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Abril 2010
Remedios brasileños
La Universidad Zumbi dos Palmares de São Paulo, casi exclusiva para negros, es un laboratorio contra el racismo.
Por Andrea Centeno / Ilustración de José Quintero
1
Todas las mañanas, cuando todavía está oscuro, Rodrigo Ferreira se acomoda en un vagón vacío. Lo espera un viaje de casi dos horas, en metro y ómnibus, desde su casa de São Paulo, en el sur de Brasil, hasta una oficina de la sede central del banco en el que trabaja, en la ciudad vecina de Osasco. El trayecto es de 26 kilómetros y a Rodrigo no le asusta la oscuridad; le molesta, sí, estar tan solo: “Todas las mañanas, desde hace tres años, alguien se sienta a mi lado sólo si es el último asiento disponible”, dice. Rodrigo tiene 23 años, se graduó en Administración de Empresas en la Universidad Zumbi dos Palmares —la primera y única de América Latina destinada a estudiantes afrodescendientes de cualquier parte del mundo—, y desde hace tres años trabaja en el banco Bradesco (Banco de Descuentos de Brasil, el tercero en orden de importancia, volumen y caudales del país sudamericano). Rodrigo es negro y, aunque en el vagón del metro percibe el rechazo de buena parte de los otros pasajeros, cada día, cuando llega a su trabajo, debe sonreír sin parar, ya que su labor consiste en las relaciones públicas con los clientes. “Siento la discriminación todos los días, la conozco muy bien —dice—. Si alguien le pregunta abiertamente a un amigo, a un colega, a quien sea, si discrimina, dice que no. Todos creen que la discriminación por color es cosa del pasado, pero no es así. Un negro como yo la siente todos los días, aunque viaje de saco y corbata. Incluso hay quienes me miran de reojo buscando algo que les diga qué es lo que hace un negro tan temprano, recién bañado, perfumado, con corbata y maletín de cuero, que hasta se pagó el pasaje y no intentó viajar de colado”. Rodrigo llegó a São Paulo cuando tenía 17 años, en un largo viaje en autobús de casi 20 horas desde su ciudad natal, Goiánia, en el estado semiárido de Goiâs de Planalto brasileño. Lo hizo solo, con un bolsito y la idea de acabar sus estudios secundarios para, finalmente, intentar asistir a la universidad, porque se enteró entonces —recuerda ahora, después de una jornada de 10 horas en el banco— que había abierto sus puertas una universidad que se proclamaba como exclusiva para estudiantes negros e indios y con una mensualidad que equivalía al 20% del resto de las universidades privadas. “Vine para estudiar. Cualquier cosa, pero estudiar. Buscando dejar de ser un pobre más, un negro más que no puede hacer nada porque no puede acceder a una educación”. Por unos 50 dólares al mes, Rodrigo alquilaba un cuarto desvencijado en el corazón del ruidoso centro de São Paulo, una megaciudad de 100 kilómetros de extensión. Sumando alquiler, electricidad, agua potable y cuota de la universidad, la demanda mensual de dinero era de casi 200 dólares. Con una cifra similar se arreglaba para vivir por 30 días, si vivir se resume a movilidad y comida. Fueron cinco años tan duros, como el pan cuando comprado en lunes, alcanzaba hasta el viernes. Hasta que se convirtió en empleado del banco, el mismo que pisó por primera vez gracias a un convenio de pasantías que ganó en la universidad, por sus excelentes notas. Una vez empleado, se mudó con su abuela a la zona oeste de São Paulo, cerca del elegante barrio de Morumbi, en el que las favelas proliferan alrededor de cementerios y a los pies de edificios neoclásicos del siglo XXI custodiados por una docena de porteros, agentes de seguridad, vidrios blindados y piscinas climatizadas a 25 pisos de altura y helipuertos particulares. 2La Universidad Zumbi dos Palmares no es vieja, tiene apenas seis años, la misma edad que —cuenta la historia— tenía Zumbi cuando fue capturado para ser entregado a misioneros portugueses, que lo rebautizaron e intentaron evangelizar hasta que se escapó. Fue fundada por José Vicente, un sociólogo negro, negrísimo, “negro autoasumido”, como dice de sí mismo. Y como deben decirlo los estudiantes que deseen tener un banco en la Unipalmares, como se conoce a esta universidad ubicada en Ponte Pequena, uno de los barrios más grises y feos de São Paulo. Cuando Rodrigo se inscribió en la Universidad Zumbi dos Palmares, sólo había una opción: la carrera de Administración de Empresas. Luego, debido a la demanda, se agregó la carrera de Derecho. Hoy, las opciones suman cinco, ya que este año se añadieron Tecnología en Transporte, Pedagogía y Publicidad y Propaganda. Y, desde septiembre último, se dictan tres maestrías o posgrados: Gestión Estratégica de Negocios, Gestión Financiera y Gestión de Recursos Humanos.Se llega hasta allí por una de las avenidas más transitadas y ruidosas de la ciudad, la Alberto Santos Dumont. A lo largo de la avenida hay paredes despintadas, sucias, matorrales que, en algunas zonas, llegan al metro de altura, todo en medio de un tránsito caótico y calzadas sinuosas. Pero después de cruzar la gran puerta del Club de Regatas Tietê de São Paulo, en la margen del río homónimo, en cuyas instalaciones —en la parte trasera— funcionan las aulas, el cambio es radical. Allí, a unos 500 metros del acceso al club, una vez pasados los molinetes de seguridad, funciona la Unipalmares, en un gran predio prestado por el tradicional club, que cumplió 102 años. Con una mayoría de miembros blancos, el Club de Regatas decidió prestar parte de sus instalaciones a Unipalmares sólo por altruismo. Se trata de galpones que estaban en desuso, presas del abandono, hasta que las autoridades de la universidad propusieron reconstruirlos y darles nueva vida sobre la costa de uno de los ríos más contaminados de América del Sur. Hay dos gimnasios, tres pistas de esgrima, cuatro canchas polideportivas y otro tanto de tenis, un gran salón para fiestas, una boîte y piscinas olímpicas. Todo ese espacio, que no pertenece a los alumnos, debe ser atravesado por los alumnos. “Alguna vez quizá ganemos lo suficiente como para acceder a una piscina así, o comprar una raqueta de tenis y jugar en este club”, se esperanza Mónica, una alumna de Publicidad y Propaganda. Jesuíno, otro alumno que quiere ser abogado, asiente. El concepto de Unipalmares podría sonar racista, ya que José Vicente, en sociedad con una organización no gubernamental (ONG), Afrobras —fundada en 1997 por dirigentes e intelectuales negros y dedicada a trabajar por la inserción socioeconómica y cultural del ciudadano negro de Brasil— puso en marcha esta casa de altos estudios en la que, se advierte, tiene prioridad el estudiante negro. Como el resto de las universidades brasileñas, Unipalmares somete al estudiante a un complejo y largo proceso de selección: una redacción obligatoria, en la que se evalúan la organización y claridad del texto y que debe aprobarse, sí o sí, para enfrentar luego otros 40 exámenes con respuestas de opciones múltiples sobre portugués, literatura y matemática. “Para atender las necesidades de las clases sociales más desfavorecidas, y a la diversidad racial, queda instituido que 50% de los cupos será destinado a los candidatos de raza negra que así se hayan autodeclarado en las fichas de inscripción y que hayan sido aprobados en el proceso selectivo”, reza uno de los párrafos-edictos de la carta fundacional de la Zumbi dos Palmares. A las 5 p.m., las aulas de la Unipalmares comienzan a poblarse. No hay automóviles en la puerta: los estudiantes llegan hasta allí en autobús, andando, en bicicleta y en alguna que otra moto ruidosa. Media hora después, todo es silencio. Asomarse y contemplar una clase de cualquiera de las carreras de Unipalmares provoca la misma sensación que la de viajar en un autobús lleno poco antes de las 7 a.m. Casi todos son rostros serios, de hombres o de mujeres, pero —excepto una o dos excepciones— son negros, con gestos de concentración. Muchas de las clases de Unipalmares son dictadas por expertos en la materia y profesores de las más reconocidas universidades privadas de Brasil y de otros países. La mayoría lo hace por salarios inferiores a los que están acostumbrados, y otros sencillamente por invitación. Es el caso del historiador John Franklin, hijo de prestigioso John Hope Franklin, el historiador más famoso de Estados Unidos, que nació en 1915 en Oklahoma, hijo de una maestra y un abogado negro al que se le prohibió ejercer la profesión por su color, y que dedicó su vida a redefinir el equilibrio social norteamericano. En Unipalmares —se aclara— no hay privilegios, pero sí un espacio asegurado. Así, sin vueltas ni secretos, por color y no por nombre y apellido. Si bien en la idea original se destina la mitad de las matrículas para los estudiantes negros, hoy los pupitres ocupados por negros suman 90%. El resto es indio, mulato, y hay dos o tres blancos por cada aula. A juicio de los profesores que integran el núcleo docente de la Unipalmares, cualquier atisbo de racismo positivo puede autodepurarse con la lectura de un simple párrafo de la historia de la esclavitud en Brasil, que duró más de 350 años; de su realidad, que todavía exige destacar la raza o el color de la piel en los papeles que deben llenarse para tramitar el documento único de identidad y que permite que los empleadores exijan marcar la raza o color a quienes llenan formularios en busca de empleos; en las comisiones oficiales de certificación racial que por juicio propio —o prejuicios— deciden en las altas casas de estudio públicas quién es negro y quién blanco; y en el día a día que relega a los afrodescendientes en la educación, el sistema de salud y el mercado laboral. Éstas son algunas cifras oficiales sobre esa realidad cotidiana: sólo 3.5% de los más de 90 millones de negros que viven en Brasil logra un cargo de jefatura laboral; apenas 10% de los graduados universitarios es negro; gran parte de las escuelas privadas hay, en los mejores casos, un niño negro por cada 100 blancos, en clases que comienzan a ser dictadas a partir de los cinco años, mientras en las escuelas públicas, con mayoría de negros y mestizos, la obligatoriedad sólo es partir de los siete años; 20% de la población total tiene acceso al sistema privado de salud y, de ellos, poco más de 1% es de raza negra. 3Dicen las estadísticas oficiales que de los 190 millones de habitantes que tiene Brasil, 48.9% es negro, no porque el resto sea absolutamente blanco sino porque entre un color y otro hay, sí, blancos y muchos matices: mestizos, indios, descendientes de los japoneses que llegaron hace 100 años huyendo de las guerras contra Rusia y China. En cifras del Ministerio de Educación, en Brasil hay hoy 16 millones de analfabetos. Y esa cifra se duplica si se extiende el índice a los llamados “analfabetos funcionales”, que incluye a quienes no realizaron más de cuatro años de aprendizaje escolar. No hay un mapa de razas en el estudio oficial, pero se explica que la mayoría de los analfabetos son los más pobres y, por ende, los negros de las ciudades de São Paulo y Río de Janeiro, además de las que pertenecen al norte y noreste del país, las dos zonas más pobres y con la mayor concentración de afrodescendientes. Cincuenta por ciento de sus pobladores vive por debajo del índice de pobreza, es decir con menos de 50 dólares por mes.En el claustro de la Zumbi dos Palmares, muchos de los profesores son descendientes de esclavos africanos y hasta el propio rector, José Vicente, se jacta de emplear “al cuerpo docente negro más numeroso de Brasil y quizá del mundo”. No es un requisito para ser profesor aquí pero tampoco es una prohibición. Paradójicamente, Vicente no comulga con algunas de las leyes con las que el gobierno federal intenta asegurar un espacio a los estudiantes negros en las universidades, como los cupos para negros instrumentados desde hace cuatro años por la Universidad de Brasilia y otras 33 universidades de Brasil, que reservan 20% de sus bancos para negros y mestizos. “Las leyes raciales no amenazan a la elite blanca, si bien es cierto que envalentonan a los racistas, pero dividen al medio a la mayoría de los brasileños, separándolos aún más por medio de una frontera implantada con brutalidad”, cree Vicente. En rigor, son 120 intelectuales —entre ellos sociólogos, historiadores, filósofos, psicólogos y politólogos— los que se oponen a los cupos raciales y firmaron un manifiesto en su contra. Demétrio Magnoli es el sociólogo más reconocido y prolífico de Brasil. No firmó el manifiesto. Es blanco, ex miembro de la izquierda brasileña que cambió de idea y ahora escribe semanalmente en las revistas neoliberales de mayor tirada. Publicó más de una veintena de libros y actualmente visita los sets de tv para promocionar su última obra, polémica, de 400 páginas, llamada Una gota de sangre. Historia del pensamiento racial, en la que sostiene que las razas son sólo una invención del hombre y el racismo es una invención científica. “La raza es el fruto de un poder político que rechaza la igualdad”, asevera Magnoli, para quien esta construcción fue responsabilidad de los europeos que dividieron a la humanidad en negros y blancos sólo como estrategia para colonizar Asia y África. Fue el poder político el que creó en Brasil una organización con atributos para determinar cuál estudiante es blanco y cuál no lo es. En 2002, cuando aún estaba en campaña proselitista, Luiz Inácio Lula da Silva (que asumió la presidencia en 2003 y hoy está en el tramo final de su segundo mandato consecutivo) prometió el sistema de cupos para negros en las universidades. La Universidad Zumbi dos Palmares se inauguró unos meses después, pero por iniciativa ajena al gobierno que, por su parte, daba vía libre para la formación de las comisiones abocadas a definir razas en quienes pretendieran estudiar y beneficiarse con aquella promesa de un espacio para los negros. Pero no todo fue beneficios. Un ejemplo, o dos, son los hermanos Alan y Alex Teixeira da Cunha. Son gemelos univitelinos, fueron fecundados en el mismo óvulo, de madre blanca y padre negro. Tienen 18 años y son tan parecidos entre sí que sólo sus padres, abuelos y un puñado de íntimos logran diferenciarlos. Los dos se inscribieron a principios de 2009 para cursar diferentes carreras en la universidad de Brasilia. Alan quiere ser profesor de educación física y Alex, nutricionista. Con una vida juntos, sentados en la misma aula uno al lado de otro, durmiendo en la misma cama marinera uno encima del otro y estudiando en la misma mesa y con el mismo libro, eligieron la misma universidad y, debido a las características de sus padres, optaron por el cupo para negros. Pero sólo uno fue admitido y el otro no: a simple vista, para cualquier observador ocasional, son mestizos, pero para los profesores y militantes antirracistas miembros de la Comisión de Certificación Racial —como finalmente se llamó a las organizaciones permitidas por el gobierno de Lula— de la universidad pública de la capital del distrito federal de Brasil, no lo son: Alan es negro y Alex no; es blanco según los mismos parámetros con los que fueron evaluados ambos: fotografías, entrevistas de identidad, datos del árbol genealógico. “No sé cómo pudieron haber decidido así, si mi hermano y yo somos idénticos y las fotos que presentamos fueron sacadas en el mismo día, por la misma persona. Creo que leyes que supuestamente debían ayudarnos, nos destruyeron”, dice Alex, que sabe que su año académico ya está perdido, mientras su hermano Alan, idéntico, asiente en silencio. Zé y Marina son otros dos estudiantes que el año pasado, en el estado de Maranhao, se dieron de bruces contra lo que siempre habían creído: Zé fue rechazado en la universidad por ser negro, cuando él se había postulado como un estudiante cualquiera, para dar el examen de ingreso sin hacer notar en los papeles de admisión que su apariencia era negra, sencillamente porque para él no era importante. Marina se candidateó a los 19 años para ocupar uno de los cupos para negros y recibirse de psicóloga, pero fue rechazada por un comité que decidió que no lo es, pese a que su madre lleva el color del carbón en la cara y su padre es apenas un poco más claro. 4“Sé diferente, estudia en Unipalmares”, es la frase publicitaria con la que Zumbi dos Palmares promociona sus matrículas abiertas para 2010. Allí no existen exámenes para definir razas, aunque sí cupos y la mitad del total está prometido de antemano a quien se autodeclare negro.El reloj que separa los carriles de la avenida Santos Dumont marca las 5:40 p.m. La voracidad con la que Mónica come su manzana resulta inusual. Está parada a pocos metros de la puerta de entrada a la universidad. Pide disculpas por comer mientras habla, o viceversa, pero acaba de salir —dice— de su turno de nueve horas en una incómoda silla de telemarketing y faltan sólo cinco minutos para su clase de Teoría de la Comunicación. Mónica llegó a São Paulo desde Salvador, capital de Bahía, cuando tuvo la primera noticia —gracias a una amiga y ex compañera de la escuela primaria que ahora trabaja de niñera en São Paulo— de la Universidad Zumbi dos Palmares. “Me anoté para estudiar Administración, pero cuando empecé anunciaron la carrera de publicidad y propaganda y me cambié. Es bueno ayudar a alguien a encontrar lo que está buscando, en todo sentido, en la publicidad, en la vida, y yo lo estoy encontrando aquí, en la única universidad que me aceptó y me está dando los mejores momentos de la vida”, dice Mónica, de 23 años, poco más de un metro y medio de altura y unos 100 kilos de peso. El salario de telemarketing le alcanza apenas para pagar la universidad y el cuartito que alquila a unos 20 dólares al mes en Paraisópolis, una de las 1 603 favelas de São Paulo. Para ser exactos, una de las dos mayores favelas paulistas, ubicadas al sur de la ciudad y con una población de 100 mil habitantes, TV por cable y una orquesta sinfónica propia. Vistas desde el aire, sus casas parecen apiladas sobre el morro, sosteniéndose una a otras con nada más que el peso de sus ladrillos huecos, sin pintura ni revoques. Mónica, que para estudiar en la universidad vive y se mueve en un cuartito-casa-habitación de un metro y medio por dos, con un colchón sobre el cemento del piso y, sobre éste, una pila de libros bien forrados con nylon, sólo cena una fruta y anda todos los días los 12 kilómetros que separan su trabajo de las aulas de Unipalmares porque quiere perder unos kilos y sobre todo porque el pasaje de autobús de São Paulo es uno de los más caros del mundo: 1.30 dólar por tramo. La cuota mensual de Zumbi dos Palmares es equivalente a 100 pasajes de un solo tramo. De ida, o de vuelta. Son las 5:55 p.m., según el mismo reloj. Treinta tres grados, según el termómetro. Jesuíno, que intenta esquivar a Mónica en esos últimos metros antes de la clase, desconfía y se apura para atravesar la doble puerta blanquísima y enrejada de entrada a la facultad. ¿Sos estudiante universitario?, es la pregunta repetida dos veces. El joven asiente. “Me llamo Jesuíno”, dice. ¿Y sos estudiante de Unipalmares?. “Sí, ¿por qué?”. Explica que no quiere hablar con extraños, que sólo quiere estudiar, que hace apenas dos semanas que comenzó en Unipalmares, el mismo tiempo que lleva viviendo en São Paulo. Es alto, de espaldas muy anchas, como su nariz. En rigor, los rasgos de su rostro no son finos e intenta disciplinar su cabello con una vincha. Lleva la ropa muy planchada, tanto que puede advertirse el brillo que dejó el hierro caliente. “Soy muy nuevo aquí. Todavía tengo la ropa guardada en el bolso en la casa de un amigo. Estoy buscando una piecita para alquilar, algo bien barato, soy del interior”, cuenta. Por ahora vive en la casa de una tía lejana en otra favela tan nueva que aún no tiene nombre. Estudia Derecho, tiene dinero ahorrado para pagar seis meses de universidad, está buscando algún trabajo de mozo de restaurante. La ceremonia de la primera promoción de graduados de Unipalmares fue casi un show. Sucedió en febrero del último verano y familias enteras de los 126 primeros recibidos bailaron, aplaudieron y se emocionaron hasta las lágrimas en el gimnasio cubierto del Ibirapuera —parque que es a São Paulo lo que Central Park a Nueva York— viendo en los jóvenes sus sueños realizados y festejándolo con sus ropas de domingo, en el mismo lugar donde se exhibieron los Globe Trotters, bailaron los chicos de High School Musical y patinaron las princesas de Disney on Ice. “Los negros sólo aparecen en la televisión de Brasil cuando son detenidos por la policía por un crimen. Hay que destacar las cosas buenas que el pobre y el negro hacen por Brasil. Tenemos que creer que Brasil comenzó a cambiar”, dijo entonces el presidente Lula da Silva, patrono de lujo de los primeros graduados que sintieron —en palabras de muchos— comenzar a pertenecer a la galería de la fama de Brasil, en la que los descendientes de esclavos son escasos y la mayoría —de esos pocos— viste camisetas de futbol: Pelé fue el primero. Y sus sucesores son Ronaldinho Gaúcho, estrella del Milán, y Robinho, del Manchester City. El primer club en aceptar jugadores negros en Brasil fue Vasco da Gama, mientras en Europa, en el siglo pasado, se obligaba a los jugadores negros a pasarse talco en la cara antes de salir a jugar. Hay otro rostro que tiene lugar privilegiado en esa misma galería: el de Ronaldo, conocido como El Fenómeno, amado por negros y blancos y que tras su regreso al futbol brasileño, luego de éxitos y traspiés en Italia, deslumbra en Corinthians, el club de futbol más popular de São Paulo y el preferido entre los más oscuros y más pobres. Pero él, El Fenómeno, jamás se consideró negro y así lo dejó en claro tras un partido en España, al criticar el racismo ante los periodistas deportivos. “Creo que todos los negros sufren (con el racismo) y hasta yo, que soy blanco, sufro con tamaña ignorancia”, es la frase que articuló. 5Sí, lo hace Milton Goncalves. Tiene 74 años y lleva 43 años brillando en las novelas y miniseries de la red de TV Globo, una especie de Televisa, pero brasileña. Es el actor de color oscuro —como se dice a sí mismo— más famoso, uno de los únicos, a decir verdad, de las producciones locales, en las que encarnó todos los clichés: esclavo, capataz, empleado, chofer. Hasta que reclamó el derecho de poder asumir cualquier papel más allá de los moldes y del color de su piel y se metió en el de un psiquiatra culto con una excelente dicción del portugués. “Sólo desde entonces comenzaron a llamarme para cualquier papel”, se enorgullece.El escritor más brillante y conocido de Brasil era nieto de esclavos, hijo de padre africano y madre portuguesa. Fue Joaquim Machado de Assis, fundador de la Academia Brasileña de Letras, padre del realismo brasileño y autor de la mayor obra literaria nacional: Don Casmurro, de 1900. Otro de los mejores botones de la muestra son Carlinhos Brown, el bahiano conocido en España como Carlito Marrón, creador del fugaz y genial grupo Tribalistas que recorrió con éxito Europa a comienzos de siglo y fue nominado a varios premios Grammy. O el Tío Bernabé, un simpático y querible empleado fiel de la más popular serie infantil de Brasil, el Sítio do Picapau Amarelo, de Monteiro Lobato. Y, por supuesto, Olodum, la ONG de Bahía que anda por el mundo alegrando carnavales con su original percusión. “Es muy difícil defender la idea de que haya una universidad concebida para negros, lo mismo que para indios, porque formamos parte de una realidad que aún no está sedimentada en la mente de la mayoría, sobre todo en la de los brasileños, habitantes de un país en la que todos están acostumbrados a pensar que cada uno nace, nacía, con un lugar definido. El blanco atrás de un escritorio, la negra en la cocina. Es triste, pero fuimos inducidos desde hace siglos a pensar que eso era lo natural”. Las afirmaciones son hechas —en una entrevista con Gatopardo— por José Vicente, que hace 20 años comenzó a idear cómo sería una universidad para negros y que hace seis abrió las puertas de Zumbi dos Palmares. “Todavía recuerdo aquella manera de mirarme de mis amigos, de algunos políticos, de expertos y muchos de mis colegas, aquella mirada como diciéndome que estaba loco por creer que debía abrirse una universidad exclusiva para los negros. No que sólo los tenga a ellos como alumnos, sino que les prometa que ellos, nosotros, también podemos estudiar y que tenemos adónde”, sigue Vicente. La indignación de Vicente tiene su correlato en los prejuicios sociales y culturales de un país que, aunque está compuesto casi por un 50 por ciento de negros, los discrimina a diario. En los números, en cada esquina. Las estadísticas advierten que sólo 3.5% de los más de 90 millones de negros que viven en Brasil (cuya población total es de 190 millones) logran un cargo de jefatura laboral, que el desempleo es superior entre negros que entre blancos y que sólo 10% de los graduados universitarios es negro, según los datos oficiales. Y en las esquinas la discriminación se ve a diario. Lo cuenta Edilson, que es consultor en una empresa multinacional: “Voy todos los viernes por la noche a comer carne asada al mismo restaurante junto con cuatro amigos del trabajo. Cuando salimos y mientras cada uno espera que el valet parking nos traiga el auto, por lo menos una vez al mes viene algún otro cliente del restaurante y me quiere dar una propina o me da las llaves para que le busque su auto. No lo hacen con mis cuatro amigos que son blancos, sólo conmigo. Es una confusión que no falla”. La esperanza y la serenidad de Vicente, en cambio, llevan en estos días el rostro sonriente del presidente estadounidense Barack Obama, en cuya campaña presidencial militó desde Brasil y cuyo triunfo celebra hasta estas horas. “Cuando Obama dijo todos pueden y yo también, nos colocó a todos en el diván, por lo menos para preguntarnos por qué si un país condicionado por 40 años de apartheid pudo, nosotros no lo intentamos”, razona el fundador de Unipalmares. Desde otra vereda, el sociólogo Demétrio Magnoli enmarca la elección de Obama como presidente en una primera derrota del racismo. “El triunfo de Obama, que se dice negro, musulmán, con madre blanca y un padre en África y muchas otras cosas fue el primer golpe sufrido por el racismo”, resume. Y añade: “Obama propone invertir la idea de que Estados Unidos está dividido en grupos raciales singulares que pueden ser definidos por sólo una palabrita, que es un color”. Doce por ciento de la población de Estados Unidos es negra. En Brasil, ese porcentaje no sólo se cuadriplica, sino que llega exactamente a 49.8%. Brasil es la segunda nación con mayor cantidad de habitantes negros, sólo superada por Nigeria. Y fue el último país del mundo que abolió la esclavitud, hace 121 años. 6La esperanza de Vicente, que preside la ONG Afrobras, también se materializó en Valdirene, una ex alumna de Unipalmares. Ella, negra y de 30 años, probó suerte en la carrera de Administración de Empresas después de haber sido rechazada en las universidades públicas. “Mi sueño siempre fue hacer una carrera universitaria, pero no conseguía entrar en las públicas y no tenía el dinero para pagar estudios privados. Ya había desistido y cuando vi por la televisión que había abierto una universidad para negros con muy baja mensualidad, por lo que pensé no sólo es para negros sino para pobres también, como yo, rendí examen y entré”, recuerda Valdirene, hoy subgerente de una de las cinco sucursales más grandes de un banco de origen holandés adquirido hace poco por el grupo Santander. “Fue una de las experiencias más maravillosas de mi vida”, dice una y otra vez cuando se le pregunta por la Universidad Zumbi dos Palmares. Habla bajo, con cuidado y demasiados silencios. Ella fue una de las primeras alumnas inscritas, comenzó a estudiar cuando tenía 25 años y ya llevaba cinco de casada, con un hijo de un año. “Fue muy difícil estudiar y tener una familia, pero así son más sabrosas las conquistas, cuando se hacen esperar, cuando son difíciles”, dice, a sabiendas que es casi una rareza: tiene un puesto de jefa, bien remunerado, en una sede brasileña del banco que pide no mencionar.Que “los bancos no quieren negros” es un axioma no escrito que recorre a los estudiantes de administración que los primeros egresados de Unipalmares creen estar modificando, en un cambio que se adjudican como primer triunfo. Hace tres años, una ley del gobierno federal implantó el programa de diversidad y obligó a las instituciones financieras a contratar a afrodescendientes. Desde entonces, 19% de los empleados bancarios son negros, como Rodrigo, realizado en el marco de dicho programa; como Valdirene que gracias a ello se convirtió en subgerente. Por un acuerdo entre Unipalmares y los bancos, 90% de los estudiantes de Administración de esta universidad tienen pasantías aseguradas en los principales bancos de Brasil: Itaú, Bradesco, Real y Finasa. La mayoría permanece, después, como empleado. “No son trabajadores como cualquier otro, en muchos casos son mejores, tal vez porque Unipalmares, por tratarse de una buena universidad, les dio los elementos, tal vez porque el esfuerzo y el sufrimiento que les llevó lograr el título universitario les enseñó más que al resto, les enseñó que todo vale y se empeñan por defender sus puestos, lo que lograron”, evalúa Milton da Silva, gerente de uno de los bancos que ofrecen su primer empleo a los estudiantes negros de Zumbi dos Palmares, por un salario menor al que reciben quienes ingresaron por fuera del programa de pasantías. Valdirene y Rodrigo, entre otros 124 alumnos, comenzaron a estudiar cuando Unipalmares funcionaba en una casa de madera del alejado barrio de Barra Funda. Y debieron soportar persecuciones constantes de la policía que no los dejaba permanecer por más de 10 minutos de pie en una esquina. “Nos pedían documentos todo el tiempo, nos corrían, incluso hubo veces en que nos detuvieron o nos golpearon sólo por ser negros, porque decían que los negros no pueden estudiar”, recuerdan Maira y João, otros dos de los primeros alumnos. Como Thiago, que aún estudia Administración en Unipalmares y fue contratado definitivamente también por el banco Bradesco hace un par de años. Está a cargo del área de Planeamiento Estratégico de Inversiones de la matriz de la avenida Paulista, el templo de las sedes bancarias. Antes de lograr su empleo, Thiago vendía aparatos electrónicos para solventar los 130 dólares mensuales que le demandaba estudiar en la facultad. “Unipalmares es mucho más que una universidad accesible para el negro o el indio; es una oportunidad para los que menos tienen y quieren estudiar, es todo un proyecto de vida que va más allá de la educación, que atañe a la defensa de la dignidad y deja en evidencia que todos somos iguales, seamos altos o bajos, delgados o gordos, negros o blancos. También crecí con eso de que los bancos no quieren negros y aquí estoy, aconsejando a cualquiera, de cualquier color, dónde poner su dinero”, se enorgullece Thiago, que acaba de cumplir los 24 y celebrar su primer año de casado. Su esposa Maristela, también estudia en Unipalmares y fue contratada por el mismo banco. En su despacho vidriado de la planta alta del edificio de dos pisos, una zona protegida con una reja de abertura electrónica y acceso restringido para los alumnos, el sociólogo José Vicente recordará viejos métodos para domar las fieras. Como aquella hebra de hilo grueso o soga con que se ata ligeramente una de las patas traseras de un elefante a cualquier objeto, incluido una silla, para que el animal, desconocedor de su fuerza y creyente de su supuesta impotencia, quede inmóvil. “Lo mismo hicieron durante siglos con los negros al hacernos creer que no podíamos. Por suerte, algunos no lo creímos del todo. Como Martin Luther King, como Obama más recientemente”. “¿Cómo usted?”, es la pregunta retórica. “Sí, pero mi tarea más importante no fue soltarme, sino avisar al resto que pueden hacerlo”. Zumbi dos Palmares fue asesinado a puñaladas por blancos en una revuelta de esclavos que querían dejar de serlo, en Pernambuco, el 20 de noviembre de 1695, cuando tenía 40 años. Su cabeza fue cortada y exhibida en una plaza pública, como para desmitificar las aseveraciones de los esclavos de que Zumbi sería inmortal. Más de 300 años después fue reconocido oficialmente como uno de los grandes héroes de Brasil e incluido en los libros de historia. Tiene un busto en la ciudad de Brasilia, a pocos metros del Palacio da Alvorada, sede del gobierno federal. Y el día en que se lo recuerda es el de su muerte, el 20 de noviembre, que en algunos estados, como São Paulo y Río de Janeiro, se conmemora como día de la conciencia negra. Es feriado, pero en la mayoría del país no se respeta. |




