Sbado 20 de diciembre de 2014 
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La guerra de los Zetas
POR OMAR HERNNDEZ
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Julio 2012
Un joven zeta mexicano
Un adelanto del libro 'La guerra de los zetas. Viaje por la frontera de la necropoltica', editado por Grijalbo.
Por Diego Enrique Osorno / Fotos de Omar Hernndez
"No puedo escaparme: soy parte de la generación zeta".
El ao que comenc a trabajar como reportero no hubo ningn colapso informtico por el efecto 2000, pero nacieron los Zetas. En el noreste de Mxico escuchabas comentarios acerca de la gente de la ltima letra sin prestar demasiada atencin. La derrota del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el inicio de la supuesta transicin eran los temas mejor valorados en las redacciones de los peridicos.

Como haba furor democrtico, me la pas reporteando sobre las nuevas y viejas mafias de polticos que practicaban el robo sistemtico del dinero pblico. Cada nota que redactaba sobre bonos millonarios cobrados en secreto por diputados o de contratos otorgados por presidentes municipales corruptos a sus socios o familiares me haca sentir parte de algo vibrante como el Watergate. En el Mxico norteo, durante los inicios del siglo XXI, antes de que los editores se resignaran a escribir sus titulares con un vocabulario medieval que inclua palabras como guerra, torturados, decapitacin, fosas y masacre, las notas principales solan usar trminos como Bonogate, Parquegate, Amigogate, Asesorgate y Gobernadorgate.

Parece que en el Distrito Federal hasta hubo un Toallagate.

Manadas de periodistas entreabramos emocionados la caja de Pandora tras la cada del rgimen priista y aparecan excreciones flamantes o acumuladas durante largo tiempo, que sacbamos y envolvamos con trminos ingleses, como papel de regalo, antes de ponerlas a la luz.

Escrib mi primera nota sobre los Zetas en abril de 2001, a los veinte aos de edad. Trataba sobre un operativo que marc un antes y un despus en el mundo del narcotrfico de la Frontera Chica, como llamamos a la pequea zona de Tamaulipas colindante con Texas. Soldados de fuerzas especiales descendieron de madrugada del cielo, en paracadas camuflados, en Guardados de Abajo, ranchera de Ciudad Miguel Alemn donde operaba Gilberto Garca Mena, un traficante veterano no muy conocido, que hasta el da de su captura fue un regulador entre los intereses econmicos de empresarios narcos del noreste y de los comerciantes sinaloenses pioneros que exportaban la mercanca requerida por consumidores estadounidenses.

Esa vez realic mi primer enlace como corresponsal para un noticiero de la televisin de Monterrey desde una casa de dos pisos de apariencia normal por fuera, pero que por dentro tena las habitaciones, el comedor, la cocina y los baos retacados de toneladas de mariguana envuelta en cajas de cartn plastificadas. El fotoperiodista Omar Hernndez me acompa en aquella misin. Diez aos despus encontr los negativos de aquel evento que era clave en la historia del narcotrfico mexicano, aunque entonces no lo supiramos. Mirar sus fotografas a la distancia ilustra, pero desconcierta.

En aquel pueblo sitiado por el Ejrcito conoc y entrevist, entre el aroma de hierba verde, al fiscal a cargo del operativo, entonces un desconocido: Jos Luis Santiago Vasconcelos, quien aos despus sera el zar antidrogas y fallecera en noviembre de 2008, cuando el avin en el que volaba se estrell a causa de un accidente s, por increble que parezca en la principal avenida de la ciudad de Mxico a la hora pico del trfico.

El aparatoso operativo que ocurri en la Frontera Chica ese ao que incluy la detencin de algunos mandos de los cuarteles de la zona militar se olvid pronto. La regin desapareci de nuevo del mapa. Los reporteros del noreste regresamos a escribir de las letras ms longevas del abecedario mexicano: P, R, I.

Como era de esperarse, la derrota electoral y las incontenibles ambiciones de poder desataron un cisma en el estmago del Dinosaurio, que deriv en la excrecin de varios priistas connotados, como la cacique sindical Elba Esther Gordillo. Despus, el pas se enfrasc en un escandoloso y bruto proceso de desafuero promovido por el gobierno de Vicente Fox contra el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrs Manuel Lpez Obrador, no por la corrupcin del acomodaticio squito perredista bien disimulada con un Tsuru, sino por una absurda obra vial.

As llegamos a 2006, a unas rspidas elecciones presidenciales ganadas por un margen de apenas 0.56% en un pas escptico, aun de las urnas, tras la tradicin de celebrar setenta aos los comicios ms ficticios del mundo.

Ese ao, el presidente que tom protesta, Felipe Caldern Hinojosa, lo hizo en medio de una crisis que, en lugar de atender polticamente (el candidato perdedor nunca lo reconoci y ni siquiera se reuni con l), decidi encubrir con una vieja estrategia recomendada a los gobiernos dbiles y que ha sido usada por presidentes cobardes de otras pocas y lugares del mundo: declarando una guerra.

Contra quin? Aunque cambi muy seguido su discurso, a veces parece que l, y slo l, supo contra quin.

Siete aos despus del emocionante ao 2000, cuando vimos vestido de militar al presidente, invocando ese 3 de enero de 2007 al Ejrcito para legitimar su naciente gobierno, algunos pensamos que nuestro Mxico rocambolesco no se haba convertido de forma necesaria en un pas ms democrtico. Adems, la corrupcin institucional, quiz la causa principal por la que perdi el priismo, se mantuvo intacta, o en algunos casos cobr proporciones inhumanas (basta revisar el siniestro de la Guardera ABC en Hermosillo, Sonora, para probarlo).

En ese tiempo, en el noreste mexicano presenciamos tambin cmo legiones de alcaldes, en pos de conseguir financiamiento lcito o ilcito para la siguiente campaa electoral y para algo ms, cuando llegaban al cargo renunciaban a gobernar sus ciudades y se dedicaban a administrar la destruccin de stas. Con ese nimo poltico, los cuerpos policiales municipales no slo dejaron de combatir al crimen: se convirtieron en una fuerza criminal en s mismos.

El fiasco de nuestra incipiente democracia no surgi una maana de forma repentina. Se gest con lentitud e indiferencia general. La Realpolitik es cnica, ya se sabe, pero vivir con esta resignacin fue veneno para aquello a lo que se llama ciudadana, la cual en Mxico parece que acab creyendo que lo mejor que poda hacer ante la devastacin que ocurra ante sus ojos era evadirse de la poltica y la realidad.

Lo que s empez a notarse con algo ms de claridad por esos das fue que el escrutinio minucioso del ejercicio cotidiano del gobierno pas, ante "la guerra", a un segundo plano en los medios de comunicacin. Si usted es mexicano, recuerda algn caso de corrupcin gubernamental documentado a fondo en algn peridico mediante una investigacin periodstica propia en los aos recientes? Hay unos cuantos, pero sobran dedos de una mano para enumerarlos.

De contar hasta la cantidad y el precio de las toallas compradas en la residencia presidencial de Los Pinos, se pas a contar el nmero de cadveres que entraban a diario a la morgue ms cercana a tu redaccin.

Cuando desaparecieron del radar de inters los asuntos sociales que me haba tocado reportear antes de 2007, tuve una suerte de curso intensivo de realidades nacionales que incluy La Otra Campaa del Ejrcito Zapatista de Liberacin Nacional (EZLN); el siniestro de Pasta de Conchos; las huelgas mineras en Lzaro Crdenas, Michoacn, y Cananea, Sonora; la represin en Atenco, y la insurreccin de Oaxaca. Hubo un momento en el que tambin, en lo personal, me sent fuera de todo radar. La inercia que haba ese ao en el pas me llev a estar un da montado en un camin de asalto del Ejrcito, usando chaleco antibalas y casco militar, acompaando a decenas de soldados a buscar zetas en Apaztingn, Michoacn, hasta donde se supone que ya haba llegado la plaga proveniente de mi tierra natal: Monterrey. La experiencia result algo as como ir con una caa de pescar a un acuario. No tard mucho en darme cuenta de que detestaba ser un "Rambo-periodista" que contaba muertes en lugar de intentar contar las historias que haba detrs de ellas.

Aunque de 2000 a 2010 redact y publiqu ms o menos siete mil notas (la respectiva carpeta de mi computadora indica eso), mi anhelo suele ser involucrarme y contar lo que veo y escucho en los lugares a los que voy, sobre todo cuando viajo adonde casi nadie puede o tiene a qu ir. A partir de 2007, la necesidad de narrar, ms que de registrar lo que pasaba de acuerdo con un preformato, se volvi imperativo. Peor an: un deber moral, porque vea cmo iba gestndose un esperpento que luego adquiri el ttrico y an cambiante rostro de sesenta mil personas muertas.

Quizs es prematuro afirmarlo con todas sus letras, pero es probable que la lgica seguida por los medios de comunicacin, de aproximarse con vocacin estadstica, cuasi deportiva, a la violencia desatada en varios lugares del pas una lgica que tambin segu, en algo sea cmplice de la tragedia nacional. Ya se ver despus, cuando otros analicen con suficiente distancia este periodo tan triste que, adems, por razones paramilitares, es complicado de documentar al momento y de forma frontal en ciertos lugares del pas.

Para expresarse ante la devastacin, cada quien reacciona con los recursos que tiene a la mano. Suelen buscarse respuestas en ciertos aprendizajes ntimos. Una vieja leccin de periodismo de Alma Guillermoprieto parece hoy ms valiosa que nunca. En ella aconsejaba algo que en el grueso de las escuelas de comunicacin te prohiben: que los reporteros mezclemos la informacin recopilada con la observacin, el anlisis y nuestras reacciones personales. Alma resaltaba el poder del periodismo narrativo frente a la informacin dura. Un poder superior por una razn: las historias permiten que el lector pueda pensar sin reservas, entender realmente algo, mientras que con una nota breve (o siete mil) se alimenta en los lectores una tramposa sensacin consoladora de que el mundo gira demasiado rpido y de que no tenemos tiempo de detenernos para hacer algo a lo que s te obliga una historia bien narrada: pensar.

Otra lectura, pero reciente y de ficcin, 2666, del espiritiflutico Roberto Bolao, acab por mostrarle al reportero que soy el valor de cierta narracin exhaustiva, hasta maratnica, cuando se hace lo que en apariencia es imposible hacer: hablar del narcotrfico sin mostrar narcotraficantes. Hoy entiendo que la violencia mexicana exige un compromiso personal total y algo extravagante para tratar de entenderla. Cuando comprend esto, deb asumir un pacto con el periodismo narrativo al que me refiero a veces como periodismo infrarrealista no s bien por qu, aunque seguro que influye el hecho de que fui un psimo poeta precoz, y, por supuesto, por haber estado ms de una vez caminando de noche por las calles de Santa Teresa, Sonora.
A queridos colegas, a quienes comentaba esta decisin, les preocupaba mi manera de pensar. Lo vean como una especie de claudicacin, de rendicin frente al diarismo, que conciben como la nica forma posible de hacer el periodismo, y que de hecho es as en trminos estrictos.


Ellos me decan con palabras cariosas que al dejar de trabajar en un peridico estaba dando un salto al vaco.

Pero el pacto estaba firmado. La conciencia te mueve y tienes que caminar junto a ella, no sin una sensacin interior bien oculta de vrtigo y desamparo, tras haber militado desde los quince aos en redacciones informativas protectoras, narcisistas, alocadas y entraables.

"Para vivir mejor" como nombraron a uno de esos demaggicos programas gubernamentales quiz lo que cualquiera debe hacer es no asumir la conciencia histrica y burlarse de la tentacin de hacerle caso, equiparndola con una voz de ultratumba. La conciencia histrica no es cool: es acfena, anacrnica y antipatritica aunque el trmino conciencia histrica algunas veces es usado por los peores patrioteros para su verborrea. Espacios como NuestraAparenteRendicin.com, enhorabuena, le dan un lugar digno en internet a la conciencia histrica para que recorra sus pginas, sin brassiere, todos los das.

Sin embargo, la batalla me sigue pareciendo difusa, porque me he ido dando cuenta de que se trata a la vez de una batalla contra la generacin a la que pertenezco. He ah la motivacin principal para hacer este libro presentado en forma de un viaje intermitente que empez hace varios aos por la regin donde nac y crec: aunque el alfabeto del espaol est compuesto por veintisiete signos, soy parte de una generacin de mexicanos que ser recordada, entre unas pocas cosas ms, por la ltima letra. No puedo escaparme: soy parte de esta generacin zeta. La guerra de los Zetas nos marca.

Acepto (y reniego) dicha condicin generacional. La acepto creyendo que mi oficio de reportero se vuelve ms necesario. Pese a que circulan decenas de miles de notas sobre los Zetas (Google dice que cuatro millones y medio), todava no est claro para muchos lo que significa esa letra que siempre estuvo olvidada, y por la que ahora hay das en que parece que comienza el alfabeto de Mxico: son los Zetas la sofisticada organizacin de mislogos que el gobierno se empea en promover en que se convirti aquel grupo de militares de lite entrenados en Estados Unidos, de los cuales omos, ac en la orilla del ro Bravo, desde el ao 2000? Un zeta es el nombre con el que se camufla todo objetivo de la limpieza social promovida por entes que, con diversos intereses, aprovechan esta crisis poltica encubierta desde 2007 con una guerra presidencial necropoltica?, se trata de una utopa social posmoderna o de una saudade colectiva derivada de la Guerra Fra? Son Los Zetas un grupo como cualquier otro del narcotrfico nacional, que slo como un dato curioso tiene la joven edad de la democracia mexicana?

Ni siquiera puede establecerse un consenso al respecto del nombre de la banda: por qu usar la ltima letra del abecedario para autonombrarse?, porque despus de la "z" no hay ms all como me dijo un da el escritor Marco Lagunas en la ciudad de Mxico, o, como se cree all en el noreste, por las claves de radio que identificaban a los militares en Tamaulipas tiempo atrs?

En 2009, despus de conocer a detalle el caso de un antiguo vecino de treinta aos de edad, detenido y presentado en forma pblica como lder zeta, aunque en realidad se trataba de un vendedor de discos piratas de poca monta que trabaj en eso al mismo tiempo en que yo empec a reportear, le ped a un alto oficial del Ejrcito su definicin de lo que era un zeta. La respuesta fue: un infractor perteneciente a los Zetas. Y qu son los Zetas? Me puse a buscar en documentos oficiales y me top con que no existe una versin objetiva ni unnime sobre qu son los Zetas. No hay rigor de datos ni de fechas en informes de la Procuradura General de la Repblica (PGR), del Centro de Investigacin y Seguridad Nacional (Cisen) y del Ejrcito en torno a la existencia de algo con lo que nuestro pensamiento convive casi todos los das, por medio de la lectura de los peridicos, en las plticas de los cafs o, si tenemos mala suerte, en circunstancias trgicas. Carecemos de una versin clara de lo que son los Zetas. Ante ello existe una resonancia carnavalesca de dicha letra. Esta confusin debe tener felices a quienes les importa un bledo la convivencia democrtica, a quienes les gusta vivir en la tenebra.

"Ms que progresista, soy de izquierda", se autodefini Hctor Hugo Olivares, tambin autodefinido como uno de los pilares de la doctrina priista; "el PRI es as, porque as es Mxico", explic alguna vez el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Estos eufemismos del lenguaje poltico representan algo de lo que quiso dejarse atrs en el ao 2000: lo Revolucionario Institucional es a todas luces contradictorio, no puede existir, pero el siglo pasado fue inventado en Mxico un partido que asuma ese rimbombante postulado, y en el comienzo de este siglo se fue produciendo una especie de alzamiento de la letra ms intil del abecedario, a la que suele adjudicrsele la causa de los padecimientos ms graves de nuestra realidad.

Un amigo me dijo que exageraba al decir que sta es la generacin zeta y diagnostic mi caso como "culpa del sobreviviente". Me puse a revisar mi censo personal de muertes ocurridas en el contexto actual y la cifra lleg a quince personas. Se trata de cuatro mujeres y once hombres con los que conviv poco, en situaciones de trabajo rutinarias (una rueda de prensa, una visita a un barrio, un recorrido oficial), pero que un da murieron en medio de esta neblina roja. Otros cuatro vecinos del barrio donde crec, en San Nicols de los Garza, fueron desaparecidos de manera forzada por alguno de los bandos, oficiales y extraoficiales, que alimentan esta guerra.

Tal vez mi amigo tiene razn. Este medio ambiente sangriento es crtico, claro que te altera. Despus de enterarme de los asesinatos de gente que alguna vez vi, haba un momento en el que me preguntaba: por qu estn muriendo ellos y yo no?, me tocar un da?, acabar con uno de esos epitafios de dao colateral que ahora no son extraos en los panteones mexicanos? A otros reporteros, carpinteros, amas de casa o comerciantes del noreste que conozco (y que tambin deben llevar un censo personal mortuorio de la poca) se les aparece ciertos das la misma culpa y el mismo miedo.

Cabe aclarar que hay das con ms desasosiego que otros. Ataques comanches como el del 25 de agosto de 2011 al Casino Royale logran sacarte de la monotona del miedo para provocarte terror. Y el terror socava primero la moralidad, luego la razn. Monterrey, la ciudad (o el campo de tiro) en la que nac, alberga una sociedad a un balazo de perder la razn.

La moralidad para combatir el crimen ya se le olvid.

Tengo esperanza en el futuro nordestal, porque s que el miedo y el terror no son enfermedades incurables. Algn da van a desempolvarse viejos sueos como el de que este pas sea menos desigual, o que haya democracia efectiva, justicia... Se va a cerrar este libro de cuentos de terror con el que nos acostamos a dormir por la noche.
Algn da.


El lunes 15 de agosto de 2011 estuve en Nuevo Laredo, Tamaulipas, uno de los lugares donde es probable que hayan nacido los Zetas. Antes haba ido unas quince veces. Una de las primeras que hice como reportero fue a finales de 2003, para registrar un enfrentamiento de varias horas, con granadas y bazucas, en una de las avenidas principales y el cual haba ocurrido porque los Zetas haban estado a punto de capturar o asesinar a Joaqun el Chapo Guzmn. Yo acababa de regresar a Mxico. Recin bajado del avin procedente de Madrid, con la misma maleta del largo periplo europeo, me fui a Nuevo Laredo con un fotgrafo del peridico que pas por m al aeropuerto de Monterrey. Estuvimos varios das. En hospitales y casas entrevist a transentes heridos por el combate, platiqu con policas y funcionarios y visit una agencia de automviles y un taller mecnico que tenan en sus paredes incontables impactos de bala a causa de la refriega. La batalla acab reconstruida en uno de los captulos de mi libro El crtel de Sinaloa. Una historia del uso poltico del narco.

Pero en el viaje que hice en agosto no vi nada de aquello. Estuve intrigado con la historia de Juan Antonio Rosas, a quien un da antes de mi llegada le haba dado un infarto cuando arbitraba un partido de bisbol en uno de los campos llaneros del ejido El Bayito. Juan Antonio esperaba una ambulancia en el centro del diamante, protegido del caliente sol del verano norteo con una sombrilla que algn beisbolista coloc encima de su cadver. Mientras los paramdicos encontraban la perdida cancha de Nuevo Laredo, los veteranos jugadores se quitaron los guantes y las gorras e improvisaron una guardia de honor para despedir al rbitro que falleci en la frontera sin derramar una sola gota de sangre. Entre la hermandad de esos obreros de lunes a viernes y beisbolistas de domingo haba unos cuantos jvenes con el semblante serio: jvenes zetas mexicanos.

Ped a los escritores mexicanos Eduardo Antonio Parra, Martn Solares y Yuri Herrera, reconocidos narradores del mundo fronterizo, que me recomendaran una novela sobre Nuevo Laredo o Reynosa. No se les vino ninguna a la mente. Cruc a Estados Unidos e hice la misma pregunta a escritores como Francisco Goldman, John Gibler y Sergio Troncoso, pero tuve la misma respuesta.

Quiz s hay alguna novela por ah, pero por ahora no ha sido descubierta. A diferencia de la abundante cantidad de novelas sobre Tijuana, Sinaloa, Sonora y Ciudad Jurez, todava no se ha odo la voz de esa incgnita frontera noreste de Mxico, donde nacieron los Zetas, y donde los peridicos locales, tras una masacre de setenta y dos migrantes en agosto de 2010, amenazados por alguna de las mquinas de guerra existentes, minimizaron la cobertura de uno de los mayores crmenes masivos en la historia reciente del pas.

Por lo menos de los que hoy se sabe.
Por qu hay aqu tanto silencio?
Habl por telfono con el corresponsal de guerra de la revista The New Yorker Jon Lee Anderson, un da antes de que partiera de Londres a frica para atestiguar el nacimiento de un nuevo pas, Sudn del Sur, y le pregunt lo mismo. Me dijo: "En Estados Unidos, y quizs en buena parte de Europa, si t dices Tijuana, Sonora, Sinaloa o Ciudad Jurez, es muy probable que la gente tenga una idea de dnde estn esos lugares, e incluso sabrn ms o menos lo difcil que se la pasa ah. Pero si t dices Tamaulipas, lo ms probable es que nadie sepa de qu ests hablando".


Por qu?
Alma Guillermoprieto fue bailarina de ballet en los aos sesenta y setenta, primero en Nueva York y luego en La Habana. Despus se fue a las guerras de los ochenta en Centroamrica, para empezar una carrera como periodista. En esa poca escribi crnicas con ttulos trgicos interminables como: "Los cuerpos arrojados en el mar de lava salvadoreo ponen de manifiesto la violencia contra civiles"; narr El Mozote, la masacre ms grande del siglo XX en Occidente: soldados salvadoreos que haban sido entrenados por asesores militares estadounidenses quemaron vivos y cortaron a machetazos a ochocientos hombres, mujeres y nios. The Washington Post public su historia en primera plana y despus no hubo seguimiento alguno. Ningn editorial, ninguna cobertura en la televisin, ninguna nota en los dems peridicos. Algunos medios liberales y activistas mantuvieron la insistencia en esclarecer lo que haba sucedido.


Doce aos despus, un equipo de antroplogos forenses argentinos fue a excavar al sitio de la matanza y document las muertes, hueso por hueso.

En el siglo siguiente, septiembre de 2010, Alma, periodista consagrada que traduce Amrica Latina para los lectores de Estados Unidos, convoc a escritores, reporteros, fotgrafos, msicos y cineastas a colaborar en un altar virtual en recuerdo del asesinato de los setenta y dos migrantes de San Fernando. Los hombres y las mujeres camino al sueo americano que fueron hallados con un tiro en la cabeza el 23 de agosto de 2010, gracias a la iniciativa de Alma, tuvieron quienes contaran sus historias en medio del pramo de silencio tamaulipeco.

Cuando lanz el proyecto del altar al pblico, por medio de la pgina www.72migrantes.com, Alma dijo en un comunicado que esto se haca a sabiendas que no han sido slo setenta y dos los viajeros que han perdido la vida en su travesa rumbo a la frontera con Estados Unidos. Dijo que quiz sumen miles las vctimas cuyos huesos yacen en algn desierto, en algn galpn, sin que se vaya a saber jams de su muerte. La idea del altar, en el que un escritor o bien un periodista cuenta la historia de uno de los migrantes vctimas de la masacre, es "abrir un pequeo espacio para su voz".

Le escrib a la antigua bailarina para pedirle que me describiera cmo se haba enterado de la masacre y la forma en que haba decidido tomar la iniciativa de hacer el proyecto que luego cobr forma de cpsulas de radio, libro y un altar levantado el 2 de noviembre en el patio de la comisin de Derechos Humanos del Distrito Federal.

Alma me contest:
Fue de esas ocasiones en que a uno se le fija para siempre qu es lo que estaba haciendo en el momento de.
Me acababa de sentar a desayunar, que es un tiempo que disfruto, y vi el encabezado y no entend nada. Aun para los horrores a los que estamos acostumbrados, lo que nos estaba describiendo la nota, muy a grandes rasgos, era inslitamente horrendo, arbitrario, cruel, no tanto por las torturas a las que se hubiera sometido a las vctimas, pues parece que no hubo, sino por la frialdad con la que se asesin a gente (Seis docenas de seres humanos!) que, por decirlo as, no tena vela en este entierro".


En una lnea recta con horizonte hermoso aceleran los coches al mximo. A los lados la acompaa una pradera verdiazul, a ratos incluso color oro. No bordea a la carretera ninguna curva peligrosa. Cero acantilados de vrtigo o barrancos del diablo a la vista.

Sin embargo, en el llano de las orillas, mientras los automviles avanzan, sobresalen cruces cristianas de pequeos altares. No es una o dos, son varias, levantadas en memoria de los muchos muertos del camino. Muertos viejos, porque las cruces cristianas estn oxidadas y la pintura de los basamentos descarapelada.

Tantas cruces no pasan desapercibidas. Ms en una carretera de apariencia benvola, en la que los riesgos no se ven. El nombre correcto de los pequeos monumentos fnebres es el de cenotafios. Los cenotafios nos recuerdan un Mxico que, en el inicio de su transicin democrtica, conseguir tener bajo su tierra una poblacin de habitantes muertos tan vasta como la de sus habitantes vivos. Es ese Mxico-panten que ciertas carreteras nos recuerdan, nos piden tenerlo presente.

Esta carretera en la que aparece el desierto de lo real va de Torren a Durango, a la altura del tramo de Cuencam, donde se acaba el noreste mexicano. O donde se empieza, segn se quiera ver.

Por qu una carretera recta y bien pavimentada se convirti en una carretera asesina?
La historia de los muertos incesantes de la carretera de Cuencam comenz en los ochenta. Algunas vacas pastaban en llanos aledaos y entraban al camino cuando se les daba la gana. Los traileros que no alcanzaban a esquivarlas o a frenar impactaban sus moles en movimiento y podan morir ipso facto. Con ms de un trailero sucedi as.


Los traileros suelen ser una manada nmada muy unida cuando se une. En los paradores de los alrededores cuevas ruidosas con cerveza y caf en las que para entrar no hay tanto problema, aunque salir ileso o incluso vivo implica conocer la contrasea adecuada, un grupo de traileros acord hacer algo en torno al problema de las vacas de Cuencam. Porque pese a los accidentes, nadie impeda que esas vacas anduvieran por la carretera como por su llano, provocando la lenta masacre de traileros norteos.

Haba que ser prcticos (en el norte mexicano, se constatar ms adelante, el pragmatismo es arte). Lo que se decidi fue que todos los traileros deberan armarse de ahora en adelante. Cuando vieran vacas de Cuencam pastando, incluso a cinco metros de la carretera, dispararan contra ellas de inmediato desde el volante. La doctrina del ataque preventivo no la invent Rumsfeld para invadir Iraq, sino aquel grupo de traileros en pie de guerra.

La medida hizo que disminuyera el ndice de mortalidad trailera en esa zona. Vacas perforadas a tiros y rodeadas por nubes de moscos amanecan en los llanos entre Torren y Durango.

El problema fue que los dueos de las vacas reaccionaron. Decidieron armarse y turnar a sus mejores capataces, o ellos mismos, para esperar, atrincherados, en la orilla del camino, a traileros que disparaban contra vacas.

Repunt de nuevo el ndice de mortalidad trailera en Cuencam.
Y se tuvo que crear un ndice de mortalidad para ganaderos locales.
Los Zetas todava no existan y Felipe Caldern apenas acababa de hacer la primera comunin en Morelia. No haba a quin echarle la culpa, ms que a la carretera, del moridero.
Aquella estpida matazn en Cuencam dur semanas.


Luego la Polica Federal de Caminos, con ayuda de una reforma legislativa exprs, consigui el armisticio de los bandos: de ahora en adelante, los ganaderos no deban permitir que ninguna vaca pastara asfalto y, en caso de que hubiera una hacindolo, los mismos policas contaban con la facultad legal para disparar y matarla.
De aquella carretera ahora slo quedan cruces de traileros y ganaderos muertos absurdamente.


Hago en estos das de abril de 2012 un viaje geomtrico por ciudades y pueblos del norte mexicano, acompaado por una cancin de rock hecha en Coahuila. Se llama "Huracn", y la toca el grupo Madrastras, cuyo vocalista es el escritor Julin Herbert, autor de la novela Cancin de tumba (Mondadori, 2012). "Huracn" es un terco zumbido musical que me persigue da y noche. Como el terco zumbido que quiz persiga a ciertas conciencias por la matazn en el norte mexicano.

Desde que o la cancin de Madrastras, no s bien por qu, me puse a pensar en la carretera de Cuencam: si un pequeo tramo carretero de Mxico pudo volverse un sitio tan criminal y asesino de un momento a otro, a causa de unas vacas, cmo hacer un anlisis preciso e iluminador sobre las razones detrs de la muerte incesante hoy en da, en Nuevo Len y Tamaulipas, donde, haya cenotafios o no, ha ocurrido la mayor parte de la matazn nacional de los tiempos de la democracia?

De lo que sucede en el noreste mexicano y todava no se sabe si habr que empezar por las cruces. Miles de cruces.
Es hora de hacer el viaje.
Es hora de irnos para aquellas tierras.


GUARDADOS DE ABAJO
Sobre las fotos de Omar Hernndez en la Frontera Chica:
Tocaban en el cuarto 22 del hotel El To, en Ciudad Miguel Alemn. Camin a la puerta con miedo. La tarde anterior haba llegado a la Frontera Chica de Tamaulipas para averiguar sobre un operativo militar en Guardados de Abajo, ranchera en la que operaba una banda cuyo nombre en aquel 2001 pareca una extravagancia literaria del narco: los Zetas. Por la mirilla vi a un tipo flaco, de rostro alargado y lentes con el armazn chueco. Pareca ms un distrado profesor escolar que un matn. Abr la puerta: "Flix Fernndez, periodista de aqu, de Tamaulipas. Tengo pruebas de la narcopoltica", dijo. Brome sobre su homnimo portero del Atlante con dotes de intelectual, pero Flix Fernndez no se rio. Entr. Quera contarme de nexos de polticos con el narco. En ese entonces, el gobernador de Tamaulipas era Toms Yarrington. Flix llevaba un sobre abultado de papeles y amarrado con un hilito rojo, que se iba desdoblando mientras aclaraba que me haba investigado y saba que ni yo ni Omar Hernndez, el gran fotgrafo que me acompaaba, ramos narcoperiodistas. Pregunt que cmo lo saba, y me dijo que no habamos ido a la oficina en la que un abogado de la mafia daba fajos de dlares a ciertos reporteros. En ese encuentro, el abogado entregaba dinero con la copia de una queja que haban hecho pobladores de Guardados de Abajo ante la Comisin Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), en contra del batalln de soldados que tena sitiado al pueblo, en busca de Gilberto Garca Mena, el June. Garca Mena era un capo oculto en un escondite subterrneo, del cual no poda salir debido al cerco militar. La intencin de su abogado era que con la presin de la prensa, la CNDH ordenara al Ejrcito quitar el sitio de la zona, para que as, el June pudiera salir de su guarida. Para mala suerte del abogado y de su cliente, el refugio fue descubierto y el June detenido.


Le dije a Flix que qu tal si nosotros no hubiramos ido a la oficina del abogado porque no nos habamos enterado. Hizo una sonrisa que pudo haber significado cualquier cosa y dijo que se haba informado con gente de Monterrey. Luego mencion el nombre de dos respetables colegas de all. "Adems te faltan unos aos para que seas corrupto", remat. En ese entonces yo tena veinte aos. Trabajaba para el Diario de Monterrey. El operativo en Guardados de Abajo era la primera cobertura que haca sobre narcotrfico. Recuerdo que al llegar al poblado haba encarado con torpeza a un teniente que no permita el paso de reporteros y que haba dispuesto para ello una fila de soldados en posicin de firmes. La realidad quedaba protegida por una muralla humana verde olivo, hasta que apareci un hombre vestido de civil (pantaln de mezclilla azul, camisa celeste de manga larga, cinto y mocasines color guinda, sin calcetines). Dijo que era el fiscal a cargo: Jos Luis Santiago Vasconcelos. "Quieres accin? En una hora paso por ti". Una hora despus pas por nosotros. Subimos a su Durango blindada y entramos al pueblo. Presenciamos el asalto militar de casas de apariencia modesta por fuera, aunque atiborradas de armas y droga por dentro, o bien de dinero en efectivo y equipo de espionaje. Guardados de Abajo era una mentira: pareca un casero sin agua; sin embargo, era un sitio cuya pobreza se usaba como fachada para operaciones de narcos del noreste mexicano.

En aquellos das, con aquel fiscal Vasconcelos y aquel periodista Flix, me di cuenta de que el narco no escapaba de la mxima de la vida que dice que nada es lo que parece.
Nunca lo es.


Aquella semana de 2001 acompa a Jos Luis Santiago Vasconcelos, durante el operativo de Guardados de Abajo. El fiscal me explicaba la lgica real del mundo del narco. Me lo deca no para contarlo en las notas que mandaba al da siguiente a la redaccin de mi diario, sino para que entendiera de qu se trataba el asunto. "Si se publicara toda la verdad en los peridicos, la gente estara muerta de miedo. Hay que decirla, pero de a poquito", filosof. Vasconcelos asumi el papel de maestro. Era algo muy cercano a un polica cientfico, una cosa inusual en las salvajes comandancias mexicanas. Despus supe que Flix Fernndez, el periodista que me haba visitado en el hotel El To, era uno sus "discpulos".

Me fui de la Frontera Chica y mantuve contacto con el periodista Flix y con el fiscal Vasconcelos, quien despus fue el zar antidrogas a nivel nacional. Luego ambos murieron. Primero Flix, al ao siguiente, atacado con varios cuernos de chivo al salir de un restaurante; tiempo despus Vasconcelos, a causa de un accidente areo increble.

Ni Vasconcelos ni Flix eran profesionales pulcros con una casa en las colinas de la ciudad y una mujer tocando el arpa. Eran dos hombres que apostaron con su vida por el control del narcotrfico y el periodismo, respectivamente. Esto hay quienes se lo reconocen a Vasconcelos.

Sin embargo, no es el caso de Flix. Su nombre est perdido en la lista de periodistas mexicanos asesinados, e incluso hay quienes a veces escatiman incluirlo. Flix es uno de esos periodistas asesinados dos veces. Primero con cuernos de chivo canallas, y luego cuando "colegas" justifican sus muertes diciendo que andaban en malos pasos.

En Mxico, la mafia (que abarca a narcos, polticos y empresarios) mata a periodistas con la complicidad de colegas ruines. He ah la tragedia de Flix.
Y del periodismo de aqu, de Mxico. \\


* Una primera versin de este texto fue publicada en Gatopardo.com

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