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Lujambio, una biografía inconclusa
Nada puede compararse en velocidad a la fuga mental que uno experimenta cuando se entera de un hecho inaceptable. Con seguridad había un error en el diagnóstico: la enfermedad de Alonso Lujambio no podía ser tan devastadora. Hay casos en que el cáncer de médula espinal logra superarse. Fue un amigo mutuo quien compartió la noticia, y preferí creer que ese día mi interlocutor traía vena catastrofista. Apenas unos meses atrás había entrevistado al secretario de Educación durante más de tres horas, en la terraza de su casa, sobre su vida privada, su biografía pública y sus aspiraciones presidenciales. Fue una conversación entre un periodista y un político a los que unían vivencias previas, diferencias fundamentales y algo semejante a la amistad. Con el material escogido a partir de aquel intercambio, luego redacté un perfil suyo para el libro Los suspirantes, coordinado por Jorge Zepeda Patterson, cuyo propósito fue presentar a quienes deseaban participar como candidatos a la jefatura del Estado mexicano para la contienda de 2012.

Aquel ejercicio me dejó una sensación mixta por las opiniones tan contrarias que recibí una vez publicado el texto. Durante la presentación de Los suspirantes, Jorge Zepeda comentó que mi perfil sobre Lujambio exhibía un sentido grande de admiración por el personaje y sus ideas. Nunca me atreví a preguntarle al coordinador de la obra si con ello lamentaba falta de objetividad o creía que tal sentimiento fue buen insumo a la hora de observar la naturaleza del individuo biografiado. (Para no meter a Jorge en camisa de 11 varas preferí quedarme con la duda). Pocos días después tuve un segundo encuentro con el ex secretario de Educación en el que, en contraste, recibí abultados reclamos por la dureza con que, según su punto de vista, lo había tratado en mis páginas. Me confió que su hijo mayor coincidía y que en casa de don Alonso mi reputación había quedado mermada por la severidad con que había descrito algunos de los rasgos de su personalidad, y también por la crítica que, en efecto, puede ahí leerse a propósito de su mandato como secretario de Educación.

Cuando me enteré de su enfermedad tuve el impulso de llamarle porque necesitaba tener de nuevo una conversación en la terraza de su casa, ya no entre el periodista y el político, sino entre dos seres humanos que, por avatares extraños, ya lo dije, coincidimos en más de una responsabilidad pública y sin duda también en más de una convicción. Lamento ahora no haber encontrado el valor y, sobre todo, que Alonso Lujambio no haya tenido una vida más larga para disfrutar de nuevo con él la pasión que tenía por el debate. Zepeda estaba en lo correcto cuando develó públicamente mi respeto por Lujambio; de su lado, el ex secretario no se equivocaba cuando reclamó una crítica sin contemplaciones. Quedará como lazo de nuestra esporádica relación esa ambivalencia, mezcla de reconocimiento y diferencia, que sólo se puede sostener entre personas a quienes el diálogo apasiona más que las distancias.

Alonso Lujambio fue un intelectual y también fue un político; mezcla ciertamente rara en nuestro tiempo. Ortega y Gasset dedicó un sesudo libro a probar que se trata de dos vocaciones incompatibles; Lujambio dedicó su vida -madrugadas y fines de semana incluidos- para demostrar lo contrario. Eso lo convirtió en un político poco común, y también en un intelectual extraño. En efecto, su biografía quedó marcada por la difícil esquizofrenia que hoy implica navegar entre dos territorios alejados. Si este hombre hubiese nacido en el siglo XIX, su historia pública se habría parecido a la de tantos otros: personaje montado a caballo que un día toma la pluma para seducir conciencias y otro la garganta para movilizar voluntades. No sorprende, por tanto, que el último trabajo de Lujambio -el intelectual- haya sido la redacción de un libro sobre el exilio final, en Nueva York, de Sebastián Lerdo de Tejada. Su curiosidad no conoció límites cuando se trataba de escudriñar la vida, la acción y las decisiones de los políticos. En ese papel era un observador riguroso y agudo para descifrar la naturaleza humana.

Pero al mismo tiempo que la tinta le servía para observar, experimentó siempre la necesidad de ser observado. La política le venía de lejos en la familia y, ante la mirada muy presente de su padre, Sergio Lujambio Rafols, no podía quedarse lejos del poder. El padre dedicó la vida a ese mal negocio y pocos réditos obtuvo por tal préstamo. Su hijo Alonso, el más joven de los varones, tomó como suya la continuación de una trayectoria política que, en su caso, obtuvo buen alcance.

La paradoja de su doble vocación lo hizo ser un diestro orador y un imparable argumentador. Podía explicar lo que en más de una ocasión era inexplicable. Por eso su conversación tenía tanto de decimonónica. Pausaba, retomaba, concedía, arrojaba, retrocedía. No era el suyo un monólogo, mucho menos un discurso impositivo. Sabía dejar puertas suficientes para que su interlocutor hablara sin sentirse excluido. De ahí mi admiración. En forma y convicciones era un demócrata de nueva generación que, como él advirtió de sí mismo en aquella entrevista, mucho bien habría seguido haciendo para la construcción de consensos en una sociedad que no los tiene.

En revancha, la destreza política lo llevó a subordinar más de una vez sus opiniones. El demócrata debió pactar con el poder autoritario y hubo de someterse a sus arbitrariedades; Lujambio decidió que el futuro de su carrera bien merecía, no una misa porque era laico, pero sí una que otra transacción con los resabios del corporativismo más nefasto. Se convenció un día de que si lograba domesticar la relación del Estado mexicano con la líder vitalicia del magisterio, Elba Esther Gordillo, obtendría plena graduación como político. Se esmeró hasta la fatiga total para materializar esa intención. Prestó buena parte de su fama pública para justificar la alianza que el presidente Felipe Calderón mantuvo con el bastión más corrupto del régimen actual.

Durante aquella entrevista intenté por todos los medios que me explicara el argumento detrás de esta decisión. Muy a pesar de su bien amueblada cabeza, Alonso no pudo. Algo dijo sobre la diferencia entre lo posible y lo irreal, pero en ninguno de sus músculos asomaba convicción por aquella tarea indefendible. Por voluntad propia, la vida lo había puesto ante una de las disyuntivas más feroces de su biografía: la incoherencia entre su carrera como intelectual y su curso ascendente como político.

No sabré nunca la valoración que, durante su enfermedad, hizo Alonso a propósito de esta dislocación de su naturaleza.

Hoy tengo que decirte amistosamente, querido Alonso, que me hubiera gustado saber.
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