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Debe ser extraño ser los Smiths
En agosto de 1987, Johnny Marr confirmó en una entrevista al semanario New Musical Express (NME) que la desintegración de los Smiths era un hecho. Semanas antes había circulado un escueto comunicado de prensa que decía que el grupo estaba buscando un nuevo guitarrista para reemplazar a Marr y que le deseaba éxito en sus futuros proyectos. Sólo eso: una veintena de palabras o poco más. Se mencionaban diferencias irreconciliables entre Morrissey y Marr, circulaban chismes que afirmaban que el primero se hallaba ensimismado y que el segundo estaba fuera de control. No fue muy distinta de otras separaciones. Pero las declaraciones de Marr al NME se tomaron literalmente como el acta de defunción de los Smiths, y hasta se le puede poner fecha: 8 de agosto de 1987.
De esta manera llegó a su fin el grupo que le dio nombre –por lo menos del lado británico– a lo que desde entonces se llama música indie. Colapsó la dupla creativa más importante que la música popular haya producido desde Lennon y McCartney. Y desde ese verano de hace 25 años, el culto a los Smiths no ha hecho sino mantenerse prácticamente intacto –si bien, a decir verdad, la carrera solista de Morrissey ha menguado considerablemente desde hace tiempo.
Con apenas cuatro álbumes en forma y cinco años de carrera, los Smiths dejaron un legado que pocos grupos, anteriores o posteriores a su tiempo han logrado igualar. Pero precisar qué es lo que los hace especiales es tarea escurridiza. No hay forma de definir su estilo sin caer en circunloquios. Preguntarle a un aficionado de los Smiths qué es lo que le gusta de ellos puede desembocar en dos cosas: o bien soplarse una perorata interminable sobre las letras de sus canciones (aderezada con referencias a Oscar Wilde y a la insondable futilidad de la existencia), o enfrentar una cara larga y un silencio incómodo. Pareciera, además, que el culto a los Smiths no admite medias tintas: o nunca te importaron gran cosa o te sabes sus canciones de memoria. Tampoco escasean los fans infernales (si se me permite la traducción literal), si bien estos no son del tipo que va proclamando por el mundo la superioridad de su grupo favorito. Son una mezcla rara, a la vez incluyente e indiferente. Los fans de los Smiths son menos militantes que condiscípulos, una congregación que sabe reconocerse entre sí.
Por su parte, los Smiths también eran una suma rara: el origen más bien humilde de sus integrantes en Manchester –entonces una ciudad gris y anodina– junto a la erudición de Morrissey en temas de cine y literatura; la improbable combinación de un frontman supuestamente célibe, depresivo y vegetariano y la arrogancia y proclividad a las adicciones de su guitarrista y pareja letrista, y una alineación estándar de voz, guitarra, bajo y batería que, sin embargo, era muy efectiva a la hora de componer canciones sustentadas en la atención a las letras y en la agudeza para comunicar aquello que tenían que decir.
Durante los oscuros años del thatcherismo, a medida que la prensa musical inglesa los encumbraba, los Smiths pasaban casi inadvertidos fuera de su país. Excepto por una gira en 1985 en Estados Unidos y unas pocas más en Europa continental, no fue sino hasta después de su separación que ganaron notoriedad; primero en el orbe angloparlante, y de ahí hacia todos lados. Con mucha rapidez. Supongo que la autenticidad de su música frente a la intrascendencia de un caudal de grupos olvidables de los ochenta tuvo mucho que ver en el hecho de que los Smiths pasaran de la escena indie al mainstream en muy poco tiempo (si bien era un mainstream mucho menos inconexo que el de ahora). En la época en que el new wave, el synth pop, el glam y otros géneros empezaban a basar sus propuestas en cuestiones extramusicales, los músicos de Manchester se mantenían concentrados en sacar sencillos de tres minutos, uno tras otro. Cuando en el otro lado del Atlántico, hordas de metaleros infames parecían competir por ver quiénes eran los más malditos a base de maquillaje, atuendos estrafalarios, melenas rubias onduladas y explosiones en estadios, los Smiths saltaban al escenario de clubes de Inglaterra y Escocia con pelo corto, en jeans y camiseta, delante de telones de manta hechos con stills de figuras oscuras del cine británico de los años cincuenta y sesenta. Y con narcisos en el bolsillo trasero de los pantalones de Morrissey.
Para ser un grupo que sólo estuvo activo entre 1982 y 1987, debe reconocerse que la música de los Smiths ha envejecido extraordinariamente bien. No carga con el fardo de ser una banda ochentera, lo cual –a riesgo de sonar tautológico– no puede decirse de la mayoría de los grupos de los ochenta (y no los tocan en las estaciones de oldies but goodies, sino al lado de The Rapture). Hoy, en la segunda década del siglo XXI, es perfectamente admisible poner una playlist de los Smiths en una reunión improvisada: tus invitados no respingan y no falta quien se sepa la letra de "Half a Person", aun si es menor de 30 años. Entonces se establece la cofradía, se empieza a perorar sobre Oscar Wilde y esa maravilla de canción llamada "Cemetry Gates", los no iniciados se van a la cocina a comentar el último chisme de la política... En fin, para qué seguir.
La mítica disquera independiente con la que firmaron en 1982, Rough Trade, fue absorbida por una más grande, Sire, la cual a su vez fue engullida por WEA a mediados de los noventa. Como solía suceder antes de la comercialización de la música por internet, la discografía completa de un grupo indie como los Smiths acabó en una trasnacional: WEA es el nombre anterior del actual Warner Music Group.
¿Por qué viene a cuento todo esto? Cuando WEA empezó a sacar compilación tras compilación de los Smiths, hizo suyas las palabras con que la revista Select abría una entrevista a Johnny Marr en diciembre de 1993. Las tomó como copy para la publicidad; vaya, no les editó ni una coma. La frase iba así: "Debe ser extraño ser U2. Imagínatelo. Eres el grupo más grande del mundo. Cada acto tuyo atrae los reflectores del escrutinio popular, a cada palabra que emites se le busca significado y trascendencia, agotas los boletos de tus conciertos en todo el planeta, hablas por teléfono con líderes mundiales, millones de personas hacen cola para comprar tus discos. Y, sin embargo, en el fondo sabes que no tenías ni punto de comparación con los Smiths". Buen copy, ¿no?
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