característica voz ronca y quebrada, acompañándose ella misma por una guitarra, Chavela logró desarrollar un inconfundible estilo en el que más que cantar decía, murmuraba, mascullaba, gritaba y convertía en lamentos esas canciones mexicanas —principalmente rancheras y boleros— en que compositores de la talla de José Alfredo Jiménez, por mencionar al más importante de su repertorio, abordaron la rabia provocada por la traición, el insondable abismo de la soledad y la desgracia de un mal de amores, entre otros temas.

Se decía que cantaba feo, pero con gran sentimiento. Lo importante era su estilo de cantar. Al efecto desgarrador de sus interpretaciones en solitario —eliminó el tono festivo del mariachi—, Chavela Vargas agregó otro elemento que la convirtió en una figura icónica y polémica a la vez: aparecía sin una gota de maquillaje, vestida como hombre —pantalón de manta, jorongo, pistola al cinto y huaraches o botas— fumando y bebiendo tequila, para cantar en masculino canciones dedicadas a mujeres con las que coqueteaba abiertamente y hasta de manera a veces muy agresiva durante sus presentaciones.

Chavela se inició como cantante profesional de la mano de José Alfredo, quien, además de ser su compañero de parrandas y correrías amorosas, apoyó sus presentaciones en diversos bares y centros nocturnos de moda en las ciudades de México y Acapulco —mecas del turismo internacional en los años cincuenta y sesenta—, en los que logró llenos totales, convirtiéndose en una artista de culto entre los entendidos de las filiaciones sexuales transgresoras y entre los intelectuales que acudían también a esos lugares en busca de una supuesta autenticidad popular, piedra angular de la identidad mexicana.

Así, su interpretación de "Macorina" —un poema en el que el asturiano Alfonso Camín rinde homenaje a una de las prostitutas más célebres de Cuba, musicalizado y adaptado por Chavela— es una celebración del deseo lésbico y fue, también, un himno para la guerrilla salvadoreña; su versión de "Un mundo raro", de José Alfredo, llegó a considerarse como un himno de liberación anterior a los tiempos del movimiento gay, y sus distintas interpretaciones de "La Llorona", canción oaxaqueña del dominio popular, devinieron en una de sus de sus marcas personales.

A partir de 1961, Chavela Vargas grabó varios discos con cerca de un centenar de canciones y llegó a ser la cantante con mayor reconocimiento internacional durante la Época de Oro de la canción mexicana. Sin embargo, tras la muerte en 1973 de José Alfredo Jiménez, a causa de una cirrosis hepática, Chavela se sumergió en un periodo autodestructivo en el que el alcoholismo la llevó a la ruina física, moral y económica y al aislamiento en el estado de Morelos donde sólo contaba con la solidaridad de los pobladores de la comunidad rural en la que malvivía.

Desapareció durante unos 15 años en los que llegó a tocar fondo, pero un día y sin mayor explicación —como muchos otros aspectos de su vida que permanecen en el misterio, como su chamanismo—, Chavela decidió salir de ese infierno y dejar de emborracharse —"por andar cantando se me olvidó beber"—, y empezó a llevar una vida sana, lo que propició una espectacular resurrección escénica a partir de 1991, en el atiborrado y exitoso teatro-bar El Hábito, de Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe, cultivadoras del cabaret político. Cuando se corrió la voz de que la Vargas estaba vivita y coleando, hasta ahí fue a conocerla el editor y productor español Manuel Arroyo-Stephens, quien, seducido por su cascada pero aún vigorosa voz, la llevó de gira a España, la grabó en vivo y le produjo sucesivamente cuatro nuevos discos.

Aunque ya había participado como actriz o cantante en algunas cintas mexicanas, con este segundo "chavelazo" Werner Herzog, Pedro Almodóvar, Julie Taymor y Alejandro González Iñárritu la incluyeron en sus películas, con lo que Chavela alcanzó un nuevo auge que la llevó a ser ovacionada donde se presentara, ya fuera en el Teatro Olympia de París, el Carnegie Hall de Nueva York, el Palau de la Música de Barcelona, el Albéniz de Madrid, el Luna Park de Buenos Aires y en el lugar de su sueño vuelto realidad: el Palacio de Bellas Artes, en la capital de México.

Amén de los premios y reconocimientos que recibió en vida, ahora que la diversidad sexual ya no está proscrita ni es objeto de burla generalizada y se reconocen sus aportaciones a la cultura, el performance lésbico-machista de Chavela Vargas, en tanto forma de transgresión sexual, puede ser revisado de manera crítica sin que ello implique una nueva descalificación moral ni una discriminación heterosexista.
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