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Junio 2010
Yo soy culpable (Primera parte)
Ésta es la historia de Roberto Zavala Trujillo, padre de Santiago de Jesús, uno de los 49 niños que murieron en el incendio de la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora.
Por Diego Enrique Osorno / Fotografías Rodrigo Vázquez
1
El sol todavía no calentaba en Hermosillo, a las nueve en punto, cuando Roberto estacionó su coche Chevy afuera de la casa. Su esposa y su hijo apenas se habían levantado. La idea era dejar en ese momento a Santiago en la ABC, una guardería cerca de la casa, donde tenía más de un año de estar inscrito. Pero al llegar, Roberto tomó nota de que ya habían servido el desayuno. Decidió llevarse a Santiago a que comiera algo con él, mientras su esposa entraba a la cita programada con el médico. El doctor explicaba a Martha los pros y contras de la circuncisión del bebé mientras Roberto y Santiago bebían jugo de naranja y comían pingüinos y gansitos en el coche. Al terminar la charla, los tres regresaron a casa. Roberto tenía que volver a su empleo y Martha debía entrar al suyo en un call center, donde trabajaba haciendo llamadas. Cerca del mediodía salieron y pasaron a la Guardería ABC. Roberto bajó y entregó en la puerta principal a su hijo, se despidió de él y luego volvió al coche para llevar a su esposa al trabajo. Aunque su hora de salida era a las dos de la tarde, Roberto decidió quedarse más tiempo para estar en una de las juntas de reflexión que se hacían frecuentemente, con el fin de mejorar la productividad y el buen ambiente laboral. Poco antes de las tres de la tarde Roberto salió apresurado de la planta. Mientras caminaba a su coche distinguió en el cielo soleado de la ciudad una torre de humo. —Mira, fíjate allá. ¿Qué se estará quemando? —dijo a un compañero. A bordo de su coche, Roberto tuvo un presentimiento extraño y cambió su rutina. La ropa con la que salía del trabajo solía estar impregnada de olores y sustancias químicas, por lo que primero iba a su casa, se duchaba y cambiaba y luego se iba por su hijo a la Guardería ABC. Esa tarde decidió ir directo a la estancia infantil. Conforme se acercaba en el Chevy a la guardería, iba dándose cuenta de que la torre de humo salía precisamente de ahí, una zona ubicada al poniente de la ciudad. Cuando estuvo a dos kilómetros de distancia, se topó con el sonido del tráfico detenido y las calles de acceso bloqueadas por patrullas con las torretas encendidas. Desconcertado, decidió brincarse el camellón e irse en sentido contrario por una avenida que también daba a la guardería. Al llegar estacionó el Chevy cerca de una llantera vecina. Lo primero que vio fue que el humo salía de un almacén del gobierno de Sonora que compartía paredes con la guardería. Eso lo alivió. Supuso que el incendio estaba ocurriendo ahí, y que los niños estarían resguardados en alguna casa vecina. Pero al dar vuelta para llegar a la entrada principal de la guardería se topó con una escena de caos. Una vieja camioneta pick-up estaba ensartada en la pared, con su conductor desmayado sobre el volante, rodeado por una nube de humo que salía del hoyo que el vehículo había logrado hacer en la construcción, para improvisar una salida de emergencia que nunca tuvo en funcionamiento la estancia infantil. Roberto corrió hacia el caos y agarró de los hombros a una de las maestras que estaba gritando cosas poco entendibles con la vista al cielo. —¿Dónde está Santiago, Santiago Zavala? —la increpó. 2—Allí están unos niños, en aquella casa —respondió señalando una vivienda a 100 metros de distancia en la cual había cerca de 20 niños tirados en el suelo, llorando desesperadamente mientras eran consolados por educadoras y desconocidos. Roberto corrió hacia allá, miró con detenimiento pero no encontró a su hijo entre el grupo de pequeños rescatados.—¿Y dónde está Santiago? —preguntó a la siguiente maestra con la que se topó. —No sé, no sé qué pasó. Sin pensarlo más, Roberto entró a la guardería en la que aún había áreas incendiándose. Caminó entre el humo buscando la sala en la cual había dejado horas antes a su hijo, pero no alcanzaba a ver nada. Tras cinco minutos de desvarío salió. Se topó con la maestra que había visto al llegar. Ella estaba cada vez más desesperada. —Oye, tranquila ¿en qué sala está Santiago Zavala? —En el B-1. —¿Dónde está el B-1? —Allá, junto al baño, al fondo. Roberto ingresó de nueva cuenta y se metió a lo que hasta esa mañana había sido la sala B-1. El humo se hacía más denso conforme se acercaba al sitio indicado. Cuando llegó a la sala, Roberto tuvo que empezar a caminar de cuclillas, tocando con las manos el suelo con la esperanza de toparse con su hijo en medio del ambiente sofocante. Al poco tiempo el humo lo asfixió. Salió de la guardería, se quitó la camisa que llevaba y la mojó con agua de un garrafón que un vecino había llevado para las labores de auxilio. Se amarró la camisa humedecida a la boca y entró de nuevo. Para entonces, ya había más personas que también buscaban niños en la penumbra. El grupo de rescatistas, conformado lo mismo por bomberos que por cholos del barrio, se topó con un plafón, mochilas y colchonetas, pero no encontró a ningún niño. En otro de los cuartos de la guardería, una silueta con voz avisó que estaban sacando a los niños que faltaban de la última sala. Al salir, Roberto vio con desesperación a un par de policías estatales en posición de guardia, con ametralladoras en mano. —¿Qué pasó aquí? —les cuestionó. —No sé. —Entonces ¿porqué traes enseñando esa arma? —No, no sé qué pasó. 3Sobre la banqueta de enfrente de la guardería había varios niños tendidos. Un grupo de socorristas con los cuerpos sudorosos trataban de revivirlos con respiración de boca a boca. Roberto se acercó con esperanza y temor para ver si entre ellos estaba Santiago. Ninguno era su hijo, quien ese día cumplía dos años, un mes y 10 días de nacido. Un policía le puso la mano en el hombro y le dijo que fuera al Cima, un hospital privado de las cercanías a donde habían sido llevados la mayoría de los niños lesionados. Roberto se subió de nuevo a su Chevy y comenzaron los pitidos, los acelerones, las mentadas de madre de ventana a ventana vehicular y los atajos por colonias perdidas. Pasó antes por su esposa, pero ella no estaba en su trabajo. Martha se había enterado de lo sucedido y había ido a buscar por su cuenta a Santiago.Roberto fue uno de los primeros padres en llegar al área de urgencias del hospital Cima. El recepcionista aún no se daba cuenta de la gran tragedia que estaba ocurriendo en la ciudad y actuaba con el desdén que suelen actuar los fastidiados empleados de hospital. —¡Eh, eh, reacciona! Estoy buscando un niño, a Santiago de Jesús Zavala, de la Guardería ABC—gritó Roberto. —Ah, sí mire, pásele por allá. Otro empleado de la clínica le confirmó que las salas de terapia intensiva estaban atiborradas de niños de la guardería con quemaduras por fuego e intoxicación. Por el momento no podía dar más detalles. Al poco tiempo llegó Martha y otros padres. El director del hospital se acercó a ellos y les dijo en tono pausado que habían fallecido algunos pequeños y que otros se encontraban muy graves. A las cinco de la tarde, Roberto decidió irse a buscar a su hijo en otros hospitales. Fue al DIF, donde a las siete de la tarde le permitieron entrar a ver a un bebé que había ahí y que aún no había sido identificado. Roberto entró y vio a un pequeño envuelto en un montón de vendas que apenas dejaban que se le mirara el rostro. Preguntó el tipo de sangre y el doctor le dijo que era A positivo, lo cual descartaba que fuera Santiago, cuya sangre era O negativo. En las siguientes horas, Roberto recorrió sin suerte todos los hospitales de la ciudad. El último que le faltaba por visitar era el del ISSSTE, donde acababan de informar que había otro niño sobreviviente que hasta el momento no había sido identificado por sus familiares. Al llegar a la recepción, Roberto vio colgada una camisetita que le recordó una de las que solía ponerle a Santiago. Para agilizar el reconocimiento de los pequeños pacientes, en las entradas de los hospitales de Hermosillo, el 5 de junio se colocaron tendederos de ropa infantil con los cuales se tenía la intención de que los padres ubicaran más fácilmente a sus hijos. Tras toparse con la camisetita, Roberto albergó la esperanza de que su hijo estuviera ahí. Ésa era la última oportunidad que tenía de encontrarlo con vida. Una vez que la enfermera lo condujo a la sala de terapia intensiva se paró delante de una cuna. Había un bebé con la piel enrojecida y un tosco aparato respirador en su diminuto rostro. Lo vio durante un minuto con los ojos ya cansados y luego dijo: “Sí, él es mi hijo”. Su hermana Jessica entró después para mirar también al bebé. —¿Estás seguro de que es él, Roberto? —Sí, Jessica. Velo bien. Es él, pero pues está quemado. Luego entró Martha. —No es —dijo contundentemente la esposa de Roberto. —Sí es, Martha. Las dudas de la pareja acabaron cuando supieron el tipo de sangre del bebé. El servicio médico forense era el siguiente lugar al que debían ir. En la entrada de la morgue, un empleado con rostro serio les mostró varias fotografías de los niños que estaban ahí. En una de ellas aparecía su hijo Santiago. Tras darles el pésame, el empleado forense los llevó a una oficina donde estaban el procurador de justicia de Sonora, Abel Murrieta, y el arzobispo de Hermosillo, José Ulises Macías. El prelado le tomó la mano a Martha y empezó a hablarle de resignación. Roberto había pasado de la tristeza a la furia. 4—No diga nada —pidió.—Es que hijo... —No, no diga nada, quédese callado, ¡cállese!. —Pero hijo, comprende que... —¿No entiende lo que es quedarse callado?— El arzobispo calló por completo. —¿Cuántos niños van? —preguntó Roberto volteando la cara hacia el Procurador. —No le puedo decir. Es una información confidencial. —¿Cómo chingados va a ser confidencial? Después de unos minutos, ante la insistencia de Roberto, el funcionario estatal le dijo que doce. Era medianoche y, en realidad, la cantidad de muertes era mucho mayor de las reconocidas públicamente. Las autoridades, en medio de la confusión, trataban de controlar el impacto que el incendio tendría en el cambio de gobierno estatal, previsto para un mes después. Esa noche, Roberto y Martha no regresaron a su casa. Estaban destrozados y la mamá de Roberto los convenció de que durmieran en la de ella. Al día siguiente por la tarde, mientras el cuerpo de su hijo era llevado a una funeraria local, donde sería velado y después trasladado a un nicho de la iglesia de Fátima, Roberto decidió ir a su casa con el pretexto de acarrear algo de ropa. Al llegar al número 30 de la calle Moctezuma, en la colonia Perisur, Roberto se quebró. Bajó del coche, abrió la cerradura del barandal y dudó seguir en dirección a la puerta principal. Cuando estuvo frente a la puerta se armó de valor y entró. Permaneció un rato con algunas cosas de Santiago: un triciclo marca Apache, un camioncito amarillo de la construcción Tonka, ropa de Batman, una sillita para comer, fotos colgadas en la pared, juguetes de la película Cars y una playerita de las Chivas del Guadalajara. La sensación de soledad era inmensa. Al poco rato Roberto estalló. Roberto comenzó a patear objetos y a pegarle de puñetazos a las paredes. Apretaba sombras con la mano. El nacimiento de Santiago había representado un cambio radical en su vida y su muerte anunciaba otro. Tiempo después, Roberto se asustaría de la cantidad de cosas locas que pasaron por su cabeza ese sábado 6 de junio, mientras contemplaba la cuna en la que su hijo dormía antes de morir en una de las mayores tragedias en la historia reciente de México. El lunes 8 de junio a las nueve de la mañana Roberto Zavala fue a la imponente oficina del Procurador. Abel Murrieta lo recibió inmediatamente. Algunos funcionarios tenían la orden del gobernador de Sonora, Eduardo Bours, de atender a las familias de los 49 niños muertos para tratar de aminorar el impacto inevitable de la tragedia hacia su administración, responsable del almacén donde había comenzado el incendio. Roberto le volvió a preguntar quién era el culpable del incendio. El funcionario le respondió que no lo sabía pero le pidió que le tuviera confianza, que iban a hacer las cosas bien. —¿Cómo chingados crees que podemos tener confianza en ti, cómo, dímelo? —respondió Roberto, tempestuoso. El funcionario le aseguró que llegarían tres peritos independientes en las siguientes horas, para que el esclarecimiento del incendio se hiciera de forma transparente. Roberto regresó a la casa de su madre y se encerró ahí con su esposa Martha. 5El miércoles 10 de junio, un pequeño grupo de auténticos dirigentes sociales, así como operadores tanto del Partido Revolucionario Institucional (PRI) como de Acción Nacional (PAN) que respectivamente pretendían manejar la tragedia con fines electorales, convocaron a una marcha de protesta. Más de una veintena de padres y familiares respondieron a la convocatoria. Roberto y Martha no. Todavía no podían salir a la calle.Pero una posterior conferencia de prensa que dio el procurador Murrieta provocó el enojo de Roberto y lo convenció de que debía hacer algo. Murrieta anunció ante reporteros locales, nacionales e internacionales llegados para dar seguimiento al acontecimiento que, de acuerdo con la indagación de los peritos independientes, el responsable del incendio era un cooler, como se llama en Sonora a los aparatos de aire lavado. Además, el gobernador Eduardo Bours Castelo, un político de aires napoleónicos, había tenido que reconocer en una entrevista con Carmen Aristegui, que Marcia Matilde Altagracia Gómez del Campo Tonella, una de las socias de la estacia infantil subrogada del IMSS, era prima de él y de Margarita Zavala, la esposa del presidente Felipe Calderón. También aceptó que dos funcionarios de alto nivel de su administración eran accionistas de la estancia infantil siniestrada, junto con sus respectivas esposas. Luego, investigaciones de los diarios Milenio y El Universal habían demostrado que la estancia operaba pese a no cumplir con las medidas de seguridad básicas, e incluso se le había otorgado la renovación del contrato a los dueños al inicio de la administración del presidente Calderón, mediante un oficio firmado el 29 de diciembre de 2006 por el entonces director del Seguro Social, Juan Molinar Horcasitas. “Qué su puta madre. Ahora sí, vamos a la marcha”, le dijo Roberto a Martha una noche luego de ver en la televisión las noticias sobre la tragedia. El segundo acto de protesta por el siniestro de la Guardería ABC fue el sábado 13 de junio. Cerca de 10 mil personas caminaron desde las trastocadas instalaciones de la estancia infantil hasta las puertas del Palacio de Gobierno de Sonora. Mientras marchaba en silencio por las calles de Hermosillo con una fotografía de su hijo en las manos y los hombros heridos, Roberto pensaba y pensaba sobre quién era el culpable de lo que había ocurrido en la guardería. En los medios se habían dado a conocer evidencias de negligencia por parte de los influyentes dueños de la guardería, del IMSS, del gobierno estatal que rentaba el almacén aledaño donde se inició el incendio y de Protección Civil Municipal que había otorgado el aval para que la guardería siguiera operando, pese a tener una lona inflamable que disimulaba el techo de lámina y no contar con una salida de emergencia adecuada. “Todos somos culpables de esta pinche tragedia”, se dijo Roberto. Al llegar a la Plaza Zaragoza, algunos padres empezaron a lanzar sus reclamos. Martha exigió justicia por la muerte de Santiago y después le pasó el micrófono a Roberto, quien no tenía la intención de decir nada en público pero encaró la situación. Roberto ni siquiera sabía cómo agarrar correctamente un micrófono. Una vez que acomodó el aparato comenzó a hablar con voz baja, usando un cierto tono pedagógico. —Entre el IMSS —arrancó—, los socios de la guardería y la persona que rentaba la bodega a Hacienda, ninguno ha aceptado su parte de culpa, pero hay un responsable que sí está aceptando la culpa y la lleva en las espaldas: ése soy yo. —¡Tú no lo eres, son esos corruptos los que tienen la culpa! —gritó contradiciéndolo alguien de entre la muchedumbre. —Sí, dicen, son esos corruptos... Pero yo soy el principal responsable, por ser una persona honrada que tiene un empleo, por tener que cumplir con un horario de trabajo, por tener la seguridad social que me dio la oportunidad, y me dio la elección de que mi hijo entrara a esa guardería donde me dijeron que contaban con todas las medidas de seguridad. Yo tengo la culpa por confiar, yo tengo la culpa por pagar mis impuestos, yo tengo la culpa por ir a votar. ¡Yo soy el responsable de la muerte de mi hijo! Para ese momento, la Plaza Zaragoza había estallado. Los gritos a favor y en contra de lo que decía Roberto se confundían. Roberto detenía un poco su reflexión hecha con voz tranquila y subía el tono. Empezaba a gritar, temblando de coraje. 6“Señor Gobernador: ¡Aquí está uno de los responsables que está buscando! ¡Venga por mí! ¡Aquí lo estoy esperando! ¡Venga por mí! ¡Estoy harto! ¡Es demasiado que se estén burlando de todos nosotros! Que nos digan que todo está bien, cuando sabemos que México es una basura. Todo en las noticias: corrupción, narcotráfico. ¡Ellos se burlan de nosotros! ¡Yo soy culpable por dejarlos!”.Este texto continúa en YO SOY CULPABLE (SEGUNDA PARTE), que encuentras en la columna del lado izquierdo de tu pantalla, justo debajo de NOTAS RELACIONADAS. |




