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El padre Alejandro Solalinde dirige un albergue de migrantes en Ixtepec, Oaxaca, para interponerse a las violaciones a los derechos humanos de los indocumentados centro y sudamericanos.
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Para el padre Solalinde, la migración es un derecho. Con ese principio y aliado de otros defensores de derechos humanos presionó al Congreso mexicano que, finalmente, aprobó una Ley de Migración promulgada el 25 de junio pasado.
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El albergue Hermanos en el Camino pertenece a una red de unos cincuenta albergues, refugios, casas y parroquias de miembros de la Iglesia católica que ofrecen asistencia a los centroamericanos.
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Antes de que se le ocurriera crear el albergue, Solalinde acudía en una pick-up a regalar comida y agua a quienes esperaban el próximo tren en las vías de Ixtepec..
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La presencia de Solalinde en las vías era incómoda para el Instituto Nacional de Migración y para las autoridades de Ixtepec, pues se dedicaba a levantar denuncias contra los violentos operativos en que eran detenidos los migrantes.
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Solalinde tuvo que negociar la compra de un terreno para su albergue a través de una pareja de amigos. Cuando se supo que era él el comprador, las autoridades municipales intentaron disuadir a la vendedora.
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Durante años, el albergue fue un terreno baldío que no tenía bardas. Tampoco había camas para pernoctar. El primer donativo alzó un muro y un techo de zinc que sirvió de capilla y refugio contra la lluvia y el sol.
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Por el albergue han pasado decenas de colaboradores: migrantes que se quedan unos meses para reponerse, miembros de ONGs, sacerdotes y religiosas que colaboran por temporadas y voluntarios de congregaciones religiosas.
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Hoy, Hermanos en el Camino es un modesto albergue con cinco construcciones, dos de ellas inconclusas, que cuentan con literas y colchones. Lámparas de luz solar lo alumbran de noche y cuatro guardaespaldas mantienen el orden.
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El albergue también tiene sus conflictos: no hay una organización jerárquica clara por debajo del padre Solalinde, el dinero no alcanza para repellar los muros, corren el riesgo de que entre los migrantes se filtren Zetas o maras.
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Las victorias, sin embargo, asombran: han aminorado los secuestros de indocumentados en el Istmo de Tehuantepec y contribuyen a visibilizar una tragedia humanitaria.
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En el albergue, los migrantes se sienten en casa. Lo que hay es poco: edificios grises, comida descompuesta, calor sofocante, pero es una fortuna respecto a lo que les espera en campo abierto.
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