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Enrique Peña Nieto
Enrique Peña Nieto sigue siendo un misterio. ¿Quién es el próximo presidente de México? Se ha escrito mucho de él, de sus amores, de sus alianzas, sus intereses y sus patrocinadores. No es fácil dejar la caricatura y retratarlo para apreciar lacras y talentos. Su lenguaje es la parodia de un discurso viejo: evasivas hechas con adornos estropeados; corto vocabulario empolvado que nunca ha mostrado el espectáculo de un hombre que piensa. Sus movimientos son mecánicos, rígidos. La espontaneidad de palabra o de gesto le es imposible. No se sabe que haya tropezado jamás con el humor.
Su puntual mecanismo revela una estructura mental notablemente disciplinada. Lo que le falta de imaginación le sobra en método y en orden. No hay chispa pero hay relojería. Su ascenso político no fue un obsequio como lo presentan sus críticos más elementales. Peña Nieto trepó de la gubernatura a la presidencia sometido a un régimen severo. No se distrajo, se mantuvo atento al embate de sus enemigos, fiel a su itinerario, consciente de sus debilidades. Nadó en un río repleto de anzuelos. No mordió uno solo. Seis años antes, la provocación terca y fastidiosa de sus adversarios terminó por enfurecer al puntero y cazarlo. Ahora no faltaron carnadas. A ninguna le hincó el diente.
Peña Nieto no parece cercado por un impulso de lealtad. Con una determinación metálica puede desprenderse de sus amigos más cercanos, si es que obstruyen su camino. Su ascenso, explicable sólo por sus alianzas, es, a fin de cuentas, solitario. Sus aliados, más que deudas, parecen haber sido peldaños. Un presidente no tiene amigos, declaró hace poco. Por supuesto, con Peña Nieto regresa el PRI al gobierno federal. Pero no asciende un grupo, no se impone una camarilla, no gana una generación; sube un hombre. Vale decir con ello que no se siente intimidado por el talento y, a diferencia de Felipe Calderón, tolera la asesoría inteligente. El dato esencial es que es un político dramáticamente dependiente del consejo exterior.
"Sí, en lo personal soy conservador", dijo en televisión. No describe, sin embargo, el sentido de ese conservadurismo íntimo, y aún se guarda de identificarse con un ideario. Está convencido de que no tener ideas es lo de hoy. Cree que las ideas son estorbos y tiende a confundirlas con el dogma. Lo que importa, dice, son los resultados. Fiel a la ambigüedad, se define como pragmático. Lo que importa son los hechos. Ése es el rasero que propone para evaluarlo: los resultados de su gestión, no sus discursos. Quizá tiene razón y no debemos buscar claridad filosófica ni elocuencia literaria en el gobernante pero, ¿no haría bien un paquetito de ideas, un trazo de futuro medianamente coherente? Se comprometió con un programa reformista y firmó un libro con una agenda relativamente ambiciosa de transformaciones. La gran incógnita es si tendrá el arrojo para enfrentar a su propia coalición y lastimar a sus propios promotores. Peña Nieto aprendió la lección de las derrotas y logró que su partido fuera unido a la elección. Pero para ser el reformista que dice querer ser, tendrá que transformar esa coalición electoral en coalición gobernante o, más bien, en coalición reformista. No será fácil, porque el PRI, esa compleja maraña de intereses, es una vasta coalición para la preservación. Abrir el sector energético, modernizar el mundo del trabajo, ventilar la vida sindical, enfrentar los monopolios es enemistarse con fuerzas poderosas.
Ésa es precisamente la disposición que nunca ha mostrado Peña Nieto: ánimo de conflicto. En tiempos de campaña, aferrado con terquedad a su libreto, el candidato priista rehusaba la polémica y declaraba con grandilocuencia que no dividiría a México. Hasta el debate es visto por él como peligroso, como un juego al borde del precipicio. El horror al conflicto puede ser, en efecto, una de las marcas más auténticas de su personalidad política. Es quizá la gran herencia priista: el consenso como valor supremo, el conflicto como la mayor derrota.
Parece revelador que, tras la elección, Peña Nieto haya abrazado la agenda de sus adversarios. Dejó atrás sus propuestas y adoptó la de sus críticos; postergó la reforma económica para hacer suya una reforma política. El gesto muestra la flexibilidad del político. Un hombre dispuesto a escuchar y a atender las razones de sus críticos. Pero el antidogmático puede ser también político sin brújula, sin esqueleto. Si no hay compromiso con una ideología, si no hay ideas en Peña Nieto, sí es perceptible un estilo con larga tradición en su partido: el consenso. La mecánica de la vieja hegemonía fue justo ese método: la negociación permanente con los poderes; la renuncia a lastimar sus intereses para no poner nunca en peligro la paz social, como se decía entonces. La amenaza de Peña Nieto no es la reversión, es la continuidad.
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