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A la India con Margo Glantz
Margo Glantz está de vuelta. La escritora, periodista y traductora mexicana —autora de Las Genealogías, La historia de una mujer que caminó toda su vida con zapatos de diseñador y El rastro—, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, vuelve con un libro que promete sorpresas. Nos reunimos con ella para platicar sobre esta reciente publicación, Coronada de moscas, un libro de viajes sobre la India, que edita Sexto Piso.

La cita es muy temprano, en su casa de Coyoacán, en la ciudad de México. Pronto nos traen una charola con una prensa francesa con café caliente y un par de tazas blancas. Margo dice tomar el café con poca leche y sin azúcar; lleva puesto un suéter negro, una falda color vino y zapatos negros. Estamos a media sala y se asegura de estar muy cerca de la mesita de centro, desde donde alcanza a ver el ventanal que tiene enfrente, y que deja apreciar un patio grande lleno de plantas. Por ahí merodea Hilaria, su perra negra.

Las puertas y ventanas de toda la casa están abiertas. "La tarde anterior vinieron unos amigos que dejaron la casa oliendo a cigarro", dice Margo, mientras me sirve una taza de café.

Recuerdo que hace un año, en el Hay Festival de Xalapa, me platicabas que estabas escribiendo sobre la India. Aquel proyecto es hoy una realidad.
Sí, es un libro que tuvo que sufrir todo un proceso. Primero lo escribí a través de una serie de artículos fragmentarios que publiqué en La Jornada, de un viaje que hice a la India entre 2004 y 2005. Y había publicado ya unas cosas en Saña. Pero estos necesitaban ser reproducidos de una manera diferente, descontextualizarlos, y que pudieran vivir dentro de un todo coherente, dentro de la lógica de un libro. Lo fueron leyendo en su momento Diego Rabasa, Mario Bellatin, Myriam Moscona, y tuve con ellos un diálogo interesante, críticas buenas, para irlo mejorando. Yo creo que no ver la paja en el ojo ajeno se refleja en los libros, hay que tener autocrítica, aunque seas una escritora vieja.

Este es además el primer libro de viajes que publicas.
Aunque tengo un libro inmenso de viajes que llevo tiempo haciendo. Llevo 50 años viajando, constantemente, y cada que viajo llevo una libreta donde voy anotando cosas. Y cuando vuelvo trato de rescatar todo. Tengo mucho material guardado, textos que han salido en periódicos, en La Jornada, y antes cuando escribía para el Uno más uno. Es un libro que será una especie de autobiografía, el viaje como autobiografía. Coronada de moscas nació justo de ese proyecto, era una sección que formaría parte de este libro, pero me di cuenta que todo lo relacionado con la India podía funcionar aparte. Y lo hace muy bien.

Y cómo ha sido para ti, que has trabajado bastante con ficción, escribir de experiencias reales, de primera mano. ¿El reto como escritora es el mismo?
Yo creo que el reto es el mismo. Y que todo lo que uno escribe siempre será ficción. Tú llegas de un país y la experiencia se diluye en la escritura y adquiere otra dimensión, otro registro, no se puede reproducir la realidad, la tienes que ficcionalizar. Con el solo hecho de seleccionar cosas de una realidad que viviste, con el hecho de organizarlo en un libro, de descontextualizarlo, de darle un orden, ya es formar una ficción. La escritura siempre es eso. Puede que logres recrear el efecto de la realidad con la escritura, pero nunca se podrá trasladar de forma inmediata. La realidad es tan enorme que es imposible resumirla, tienes que escoger algo de esa realidad, y transformarlo en lo que escribes o pintes o filmes.

Mucha gente ha escrito de la India, ¿tuviste alguna influencia en el momento de estar trabajando?
Me interesó muchísimo un escritor en lengua urdú, que es profesor de la Universidad de Lucknow. Tiene mi edad, un gran cuentista, Naiyer Masud, y leí un libro que se llama Aroma de alcanfor. Fue un descubrimiento, maravilloso, porque es un libro de una finura, de una densidad. El tema es el olor, y en la India eso es importantísimo. Y gracias a él los olores se convirtieron en una pequeña añadidura de mi libro, pero muy capital. Desde luego también están E. M. Forster, V.S. Naipaul y Arundhati Roy, que me gusta más como pensadora política, es una espléndida activista, muy inteligente.

¿Y qué te llevó a la India tres veces en los últimos 10 años?

Siempre tuve un interés muy grande de ir. Era un país que me atraía, había visto muchas fotografías, había leído a Pasolini Moravia, a Antonio Tabucchi y a Henri Michaux —que detestó la India. Había leído El Mahabharata y El Ramayana, ¡hasta he hecho yoga! Me interesaba el país como tal. Explorar un territorio que sólo me atraía por lo que sabía de él, pero que no había tenido oportunidad de tenerlo in situ.
Durante muchos años quise ir a la India y una vez que estuve ahí tuve que volver y ver a la vida en un estado absolutamente vital. Es un país que se vive a flor de piel, ves cómo la vida cotidiana se desarrolla a tus ojos, las diferencias entre lo público y lo privado, porque lo público es tan inmediato. Hay tal cantidad de gente que no tienes posibilidades de una vida privada, allá la vida pasa en la calle, a un grado de exhibición insólito. Los oficios están en las calles, los dentistas en las calles, los herreros, los electricistas, los plomeros, ves cómo la gente va transportando sus bienes en coches pequeños, se bañan en la calle en Calcuta, ves cómo todo un mundo está preocupado por sobrevivir. La vida pasa de una manera muy extraordinaria a tus ojos. Y aprendí allá que aunque la vida es muy acotada, pasa de una manera muy auténtica.

¿Cuál fue la primera experiencia a tu llegada a la India?

Fue terrible, el caos en el aeropuerto, no encontrar tus maletas, no saber a quién preguntarle qué hacer, nadie te hace caso, todo se vuelve completamente arbitrario, insoportable, fue como no encontrar el dichoso hilo para desenrollar un caos latente. Hay gente que ya no quiere volver a la India, al menos no los que fueron mis primeros acompañantes, Mario Bellatin, Luz del Álamo y mis hijas. Yo sí volví. Y es que aunque allá parecía ser todo aparentemente feo, mal organizado, gente violenta, que te empujan en la calle, me sorprendía de pronto estar viviendo una gran ola colectiva, masiva, interactuando, donde el individuo contaba poco. Mi primera experiencia fue sentirme indefensa, inválida, frágil, pero tenía que sacar fuerzas y recuperarme porque la India no dejaba de sorprenderme. Afortunadamente, lo horrible nunca es más fuerte que lo bello, ahí se van. Y en la India así pasa.

Hay en el libro mucho énfasis en la violencia social y el rol de las mujeres indias.

Es evidente que las mujeres tienen un estatuto bastante deleznable y que es algo tradicional en el oriente, que las mujeres ocupen un lugar menos importante que los hombres. Lamentablemente, las religiones privilegian a los hombres y la religión es muy fuerte en la India. Hay toda una tradición de que las mujeres, en la religión brahmánica, son siempre inferiores y deben sacrificarse. Si el marido se muere es por culpa de la mujer. Hay toda una superstición sobre la que viven amenazadas. Ellas son las que aportan una dote muy importante al matrimonio, y al morir el marido, muchas veces la familia no quiere regresarle su dote y las corren. Hay mujeres viudas expulsadas, viven de limosnas, despreciadas. Leí en un periódico el caso de una viuda que se tiró a la hoguera donde incineraban a su marido y se quemó viva. Y la gente lo vio como un acto de heroísmo.

Veo aquí en tu casa por todos lados figuras de zapatos, tu eterno fetiche. Es imposible verlos sin pensar en ese gran personaje al que has recurrido siempre: Nora García. ¿La imaginas caminar en algún libro, por las calles de Calcuta o Nueva Delhi?
Sí, de alguna manera es mi alterego. ¿Pero sabes?, no pienso hacer ninguna novela sobre la India. Tampoco creo que Nora García viaje conmigo. Más bien yo viajo con ella, la necesito. Va conmigo en mi maleta. Justo tengo que terminar una novela donde ella vuelve a ser mi protagonista, pero no he tenido tiempo de terminarla. Cuando tenga la necesidad lo haré. Porque he tenido una vida muy especial donde me han interesado enormemente ciertas cosas que luego me dejan de interesar, me saturo por completo y las dejo descansar. Por ejemplo, me interesé enormemente por el teatro, estuve años dando clases en la UNAM, haciendo reseñas de teatro, yendo al teatro, llevándome con actores, leyendo obras de teatro y ahora lo he dejado casi por completo. Durante más de cincuenta años fui profesora, me fascina ser profesora, el enseñar.

¿Qué tendrá la India que se ha convertido tantas veces en terreno de muchos escritores, que la han visitado, desde lo místico hasta lo realista?
Con la India me pasa lo mismo que con mis autores preferidos, autores que cada que los leo, encuentro nuevas cosas. Puedo leer a Borges, a Proust, a Casanova, a Rulfo, a Nellie Campobello y nunca me aburro. La India me sorprende y me horroriza a cada paso. Pero el horror nunca es superior a la fascinación. Me horrorizan por ejemplo los ritos funerarios, su sociedad, la falta de intimidad, pero a la vez fascina. Cómo no hablar de la India y no hablar de los olores, de la mierda que se huele por las calles, de lo mutilado, la indiferencia ante el sufrimiento humano. Creo que la India es imposible de soslayar. Siempre está ahí. Y puedes hacer un libro que te permite reflexionar sobre la vida, la vida que se le fue a uno, por eso puse un epígrafe de Blanca Varela que me encanta, "de aquel intolerable mediodía/ en que más rápida más lenta/ más antigua y oscura que la muerte/ a mi lado/ coronada de moscas/ pasó la vida". Porque a pesar de que ya tengo ochenta y tantos años, y se me está pasando la vida, ir allá es como recuperar fuerzas.
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