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Marzo 2008
Entre los intereses y las convicciones
Carmen Aristegui era la mujer periodista con el rating más alto de la radio mexicana, hasta que W Radio decidió no renovar su contrato. Ella denunció un atentado contra la libertad de expresión y su salida se convirtió en un fenómeno llamado el "caso Aristegui". Ésta es la historia de la periodista que se volvió noticia.
Por Galia García Palafox / Fotos: Ricardo Trabulsi
Carmen Aristegui, la periodista que se convirtió en noticia.
Carmen Aristegui firma autógrafos, se toma fotos con estudiantes y mujeres de mediana edad, responde preguntas, recibe tarjetas de presentación y vuelve a posar abrazada de algún joven universitario que quiere una fotografía con su heroína, la periodista a la que los grupos PRISA y Televisa no le renovaron el contrato de su programa de radio, desatando una controversia acerca de la censura y la libertad de expresión.

La escena es habitual por esos días. Aristegui provoca pasiones. Lo inusual ese día es el escenario en el que le piden firmas y fotografías: el auditorio de El Colegio de México, una de las instituciones de más altos vuelos intelectuales, a la que minutos antes Aristegui había agradecido por "bajar al mundo de los mortales" con la organización de un foro para discutir la situación de los medios electrónicos en México y la necesidad de una nueva ley de radio y televisión, de la que Aristegui se ha convertido en una de las abanderadas y que propone acabar con la concentración de los medios en unas cuantas manos. Alrededor de ella se aglutinan políticos, periodistas, analistas, intelectuales y estudiantes a quienes se les han olvidado sus poses intelectuales y también quieren tomarse la foto del recuerdo.

Habían pasado un mes y tres días desde la mañana en que Aristegui, la mujer periodista de radio con el rating más alto en el dial mexicano hubiera anunciado su salida de W Radio, la radiodifusora propiedad de Televisa, de México, en sociedad con PRISA, de España. La razón: incompatibilidad editorial, dijo en la última transmisión de su programa Hoy por Hoy, sin más explicaciones.

Unas horas después de su despedida el 3 de enero, la televisión, las otras estaciones de radio, los blogs y las páginas en internet, y al día siguiente los periódicos, se llenaban de columnas —280 en total— que hablaban de su salida. La mayoría denunciaban un atentado contra la libertad de expresión y convertían a la comunicadora en el objeto de la censura de Televisa, el gigante de la comunicación mexicana; de PRISA, la empresa extranjera que pudo invertir en un medio de comunicación mexicano gracias a una legislación "especial" que le permite participar en un negocio legalmente reservado a mexicanos; de la Presidencia de la República, inconforme con las coberturas de Aristegui; y en el mejor de los casos víctima de una legislación de medios electrónicos antigua que deja todo el control en manos de los concesionarios.

Otras columnas de opinión, las menos, alegaban que no era más que el finiquito de una relación contractual entre Aristegui y W Radio, como pasa en cualquier empresa. En cuestión de días su salida de W Radio tenía nombre: "el caso Aristegui", las organizaciones civiles convocaron marchas y foros de discusión sobre la ausencia de Aristegui de la frecuencia de la radio, era tema de conversación en cenas y reuniones no sólo de las élites intelectuales, sino de las soccer moms que llenaban las mesas de debate y proponían campañas para boicotear a W Radio. "Nos la quitaron", dijo una mujer de unos 50 años en uno de los foros, como si le hubieran robado un hijo. Mientras tanto Carmen, como la llaman sus radioescuchas, había dado sólo una entrevista al semanario Proceso, donde confirmaba en voz propia que la habían censurado, y enviado a España para ser jurado del Premio Rey de España. Su ausencia era más fuerte que su presencia. Los foros seguían y los promotores de una nueva legislación de radio y televisión aprovechaban el asunto para darle vuelo a su propuesta, y un grupo de intelectuales y analistas políticos cercanos a ella —y a la izquierda— proponían crear una asociación civil con inversión ciudadana que empleara a Aristegui para que pudiera trabajar e informar sin los controles de los grandes corporativos. La misma mujer que lamentaba la pérdida proponía buscarle otro espacio en alguna estación de radio, porque "México la necesita".

Me reuní con Carmen cuarenta días después de su salida de W Radio en un café Starbucks del sur de la Ciudad de México. Su presencia causa miradas y sonrisas en las mesas del café. La chica que le toma la orden de su capuccino no pide su nombre: sonríe y escribe "Carmen" en el vaso. Varios la saludan y poco después de sentarnos, una mujer joven muy bien vestida que pasa del otro lado del cristal le hace una señal de triunfo con el brazo, como si se tratara de un jugador de la Selección Mexicana.

Carmen sigue enojada, no lo disimula. Me cuenta que está cansada de los chismes que dice ha armado la dirección de W Radio. "Han hecho un lobby bastante miserable para distorsionar la historia de estos temas, han trabajado muchísimo en estos días hablándole a directores de periódicos, a periodistas, supongo que Daniel Moreno (director informativo de la estación) estará muy agotado", dice con esa voz grave que la mayoría de los mexicanos podría distinguir después de casi dos décadas de escucharla.

La historia de Carmen dice que la radiodifusora trató de ponerle controles a través de una dirección editorial que le quitaba facultades y que eso sería sólo el primer paso para limitar y censurar su trabajo, porque la empresa estaba muy enojada con su cobertura de temas como la persecución a la periodista Lydia Cacho, que dio a conocer una red de pederastia en el sur de México implicando al gobernador del estado de Puebla, o la pederastia en la Iglesia católica misma, o la insistencia en difundir el caso de una anciana indígena presuntamente violada y asesinada por militares, justamente cuando el Gobierno había comenzado a usar al Ejército para combatir al narcotráfico. Pero especialmente por sus transmisiones sobre la Ley de Medios (conocida como "Ley Televisa") y más tarde por la cobertura de la reforma electoral.

Entre otras cosas, la "Ley Televisa" aseguraría a las dos principales cadenas de televisión en México, Televisa y TV Azteca, la perpetuidad de la concesión sobre la banda ancha, una frecuencia que les permitiría hacer converger internet con televisión, asegurándoles un cómodo futuro en la era digital de las comunicaciones.

La ley fue aprobada por los tres partidos en la Cámara de Diputados sin ningún debate y, aunque con algunos votos en contra, también pasó en el Senado. Eran tiempos electorales, cuando los partidos de todas las corrientes políticas dependen crucialmente del trato que les dan los noticieros. Cuando la ley ya había sido promulgada, un grupo de senadores interpuso un recurso ante la Suprema Corte de Justicia, que declaró inconstitucional una gran parte de ella y recomendó a los legisladores crear una ley de medios más incluyente.

El otro punto sensible para los dueños de los medios de comunicación fue la reforma a la ley electoral. En México, el setenta por ciento del financiamiento de los partidos va para pagar anuncios en radio y televisión. En la práctica, eso le da a los medios un enorme poder de negociación, pues la inversión de los partidos en los medios influye en la manera en que son cubiertas las campañas. La nueva ley prohibía a los partidos negociar directamente con los medios la contratación de espacios publicitarios. Aristegui se declaró en favor de las reformas cuando la mayoría de los periodistas se alinearon con las radiodifusoras y las televisoras en contra de la iniciativa.

"Mi cabeza estaba pedida hace tiempo —dice—, yo creo que (su ausencia en una protesta de periodistas ante la reforma electoral) fue la puntilla".

Una historia del periodista Federico Arreola cuenta cómo en una cena en el año 2006 de los directivos del Grupo PRISA, socios de W Radio, con el entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, ya se hablaba del tema. Juan Luis Cebrián, fundador del diario El País, propiedad del grupo español, relató a los asistentes que Televisa había pedido el despido de Aristegui, pero que el socio español la protegió por ser su programa el de mayor audiencia y porque PRISA era respetuosa de la libertad de expresión.

Daniel Moreno, director de información de W Radio, niega que alguien hubiera pedido la cabeza de Aristegui. "Que lo prueben", dice y no habla más. No quiere más pleitos. Está dedicado a buscar el reemplazo de Aristegui. La única razón de su salida, asegura, es que no lograron llegar a un acuerdo sobre la forma de trabajo y ella no quiso acoplarse al nuevo esquema de W Radio, que le apuesta al buen periodismo, con una redacción central potente que permita una mejor comercialización en todo el país, de una empresa que cinco años después de su arranque sigue en números rojos. "Queremos directores de orquesta, no solistas", dice Moreno.

El ex senador panista, Javier Corral, cercano a Carmen Aristegui, la describe como "una periodista de causas, de izquierda, que quiere ser un poco justiciera, quiere verlos en la cárcel".

De tanto oír hablar de su filiación de izquierda, Aristegui dice que se lo ha tenido que creer.

Hija de madre mexicana y de un español que llegó a México cuando niño tras la Guerra Civil española, Carmen aclara: su familia no era parte del exilio de intelectuales que fundó escuelas y universidades, sino del exilio obrero. Su abuelo llegó a México a montar un taller de herrería que mantuvo a la familia mucho tiempo. Carmen fue la quinta de siete hijos de una familia de clase media de la Ciudad de México. Estudió en la primaria pública de la esquina de su casa y el bachillerato en el Colegio de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde conoció un mundo distinto al que había estado expuesta, una esfera más intelectual. Descubrió la literatura, el cine, conoció la trova cubana y se enamoró de la música de Serrat. Llegó a la UNAM con la intención de estudiar Sociología, pero al poco tiempo cambió el rumbo hacia la escuela de comunicación. Eran mediados de los años ochenta, el México gobernado por el PRI sufría una inflación de cien por ciento, un peso devaluado frente al dólar, empezaba la desregulación y apertura económica y la venta de paraestatales.

El terremoto de 1985 cimbró la ciudad y marcó a la futura periodista, que vio a una autoridad anquilosada que no pudo responder al desastre y que provocó una movilización social de gente "que queríamos tomar el liderazgo en nuestras propias manos".

Al año siguiente, los encabezados de los periódicos se los llevaba el movimiento estudiantil en la UNAM y una huelga de diecisiete días liderada por quienes una década después serían dirigentes del Partido de la Revolución Democrática, de la izquierda mexicana. Era el primer movimiento estudiantil masivo que se atrevía a dar la cara desde que el Gobierno mexicano hubiera ordenado la matanza de estudiantes en 1968. Unos años más joven que los líderes, Aristegui los seguía de cerca, asistía a asambleas de la Facultad de Ciencias Políticas, participaba en las discusiones, aunque sin involucrarse como activista. Todavía en la universidad, vivió de cerca las elecciones presidenciales trabajando en la campaña del futuro presidente priísta Carlos Salinas de Gortari. Entendió cómo funciona la política. Vio desde adentro cómo el PRI manejaba la propaganda en las primeras elecciones donde tenía un verdadero contrincante, el emblemático Cuauhtémoc Cárdenas.

En esos años sólo sabía que quería ser periodista. Buscaba un espacio sin tener claro cuál y éste se abrió en la televisión pública, en un programa financiero, donde conoció a Javier Solórzano, que se convirtió en su maestro y hasta hace poco en su pareja profesional con quien brincó de un programa de radio a otro, de un proyecto televisivo a otro, de un pleito a otro.

W Radio no es el primer lugar de donde Aristegui sale mal. Empezaba el sexenio de Vicente Fox en 2000 y Carmen ya era grande, conducía el noticiero del mediodía en Radio Imagen, donde se hizo fama de periodista combativa. Entrevistó al subcomandante Marcos en la Selva Lacandona y cubrió el asesinato del candidato priísta Luis Donaldo Colosio. Tuvo un hijo. Es madre soltera. A principios de los años noventa dejó el periodismo financiero en radio y televisión públicas para irse con Solórzano a la estación Stereorey y, más tarde, a Multivisión y a su entonces socio Grupo Imagen. Unos meses después de llegar a Stereorey ya tenía su propio programa. Carmen y Javier, Aristegui-Solórzano, eran una fórmula. Ella más belicosa, él más moderado. Ella la que gritaba, él el que amortiguaba los golpes. Ella la alumna que cada vez se acercaba más al maestro con el que compartía cada cobertura ya fueran el zapatismo o las elecciones que acabarían con el régimen priísta de setenta años.

Carmen y Javier, él doce años mayor que ella, habían llegado a la radiodifusora MVS en los años noventa a hacer equipo con Pedro Ferriz de Con, un conductor asociado al salinismo —y más tarde al foxismo— que en esa época tenía un alto rating de audiencia. Durante años —casi desde 1988 a 2000— hicieron contrapeso al oficialismo del noticiero matutino. Al ritmo que el prestigio de Ferriz de Con descendía, el de Aristegui iba en ascenso, lo mismo que las tensiones entre ambos. Las reuniones editoriales subían de tono cada vez más, recuerda Jose Álvarez, gerente de la estación. De un lado Carmen y Javier y del otro Ferriz. El debate era siempre el tema político del momento: las posiciones de Ferriz y de Aristegui representaban extremos opuestos cada vez más radicalizados. Carmen no era fácil. Confrontaba a sus colegas y a sus fuentes.

En una ocasión, conductores y productores de Grupo Imagen hicieron una visita al presidente Ernesto Zedillo en Los Pinos. Todavía no se acomodaban en sus asientos cuando Aristegui lanzó el anzuelo con una pregunta política del tema del momento.

"Carmen, tú no puedes salir de la política un segundo", le dijo el último presidente priísta.

Su trabajo y el de Solórzano llamaron la atención de los directivos de Televisa, que negociaron con ellos un programa de investigación periodística llamado Círculo Rojo, entonces novedoso, al estilo del estadounidense 20/20, en el que presentaban temas polémicos. Esto, en una televisora que durante años había sido como una especie de oficina de comunicación de los regímenes priístas. Contrario a lo que se hubiera esperado, los problemas no los tuvieron con Televisa, sino con la estación de radio.

En un vuelo de Nueva York a Ciudad de México, Carmen y Javier traen oro periodístico en sus manos. Las grabaciones de los hombres que acusaban al padre Marcial Maciel, fundador de la Legión de Cristo, de haber abusado sexualmente de ellos cuando eran adolescentes y se preparaban para ser legionarios. Maciel, fallecido en enero de 2008, era muy cercano a las élites empresariales. Carmen no quería avisar a Televisa del contenido del programa. Estaba segura de que no permitirían su transmisión. Javier decía que había que hacerlo —que no comunicarlo a la dirección era jugar al guerrillero—, y si después de avisar los censuraban, entonces expondrían a la televisora al aire y renunciarían. Antes de que el avión aterrizara, Solórzano la convenció, cuenta un miembro del equipo que viajaba con ellos.

Se prepararon para lo que viniera. Tenían listo un segundo programa con un tema distinto. Si Televisa censuraba el del padre Maciel presentarían el otro programa y durante la transmisión denunciarían la censura.

Minutos antes de que iniciara la transmisión Solórzano bajó de las oficinas directivas, con el presidente de Televisa, Emilio Azcárraga, y su director adjunto, Bernardo Gómez. Los tres venían sonrientes. Carmen y el productor Ivo Gaytán esperaban abajo. Las sonrisas de los directores de Televisa eran claras. La pederastia de Maciel iba al aire. En horario estelar, el país completo se enteró de las acusaciones contra uno de los hombres más influyentes de la Iglesia católica en México. Carmen y Javier le dieron vuelo a la nota en su programa de radio provocando el enojo de Pedro Ferriz de Con y su socio, el empresario regiomontano Alfonso Romo, ambos cercanos a los legionarios.

La relación con la radio colgaba de un hilo y a eso se agregaban problemas económicos por la venta del grupo, del que Aristegui y Solórzano eran socios minoritarios.

Un mediodía de 2002 Aristegui se dirigía a la cabina para la transmisión de su programa. Ferriz, que había sido nombrado director de la estación esa mañana, la alcanzó en el pasillo, la tomó del brazo y le dijo: "Tú no entras a cabina". La acusaba de haber roto el código de ética al hablar al aire de sus diferencias editoriales. Ferriz tuvo que salir de la radiodifusora escondido en la cajuela de su auto para evitar a los reporteros que esperaban afuera sus declaraciones.

Aristegui y Solórzano entregaron sus acciones a cambio de su libertad laboral y se fueron.

El primer acercamiento de PRISA a Aristegui sucedió en los años noventa. La empresa española buscaba crecer su presencia en México y la compra o asociación con Grupo Imagen fue una opción que no prosperó. Pero en 2001 PRISA logró un acuerdo con Televisa Radio y se convirtieron en socios con igual número de acciones en W Radio, la histórica W, la estación que fue la primera piedra que puso el abuelo de Emilio Azcárraga para construir su consorcio de medios.

El plan inicial de los españoles era crear un nuevo concepto de radio informativa en México que no estuviera basado en estrellas radiofónicas. Contratarían una sola estrella para asegurar un público al arranque. Al final optaron por la otra opción y contrataron a Aristegui, a Solórzano y a Carlos Loret de Mola, un periodista de Televisa de entonces sólo 25 años. La negociación era de hoja en blanco. Total control de estas figuras sobre sus noticiarios, dirección compartida de una redacción central y sus propios equipos de reporteros y colaboradores.

W Radio acabó funcionando como la mayoría de las estaciones de radio en México que son empresas familiares, con pocos reporteros mal pagados que cubren una conferencia de prensa tras otra, envían la misma nota a todos los noticieros de la radiodifusora para la transmisión del conductor en turno que la comenta según su postura. La radio no compite con la televisión o la prensa escrita en cobertura, exclusividad o investigación. Fuera de las transmisiones directas el resto son comentarios de conductores y entrevistas a fuentes y analistas. La radio mexicana la hacen las estrellas de la conducción con sueldos mensuales de varias decenas de miles de dólares y que casi nunca tienen la camiseta de la estación puesta. Si la estrella se va de una estación a otra, el público también.

Aunque la idea de PRISA era acabar con ese star system, Aristegui y Solórzano eran una oferta difícil de rechazar. El tripartidismo en México estaba en su auge con un presidente panista, un PRI aún muy fuerte y un jefe de Gobierno del Distrito Federal de la izquierda con grandes posibilidades de llegar a la presidencia en 2006. Dos conductores de izquierda con un público seguro y otro, Ezra Shabot, más de la derecha, aseguraban a la W una programación con todos los matices políticos. Al mismo tiempo que la radiodifusora jugaba políticamente en todas las canchas, estaba bien con Dios y con el diablo, cualquiera que fuera cada uno de los partidos.

Carmen Aristegui llegó a la W con un acuerdo de cero controles informativos. El programa Hoy por Hoy de la mañana era suyo y de nadie más. Decidía los temas y dedicaba horas a discutirlos.

El escándalo de Lydia Cacho le dio el primer asunto del que se convirtió en abierta abanderada. Cacho, una periodista de Cancún, había publicado un libro sobre pederastia en el que denunciaba al empresario poblano Kamel Nacif, el Rey de la Mezclilla. Una denuncia penal por difamación de Nacif provocó el arresto de la escritora en Cancún, y su secuestro y traslado hasta Puebla, en el centro del país.

Aristegui estaba en el aeropuerto a punto de tomar un avión al extranjero cuando empezó a recibir llamadas telefónicas. Lydia Cacho había sido arrestada. Alcanzó a comprar su libro antes de abordar. Mientras ella leía Los demonios del Edén, Cacho viajaba encapuchada y amenazada por agentes policiacos.

Dos meses después Aristegui dio a conocer las grabaciones de una llamada telefónica entre Nacif y el gobernador de Puebla, Mario Marín, en el que le agradece el favor por la detención de Cacho, le llama "mi góber precioso" y le ofrece dos botellas de coñac como agradecimiento. Era una conversación vulgar no sólo por el lenguaje, sino también por la manera en que ponía al desnudo la complicidad entre el poder de un gobernador y el dinero de un empresario. Cacho, que había sido puesta en libertad bajo fianza, presentó una denuncia penal por su arresto, secuestro y traslado.

Meses después, México vivió una de las elecciones más competidas en su historia. Las encuestas señalaban que el candidato vencedor sería Andrés Manuel López Obrador, pero un par de traspiés políticos del candidato de la izquierda y una campaña empresarial para desprestigiarlo, haciéndolo aparecer como un peligro para México, hicieron disminuir su estrella semanas antes de las elecciones. Al final, el candidato del partido de centro derecha, Acción Nacional, ganó en un final de fotografía, por apenas 0.6% de los votos.

Andrés Manuel López Obrador invocó los fantasmas del fraude electoral y sus seguidores acamparon en la plaza mayor de Ciudad de México en protesta. Los medios se habían polarizado igualmente. López Obrador hablaba con pocos periodistas. Carmen era una de ellas.

Al año siguiente, Ernestina Ascencio, una anciana indígena de la Sierra de Zongolica, en Veracruz, fue violada y asesinada por un grupo de militares —según las primeras versiones—. El tema era muy sensible porque semanas antes el presidente Felipe Calderón había empezado el año vestido de uniforme militar, rindiendo homenaje al Ejército por su lucha contra el narcotráfico. Aristegui dedicó horas al aire para entrevistar a muchas personas que tuvieron algo que ver con el caso de Ernestina Ascencio. En su columna en el periódico Reforma se refirió a ella como una persona "que reunía los rasgos de mayor vulnerabilidad posible en la sociedad mexicana: mujer, indígena y anciana".

Una segunda autopsia ordenada por la Comisión Nacional de Derechos Humanos desechaba la versión de la violación tumultuaria. Ascencio, decía la investigación, había muerto de una anemia aguda debido a un sangrado en el tubo digestivo provocado por una úlcera. La primera autopsia había estado mal hecha y no había revisado los órganos internos.

Aristegui ha sido crítica de la CNDH, a la que califica de conservadora. "Ladra, pero no muerde", escribió alguna vez en su columna, atribuyéndole la frase a los críticos de la institución.

Por eso, cuando la CNDH le presentó las evidencias, ella no cedió y siguió. Cuestionaba por qué entonces el Ejército había anunciado que compararía el líquido seminal de los soldados de la zona con el encontrado en Ascencio; por qué en las fotos había sangre alrededor de su cabeza. Debatía con la información del primer examen médico y con el informe de una neurocirugía de la funeraria, los mismos que la CNDH decía que habían estado mal hechos.

Daniel Moreno llegó como nuevo director de noticias de W Radio en 2007. Su arribo era parte de los cambios en la dirección de toda la estación. Moreno, un periodista recién salido del diario Excélsior, que había recorrido varios periódicos, pero con poca experiencia en radio, llegó a hacer cambios operativos. Aristegui y Carlos Loret de Mola se inconformaron. Solórzano se había ido antes.

"Me entero —ni siquiera me avisaron de frente— que ‘las cosas iban a cambiar', que contratarían a Daniel Moreno (…), él tendría la última palabra en las decisiones generales (reporteros, coberturas, programas especiales), y Carmen, Ezra Shabot y este reportero nos manteníamos con independencia sobre nuestros espacios. A mí no me gustó. Desde ese momento hice saber a PRISA y a Televisa mi intención de renunciar", dice Loret de Mola en un correo electrónico. "Lo veía venir".

Aristegui se quedó porque a diferencia de Loret de Mola, que conduce un programa matutino en Canal 2, a ella su programa de entrevistas en CNN no le daba tal proyección. Siguió como hasta entonces y con control de sus cuatro horas de noticiero.

Javier Solórzano había dejado el noticiero en 2005 por problemas con los directivos. Se decía que su noticiario en el horario de la tarde no vendía publicidad.

Me encontré con Solórzano en su oficina de la estación de AM donde hoy transmite, en una antigua casona del barrio de Polanco. Hay poco movimiento y un equipo pequeño. López Obrador, que por esos días recorre todos los medios de comunicación, no responde a su petición de entrevista. Me cuenta que nunca hubo una pelea mayúscula ni una llamada de atención por escrito de W, sólo pequeños comentarios que lo cansaron. "Dije, si no les gusta, me voy". Con él salió Ivo Gaytán, el productor que había estado con él y con Aristegui casi diez años.

Carmen se había quedado sola —sin Solórzano, sin Loret y con los nuevos directivos.

La salida de Loret de Mola coincidió con el debate en el Congreso sobre la reforma electoral. La propuesta reducía los márgenes de gastos de campaña de los partidos políticos y prohibía la publicidad en medios electrónicos, es decir, ingresos para las televisoras y radiodifusoras. En cambio, los obligaba a dar tiempos gratuitos a los partidos políticos. Medios y legisladores se entablaron en una batalla de spots publicitarios. Los televidentes veían un anuncio contratado por el Senado a favor de la reforma, seguido de otro de la propia televisora cuestionando los sueldos de los legisladores. Los noticiarios, y hasta los programas de chismes del espectáculo, cuestionaban la reforma aferrándose a un artículo —que fue eliminado de la reforma— en el que se prohibía a los periodistas emitir opiniones políticas.

En un acto histórico, periodistas de todas las estaciones de radio y televisión, entre ellos Loret de Mola, acudieron a una audiencia en el Senado. Reporteros, comentaristas y presentadores de todos los noticieros —incluidos los de espectáculos—, de las dos televisoras y de todas las radiodifusoras fueron juntos a exigir que la reforma no fuera aprobada. Conductores de noticieros estelares hablaron en contra de la nueva ley, que decían coartaba su libertad de expresión y haría quebrar estaciones de radio. Presionaban para que la reforma electoral no se aprobara. Otros dijeron haber ido a observar en calidad de periodistas. Aristegui no fue. Y no sólo no fue, atacó a los que lo hicieron.

"Me preocupa el tufillo golpista que percibo en algunos de mis colegas. No comparto en modo alguno la idea de que esta reforma constitucional ponga en riesgo ni mi libertad ni la de ningún ciudadano de este país, para expresar opiniones de ningún tipo", escribió en el diario Reforma.

Ésa es la puntilla que Carmen dice provocó la no renovación de su contrato con W. En los pasillos de la radiodifusora se rumoraba el disgusto de los altos mandos. Javier Corral, el entonces senador panista, la llamó para felicitarla.

—Llegaste al límite —le dijo.
—¿Tú crees?
—No te lo van a dejar pasar.


Semanas antes de la salida de Aristegui, mientras negociaban su nuevo contrato, W Radio le presentó un documento con reclamos. Ella lo llama "un documentillo donde Daniel Moreno, aunque lo presentó Javier Mérida (director de W), ponía una serie de consideraciones operativas inexactas, de mala fe, que tenían que ver con puntualidad, que si no hicimos una transmisión en Guadalajara. Francamente una sarta de estupideces. De ahí se agarraron... Yo dije, sean serios", dice Aristegui.

Una de las personas cercanas a Aristegui con las que hablé me cuenta que hay momentos en los que Carmen no ve más allá. Pregunta y se responde ella misma.

"Se abstrae de todo y ya no conoce", dice Ivo Gaytán, su antiguo productor en los programas MVS y W. "A veces tenía que guiarla, me seguía en su coche (a su casa) de lugares que habíamos ido tres o cuatro veces porque se pierde".

De la misma manera pierde la noción del tiempo en las transmisiones de radio. Sigue de largo en las entrevistas, ignora los cortes de los anunciantes, el minuto exacto en que debe terminar de transmitir.

"Se colgaba en sus entrevistas, (era) poco respetuosa de los tiempos. Tengo que decirlo", dice Gaytán y hace una pausa como si le costara trabajo hablar de las fallas de Aristegui. "Se le iba de las manos el tiempo y se colgaba. Ella vive en ese mundo de lo absurdo".

Los comentarios sobre sus problemas con los horarios y los comerciales eran cada vez más recurrentes en la estación. "Por lo que me han contado (al final de su paso por W) tenían que unir dos cortes, imagínate estar escuchando doce minutos de anuncios", dice su antiguo productor.

La relación entre PRISA y Televisa —socios en México y competencia en España— no era sencilla, pero esas cosas no se discuten en reuniones de consejo, se hablan al oído en partidos de golf, dice Rubén Álvarez, el primer director informativo de la nueva W Radio, que salió poco después de la llegada de Aristegui y que hizo aquella propuesta de acabar con el estrellato radiofónico, que no prosperó.

—¿Y por qué hacerlo ahora después de cinco años?
—No lo sé. ¿Para qué cambiarlo si así funciona?


En un documento de la nueva apuesta de la W —que se relanza este mes— se asegura que comercialmente el modelo no funcionaba. Que el perfil de los nuevos conductores —especialmente el de la mañana— tendrá que ser de centro izquierda, será respetuoso de los cortes de anunciantes y patrocinadores, experimentará con todos los géneros periodísticos y jugará en equipo con la nueva redacción, que creció de ocho a 25 reporteros.

Cuando me reúno con Carmen, lo primero que me cuenta es la presentación del nuevo libro de Lydia Cacho que ella misma prologó. El proceso judicial de Cacho contra sus secuestradores ha reiniciado porque cambiaron al responsable de la investigación ministerial.

—¡Está tremendo! —me dice, cuidadosa de atribuir cada una de las aseveraciones a Cacho, pero que está con ella es obvio. Su percepción (de Lydia Cacho) es que quieren alargar el proceso para impedir que se cierre y vaya a las instancias internacionales.

—¿Alguna vez has sentido que te equivocaste con un tema? —le pregunto.
—De relevancia no.


—¿Y Ernestina Ascencio?
—No, no sentí que me equivoqué aunque hubo una batalla muy dura en términos mediáticos. Hubo varias columnas y publicaciones que desacreditaban, o intentaban, el trabajo que estábamos haciendo. Yo estoy tranquila con mi conciencia.


Y empieza a argumentar.
—No fueron elucubraciones, ni invenciones. Presentamos todo tipo de investigaciones, peritajes, documentos formales y lo que arrojó fue un verdadero laberinto de la justicia.


—¿Te invitaron (a las protestas en el Senado a las que fueron todos los periodistas)? —le pregunté en aquella plática en Starbucks.
—W Radio me dijo que la Cámara de Radio y Televisión estaba —pues invitando es una palabra muy elegante de tu parte—, estaba informando que debían ir a la reunión comunicadores y concesionarios, y se dio lo que todos vimos. Un hecho insólito.


—¿Pasó algo (adentro de W) después de eso?
—No hacía falta un reclamo.


Aquel foro de El Colegio de México es la primera aparición pública de Aristegui después de su despedida de W. Miguel Ángel Granados Chapa, el prestigioso columnista del periódico Reforma, participa junto a ella en la mesa de debate; Lorenzo Meyer, profesor del mismo Colegio que colaboraba en el programa de Aristegui, modera la discusión. En otra mesa participan Denise Dresser, analista que también participaba en Hoy por Hoy, y Javier Corral, el ex senador panista que dirige la Asociación Mexicana por el Derecho a la Información.

Todos ellos abanderan la propuesta de una nueva legislación de radio y televisión que acabe con la concentración del 78% de las estaciones de radio en manos de once personas y el 80% de la televisión abierta en las de dos familias; que se den nuevas concesiones; se regule el derecho de las audiencias, la cláusula de conciencia de los comunicadores y la participación ciudadana en los medios públicos.

Unos meses atrás, la Suprema Corte de Justicia había declarado inconstitucional la ley conocida como "Ley Televisa" por inhibir la competencia y promover un duopolio —Televisa y TV Azteca— de los medios.

El día que Carmen salió del aire, el grupo de Granados Chapa empezó a trabajar en el "caso Aristegui" .

Emilienne De León, directora de Semillas, una organización de ayuda a mujeres, recibió una llamada de Dresser. "¿Qué vamos a hacer? No es posible", le dijo.

Inmediatamente convocaron a varias organizaciones —una de ellas de nombre Católicas por el Derecho a Decidir— a una reunión y acordaron empezar los foros y seminarios. "No por Carmen Aristegui —aclara De León—, sino de lo que está privando en los medios. Los intereses de los dueños no están generando espacios de pensamiento ni información".

Carmen había participado antes en eventos de Semillas y Dresser tiene una relación muy cercana con el grupo.

A finales de enero, Semillas convocó al público interesado a una mesa donde Meyer, Dresser y José Antonio Crespo, otro de los participantes de la mesa de análisis del programa Hoy por Hoy, hablaron de la necesidad de defender la voz de Aristegui. La reunión sucedió en una tienda de cosméticos en el barrio de Polanco que cuenta con un auditorio. Sorprendía ver que la mayoría de la audiencia fueran mujeres de clase media alta, realmente ofendidas por todo el asunto.

"Lo que le ha ocurrido a Carmen Aristegui la trasciende; su futuro será una prueba para la democracia mexicana y su caso un síntoma de aquello que la aprisiona. El espectro radioeléctrico es un bien público. No pertenece a los concesionarios sino a los habitantes del país", decía ahí Dresser, promotora de la nueva Ley de Medios.

Semanas después le pregunté a Aristegui si su apoyo a esta nueva legislación no la ponía del otro lado de la mesa, si no compromete su credibilidad. Respondió que no tenía intereses en el tema, que tenía interés "por el tema mismo y porque hay una carga adicional respecto al futuro de ese ámbito de acción de todos nosotros como periodistas". No puede esconder su pasión por el tema.

—¿Ha ido demasiado lejos? —pregunto a cada una de la decena de personas con las que hablé para esta historia, incluida ella. Carmen y los más allegados a ella dicen que no, que ha llevado el caso hasta donde ha debido. Otros se abstienen de responder. Otros más responden que sí con la cabeza. No se atreven a decirlo en voz alta.

—¿Le va a seguir? —pregunto a alguien que pidió no ser citado.
—Espero que no. Le va a hacer daño.


En otro de los foros del caso Aristegui, el columnista Granados Chapa hacía una propuesta: crear una sociedad anónima "donde los dueños seamos miles de personas, llamar al público en general para que todos seamos parte" y "emplear" a Aristegui. El periodista comparaba el fenómeno Aristegui y su propuesta con la creación de Proceso, el semanario que nació a partir de un golpe del Gobierno al periódico Excélsior en 1976 . "Los ofendidos oyentes de Carmen Aristegui", llamaba Granados Chapa a los accionistas potenciales de la SA.

Pero Proceso —o los periódicos Unomásuno o La Jornada— son un caso diferente. La prensa escrita no necesita una concesión para operar. La propuesta de Granados Chapa, amigo de Aristegui, requiere de una frecuencia otorgada por el Gobierno.

Al presentar su propuesta, Granados Chapa buscaba solución al inconveniente de la necesidad de una frecuencia: solicitar una concesión o demandar que el Gobierno abra una convocatoria para otorgar nuevas concesiones —algo casi imposible de que ocurra—; o esperar a que entre en vigor la nueva legislación —algo que puede o no ocurrir—. En el peor de los casos, mientras la SA consiguiera un espacio en la radio, Carmen podría hacer radio por internet.

Aristegui es más realista. No descarta la posibilidad. Dice que le gusta "la idea de Miguel Ángel. Tiene una cosa entrañable". Pero sabe que no es el camino más rápido. Está en pláticas con un par de grupos radiofónicos. La reforma energética y judicial están cerca de empezar a debatirse y no se lo quiere perder. Lo mismo que el debate de la legislación de medios.

En esa misma conversación me había contado cómo en las mañanas, mientras lee los periódicos, no puede evitar pensar cómo hubiera tratado ella tal o cuál tema. Por esos días los titulares se los llevaban los sueldos del sindicato de maestros y la violencia provocada por el narcotráfico que se extiende en todo el país. Dos días después, mientras el fotógrafo Ricardo Trabulsi tomaba las fotos de Aristegui para este artículo, una bomba estallaba al lado de la Secretaría de Seguridad. "No creas, estoy a un filito de extrañar el aire seriamente", me había dicho antes.

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