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Mircoles 16 de abril de 2014 
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noviembre 2012
Aura Estrada
El novelista Francisco Goldman se cas con Aura Estrada en 2005. Casi dos aos despus, una ola arrastr a Aura durante unas vacaciones en una playa de Oaxaca. Aura muri. Francisco escribi "Say Her Name", la novela que hace la crnica del luto del escritor, un dolor sin fondo. Presentamos un adelanto del libro que comienza a circular en espaol este mes con el sello de Sexto Piso.
Por Francisco Goldman
Cada vez que Aura se despeda de su madre, as fuera en el aeropuerto de la ciudad de Mxico, o tan slo para salir del departamento por la noche o, incluso, al separarse tras comer en un restaurante, su madre alzaba la mano y haca la seal de la cruz para bendecirla mientras susurraba una breve plegaria para pedirle a la Virgen de Guadalupe que protegiera a su hija.

Los ajolotes son una especie de salamandra que nunca abandona su estado de larva, algo as como renacuajos que nunca se convierten en ranas. Solan abundar en los lagos que rodeaban la antigua ciudad de Mxico y eran uno de los platillos favoritos de los aztecas. Hasta hace poco, se deca que los ajolotes an vivan en los salobres canales de Xochimilco, pero en realidad se encuentran casi extintos, incluso ah. Tan slo sobreviven en acuarios, laboratorios y zoolgicos.

Aura gustaba del cuento breve de Julio Cortzar sobre un hombre tan fascinado por los ajolotes del Jardin des Plantes de Pars que acaba por convertirse en uno. Cada da, incluso tres veces por da, el hombre annimo de ese cuento visita el Jardin des Plantes para observar a los extraos animalitos apretados en su acuario, ver sus cuerpos translcidos y lechosos, sus delicadas colas de lagarto, sus caras aztecas triangulares, planas y rosadas, las patas diminutas con dedos casi humanos, los ramitos que brotan de sus branquias, el brillo dorado de sus ojos, la manera en que casi no se mueven y de vez en cuando agitan las branquias o se echan a nadar con una sola ondulacin del cuerpo. Parecen tan extraos que el hombre se convence de que no son slo animales, sino que guardan una misteriosa relacin con l, que estn confinados en silencio al interior de sus cuerpos, pero de alguna manera le suplican con sus pulsantes ojos dorados que los salve. Un da, el hombre est observando a los ajolotes como de costumbre, con el rostro muy cerca del acuario, pero justo a la mitad de esa oracin el "yo" se encuentra ahora en el interior de la pecera y observa al hombre a travs del cristal. La transicin sucede tal cual. El cuento termina con el ajolote que alberga la esperanza de haberle comunicado algo al hombre, de haber enlazado las calladas soledades de ambos y de que la razn por la que el hombre ya no visita el acuario sea que est en algn lugar escribiendo un cuento sobre lo que significa ser un ajolote.

La primera vez que Aura y yo viajamos juntos a Pars, unos cinco meses despus de que se mudara conmigo, ella quera ir al Jardin des Plantes para ver a los ajolotes de Cortzar ms que cualquier otra cosa. Aura haba estado en Pars antes, pero haba descubierto el cuento de Cortzar recientemente. Uno hubiera pensado que la nica razn por la que habamos volado a Pars era para ver a los ajolotes, aunque en realidad Aura tena una entrevista en la Sorbona porque estaba considerando dejar Columbia. Fuimos al Jardin de Plantes durante nuestra primera tarde y pagamos para entrar a su pequeo zoolgico del siglo XIX. Frente a la entrada de la casa de los anfibios, o vivarium, haba un cartel con informacin en francs sobre los anfibios y las especies en peligro de extincin, ilustrado con la imagen de un ajolote de branquias rojas en perfil, que mostraba la alegre cara extraterrestre y los brazos y manos de mono albino. En el interior, los tanques formaban una fila que bordeaba la habitacin, pequeos rectngulos iluminados, empotrados en las paredes, cada uno enmarcaba un hbitat hmedo un tanto diferente: musgo, helechos, rocas, ramas, estanques. Fuimos tanque por tanque, mientras leamos las cdulas: haba varias especies de salamandras, tritones y ranas, pero ningn ajolote. Recorrimos la habitacin de nuevo, en caso de que no los hubiramos visto. Al final, Aura fue a donde se encontraba el guardia, un hombre uniformado de edad adulta, y le pregunt dnde estaban los ajolotes. El hombre no saba nada de los ajolotes, pero algo en la expresin del rostro de Aura pareci darle que pensar y le pidi que aguardara un momento. Sali de la sala y volvi un momento despus acompaado de una mujer un poco ms joven que l y vestida con una bata azul de laboratorio. La mujer y Aura intercambiaron murmullos en francs, as que no pude entender lo que decan, pero la mujer tena una expresin animada y cordial. Cuando salimos, Aura se detuvo un momento con cara de asombro. Luego me dijo que la mujer recordaba a los ajolotes, que incluso lleg a decir que los extraaba, pero que se los haban llevado aos atrs y ahora se encontraban en el laboratorio de cierta universidad. Aura llevaba su abrigo de lana color gris carbn y una bufanda de lana blanca alrededor del cuello. Algunos mechones de su liso cabello negro enmarcaban en desorden la redondez de las mejillas suaves, enrojecidas como si las hubiera quemado el fro, aunque en realidad no haca mucho fro. Unas cuantas lgrimas saladas, no un torrente, se desbordaron de sus ojos anegados y resbalaron por sus mejillas.

"Quin llora por algo as?", recuerdo haber pensado. Bes las lgrimas y respir ese calor salobre de Aura. Fuera lo que fuera aquello que tanto le afect por la ausencia de los ajolotes, pareca parte del mismo misterio que el ajolote espera que el hombre revele, hacia el final del cuento de Cortzar, al escribir un cuento. Siempre tuve deseos de saber qu se senta ser Aura.

"O sont les axolotls?", escribi en su cuaderno. Dnde estn?

Aura se mud a mi departamento de Brooklyn cerca de seis semanas despus de llegar a Nueva York proveniente de la ciudad de Mxico, armada de mltiples becas, incluyendo una beca Fulbright y una del gobierno mexicano, para comenzar sus estudios de doctorado en Literatura Hispnica en la Universidad de Columbia. Vivimos casi cuatro aos juntos. Aura comparta el alojamiento universitario de Columbia con una estudiante extranjera, una botnica coreana altamente especializada en cierta rea. Estuve en el departamento tan slo dos o tres veces antes de mudar las cosas de Aura al mo. Aqul era un departamento de los que aqu llamamos "de ferrocarril", con un pasillo angosto y largo, dos habitaciones y una sala al frente. Un departamento de estudiante repleto de objetos de estudiante: su librero de IKEA, un juego de ollas, sartenes y utensilios antiadherentes de tono carbn, una silla roja rellena de cuentas, un estreo, una pequea caja de herramientas (tambin de IKEA y an sellada con su envoltura de plstico transparente). Su colchn estaba en el piso, y sobre l haba una montaa de ropa. El departamento me hizo sentir de lo ms nostlgico por los das universitarios, por la juventud. Mora de ganas por hacerle el amor ah mismo, en el suntuoso desbarajuste de esa cama, pero Aura se pona nerviosa porque su compaera poda entrar en cualquier momento, as que no lo hicimos.

La saqu de ese departamento, y dejamos a su compaera, con la que Aura se llevaba bien, a su aire. Pero poco ms de un mes despus, cuando estuvo segura de que iba a quedarse conmigo, Aura encontr a otra universitaria que se hiciera cargo de su parte del alquiler, una chica rusa. Pareca la clase de persona que agradara a la chica coreana.

Ah en la avenida Amsterdam y la calle 119, Aura viva a la orilla del campus. En Brooklyn tena que viajar en metro y hacer al menos una hora de trayecto para ir a Columbia, y sola ir casi todos los das. Poda tomar el tren F, transbordar en la calle 14 y abrirse camino a travs de un laberinto de escaleras y largos tneles, que en invierno estaban helados y tenan un aspecto lgubre, para llegar a los trenes expresos 2 y 3, y cambiar al tren local en la calle 96. O bien, poda caminar veinticinco minutos desde nuestro departamento hasta la estacin Borough Hall y tomar el 2 o el 3 ah. Al final se decidi por la segunda opcin, y eso fue lo que hizo casi todos los das. En invierno, el fro poda ser brutal durante esa caminata, sobre todo con los delgados abrigos de lana que le gustaba ponerse, hasta que por fin la convenc de permitirme comprarle uno de esos abrigos completos (con todo y capucha) de The North Face y envolverla de la cabeza a un poco ms abajo de la rodilla en nylon azul, inflado por las plumas de ganso.

No, mi amor, no te hace ver gorda, o no slo a ti, todo el mundo parece una bolsa de dormir ambulante con uno de sos y, adems, a quin le importa? No es mejor estar cmoda y calientita?

Cuando usaba ese abrigo con la capucha puesta y el cuello cerrado por debajo de la barbilla, en combinacin con sus brillantes ojos negros, pareca una nia iroquesa que da vueltas enfundada en su propia papoose [el nombre genrico para designar el tpico portabebs de los pueblos indgenas que puede llevarse sobre la espalda (N. del T.)].  Casi nunca sala al fro sin l.

Otra complicacin del largo viaje era que se perda a menudo. Por estar ausente, perda su estacin o tomaba el tren en la direccin incorrecta y, enfrascada en su lectura, en sus pensamientos o en su iPod, no se percataba hasta encontrarse en la profundidad de Brooklyn. Entonces llamaba desde un telfono pblico, en alguna estacin de la que yo nunca haba odo.
Hola, mi amor, bueno, estoy en la estacin Beverly Road, me equivoqu de direccin otra vez.


Utilizaba a propsito un tono de voz casual: aquello no era nada, tan slo se trataba de otra neoyorquina cargada de compromisos que lidiaba con un dilema rutinario de la vida urbana, pero de todos modos sonaba un poco derrotada. No le gustaba que la molestara por tomar el metro en la direccin incorrecta o por perderse mientras caminaba en nuestro propio barrio, pero es que a veces no lo poda evitar.

Desde el primer da de Aura en nuestro departamento de Brooklyn hasta casi el ltimo, la acompa a la estacin de metro cada maana, excepto en esos das cuando conduca su bicicleta hasta Borough Hall y la dejaba encadenada ah (aunque esa rutina no dur mucho porque los borrachos y drogadictos sin techo que vivan en el centro de Brooklyn le robaban a menudo el asiento), o cuando llova, o cuando ya iba tan tarde que deba tomar un taxi para llegar a Borough Hall, o en las raras ocasiones en que sala disparada por la puerta como un pequeo tornado furioso, pues se haca tarde, y yo estaba todava atorado en el bao y le gritaba que esperara, o en las dos o tres veces que estaba tan molesta conmigo por esto o aquello que de ninguna manera quera que la acompaara.

En general la acompaaba hasta la estacin del tren F, sobre Bergen, o a la estacin de Borough Hall, aunque al final acordamos que si se diriga a Borough Hall yo llegara hasta el deli del tipo francs que haba en Verandah Place. Tena trabajo pendiente y no poda perder casi una hora diaria en ir y volver de la estacin, aunque ella trataba de incitarme para llegar ms lejos, hasta la avenida Atlantic o, a pesar de todo, hasta Borough Hall o incluso hasta Columbia. En esos casos, pasaba el da entero en la Butler Library (unos semestres antes haba impartido un taller de escritura en Columbia y an tena mi credencial) leyendo o escribiendo o tratando de escribir en un cuaderno, o me sentaba frente a una de las computadoras para revisar mi correo electrnico o pasar el tiempo con la lectura de los peridicos en lnea, y empezaba, por costumbre, con la seccin de deportes de The Boston Globe, pues crec en Boston. Normalmente almorzbamos en Ollie's, luego bamos a Kim's para despilfarrar el dinero en DVD y CD o echbamos un vistazo en Labyrinth Books y salamos cargados de pesadas bolsas con libros para cuya lectura ninguno de los dos tena tiempo de sobra. A veces, los das en que no me haba convencido para que la acompaara a Columbia por la maana, llamaba por telfono y me peda que fuera hasta all tan slo para almorzar con ella, y a menudo iba.

Francisco, no me cas para tener que almorzar sola. No me cas para pasar el tiempo sola sola decir Aura.

Durante esas caminatas matutinas hacia el metro, Aura era la que hablaba ms o la nica que hablaba. Hablaba de sus clases, de sus profesores, de otros estudiantes, de una nueva idea para un cuento o una novela o sobre su madre. Incluso cuando era particularmente neuras [En el original, el autor ha dejado en castellano varias palabras o frases por su efecto nico. Para transmitir esa intencin, destacamos esas palabras o frases con cursivas a lo largo del fragmento (N. del T.)] y repasaba sus angustias de costumbre, yo intentaba formular nuevas palabras de aliento, o refrasear o repetir otras previas. Me gustaba, en particular, cuando tena nimos para detenerse cada pocos pasos y besar o mordisquear mis labios como una cachorra de tigre, el gesto de sonrisa silenciosa que haca despus de mi "auch!" y la manera en que se quejaba, "Ya no me quieres, verdad?", si no le tomaba la mano o pasaba mi brazo sobre sus hombros en el momento en que ella lo deseaba. Me gustaba mucho nuestro ritual, excepto cuando en realidad no me gustaba, cuando me llenaba de preocupacin: cmo me las voy a arreglar para escribir otro maldito libro con esta mujer que me hace acompaarla a la estacin del metro cada maana y que me engatusa para ir a Columbia a almorzar con ella?

Todava imagino con frecuencia que Aura camina junto a m por la calle. A veces imagino que le tomo la mano, y camino con el brazo un poco apartado del cuerpo. A nadie le sorprende ya ver gente que habla consigo misma por las calles, pues se da por sentado que hablan con algn aparato que tiene Bluetooth. Pero la gente s te mira cuando advierten que tienes los ojos enrojecidos y hmedos, y los labios torcidos por una mueca de sollozo. Me pregunto qu creen estar viendo y qu motivo imaginan para el llanto. Una ventana se ha abierto de forma breve y alarmante en la superficie.

Un da de ese primer otoo en Brooklyn tras la muerte de Aura, en la esquina de Smith y Union, vi a una anciana en la acera contraria que esperaba para cruzar la calle. Era una anciana del barrio, de aspecto comn, con el cabello blanco y bien peinado. Estaba un poco jorobada y la expresin de su plido rostro era dulce y blanda, como si disfrutara la luz del sol y el clima de octubre mientras esperaba con paciencia a que cambiara la luz del semforo. La idea fue como una bomba silenciosa: Aura nunca llegara a saber lo que significa ser vieja, nunca llegara a ver su larga vida en retrospectiva. Con eso tuve para pensar en la injusticia del hecho y en la adorable y exitosa anciana que, con toda seguridad, Aura estaba destinada a ser.

Destinada. Haba sido mi destino entrar en la vida de Aura cuando lo hice o me met donde no deba y torc su camino predestinado? Se supona que Aura deba casarse con alguien ms, quiz con otro estudiante de Columbia, quiz con ese chico que estudiaba a unos cuantos sitios de distancia en la Butler Library o con aquel de la Hungarian Pastry Shop que no poda dejar de mirarla tmidamente? Cmo decir con exactitud que cualquier cosa que no fuera lo que pas estaba escrita? Dnde quedan la voluntad de Aura y la responsabilidad ante sus decisiones? Cuando el semforo se puso verde y cruc la calle, advirti la anciana la expresin de mi rostro al pasar junto a m? No lo s, yo tena puesta la mirada borrosa en el pavimento y tan slo quera volver a nuestra casa. Ah, Aura se haca ms presente que en cualquier otro lado.

* * * *

El departamento, que para entonces haba rentado por ocho aos, era el rea del saln principal en una casa brownstone de cuatro pisos. Cuando los Rizzitano, la familia que an posea el edificio, vivan ah y ocupaban los cuatro pisos, el saln principal era la sala, pero ahora era nuestro dormitorio. Los techos eran tan altos que para cambiar una bombilla de la lmpara colgante tena que trepar en una escalera de metro y medio, pararme de puntas en su desvencijado pinculo y estirarme lo ms posible, y an as acababa arqueado hacia atrs, agitando los brazos para no perder el equilibrio. Aura, que observaba desde el rincn donde se hallaba su escritorio, dijo:
Pareces un pjaro amateur.


Por el borde superior de los muros blancos corra una moldura de yeso tambin encalada, se compona de una hilera de rosas neoclsicas repetidas y, debajo de sta, otra hilera, ms gruesa, de hojas curvas. Dos altas ventanas, encortinadas y con profundos antepechos, daban a la calle. Alzndose de piso a techo entre ambas ventanas, como una chimenea, estaba el detalle ms chilln del departamento: un inmenso espejo con un marco barroco de madera dorada. Ahora el vestido nupcial de Aura cubra parcialmente el espejo, su gancho colgaba de un cordel que yo haba atado a un par de arabescos dorados del espejo, en cada extremo superior. Sobre la repisa de mrmol que haba al pie del espejo poda verse un altar formado con algunas de las pertenencias de Aura.

Cuando volv de Mxico esa primera vez, seis semanas despus de la muerte de Aura, Valentina, que estudi con ella en Columbia, y Adele Ramrez, amiga de ambas que vena de Mxico para visitar a Valentina, vinieron a recogerme al aeropuerto de Newark en la camioneta BMW del esposo de Valentina, un banquero de inversiones. Yo llevaba cinco maletas: dos mas y tres repletas con las cosas de Aura, no slo su ropa (me negu a tirar o regalar casi todo lo suyo), sino tambin algunas de sus fotos y libros y una pequea porcin de los diarios, los cuadernos y los papeles sueltos de toda su vida. En cambio, si ese da me hubieran recogido en el aeropuerto mis amigos hombres para ir luego al departamento, seguro que todo habra sido muy diferente. Quiz hubiramos echado un vistazo de incredulidad a nuestro alrededor y luego habramos dicho "Vmonos a un bar". Pero apenas haba terminado de meter las maletas en casa cuando Valentina y Adele comenzaron a elaborar el altar. Se lanzaron por todo el departamento como si supieran mejor que yo dnde se encontraba cada cosa, elegan y traan consigo diversos tesoros, y de vez en cuando me pedan mi opinin o mis sugerencias. Adele, que es artista visual, se agach frente a la repisa de mrmol que haba al pie del espejo y dio arreglo al sombrero de mezclilla, con una flor de tela cosida a un costado, que Aura haba comprado durante nuestro viaje a Hong Kong; la bolsa de lona verde que haba trado a la playa aquel ltimo da, con todo lo que contena, tal como ella lo haba dejado: su cartera, sus gafas de sol y los dos delgados volmenes que estaba leyendo (uno de Bruno Schulz y otro de Silvina Ocampo); su cepillo, con largos cabellos negros enredados en las cerdas; el tubo de cartn de palillos chinos que compr en el centro comercial cercano a nuestro departamento de la ciudad de Mxico y que luego llev al T.G.I. Friday's, donde nos sentamos a beber tequila y a jugar con los palillos dos semanas antes de que muriera; un ejemplar de la Boston Review, en la que su ltimo ensayo publicado en ingls haba aparecido a principios de ese verano final; su par favorito (y nico) de zapatos Marc Jacobs; su pequea nfora color turquesa; otras chucheras, souvenirs y adornos; fotografas; velas y, erguidas y vacas al pie del altar, sus botas mod de brillante hule, a rayas blancas y negras, con las suelas de encendido color rosa.

Ya s! anunci Valentina, de pie frente al imponente espejo Dnde est el vestido de novia de Aura?

Fui a sacar el vestido del armario y traje conmigo la escalera.

Era el tipo de cosas de las que Aura y yo solamos burlarnos: un folclrico altar mexicano en un departamento de estudiante como manifestacin de una poltica identitaria cursi. Pero en ese momento pareca lo correcto, as que durante el primer ao tras la muerte de Aura, y aun tiempo despus, el vestido se qued ah. Con frecuencia compraba flores para el jarrn que haba en el piso y encenda velas, adems de comprar otras para reemplazar las que se haban consumido.

El vestido de novia fue confeccionado para Aura por una diseadora mexicana que tena una boutique en la calle Smith. Habamos hecho amistad con la duea de la tienda, Zoila, que vena de Mexicali. En su negocio solamos hablar del puesto de tacos autnticos que algn da bamos a abrir para hacer dinero a partir de las hordas de jvenes borrachos y hambrientos que todas las noches salan de los bares de la calle Smith. Los tres fingamos tener un serio inters en unirnos a esta promisoria empresa. Luego Aura descubri que en el sitio web DailyCandy recomendaban los vestidos de novia de Zoila, confeccionados por encargo, como una alternativa a los de Vera Wang. Aura visit el estudio de Zoila, un loft en el centro de Brooklyn, para hacer tres o cuatro pruebas, y de cada una volva a casa ms ansiosa. Al principio estaba decepcionada porque, tras recoger la versin final del vestido, lo encontr ms simple de lo que haba imaginado y no muy distinto a algunos de los vestidos comunes que Zoila venda en su tienda por una cuarta parte del precio. Era una versin casi minimalista de un vestido de campesina mexicana. Estaba hecho de fino algodn blanco, con unos sencillos adornos de seda y encaje bordados, y se iba ensanchando hacia la base, en la que abundaban los volantes.

Pero al final Aura decidi que le gustaba. Quizs el vestido slo requera estar en el hbitat adecuado, ese entorno cercano al desierto, en el pueblo y santuario catlico de Atotonilco, entre la vieja iglesia de una misin, los cactus, los matorrales y el oasis de tierras verdes de una hacienda restaurada que habamos alquilado para la boda, bajo la inmensidad del cielo mexicano, azul intenso y luego amarillo grisceo, y de los turbulentos rebaos de nubes que lo recorran de un extremo a otro. Quizs ah radicaba la genialidad del diseo de Zoila para el vestido de Aura: era una especie de vestido liofilizado, en apariencia tan simple como el papel higinico, que se llenaba de vida con el aire cargado y ligero del altiplano central de Mxico. Era el vestido perfecto para una boda campirana en Mxico hacia mediados de agosto y, despus de todo, el vestido de novia soado por toda nia. El vestido se vea un poco amarillento y los tirantes de los hombros un poco ms oscuros por la salada transpiracin. Una de las cintas de encaje que recorran el vestido ms abajo, por encima del punto en el que se ensanchaba, se haba desprendido parcialmente del resto de la tela, la rasgadura pareca hecha por una bala. El dobladillo estaba decolorado y roto de tanto que lo haban arrastrado por el lodo, haban bailado sobre l o lo haban pisado durante la larga noche hacia el amanecer de nuestra boda, cuando Aura se quit los zapatos de novia y se calz unos de baile que compramos en una tienda para bodas, en la ciudad de Mxico. Eran un cruce entre los zapatos blancos de enfermera y los tenis de plataforma tipo disco de los aos setenta. Ese vestido de novia era una reliquia delicada. Por las noches, recortado contra la ilusin de profundidad que da el espejo y el brillo de las velas y las lmparas y rodeado por el marco barroco como si fuera una corona de oro, el vestido pareca flotar.

* * * *
A pesar del altar, o en parte por su causa, nuestra seora de la limpieza renunci. Originaria de Oaxaca, Flor, que criaba a tres hijos en El Barrio y vena a limpiar la casa cada quince das, dijo que la pona muy triste estar en nuestro departamento. La nica vez que Flor volvi por nuestro departamento la vi arrodillarse para rezar frente al altar, la vi tomar fotografas de Aura y apretarlas contra sus labios, manchndolas con sus lgrimas y sus besos enrgicos. Lleg a imitar los elogios fidedignos de Aura sobre su trabajo y el tono alegre de su voz:
"Oh, Flor!, parece como si hicieras milagros!" Ay, seor dijo Flor, siempre estaba feliz, llena de vida, era tan joven, tan buena, siempre me preguntaba por mis hijos.


As que cmo poda hacer su trabajo ahora, de esa manera que siempre haba agradado a Aura, si no poda parar de llorar?, me preguntaba Flor, suplicante. Luego se llevaba la tristeza y las lgrimas a casa, con sus nios, me explic ms tarde, cuando llam por telfono, y eso no estaba bien, no, seor, no poda seguir hacindolo, as que lo senta mucho pero tena que renunciar. No me tom la molestia de buscar a otra seora del aseo. Supongo que pens que Flor se sentira mal por m y volvera. Al final, intent llamarla por telfono para suplicarle que regresara y un mensaje grabado me indic que el nmero estaba fuera de servicio. Luego, aunque parezca increble, meses despus de que renunciara, se arrepinti y llam, dej su nuevo nmero telefnico en la contestadora, por lo visto se haba mudado. Pero cuando devolv la llamada, el nmero era incorrecto. En todo caso, era probable que yo lo hubiera escrito mal, soy un poco dislxico.

Quince meses despus de la muerte de Aura, al volver de nuevo a casa sin ella (y sin que nadie me recibiera en el aeropuerto), me encontr el departamento tal y como lo haba dejado en julio. La cama estaba sin hacer. Lo primero que hice fue abrir todas las ventanas para que pudiera entrar el aire hmedo y fro de octubre.

La MacBook de Aura segua ah, sobre su escritorio. Podra comenzar donde me haba quedado, tratando de trabajar, organizar y juntar las piezas de sus cuentos, ensayos, poemas, la novela que acaba de empezar y sus textos inconclusos, los cientos de fragmentos, de hecho, que haba dejado en su computadora con esa forma laberntica y dispersa que tena para organizar los archivos y los documentos. Pens que estaba listo para sumergirme en esa tarea.

Sobre el suelo de la habitacin, alrededor del florero que estaba frente al altar, haba viejos ptalos de rosa secos, ms oscuros que la sangre, pero el florero estaba vaco. En la cocina, las plantas de Aura estaban an vivas a pesar de que no haban recibido agua en casi tres meses. Hund el dedo en la tierra de una de las macetas y la encontr hmeda.

Entonces record que le haba dejado una llave al vecino de arriba y le haba pedido que regara las plantas de Aura mientras yo me encontraba fuera. Tan slo tena la intencin de viajar a Mxico por el primer aniversario de su muerte y quedarme un mes, pero me qued tres meses, y ellos regaron las plantas durante todo ese tiempo. Limpiaron tambin las rosas marchitas, que debieron comenzar a pudrirse y a oler mal. Y recolectaron mi correo y lo echaron en una bolsa de plstico que pusieron a un lado del sof, justo despus de cruzar la puerta del departamento.

En la playa, sacamos a Aura del agua, yo y algunos de los baistas que me vieron o que escucharon mis gritos de ayuda, y la tendimos en la pendiente, casi una zanja, que las olas haban hecho. Luego la levantamos de nuevo y la cargamos hasta un lugar plano, donde la pusimos sobre la arena caliente. Mientras se esforzaba por tomar aire, cerrando y abriendo la boca, susurraba tan slo la palabra "aire" cuando necesitaba que presionara de nuevo mis labios contra los suyos, Aura dijo algo que en realidad no recuerdo haber odo, as como tampoco recuerdo mucho de lo que sucedi. Pero su prima Fabiola s la escuch, antes de correr en busca de una ambulancia, y ms tarde me lo dijo. Lo que Aura haba dicho, una de las ltimas cosas que me dijo, fue: "Quireme mucho, mi amor".

"No quiero morir". Quizs sa fue la ltima frase que pronunci entera, quiz sus ltimas palabras.

Son eso como si tratara de exculparme? Es ste el tipo de comentario que debera prohibirme hacer? Claro, la splica y la invocacin de amor de Aura jugaran bien con los sentimientos y las simpatas de cualquier jurado, pero no estoy en un tribunal. Necesito plantarme desnudo ante los hechos; no hay manera de engaar al jurado que tengo frente a m. Todo importa y todo cuenta como evidencia.

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