Jueves 20 de junio de 2013 
SÍGUENOS:
NOTAS RELACIONADAS
BLOGS RELACIONADOS
Septiembre 2010
Arizona siente miedo
Estados Unidos está pasando por uno de los peores episodios antiinmigrantes de su historia.
Por Víctor Hugo Michel
Jan Brewer, gobernadora de Arizona.
El último fin de semana de mayo es una de las fechas más sagradas en el calendario cívico de Estados Unidos, muy probablemente la más importante después del 4 de julio: incluye al día de los veteranos, jornada en la que se recuerda y honra a todos aquellos que han servido en las fuerzas armadas del país.

El 29 de mayo pasado, en medio de las conmemoraciones, diez mil estadounidenses se dieron cita en el estadio de los Diablos de Tempe, un equipo de beisbol de las ligas menores con sede en Phoenix, para acudir a un rally patriótico que atrajo a participantes de toda la Unión Americana.

En el estacionamiento, acorde con el sentimiento de fiesta, se improvisaron puestos de hot dogs y cerdo y res en barbacoa. Los niños jugaron con luces de bengala y se repartieron miles de banderitas. Las placas de los autos daban fe de la amplia convocatoria: había asistentes de Mississippi, Carolina del Norte, Texas, California, Nebraska, Wyoming, Maine, Oklahoma, Kansas, Nueva York y hasta las Dakotas.

Calcomanías, pegadas en los vidrios y defensas de hummers, camionetas 4x4, pick-ups golpeadas, motocicletas tipo chopper, casas rodantes y autos deportivos del año en el estacionamiento, daban un perfil de los asistentes: "las armas no matan a la gente". "Las clínicas de aborto matan a la gente"; "apoyen a América, apoyen a nuestras tropas"; "la libertad no es gratis"; "mi coche ama el petróleo iraquí"; y "aquí se habla inglés, no español", entre otras tantas.

Al arrancar la ceremonia, en el estadio las banderas de las barras y las estrellas, miles de ellas, se agitaron furiosamente en la noche desértica. "¡USA, USA, USA!", gritaba la gente desde las gradas. Pero no era un partido de beisbol.

El del 29 de mayo era un mitin político que hirvió con la molestia de miles de estadounidenses, la mayoría de ellos blancos de clase media y media baja, ex militares, rancheros, granjeros, obreros, policías, camioneros y motociclistas molestos por lo que estaban viendo.

Porque frente a ellos, sorpresivamente, estaba la imagen del presidente Felipe Calderón, proyectada en una pantalla monumental, la voz magnificada por decenas de bocinas que suelen anunciar hits y carreras pero que ese día transmitieron frases que, a los oídos que estaban escuchando, sólo sirvieron para atizar más el fuego.

"Respeto la soberanía de Estados Unidos", decía la grabación, tomada de la presentación del mandatario mexicano ante el Congreso estadounidense a finales de mayo pasado, en Washington. "Sin embargo, estoy en fuerte desacuerdo con su recién aprobada ley en Arizona".

Desde las gradas, se elevaron de inmediato los silbidos y las banderas se agitaron con más fuerza. Un abucheo generalizado se extendió por el estadio.

"¡Dictador!", "¡cómo se atreve!", "¡esto es América, no Centroamérica!", "¡fuera, fuera!", gritaron muchos de los estadounidenses que estaban allí reunidos, en el que oficialmente podría decirse fue el arranque de la batalla en torno a la ley SB 1070, legislación que ha ocupado la atención de México y Estados Unidos durante los últimos meses.

Una vez transmitido su mensaje, el presidente mexicano se desvaneció. Fue reemplazado por un águila con la bandera azul, rojo y blanco de trasfondo.

Un nuevo orador, ya en persona, tomó la palabra. Recibió a la muchedumbre enardecida, tensa como una cuerda.

"Ya lo vieron, señoras y señores. Ya lo vieron. Un presidente extranjero diciéndonos qué hacer. México, déjame que te lo ponga claro: no más. Éste es nuestro país. No el suyo. ¡No más!", gritó el maestro de ceremonias del día, el conductor de la radio conservadora Mike Broomhead desde un estrado instalado en el montículo del pitcher.

"¡No más!", repitió la multitud a coro, galvanizada por un sentimiento común: todos están enojados con México y todos quieren que la frontera se selle definitivamente. Ellos son la parte central, la médula podría decirse, del fenómeno antimigrante más duro que haya visto Estados Unidos en las últimas décadas, uno que ha encontrado en la ley SB 1070, la llamada "ley antimigrante", el tema perfecto para cohesionarse.

"Arizona es el nuevo Álamo de Estados Unidos. O la defendemos ahora, o la perdemos para siempre", me dijo aquella noche Lauren Hodge, comentarista radial afiliada al ultraconservador movimiento Tea Party, agrupación que ha tomado por asalto la política estadounidense y que ayudó a organizar el "rally patriótico".

"Lo que está pasando con México y su oposición a la ley SB 1070 en Arizona ha despertado al gigante en Estados Unidos", dijo Hodge, una mujer de edad mediana y un poco de sobrepeso con grandes capacidades de oratoria.

"¿Cómo vamos a permitir que un extranjero como Calderón venga a decirnos qué hacer en la más grande democracia del mundo? Estoy segura de que México quiere mantener su soberanía. Y todo lo que nosotros pedimos es poder defender nuestras fronteras como cualquier otro país en el mundo".

Hodge terminó la entrevista y se dirigió al podio. Una vez ahí, dominó a la audiencia, que se rindió ante una sugerencia suya: crear redes ciudadanas de apoyo a la SB 1070. "Fíjense bien en quién está sentado al lado suyo, recomendó. Ésas son las personas con las que se pueden relacionar, con las que pueden hacer campaña. Ésas son las personas que dan fuerza al Tea Party".

El movimiento Tea Party nació en 2009 como una "respuesta ciudadana" a la reforma de salud propuesta por el presidente Barack Obama. Su nombre recuerda el Motín del Té en Boston, episodio histórico de la Independencia estadounidense, ocurrido en 1773, en el que colonos descontentos con la Corona inglesa lanzaron al mar un cargamento de té a manera de protesta contra lo que se percibía como la tiranía de Londres.

En su encarnación moderna, el movimiento Tea Party ha aglutinado a algunos de los sectores más conservadores de la sociedad estadounidense, derechistas que han visto en esta organización la oportunidad perfecta de expresarse sin las trabas de lo políticamente correcto que debe seguir el Partido Republicano.

Desde sus primeras luchas contra la reforma de salud de Obama, el Tea Party ha crecido hasta abarcar muchos otros temas ligados directamente al corazón del conservadurismo estadounidense, como el aborto, la reforma financiera, los derechos a portar armas y, ahora, la migración.

El movimiento ha sido blanco de fuertes críticas por su tendencia al extremismo. Fue recientemente acusado por la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP por sus siglas en inglés) de albergar entre sus filas a racistas comprobados, personajes con ligas a instituciones históricamente segregacionistas como el Ku Klux Klan.

En el mitin de Phoenix el movimiento presentó algunas posiciones extremas en torno a México. Siete oradores tomaron la palabra para advertir del "serio peligro" que desde el sur pende sobre Estados Unidos, los riesgos asociados a la migración ilegal, la crisis en la frontera y hasta el uso de terroristas de territorio mexicano para cruzar al norte.

"Esto no es sobre la migración. Esto es sobre el terrorismo", dijo desde el podio Gina Loudon, psicóloga industrial, esposa del ex senador por Missouri John Loudon, una férrea simpatizante del Tea Party y otra de las coorganizadoras del rally. A sus cuarenta y pico de años, tiene la energía de una adolescente y el físico de una modelo. "¿Sobre qué es esto?", preguntó micrófono de por medio.

La gente respondió: "¡Terrorismo!"

Rubia, de ojos azules, dientes perfectamente alineados y blanqueados, minifalda negra, tacones altos, blusa sin mangas y lentes Coco Chanel, Loudon electrizaba a la audiencia con datos que suenan difíciles de creer, pero que a nadie importaba verificar dado el ánimo del día.

"¿Sabían que cada año miles de terroristas cruzan la frontera con México? Gente ha muerto por nuestras fronteras débiles. Si yo fuera una hispana, preferiría que me pidieran una identificación como marca la SB1070 a que un terrorista me vuele en mil pedazos", clamó.

Un afroamericano le sucedió entre los oradores: Ted Hayes, director de la organización Brigada de Crispus Attucks, originaria de Los Ángeles, California, y catalogada por el Centro de Estudios sobre Pobreza del Sur (SPLC por sus siglas en inglés) como una "organización extremista" promotora del odio.

"¡No existe la raza de bronce!", fueron sus primeras palabras. "Los mexicanos no son morenos. ¡Son blancos! Yo resiento que blancos como los mexicanos quieran secuestrar mi legado histórico, el de mi gente, los negros, en la lucha por la equidad racial".

Entrevisté a Hayes minutos después de que terminó su discurso. Estaba parado en la zona de bancas del estadio y tenía a su lado a un hombre vestido a la manera colonial estadounidense, con sombrero tipo Paul Revere, zapatos de hebilla y calzas largas. Por momentos, el día tenía visos surrealistas.

"Seamos claros", me dijo, mientras se acomodaba las rastas. "Los mexicanos están viniendo ilegalmente a mi país. Recuerdo cuando comenzaron a venir en los sesenta. En Los Ángeles, llegaron a mi vecindario y primero nos pidieron ayuda a los negros porque eran una minoría. Pero después, cuando se hicieron más numerosos, nos ignoraron. Un día me dijeron: ‘Los gigantes no hablan con enanos'. ¿Ah sí? Pues que los gigantes se regresen a su país".

El desfile de oradores cerró con Lou Ferrigno, mejor conocido por haber interpretado el papel de Hulk en la serie televisiva de la década de los setenta.

Junto con su esposa, presidenta de la asociación "Madres contra la Inmigración Ilegal de California", Ferrigno lanzó un discurso apasionado sobre la porosidad de la frontera con México. Aseguró que "hay un latente peligro" de que una ojiva nuclear pase de Tijuana a San Diego.

Lanzó su discurso después de flexionar sus bíceps de 45 centímetros, impresionantes aun ante el paso de los años. La multitud enloqueció. "Yo me gané mi ciudadanía. ¿Y tú amigo?", decía un cartel sostenido por una mujer de origen mexicano justo al momento del discurso.

Ferrigno lo notó. Asintió.

"Miles de armas y de drogas y de personas y de armas de destrucción masiva cruzan por nuestra frontera", dijo. Resopló. "Esto se tiene que detener. ¡América es una nación soberana! Si por mí fuera, yo ya hubiera construido ese muro a lo largo de la frontera con los mexicanos".

Emocionada, la masa se puso de pie para escuchar y cantar el himno de Estados Unidos. "Ohh, say, can you see…", cantaban con las manos en el corazón, las cabezas debajo de pancartas con mensajes como "Invadamos México, tienen petróleo" o "mojados, fuera", además de "ilegal es ilegal: regresen a su país".

Cuando el territorio de Arizona —en buena medida deshabitado— fue anexado prácticamente sin tiros por Estados Unidos durante la guerra de 1845, tenía más colonos estadounidenses que ciudadanos mexicanos.

Un censo realizado en 1843 da una idea de qué tan poco interés generaba Arizona en la ciudad de México, inmersa en constantes golpes de Estado, intrigas, revueltas y pequeñas revoluciones: Tucson, la segunda ciudad más grande de la región, tenía menos de mil habitantes, entre apaches y mexicanos. No había tiempo en la convulsa república para pensar en sus territorios norteños.

Fue precisamente Tucson, en el sur, la última parte de Arizona que permaneció en manos mexicanas después de la guerra. Fue cedida en 1854, después de que Antonio López de Santa Anna vendió La Mesilla a Estados Unidos por la irrisoria suma de 10 millones de dólares.

En 1856, el Ejército mexicano se retiró para siempre de la zona, en una penosa marcha hacia la nueva frontera, trazada como hasta ahora, en Sonora. Pocas personas los siguieron hacia territorio mexicano.

Vinieron los años de la minería, los gambusinos y la búsqueda de oro. Miles de tramperos y mineros llegaron a esos territorios, antes despoblados, en los que comenzaron a brotar decenas de poblados pintorescos, muchos de los cuales aun existen hoy como reliquias en el desierto.

Durante la Guerra de Secesión en Estados Unidos, Arizona tomó el bando de los esclavistas, aunque nunca tuvo una gran presencia de negros por la ausencia de fuentes de agua fácilmente explotables que sustentasen grandes plantaciones como en el sur del país.

Para el siglo XX, fue el último estado en integrarse al Estados Unidos continental (Hawai y Alaska vendrían después) y debido a su baja densidad poblacional estaba entonces consolidada como una entidad predominantemente blanca donde las minorías las componían indígenas y mexicanos.

En los cincuenta, después de la invención del aire acondicionado, Arizona, como el resto del sur de Estados Unidos, inició su desarrollo acelerado. Para la década de los noventa, la plácida capital estatal Phoenix se había convertido en una de las ciudades más grandes del país.

La población de la ciudad casi se duplicó de 1980 a 2000, año del último censo disponible. El crecimiento ha seguido: en los últimos diez años la población de Phoenix ha crecido a una tasa de 24% anual. Después de Las Vegas, es la ciudad con mayor expansión en todo Estados Unidos. Pero a diferencia de muchas urbes estadounidenses de las costas este y oeste, no ha logrado todavía crear una verdadera cultura cosmopolita; lejos de ello, los cambios han generado enormes tensiones.

El censo de 2000 reveló que 47% de la población es blanca, 5.4% negra, 1.9% indígena y 2.5% asiática. Los hispanos son 42.1%, una proporción impensable en otras décadas.

El condado más grande del estado, Maricopa, es un vivo ejemplo del cambio racial que ha vivido Arizona. De 345 mil hispanos que ahí residían a principios de los noventa, la cifra escaló hasta 1182000 en 2007, un incremento de 120 por ciento.

El cambio demográfico y étnico ha sido tal, que en algunas escuelas la relación de hispanos contra blancos es dos a uno. El Censo de Estados Unidos calcula que, de mantenerse el actual ritmo migratorio, Arizona será en 2015 un estado en el que las minorías —los mexicanos— serán mayoría, como ya sucedió en partes de California y Texas.

El considerable aumento de la población hispana en Arizona se puede atribuir al exitoso cierre de los pasos hacia el norte en Texas y California y a su expansión económica, basada en los rubros de la construcción y los servicios. Consecuentemente, a partir de los ochenta Arizona comenzó a recibir una creciente población de mexicanos —legales e indocumentados.

Y fue entonces cuando comenzaron los problemas.

"Arizona es la joya del racismo en Estados Unidos y está aterrada por el cambio demográfico", aseguró Ben Miranda, uno de los 15 congresistas hispanos en la legislatura estatal. "Éste es un estado tremendamente racista en el que el color de la piel define qué tanto se avanza en la vida".

Miranda encabeza un despacho de abogados que se ha dedicado a recopilar casos de inmigrantes mexicanos que han sufrido violaciones a sus derechos civiles por alguna de las tantas policías del estado. Una de sus demandas más recientes es la de un michoacano al que un alguacil le rompió la nariz y el hombro por pasarse un alto.

—¿Cómo se puede explicar el racismo en Arizona, en pleno siglo XXI, con un presidente negro en la Casa Blanca?

—Lo que ha ocurrido aquí no es raro. Ha ocurrido muchas veces. Aquí en las calles si tú tienes la piel como yo, si eres latino, corres el riesgo de que te van a parar y te van a detener si no puedes establecer que eres residente permanente.

En los últimos diez años, Miranda, que es hijo de padres michoacanos, se ha erigido en un férreo luchador por los derechos de los migrantes. Junto con sus compañeros de bloque hispano, votó en contra de la aprobación de la ley SB 1070 en el Congreso estatal, pero fue derrotado por los republicanos de línea dura, que conforman la principal fuerza legislativa en este momento.

Miranda admite que su situación como político latino en el estado es una excepción, no la regla: es uno de los pocos hispanos que ha logrado ascender al interior de la clase política de Arizona, dominada abrumadoramente por los blancos.

Porque a diferencia de Texas y California, donde los hispanos se han insertado entre las élites —el ejemplo del alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa, habla por sí sólo—, en Arizona los latinos todavía tienen un largo camino que recorrer para alcanzar la plena equidad.

Y si la ley SB 1070 es un indicador, ese camino se está haciendo cada vez más largo.

Hay otro gran cambio poblacional detrás del viraje hacia la derecha que ha tomado Arizona: sólo por detrás de Florida, Arizona se ha convertido en el destino de retiro preferido para miles de ciudadanos estadounidenses de la tercera edad que huyen de los inviernos en el norte y buscan mejores climas, como el desértico.

De acuerdo con el Comité de Acción Política de Arizona, una organización dedicada a investigaciones sociales, entre los ochenta y los noventa decenas de miles de ancianos decidieron dejar estados tradicionalmente conservadores como Nebraska, Iowa, Kansas, Michigan, Minnesota, Indiana y Ohio para reubicarse en territorio arizonense. Trajeron consigo sus votos republicanos de línea dura.

"La muerte de los programas y servicios para personas pobres en Arizona, incluidos los hispanos, comenzó con la migración de estos republicanos blancos de estados del medio oeste que venían a Arizona a retirarse", señaló una investigación del grupo.

Por ahora, Arizona es hogar de ocho comunidades de retiro, ciudades creadas para personas de la tercera edad entre las que Sun City, con sus 40 mil habitantes, es el principal ejemplo. El Censo del año 2000 detalla que 98.4% de sus pobladores son, precisamente, blancos.

La llegada de los duros, impulsados por el voto de los mayores, tiene su personificación en el senador estatal Russell Pearce, un republicano que ha logrado escalar hasta convertirse en una de las figuras más influyentes de todo el Congreso local.

Pearce ha impulsado al menos cuatro leyes que han generado lo que sus críticos definen como "un clima de odio" contra los hispanos en Arizona. Sus simpatizantes sostienen que simplemente se ha dedicado a enfrentar la ilegalidad de la migración indocumentada.

La oficina de Pearce se negó a conceder una entrevista para este artículo.

Nacido en Arizona y con una larga carrera como policía y militar, Pearce también es el principal creador de la ahora famosa ley SB 1070, cuyo nombre completo es "Acta de Apoyo a nuestros Policías y Vecindarios Seguros" y que contempla, entre otras cosas, permitir a las policías locales exigir papeles migratorios a cualquier persona "sobre la que tengan una sospecha de que sea un inmigrante indocumentado".

La ley cayó con la fuerza de una bomba nuclear en la comunidad hispana de Arizona. "Creo que si entra en vigor de forma plena, esta ley va a ser una pesadilla", dijo Tony Estrada, sheriff del condado fronterizo de Santa Cruz y firme opositor a la SB 1070. "Va a ser una pesadilla para la gente contra la que la están enfocando, para las familias, para la comunidad, para todos".

Hijo de migrantes mexicanos, Estrada tiene a su cargo la seguridad del condado de Santa Cruz, ubicado en uno de los puntos de mayor cruce de mexicanos indocumentados hacia Estados Unidos y donde en los últimos años miles de migrantes se han establecido como residentes permanentes, aun sin tener papeles.

Personifica, además, la fractura policiaca que ha generado la ley SB 1070 en el estado, donde hay quienes la defienden a capa y espada y prometen aplicarla con puño de hierro —como el sheriff de Maricopa, Joe Arpaio— mientras que otros se rehúsan a hacer el trabajo sucio a la migra.

"El gran problema que tenemos no es la migración ilegal, son las drogas. Los indocumentados no están dañando al país tanto como el narcotráfico. Los esfuerzos tendrían que ser en esa área", dijo Estrada.

Considerada como una vía abierta al racismo —¿cómo se sospecha si alguien es un inmigrante ilegal, por su apariencia?— las cortes federales están en este momento analizando la ley, después de que un juez ordenara una suspensión parcial sobre sus puntos más polémicos para revisar su constitucionalidad.

La batalla legal, que ha partido al estado por la mitad, podría tomar varios meses y muy probablemente escale hasta la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos.

Arizona se ha radicalizado en muchos niveles. Prueba de ello es la proliferación de grupos de odio. Según el Centro de Estudios de Pobreza del Sur, al menos 16 grupos racistas se han establecido desde finales de los noventa en la entidad, entre ellos los Death's Head Hooligans y los Mesa Crew, ambos skin heads; Free American, nacionalistas blancos; los Caballeros del Ku Klux Klan, de corte racista; además de Unidos para una América Soberana, de inclinación antimigrante.

Apenas en julio pasado, el grupo Mesa Crew se hizo de bastante publicidad nacional e internacional por la decisión de su líder, el neonazi J.T. Ready, de organizar "patrullajes ciudadanos" en la frontera con México, para detener a inmigrantes indocumentados.

Sus compañeros, extremistas armados hasta los dientes, "guerreros de fin de semana" como se les apodó despectivamente, recorrieron con rifles de alto poder distintos sectores de la frontera por espacio de algunos días. Pero por su influencia y tamaño, hay agrupaciones que representan un riesgo mucho mayor para los inmigrantes indocumentados.

Ése es el caso de la American Border Patrol, una agrupación con 12 mil socios que desde 2002 se ha dado a la tarea de documentar y exaltar la crisis que se vive en la frontera con México y que en el condado fronterizo de Cochise, en medio del desierto, ha instalado decenas de cámaras ocultas para grabar lo que sus ideólogos definen como "la invasión mexicana".

Entrevisto a su líder, Glenn Spencer, en su rancho, un centro de operaciones ubicado a 500 metros de la frontera con México —es posible apreciar el muro fronterizo desde su cocina— en el que coordina su cruzada personal contra los inmigrantes indocumentados.

Orgulloso, ha subido a internet parte de su colección de videos, tomados por su red de cámaras ocultas. Todos contienen lo mismo: migrantes. Hombres y mujeres, equipados con mochilas y bidones de agua, grabados de día y de noche mientras cruzaban el desierto hacia Estados Unidos.

"Es increíble lo que harán estas personas para cruzar a Estados Unidos. Es una invasión. Cruzan sin ni siquiera ser detenidos", me dijo Spencer, rodeado por su jauría de perros pastores alemanes. Tiene siete. Uno de ellos se llama Migra y disfruta de salir a patrullar la frontera en su compañía.

Spencer, de 78 años, es millonario. Hizo su dinero en la década de los setenta y ochenta, cuando trabajó como ingeniero petrolero en las Dakotas. Ingeniero de profesión, desarrolló sensores capaces de detectar petróleo entre los grandes pastizales del medio oeste norteamericano.

Después de retirarse, se mudó a California. Según narra, fue ahí en donde comenzó a entrar en contacto con lo que considera es una amplia conspiración mexicana "para reconquistar los estados fronterizos de Estados Unidos" mediante una invasión demográfica.

"Spencer es uno de los ideólogos antimigrantes más duros en todo Estados Unidos", afirma el SPLC. "Sus videos se basan en teorías de conspiración latinas y sostienen que el gobierno mexicano y los mexicanoamericanos están conspirando para robarse todo el suroeste de Estados Unidos y crear la nación de Aztlán".

Pero Spencer niega ser un racista.

"No odio a México o a los mexicanos —aseguró—. Amo a México y a lo que podría ser, un lugar hermoso, con gente hermosa y mujeres hermosas. Pero deben dejar de invadir Estados Unidos".

Y está muy contento por el giro que han dado las cosas en Arizona con la llegada de la SB 1070 y otras leyes antimigrantes.

"¡Ahora vivo en el paraíso! Esta ley es el producto de la frustración que tenemos en Arizona con la migración indocumentada. Es sencillo para los que quieren venir a América: crucen la frontera por un punto legal, con pasaporte y visa o quédense en casa. Yo no veo nada de malo en eso. La ley tomó en cuenta nuestra molestia".

Durante la entrevista, afirmó que recibiría en su centro de operaciones a uno de los tantos candidatos que actualmente están en campaña en Arizona, evidencia de que sus puntos de vista ya no están tan desacreditados como en otros tiempos.

"Es un político que quiere que le dé consejos sobre la frontera", me dijo. Horas después, al manejar frente a su rancho, fue posible apreciar media docena de camionetas negras, todo un comité de campaña. En efecto, alguien fue a verle.

Pero si Spencer es un soldado de a pie en la lucha racista de Arizona, hay otros personajes que están mucho más arriba del escalafón y cuyas acciones impactan de forma más directa a miles de indocumentados.

Uno de ellos es Joe Arpaio, el sheriff de Maricopa. El verdadero general de la guerra contra la migración indocumentada en el estado.

Usa botas, un fistol de oro en forma de pistola con el que se sostiene la corbata y a veces un sombrero de vaquero. Tiene en su oficina un bate al que le gusta llamar el "gran palo de la ley" y decenas de fotografías con personajes de la política conservadora estadounidense, entre ellos el ex presidente George W. Bush.

Disfruta además de llamarse a sí mismo "el sheriff más duro de América", mote que se ha ganado a pulso a lo largo de los últimos 20 años como jefe de la cuarta fuerza policiaca más grande de todo Estados Unidos, la del condado de Maricopa.

Es Joe Arpaio, autodeclarado enemigo de la inmigración ilegal que ha marcado la vida de miles de mexicanos en Arizona: ha contribuido a la deportación de más de 30 mil desde 2001, según estadísticas oficiales del consulado de México en Phoenix, donde se encuentra su condado, hogar para cuatro millones de personas.

También es el autor de algunas de las medidas antimigratorias más polémicas de todo Estados Unidos, decisiones que están en la frontera de los derechos humanos, como encarcelar a indocumentados en tiendas de campaña en pleno desierto y encadenar sus tobillos para que no escapen.

No se disculpa por el trato a los inmigrantes.

"Quienes vienen a Estados Unidos de forma ilegal han violado las leyes y no hay ninguna diferencia con respecto a otros criminales", me dijo en su oficina, una fortaleza ubicada en el último piso de la torre Wells Fargo de Phoenix. "Los indocumentados no tienen por qué estar aquí. Estoy seguro de que preferirían estar en un lugar bonito como Guadalajara o una playa mexicana".

Nacido en 1932, en el seno de una familia de italiano-americanos de primera generación, Arpaio ha pasado buena parte de su vida ligado a México. Fue jefe de la DEA en la embajada en la década de los setenta y coordinó el inicio de la llamada "guerra contra las drogas" bajo la administración de Richard Nixon, cuando la frontera mexicana fue cerrada por una semana para, supuestamente, detener el flujo de narcóticos a Estados Unidos.

"Ni el procurador ni el presidente Echeverría me querían", recordó, no sin un dejo de sarcasmo. En realidad, lo detestaban por haber generado un caos en las primeras semanas de la guerra contra las drogas al ordenar la revisión exhaustiva de todos y cada uno de los vehículos que cruzaban la frontera. "No, no me querían. Pero ¿qué hice? Invité al procurador Pedro Ojeda Paullada (titular de la Procuraduría General de la República entre 1971 y 1976) a mi casa a comer pastel de zarzamora. Logré más con el pastel de zarzamora de mi esposa que Washington con su diplomacia".

Desde 1992, es el sheriff de Maricopa. Ha sido reelecto cuatro veces consecutivas, en buena medida por su personalidad magnética y su política de mano dura contra la migración ilegal, a la que le gusta combatir sin concesiones.

Sus críticos dicen que, por su "visión racista", bien podría haber sido un sheriff del sur de Estados Unidos en la década de los cincuenta, perfectamente contento de separar razas y de juzgar con mano más dura a los mexicanos que a los blancos. Sus defensores en el campo antimigrante dicen que sólo está haciendo su trabajo y que ha enfrentado la crisis migratoria del sur de Arizona con el aplomo "y las tripas" que el gobierno federal de Washington no ha querido mostrar. Retan: si quieren sacarlo, vénzanlo en las urnas, algo que parece prácticamente imposible, en especial porque el sheriff ha ganado todas las elecciones en las que ha participado con ventaja de dobles dígitos.

Quizá por la seguridad que dan los votos, no se guarda adjetivos ni le preocupa herir sensibilidades. "Tenemos que llevar a todos estos ilegales de vuelta a México. Cada indocumentado que está aquí, le roba un puesto de trabajo a un estadounidense. Si yo fuera presidente, quien cruzara la frontera ilegalmente se iba a la cárcel. Punto", señaló.

—¿Es usted un racista?

—No. Y sabía que me iba a preguntar eso. No lo soy, he vivido en la ciudad de México. Me achacan esa palabra, de racista, porque no me pueden atacar con nada más.

—¿Entonces es usted antimexicano?

—Si creen que soy antimexicano, entonces soy anti mi nuera y anti mis nietos, que son mexicanos.

Ésa es la mayor sorpresa que tiene guardada Arpaio: en su familia hay mexicanos, sus nietos. Pero aun así, el tema de la migración indocumentada se ha convertido en su principal plataforma, una que llega directamente a los corazones de miles de votantes blancos que en Maricopa han visto con ojos de preocupación la transformación del condado a una entidad multirracial.

Puede ser implacable. Cruel, quizá, como demuestra el caso de Alma Minerva Chacón, una mexicana que fue detenida por no contar con papeles en noviembre de 2009. Estaba embarazada al momento de su arresto. Y debió dar a luz en la cárcel. Encadenada.

La historia causó conmoción en Phoenix. Al entrar en labor de parto, Chacón fue llevada al hospital de la cárcel del condado y los alguaciles decidieron esposarla de pies y manos. Después de dar a luz, no se le permitió tocar a su hijo.

"Si nadie viene por su bebé en 72 horas, tendrá que ser entregado a servicios sociales", amenazó un alguacil de Maricopa, según testimonios recogidos por organizaciones humanitarias de Arizona.

Arpaio sostuvo que no hay nada de raro en el procedimiento usado. "No es la primera vez que algo así pasa en Estados Unidos —defendió—. Esta mujer estaba bajo arresto por un crimen serio y tuvo al bebé en el ala médica de la cárcel. Y por razones de seguridad decidimos esposarla, eso es todo".

—Pero una mujer embarazada no va a correr. No va a tratar de escapar mientras da a luz.

—Uno nunca sabe lo que va a pasar en estos hospitales de la cárcel. Asumo que hay equipo médico alrededor. Y algo podría pasar con ese equipo, ya sabe. Es una decisión que se tomó en ese momento.

En la cárcel en la que Chacón dio a luz esposada de pies y manos, un rótulo de al menos cinco metros de largo fue recientemente colgado. "¡Ayudemos al sheriff a combatir a la migración ilegal!", dice con letras grandes. Con estos incidentes como trasfondo, Arpaio está actualmente bajo investigación del gobierno federal estadounidense, por posibles violaciones a los derechos humanos.

Pero el sheriff no está muy preocupado y cada mes sigue realizando redadas en las que se suele detener a migrantes indocumentados bajo el amparo de una ley que permite a las autoridades estatales detener y encarcelar a trabajadores sin papeles.

"Yo voy a seguir haciendo las redadas", prometió el sheriff. Y sus palabras tienen peso: cada vez que se anuncia una redada, las calles de Phoenix se vacían. Los indocumentados prefieren permanecer en casa.

No se inmutó cuando le pedí acceso a los resultados de esas redadas, su tristemente célebre cárcel, "Tent City", la ciudad lona, un complejo de tiendas de campaña en el que mantiene detenidos a centenares de mexicanos en condiciones en extremo difíciles, en medio del desierto.

"¿Quiere ver cómo trato a los ilegales? Venga pues", dijo. Hizo una llamada telefónica para coordinar la visita.

Aquello es lo más cercano a un Guantánamo para mexicanos.

Como dice su nombre, la "Ciudad Lona" es un complejo de tiendas de campañas erigidas a las orillas de Phoenix, casi en el desierto. Desde hace dos años, alberga a 300 mexicanos indocumentados a la espera de ser deportados de vuelta a México.

Viven bajo condiciones estrictas y a veces hasta extravagantes: sólo se puede comer si se paga; a veces sólo se come hígado encebollado; los prisioneros deben usan ropa interior rosa, incluidos calzoncillos y calcetines; los uniformes son de rayas blancas y negras.

En verano, el termómetro ha llegado a marcar los 50 grados centígrados. En invierno, puede bajar a menos cinco. Los reos sólo pueden usar sandalias de baño para cubrir sus pies, pese a los insectos y el frío.

Ciudad Lona es la visión de Arpaio hecha realidad, la idea de un policía local sobre cómo —y qué tan duramente— debería Estados Unidos encarar el problema de la migración ilegal. Un letrero enorme de neón da la bienvenida a quienes traspasan sus muros: "Hay Cupo", reza.

—¿Por qué las palabras "hay cupo"?, pregunté a H. Ortiz, el alguacil que me escoltó al interior de la cárcel.

—Porque siempre habrá cupo para quienes sean detenidos.

Se le podría definir, en realidad, como un siniestro letrero de bienvenida a ésta, una prisión ubicada en la frontera entre el confinamiento legal y el abuso abierto.

La rutina es dura. Más dura aún por las órdenes del sheriff, quien ha decidido hacer la estancia de los presos en su cárcel una experiencia ácidamente inolvidable. En el día, se les inunda con música patriótica desde altoparlantes. Los cigarrillos y la pornografía están prohibidos. Por las noches guardias con linternas rondan las tiendas, para evitar violaciones.

—¿No es demasiado duro para los prisioneros tener que estar en pleno desierto en tiendas de campaña?

—Para ellos es un privilegio estar al aire libre. Al menos aquí no están entre cuatro paredes —dijo Ortiz.

Los uniformes llaman mucho la atención. Son de rayas blancas y negras, como en una película de gángsters. Pero la ropa interior se lleva el premio de lo estrafalario.

"Mira mis calzones, man", dice Martín, un sinaloense que lleva seis meses en la cárcel de Arpaio por haber falsificado un número de seguridad social y quien será deportado al cumplir su sentencia. Muestra sus bóxers. Son color rosa... mexicano. Hasta las esposas y cadenas con las que se transporta a los prisioneros están teñidas de ese color.

La decisión, según el Departamento de Policía de Maricopa, obedece a que el color rosa es más fácil de rastrear que el blanco en caso de un escape. Además, se ha convertido en un negocio: Arpaio comercializa, mediante un sitio de internet, la ropa interior de su prisión, con todo y firma de autógrafo.

Aunque oficialmente la "Ciudad Lona" está definida como una cárcel de mínima seguridad, hay quienes no soportan condiciones como éstas, se rompen después de algunas semanas en el clima desértico y prefieren arriesgarlo todo para irse.

"Hay escapes de vez en cuando. Un mexicano huyó hace poco. Sólo le faltaban dos días para ser deportado y prefirió escapar. Lo capturamos en cinco horas y ahora está preso por un delito grave, se fue, creo, cinco años a una prisión estatal", dijo Ortiz.

Originarios de estados como Sinaloa, Sonora, Oaxaca, Guerrero y Michoacán entre otros, los mexicanos que aquí permanecen presos matan el tiempo en la sala comunal jugando a las cartas, el dominó o en grupos de oración cristiana. Han caído por distintas razones. Muchos, por delitos menores, como infracciones de tránsito que dieron la excusa a los alguaciles de Arpaio para verificar su estatus migratorio.

Y es que, aun sin la SB 1070 en vigor pleno, en Maricopa, para la población de indocumentados, algo mínimo, nimio, puede significar la deportación. Por algo tan ordinario como manejar a exceso de velocidad, Orlando Pérez López, originario de Azcapotzalco, en la ciudad de México y con 13 años de vida indocumentada en Estados Unidos, lleva ya seis meses como prisionero de la "Ciudad Lona". Era cocinero en un Denny's.

"Ni modo. Se acabó", lamenta, poco antes de romper en llanto. Será deportado a México esta semana, aun cuando su vida ya está de este lado. Su nieto es estadounidense y nació, de todas las fechas posibles, el 4 de julio. Pero Pérez López sufrió la suerte que muchos sufren en Arizona, un estado que ha dejado muy en claro que no se anda por las ramas.

Y que ya no quiere indocumentados.

Pag de 11 >>
Style Map Ciudad de México
LO MÁS LEÍDO
Después de un periodo de transición, Amanditi...
Crónica desde Belén, Posada del Migrante, en ...
El senador del PVEM nos revela qué se siente ...
El Mujam es el mejor lugar para conocer la ar...

COMUNIDAD
Copyright © 2010  -  www.gatopardo.com  -  Desarrollado por: Estrategia 360°