Domingo 19 de mayo de 2013 
SÍGUENOS:
NOTAS RELACIONADAS
Febrero 2010
Las devociones de la mirada
En su momento, las fotografías de Armando Herrera fueron el espejo de la vanidad y la fama de las estrellas del cine y la radio, ahora son la memoria del glamour de una época que se recuerda como gloriosa. Éste es un texto y algunas de las imágenes del libro Armando Herrera, El fotógrafo de las estrellas, recién publicado por el Fondo de Cultura Económica.
Por Fabrizio Mejía Madrid / Fotografías de Armando Herrera
Yolanda Montez Tongolele (1946)
La foto de boda de mis padres descansaba sobre la televisión. Los congelaba en un momento mucho antes de que yo naciera y testificaba que alguna vez habían sido jóvenes, elegantes —al menos para ese día— y, si se les mira a los ojos, asustados. De niño escruté muchas veces esa fotografía, tomada para conmemorar una fecha, porque parecía decirme algo que yo no sabía sobre mis propios padres, algo que tampoco ellos conocían. Delante de mis ojos se abría un pasado desconocido —cómo se conocieron, cómo se hicieron novios, cómo decidieron casarse—, pero delante de los de ellos estaba el futuro incierto: los años sesenta. Nada de lo que esa fotografía contiene —la normalidad de los años cincuenta— previene a sus retratados de lo que les ocurría: su ida a los Estados Unidos, Vietnam, el asesinato de John F. Kennedy y Martin Luther King y, cuando salen huyendo de ese caos, su regreso a México sólo para presenciar 1968 y su final en Tlatelolco. La foto, firmada por Armando Herrera, con una estrella en una punta del trazo de la "A", se abría hacia ambos lados del tiempo: la ausencia del pasado y la inexistencia del futuro.

Casi cincuenta años después de esa fotografía conocí a su artífice, Armando Herrera, en una casa en la calle Secreto de San Ángel. Me recibió ante una mesa en su propia recámara, donde conversó, a sus 96 años, de ese vértigo del presente que es ser retratista.

—Mire —dice señalando sus fotografías de Agustín Lara, María Félix o Cantinflas—, son puros muertos.

Y sonríe, victorioso.

Para sí mismo, Herrera encarna el Sueño Mexicano: aprendió a manejar coches, a componer canciones, a fotografiar, sólo con ver a otros hacerlo. Su padre, José María (1878-1972), había inventado en su estudio de la calle de Izazaga sus propios químicos y reflectores, perdiéndolo todo durante una inundación de la ciudad de México. Armando, por su parte, ve un avión maniobrar en diciembre de 1927 y queda prendado de la idea de volar: a quien ha visto es a Charles Lindbergh llegando a México, tras atravesar el Atlántico, y para pilotear el primer vuelo de Mexicana. Entonces se promete aprender a manejar un avión e ingresa a la milicia. En el camino se comprará una motocicleta que pasa delante del balcón de una mujer que le ha gustado más que volar: Esperanza. Pero las tías de la muchacha impiden el romance:

—Eres un avionero, Armando. Cualquier día de éstos se cae el avión y la dejas viuda. Vuelve sin uniforme y hablamos.

Tras un paso por el Colegio Militar donde conoció a su adversario en amores, Jorge Negrete, se encuentra en la situación de todo Sueño Mexicano: improvisarse una vida y que te salga. En 1930 regresa a enfrentar a las tías de Esperanza, con quien se carteaba nada más. Corrido de la aviación, junto con otros setenta pilotos militares, por falta de presupuesto, se presenta sin uniforme a "pedir la mano" de la novia.

—Tuve que vender hasta la motocicleta para pagar mi boda. La luna de miel se la quedé debiendo. Yo creo que es por eso que, en 68 años de matrimonio, nos casamos otras dos veces más —me dice riéndose quedito en su recámara en la calle Secreto.

Se hace fotógrafo de estudio en el segundo piso de una vecindad, el número 8 de la calle Victoria, en la que vivían diez familias, un sastre, un maestro de piano y canto, una señora que hacía de comer. Se acababa de casar con Esperanza y no le iba muy bien. Pero el éxito en el Sueño Mexicano no es producto de la tenacidad sino de la suerte. Armando conoce a Adolfo Suárez, el Buster, acordeonista de la orquesta de Agustín Lara, y le hace unas fotos. Un día llega hasta el estudio el propio Lara, animado por las imágenes de su músico de tangos. Armando no puede creer su suerte. Será la visita de Agustín Lara la que selle la fortuna para Herrera en 1931. Y su audacia.

—Agustín Lara me ponía la parte derecha de su cara para que la fotografía y yo le dije: "No, con todo respeto, todo rostro tiene un ángulo fotográfico y su lado es el izquierdo". Él me contestó: "Pero si ahí tengo esta cicatriz horrible que me hicieron con una navaja en una casa de señoras". Me dejó ponerle las luces y retocarlo. Y sí, esa cicatriz era el alma de Lara.

Años después, ya célebre como retratista, Herrera fotografiará a Agustín Lara vestido de charro mexicano —él que siempre andaba de frac, que había ayudado a desrancherizar la psique mexicana y, en cambio, a cabaretizarla— y, en 1948, abrirá su lente al rostro acaso más imaginario de todo compositor: sus manos sobre las teclas de un piano. Lara se inconformará en su estudio de la radio moderna de esa época, la XEW: "Pero, ¿cómo las manos? Las tengo todas huesudas".

—Eso era Agustín Lara. Esas manos —me dice Armando Herrera y vuelve a reír como después de una travesura—. Las mujeres se enamoraban de él al piano. Hasta yo me andaba enamorando de él.

Pag de 2 >>
Exposición Panoramica
LO MÁS LEÍDO
Los personajes de Darín no podrían ser más le...
Ésta es la historia de un pueblo de la fronte...
Un ornitorrinco sobre Juan Villoro en Barcelo...

A los 70 el miedo a la muerte es una idea. A ...
COMUNIDAD
Copyright © 2010  -  www.gatopardo.com  -  Desarrollado por: Estrategia 360°