La Demora
Jueves 20 de junio de 2013 
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Marzo 2010
Moda y facsímil
Cuando el escritor méxico-americano Daniel Hernandez llegó al DF a mediados de los 2000, se puso en la tarea de registrar el mundo de la moda y a sus seguidores en uno de sus momentos más frenéticos. Éste es el resultado de aquella inmersión, forma parte de Megaciudad (Scribner), el libro que prepara sobre las tribus urbanas.
Por Daniel Hernandez / Fotografías de César Arellano
El reino hipster se canibaliza a sí mismo.
El desfile de modas tiene lugar un miércoles de principios de noviembre en el viejo Casino Metropolitano del Centro Histórico. De acuerdo con la tradición popular, el antiguo y fantasmagórico lugar de juego perteneció originalmente a una figura de sociedad ligada románticamente con el presidente Porfirio Díaz. Hoy está otra vez en el corazón del despilfarro, pero no de aquel que está ligado al poder y la riqueza extrema, sino a un tipo de privilegio más discriminatorio: la moda.

El espacio inferior del casino es un largo pasillo mal iluminado con la pintura de los muros pelándose como cáscara de plátano. La pasarela consiste en sillas plegables de metal dispuestas frente a frente sobre el piso de baldosas despostilladas y decoloradas. Los meseros dan vueltas sirviendo tequila en minúsculos vasitos de plástico. Los flashes de las cámaras salpican el ambiente. Los amigos se saludan unos a otros con besos al aire y poses extravagantes. La gente se mira con deseo. El desfile ya lleva dos horas de retraso y hay una palpable sensación de expectativa y drama en el lugar, el sentimiento de que estamos ahí para ser testigos de algo espectacular e importante —no el desfile de modas, sino nosotros mismos.

Las luces disminuyen y un reflector aparece hasta atrás de la pasarela. Una luz roja detrás de una pantalla ilumina un logo con letras punk recortadas, “María Peligro”, y empieza el desfile. El público, joven y a la moda, mira a las modelos con decidida severidad. La línea de ropa —franelas de estampados grandes y tenues en grandes cortes angulares— es de la joven diseñadora Paula Arriola, una linda argentina de pelo anaranjado. Cuando camina por la pasarela para recibir los aplausos, le llueven flashes de todas partes. No es la semana de la moda y no hay ningún gran nombre extranjero que robe cámara en la ciudad. De hecho, no hay ni una sola mega celebridad a la vista. Pero no hacía falta ningún famoso genuino en el evento de María Peligro porque, en este mundo, todos son celebridades, o se comportan como si lo fueran.

Era un desfile de modas independiente en la ciudad de México, y eso significaba que era —en un determinado círculo, el de los blogueros de las fiestas de moda— lo más importante que estaba pasando en ese momento.

Unas horas antes había pasado a Clínica, una pequeña boutique con creaciones de jóvenes diseñadores independientes de moda de México, en la colonia Condesa. Los socios, Enrique González Rangel y Denise Marchebout, diseñadores de Guadalajara, me hablaron de esta noche. Yo me les pegué, para tomar fotos y tomar notas. Fuimos por sushi a la Roma, y nos encontramos con más gente que empezaba a salir por la noche: el promotor de una disco gay, un cabalista impresionantemente hermoso, un diseñador gráfico alemán, un ejecutivo de un estudio de filmación de Los Ángeles y su joven novio mexicano. La energía sexy y escenosa estaba a todo, y todavía ni llegaba el sashimi.

—Oye, ¿y de casualidad no conoces a…? —me pregunta en algún momento el promotor desde un extremo de la mesa, y menciona el nombre de una artista de Los Ángeles, Kathryn Garcia.

—Wow, sí —le respondo, satisfecho conmigo mismo—. Sí la conozco.

Nos amontonamos junto a una fila de coches que esperan afuera y nos dirigimos hacia el centro. En el Casino Metropolitano, la ropa de Arriola es interesante, sí. Pero lo que verdaderamente tiene al público entusiasmado es el majestuoso ascenso por la resplandeciente escalera de mármol hasta la fiesta, después del desfile. Es un flamante salón de baile neobarroco, con frondosas plantas y superficies doradas y terciopelo rojo que seduce desde todos los rincones. El estrato más alto de la élite joven y bien vestida se desplaza hacia el salón, siguiendo los beats electrónicos del DJ, o hacia las barras, donde hombres y mujeres con impecables uniformes blanco y negro reparten más cocteles gratuitos.

Cada pocos segundos, una nueva cámara se abalanza hacia una cara al azar o a un grupo de personas. Adondequiera que voltees hay gente modelando.

Nunca he visto poses así en Los Ángeles, y eso que la gente en Los Ángeles lleva la pose en el ADN. Posan en las salas doradas, en los sillones de terciopelo, con las bocas abiertas y agarrándose de maneras inapropiadas. La energía aumenta al igual que la música, como si el consenso fuese que no hay otro lugar en el mundo en que valga la pena estar más que en esta fiesta de la moda en el Centro Histórico, con cientos de extraños conocidos —algunos mexicanos, algunos británicos, algunos estadounidenses, algunos una mezcla de mexicano con alguna herencia políglota latinoamericana, y algunos de género indefinido—. Se siente en verdad como si una presa se hubiese roto. Apenas es miércoles. El artista Miguel Calderón, de quien me había hecho amigo un par de años atrás, mantiene una reserva de latas de cerveza cerca de una bocina, y explora el espacio para encontrarme un date. Vicky Fox, una transexual altísima con pelo amarillo y piel café, empieza a retorcerse en las baldosas cuando le pregunto si puedo tomarle una foto. Toda la noche, un pequeño personaje que parece duende, con un corte de pelo de bacinica y un delicado atuendo blanco me sigue a todos lados, posando indiferente para fotos en cualquier momento y sin proferir palabra. No es una niña, pero tampoco es precisamente un niño.

Se forma un círculo de gente y decidimos que es hora de partir. En el frenesí del baile ya perdí a Enrique y a Denise. Me deslizo por las escaleras hasta la calle como parte de un grupo. Galopamos hasta la plaza que está frente al Museo Nacional de Arte, brillantemente iluminado en el frío de las tres de la mañana. Nosotros —imposible decir quiénes, salvo que jalamos juntos y cooperamos— nos amontonamos en un taxi y avanzamos, destino incierto. Apachurrado en el asiento trasero de un taxi con Vicky Fox, el duende, Miguel Calderón y unos cuantos más, estoy tan borracho y feliz que me enfurezco inexplicablemente con el chofer. Le exijo que no nos esté dando vueltas para cobrarnos más, como suelen hacer los taxistas en México. En mi delirio, lo acuso de estarnos tranzando desde antes siquiera de avanzar unas cuadras. Lo maldigo, junto con todos los taxistas en todas partes del mundo y en otros planetas. El chofer toma la sabia decisión de ignorarme.

Llegamos a una cantina atestada, en la Condesa, y curiosamente me siento transportado a París, circa 2003. Ecos de una visita ahí. Una pista de baile, la luz tenue, sólo cerveza para beber, humo de cigarros, jovencitas mágicamente liberadas que parecían habitar otras zonas horarias y géneros culturales —rock de los noventa, hip hop de los noventa, electrónica de los noventa—. El duende de blanco se queda con nosotros todo el tiempo, casi sin proferir palabra. No me entero de su nombre sino hasta la mañana siguiente, Quetzalcóatl Rangel Sánchez, el diseñador de modas, la mitad de la fuerza creativa detrás de Marvin y Quetzal. Cuando el sol empieza a salir, Quetzal y yo terminamos recorriendo Revolución, a la altura de Tacubaya, e invitándonos al departamento de un nuevo amigo en el icónico edificio Ermita, toda una referencia del art déco. Vemos el amanecer desde las altas ventanas y nos maravillamos ante el tráfico matutino que ruge abajo. Al día siguiente, no me queda claro cómo regresamos a nuestras respectivas casas. De alguna manera había perdido un par de valiosos collares que yo mismo me había hecho. Quetzal dice que seguro nos encontraremos en línea y seguiremos en contacto.

Hablamos esa misma noche. Llegamos a una sólida conclusión: “Tenemos que volver a salir”.

Por un breve periodo a mediados de los años 2000, la moda estuvo in en la ciudad de México, y me sentí obligado a cubrir cada aspecto y cada minuto de ella. Principalmente, eso implicaba socializar y beber todas las noches de la semana en fiestas patrocinadas. El desfile de Paula Arriola había sido patrocinado por un joven empresario de la fiesta llamado Rodrigo Peñafiel, ese apellido que se ve en millones de botellas y latas de agua mineral. Pronto comprendo que así son las cosas. Siempre hay una buena cantidad de dinero detrás de las buenas fiestas en el DF, aquéllas donde no hay dificultad alguna ni para entrar ni para beber. Sólo hay que… llegar. Lo difícil es saber adónde y cuándo, y con quién. Durante los siguientes seis meses, más o menos, asistí a cada uno de los eventos de moda, escenosos y hipsters de la ciudad de México a los que pude entrar, como si hubiese sido mi deber sagrado. Fui tejiendo redes sin parar con promotores, DJ, organizadores y productores. Me logré meter en las listas de emails y en las de los cadeneros. Besé muchísimas mejillas y di muchísimas manos. Miré todas las actualizaciones de eventos relevantes en las entradas de Facebook. Poco a poco, las puertas se abrieron, las listas se expandieron, el acceso se volvió algo que se daba por hecho. Si no se me garantizaba el acceso, con la actitud y abordaje correctos, caí en la cuenta de que un verdadero fashionista de la ciudad de México puede meterse prácticamente adonde se le da la gana.

Yo había aprendido cómo conectarme en Los Ángeles, después de trabajar durante algunos años en los medio culturales de ahí y vivir en barrios “cool” como Echo Park y Silver Lake. Con la explosión y la rápida maduración de la escena de la ciudad de México en general, comencé a tener acceso no sólo a fiestas hipsters y desfiles de moda, sino a festivales de cine, exposiciones de arte de la alta sociedad, megaconciertos y cocteles patrocinados por alguna marca. Para los protagonistas de la “escena” en la ciudad de México, yo era el “de Los Ángeles”, y en ese momento, de mediados a fines de los años 2000, ambas ciudades se daban mutuamente niveles similares de caché cool. Pero yo no confundía una con otra. La escena de la ciudad de México se sentía como un momento climático sostenido, noche tras noche, semana tras semana, motivado por la sensación de que, aquí, más que en ningún otro lugar, la fiesta es el punto. En México, desde antes de que cualquiera tenga memoria, no hay nada más importante que entregarse al rito de la fiesta cada vez que la oportunidad se presente. Y nadie en la ciudad de México en ese momento se estaba reventando más ni de manera más exuberante que sus hipsters fashionistas.

Por su misma naturaleza, la fórmula es delicada. La devoción a ese tipo de fiesta puede hacer maravillas por la vitalidad del perfil profesional de alguien, pero sin las precauciones adecuadas, también puede provocar un colapso profesional, o algo peor. Éste es el mundo en el que caí de inmediato en la ciudad de México, un mundo que resulta excesivamente acogedor para los extranjeros. Éstas son las personas para quienes salir de fiesta es sinónimo de trabajo y riesgo. Para mí, como para ellos, se convirtió en una obsesión existencial.

La primera entrada al blog Diario de Fiestas apareció el 30 de enero de 2007 y se titulaba “En el cultural roots”. El título se refería a un bar underground en el Centro Histórico al que acude la escena reggaetonera. César Arellano, el creador del blog, había ido ahí a ver un extraño show. Sólo posteó dos imágenes de esa noche: una era una toma de espaldas de una chica en un vestido vintage color rosa que bailaba con un micrófono; la otra era una toma de una persona con un micrófono que vestía un absurdo disfraz de luchador de sumo, antifaz plateado y peluca metálica.

“Tomé esas fotos en noviembre” —escribió Arellano en su primer post—. Introducen perfectamente el tono que me gustaría sea frecuente en este blog […] No recuerdo cómo se llama la banda, pero me parecieron geniales”. Luego siguieron fotos de fiestas en un bar underground llamado El Patio de Mi Casa, tomas de una inauguración en la galería kurimanzutto y la foto de un atuendo de César colgado en una puerta, esperando a que la noche empezara (“chaqueta vintage de Yale University, camiseta de María Peligro, J Brand skinny jeans y plaid SB Jordan Sneakers”, escribió). Siguieron otras entradas, como fotos de fiestas de cumpleaños en la sala de un departamento. Llegó marzo y con él una explosión de entradas sobre Fashion Week. En poco tiempo Arellano incluyó links que lo mismo incluían pequeños blogs que grandes marcas: I'll Be your Mirror, Givenchy, Diary of a Third World Fashionista, Balenciaga, Love Naomi, Mexican Flamboyant, Prada. La gente empezó a seguirlo.

“Al principio era muy tímido”, me dijo César mientras comíamos en la Condesa un año después del lanzamiento del blog. Nuestra conversación fue en inglés, característica de las inclinaciones de primer mundo de la escena mexicana. César tiene cara delgada, ojos avispados —buenos para pasar la mirada por un salón rápidamente— y una sonrisa mañosa. Usa prendas como corbatas, normales y de moño, y bostonianos lustrosos.

“Yo iba a fiestas y tomaba 10 fotos y eso era todo. Pero eran mis amigos y era fácil tomarles fotos. Eran mis amigos cercanos y yo, y eso era todo. Tres meses después todo mundo estaba viendo el blog. No sé, cien personas lo estaban viendo. La misma gente que iba a las fiestas cada fin de semana”.

Era necesario documentarlo. Después de un tiempo como aprendiz de fotógrafo en San Miguel de Allende y de hacer trabajos para un diseñador de modas reconocido en la ciudad de México, Arellano empezó a conocer fashionistas que estaban reinstalándose en la capital y haciendo fiestas. Muchos habían pasado tiempo fuera del país y otros eran extranjeros: argentinos, venezolanos y mexicanos que habían crecido en Estados Unidos. Un fenómeno de principios de los años 2000, muchos jóvenes mexicanos habían estado en París, Londres, Montreal, Nueva York, Los Ángeles, Barcelona y otras capitales del mundo. Regresaron a México entre 2005 y 2006 con una refinada sensibilidad global. Todo mundo tenía hambre de fiesta —y de probarse a sí mismo.

“Sentía que había una escena, tú sabes, algo estaba pasando —dice Arellano—. Lo sentí en El Patio. Me acuerdo que hace más de un año estaba en una fiesta de Zombies y había por lo menos 20 personas increíblemente vestidas, y la música era muy buena, y los atuendos eran muy buenos —hace una pausa, como si sonara demasiado obvio—. Y la noche era increíble”.

Arellano siguió posteando. Los seguidores de Diario de Fiestas crecían exponencialmente. A finales de 2007 parecía que todos los escenosos de la ciudad entraban al sitio buscando fotos de ellos mismos de la noche anterior, viendo extraños, criticando looks, tratando de enterarse dónde serían las siguientes fiestas. De lejos, blogueros con conciencia de la moda en otras capitales del mundo empezaron a notarlo y a agregar el link de Diario de Fiestas a sus páginas para echarle un ojo a lo que los chicos cool de la ciudad de México llevaban puesto una noche cualquiera.

Resultó que la fiesta cuesta trabajo. En su entrada del after-party de la pasarela de María Peligro, César dice estar exhausto con el mundo que registra fielmente. “En algún momento de la noche me harté de la escena y del alcohol y de cargar la cámara eternamente en las fiestas. Después de una semana, ya estoy recuperándome del hartazgo, debe haber sido la sobredosis de desfiles y alter-partys de octubre. God, I'm glad is over”.

La primavera está llegando a su fin y hay otra fiesta en el bar Pasagüero.

Otra fiesta”, así es como me la describen a mí y cómo yo se la describo a otros. Otra fiesta, después de algunas otras fiestas, y antes de otras que vendrán. No sé por qué estoy aquí otra vez. Quizá sea Fashion Week. Quizá sea otra marca extranjera tratando de penetrar el mercado: Bacardi, Absolut, Nike, Adidas. Quizá sea la fiesta de lanzamiento de la revista de alguien. Ya había ido al Pasagüero antes a una de esas fiestas. La primera vez que estuve ahí fue para alguna de esas fiestas. Está en el Centro Histórico, en una calle peatonal y la música siempre rebota fuerte por los canales que forman los viejos edificios ubicados frente a frente. A principios de los años 2000, es decir, hace un millón de años, el Pasagüero era el lugar de los escenosos en el Centro Histórico. Ése y el Patio de Mi Casa, que era un poco más underground. Pero de cualquier manera, eso fue mucho antes de que el Pasaje América apareciera, también en el centro, cuando ese lugar fue el lugar durante —oh— más o menos dos meses.

¿Qué hacemos aquí otra vez? La última vez que estuve en el Pasagüero tocaban los DJ Mark The Cobra Snake, Hunter y Steve Aoki. Los líderes de la escena de Los Ángeles estaban en México dando una fiesta. La gente estaba desesperada por entrar. Y ahora, otra fiesta en el Pasagüero. Mi amiga Cristal Ortiz, una dedicada escenosa, se está tomando un vodka. Estamos rodeados de chicos cool que hablan, toman, ríen, posan para fotos.

—¿No es todo esto un poco, no sé, falso? —le pregunto a Cristal de pronto.

—Nada de lo que tenemos es nuestro, admite. Seguimos las modas. Nos concentramos en los detalles. Quién toma fotos, dónde está Diario de Fiestas, dónde está Domestic Fine Arts, quién ligará con quién, qué va a haber después de esta fiesta, qué traigo puesto.

“Es malinchismo”, dice Cristal. Lo considero por un momento. ¿Será que el surgimiento en la ciudad de México de esta nueva subcultura —hipster, scenester, chicos cool, como prefieras llamarla— es sólo otra expresión de la tan conocida tradición mexicana de sobrevaluar indebidamente cualquier cosa extranjera y del primer mundo? Rápidamente lo desciframos. La fiesta es de Nike, la organiza en el Pasagüero y ahí estamos nosotros, aunque no estamos seguros por qué o cómo. Y aun así, no vemos ninguna otra opción que estar ahí.

“Mira —dice Cristal gritando para esquivar el ruido—. Estamos celebrando una marca transnacional, no una marca de huaraches”.

Asiento con la cabeza y le doy un trago a mi cerveza. Me sabe desabrida, insípida, aunque el bartender la acaba de destapar. Cristal tiene razón, creo. Nike nunca patrocinaría una marca de zapatos de piel hechos a mano por artesanos mexicanos. No sería cool. Transnacional, cool globalizado quiero decir, es lo que compañías como Nike le venden tan vigorosamente a los jóvenes mexicanos.

El flash de una cámara viene doblando hacia mi espacio personal, lista para capturar el momento, y yo caigo. “Nosotros, los que tenemos poco menos de 30 años, estamos creciendo sin el cobijo de nuestros padres  —dice Cristal—. Pero los que tienen 20. Me siento mal por ellos. Nosotros tuvimos un poco, pero ellos no tuvieron nada de eso”.

Con el cobijo de los padres, Cristal quiere decir el viejo orden social, la forma en que padres y madres mexicanos dirigían el hogar y la estructura social de la vida de un joven. Ya no es lo mismo. Las jerarquías se volvieron planas. La estructura social se ha desintegrado. Los viejos ritos ceremoniales se han calcificado. Niños de secundaria se declaran homosexuales. Todo mundo tiene MTV o alguna forma de televisión por cable en su casa. Chicos de 18 años pierden la virginidad en hoteles de paso que se alquilan por hora, y se cortejan unos a otros en Hi5 o MySpace. Los verdaderamente inquietos y desesperados por la situación económica se vuelven hombres sobreviviendo el camino hacia el norte. Ahora cada joven es el forjador de su propio destino. ¿Cuál es el resultado de eso? Todos los jóvenes liberados de clase media han gravitado hacia la moda y el reino hipster. O eso parece.

Damos una vuelta por el bar. Luces, sonidos y caras flasheadas nos bombardean por todos lados. Aun así no parece que valga la pena una segunda vuelta. Una fiesta más en el Pasagüero. Filas para el baño. Lip gloss. Joyería llamativa, pero barata. La misma Cristal lleva un paliacate amarrado al cuello y tenis brillosos. Orgullosa de su enorme busto, lleva una playera ajustada. Vemos cómo una niña alivia su aburrimiento sentándose en una enorme bocina —acaba de descubrir que le gusta sentir las vibraciones del sonido en sus partes privadas—. Cristal le da un trago a su bebida y grita una vez más: “Son niños de la radio y la televisión”.

Conocí a Cristal en la calle, una noche en la Condesa, quizás en diciembre, cuando todo mundo está en su última sobredosis de fiestas prenavideñas. Ninguno de los dos recuerda los detalles. Ella debe haberse estado subiendo a un coche y yo debo haber ido cruzando la calle. En un instante los dos volteamos, nos vimos de pies a cabeza y con una mirada cómplice, decidimos —oh—, debemos ser amigos. Intercambiamos unas cuantas palabras, íbamos a fiestas distintas, pero prometimos volvernos a ver. En un vecindario enviciado con poses, adulaciones y competencia, Cristal me parecía alguien que nunca dudaba en decir exactamente lo que pensaba, en cualquier momento. Por lo general eso involucraba criticar la vanidad, la hipocresía o el mal gusto de otros. Una actividad para la cual la Condesa era un territorio fértil.

Aunque muchas de las fiestas de la escena eran en el Centro Histórico, éste no era donde la mayoría de los escenosos vivían o salían. La Condesa, y unos cuantos barrios al suroeste del centro, sigue siendo el ground-zero de la conciencia de la moda y el estilo. Y por lo mismo es el barrio al que se integran la mayoría de los extranjeros. Es fácilmente la colonia más gentrificada en todo el D.F., si no es que en todo el país. Ataviado con rentas exorbitantes, graves problemas de estacionamiento y, a la última cuenta, tres sucursales de Starbucks, a cualquier lado que voltees en la Condesa hay boutiques de última moda, cafés de moda, restaurantes de moda, y gente que se ve a la moda. Las noches de fin de semana los vendedores de cocaína barren las calles arboladas del barrio en automóviles discretos repartiendo drogas en departamentos con fiestas abarrotadas. Nadie pretende arriesgar nada, quizá con la excepción de un dolor de cabeza garantizado la mañana siguiente. Éste no es el tipo de barrio donde la policía de la ciudad hace redadas buscando narcóticos. Está poblada por armadas de diseñadores, personalidades de televisión, artistas, políticos, académicos, músicos, periodistas, mercadólogos, productores, arquitectos, nuevos ricos, y gente que trabaja en la moda —las clases privilegiadas, en pocas palabras, y por lo tanto la clase de gente que ve el uso recreativo de cocaína como una manera de obtener estatus—. Casi todos los bares y restaurantes tienen letreros en los baños que advierten a los clientes que si son encontrados “consumiendo drogas” serán sometidos a las autoridades. Los letreros me parecen inquietantes y desesperanzadores. Nunca lo dicen, pero los mensajes van claramente dirigidos a los consumidores de cocaína. ¿Cómo puede el barómetro moral de un barrio estar tan entrelazado con una sola droga?, me pregunto.

Cristal creció en la Condesa, por increíble que eso les suene a muchos de sus vecinos recién llegados. De hecho, también su padre y su abuela, que se mudaron a la colonia cuando ella tenía 12 años, viven ahí, me cuenta una noche.

“Para empezar había una sola tortería (en todo el vecindario) —dice—. (Lo que ahora es) el Café La Gloria era como una lonchería. Eran los únicos que tenían televisión en la colonia y cobraban dos pesos por verla. Mi papá iba ahí”.

Cristal se queja de la nueva Condesa, pero como cualquier escenoso aplicado, también la disfruta. Sin alejarse de su casa más de unas cuantas cuadras puede ir a cuatro o cinco clubs, y va a todos, varias noches a la semana. Disfruta whiskys en las rocas en Barney's, un bar obscuro de estilo neoyorquino con sillones bajitos de piel. Come tantos mariscos de La Ostra —tan sabrosos como caros— como se le antojan a su paladar, y mueve la cabeza o tira dardos verbales a los DJj que tocan música electrónica cerca de la barra, como si el restaurante deseara ser una disco. Cristal camina al 7-Eleven en su pijama —y la voltean a ver—. “¡Me valen madre!”, dice Cristal. Ella sufre del clásico síndrome de parálisis del nativo gentrificador. Ella es de donde es —la Condesa— y la invasión hipster-fashionista es algo con lo que tiene que aprender a vivir. “De ser un lugar para vivir —me dice Cristal—, se ha convertido en un lugar para ir”.

La transformación de la Condesa habla de un cambio más grande en la relación de la gente con la cultura popular. La llegada de lo hipster, alrededor del año 2000 y en adelante, fue el nacimiento del primer movimiento cultural globalizado que predicaba como su fin básico estar a la moda. No había ningún otro valor que dominara. Se trataba de saber qué escuchar, saber qué comer, saber qué leer y saber cómo vestirse. Las fronteras de estilos se borraron. Podías vestirte como un hippie de los sesenta, escuchar Run DMC y leer Ayn Rand. De hecho, el ideal era un poco así, ser tan ecléctico y oscuro en tus gustos como fuera posible, ser un experto en todo lo que es considerado “bueno” y también en todo lo que es considerado no bueno, sólo para estar a salvo. Mientras los punks o los góticos usan la moda para identificarse a sí mismos como parte de un grupo, los hipsters en sentido abstracto usan la moda sólo por usarla. Para sobresalir, no para ser parte de.

A una década del fenómeno, el reino hipster se expandió al mainstream a un ritmo alarmante. Lo hip domina los medios pop, desde el cine hasta la mercadotecnia. Penetra la conciencia, pero permanece un enigma. Las fronteras culturales del reino hipster cambian constantemente, o potencialmente no existen. Y en 10 años ha mantenido una fuerte carga de bagaje interno. Hay un elemento de autoaversión: nada es peor que ser llamado hipster, aunque seas uno —y al mismo tiempo los hipsters se dicen a sí mismos que todo mundo quiere ser hipster—. Es el precio de lograr y tener éxito: el reino hipster se canibaliza a sí mismo, un mecanismo construido internamente. Su muerte se anuncia todos los días. El hip es tan mainstream que ya nisiquiera es hip. Pero no hay que olvidar que algunas personas todavía se las arreglan para ser muy, muy hip.

En algún momento en los últimos años, no importaba en qué lugar vivieras. Lo que importaba era que estuvieras conectado, prendido y que tuvieras todos los gustos correctos. Y cuando todo se trata de estar a la moda, ésta se vuelve importante. En la ciudad de México eso fue una obsesión con cierta dosis de reniego. Para la vida aquí es central un elemento de riesgo: el fantasma de los secuestros, embotellamientos de tráfico épicos, la contaminación, el nuevo virus de influenza y las pausas arbitrarias en el abastecimiento de agua y electricidad. En la ciudad de México vivir con riesgo se traduce maravillosamente a la moda callejera. Los aventureros urbanos con conciencia de las modas no tienen miedo en arriesgar un look que en otros sitios pueda parecer demasiado cargado o extravagante. Los diseñadores jóvenes han llevado esta premisa a su máxima expresión, luego lo han explotado. La nueva moda en ropa de diseñadores jóvenes son cargadas, agresivas, casi obsesivas en su devoción por ser excesivas y atrevidas, y se distinguen por ser andróginas. Son prendas hechas para la fiesta.

Pero hay claras direrencias en las repeticiones hipsters al norte y sur de la frontera. En México los jóvenes pueden seguir de manera cercana y constante a través de internet las modas de Los Ángeles, París y Nueva York. Pero a diferencia de muchos de sus contrapartes estadounidenses, los hipsters de la ciudad de México no pretenden ser “pobres” o “DIY” (hágalo usted mismo). Basta una simple mirada a la Condesa. No hay ningún intento por ocultar la riqueza, ni siquiera se considera. Los hipsters mexicanos no idealizan los problemas de la vida bohemia. Las bicicletas, por ejemplo, no son del uso común en el universo hipster. La mayoría de los hipsters mexicanos no sueñan vivir en lofts derruidos, en barrios de la ciudad alejados y casi peligrosos. Prefieren zonas ordinarias de clase media alta como la colonia Del Valle o Coyoacán, o los barrios ya considerados chic. En pocas palabras, no hay versión mexicana de Bushwich o South Central. En la ciudad de México el reino hipster es esencialmente una expresión del confort clasemediero.

Empecé a pensar mucho en esto después de varios meses de fiestas de la escena, de noches tras noches de acceso libre y barra libre. Me empezó a resultar difícil convencerme a mí mismo de que el esfuerzo valía la pena. Estaba agotado. Veía a la misma gente una y otra vez, y las noches con ellos parecían repeticiones de sí mismas. Poco a poco me quedó claro. Me estaba enfrentando a un problema de autenticidad, uno del que eventualmente decidí alejarme.

A otros les pasó lo mismo. En la ciudad de México, los más cool de los más cool se seguían congregando y enfiestando —en su mayoría— en un solo barrio, Condesa. Casi todos estaban muy orgullosos de ello. Y los que no, se convirtieron en una minicultura: los que decían que ya no les enorgullecía —aunque no se fueron, claro—. “Los mejores años de la Condesa fueron hace cuatro años —me dijo César Arellano el día que nos reunimos para comer—. Estoy a punto de dejar esta colonia. Es muy comercial, demasiado comercial. Toda esa gente de Coapa, Satélite que viene a la Condesa. Se acabó. Es tiempo de buscar un nuevo lugar”.

Era fácil para Arellano decir eso, pero era mucho menos fácil, como sabíamos él y otros de nosotros, ponerlo en práctica. Todavía había una fiesta a la vuelta de la esquina esa noche, y otra a la vuelta de la siguiente esquina, y otra después de esa. Noche tras noche, nos gustara o no. Seguimos yendo. “La onda ahorita es que no hay onda, y hay todas las ondas”, me dijo al oído un miembro de la escena una noche en Malva, un club, otra fiesta .

*Traducción de Galia García Palafox y Claudia Itzkowich

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