Miércoles 22 de octubre de 2014 
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Diciembre 2009
Las vueltas de Rubén Blades
El salsero panameño que en el escenario le da vida a Pedro Navaja, que se arquea hacia atrás con las maracas, que ha grabado con Sting y con Lou Reed, es abogado con un posgrado en Harvard, tiene una carrera política, fundó su propio partido y fue ministro de Turismo de su país. Rubén Blades ha vuelto.
Por Sandra Lafuente P. / Fotos de Gabriel Osorio / Cortesía maestravida.com / Cortesía Luba Mason
Músico, actor, político, académico: las vueltas de Rubén Blades.
"Si me hubiera quedado en Panamá, no habría sido músico", dice al recordar el episodio con el decano de la facultad.

Esa mañana de 1970, el segundo de los cinco hijos de Anoland y Rubén recibió un recado que le dio un compañero de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá.
—El decano quiere hablar contigo.


Rubén Blades Bellido de Luna había comenzado a estudiar para abogado tres años atrás. La dictadura militar de Omar Torrijos cerró la universidad en 1968, apenas asumió el poder, y la reabrió un año más tarde, así que el joven Blades acababa de retomar sus estudios de Derecho. Tenía 22 años. Por las tardes trabajaba como mandadero en una compañía de contabilidad para fletes, la Panama Agencies, por 50 dólares al mes.

El sábado y el domingo eran otra cosa.

—¿Usted va a ser músico o abogado? —le preguntó el profesor Dulio Arroyo cuando lo tuvo enfrente, en su despacho.
—Abogado —respondió Blades.
—¿Entonces por qué anda tocando por ahí los fines de semana?


Hacía rato que el estudiante cantaba, componía, coreaba y soneaba para bandas locales. Había escrito "Pablo Pueblo" y "Cipriano Armenteros". A los 17 años comenzó profesionalmente con el Conjunto Latino de Papi Arosemena y más tarde grabó con Los Salvajes del Ritmo, Bush y sus Magníficos y la Orquesta Dismeños. Amenizaban fiestas y ponían a menearse a los clientes asiduos de los bares de salsa en vivo de Panamá, el club Windsor, el Bohío Agewood. "Mira mi ritmo que está sabroso/ tiene mucha salsa/ vacílalo": con una voz más grave e inflexiones que imitaban con descaro a Cheo Feliciano, su ídolo, entonces cantante del Sexteto de Joe Cuba.

Buscó el rock and roll en la pubertad, pero terminó rindiéndose a la influencia afrocubana de Anoland y Rubén: ella de Cuba, pianista, cantante y actriz, Díaz de apellido artístico; él, colombiano, con origen paterno en la isla de Santa Lucía —de allí que el apellido se pronuncie "Bléids"—, y bongocero.

El estudiante de Derecho que estaba ahora sentado delante del decano ya había hecho también un disco como cantautor.

Durante el cierre forzado de la universidad, viajó una temporada breve a Nueva York, con un boleto que su hermano mayor le facilitó porque trabajaba en Pan American, y contactó al productor de su admirado Feliciano, Pancho Cristal, que lo había oído cantar en Panamá. Cristal lo juntó con Pete El Conde Rodríguez y su orquesta, y grabaron De Panamá a Nueva York. En la carátula, un Rubencito todavía púber, sonriente, con más pelo y unas patillas que parecen rozarle la quijada, guitarra en ristre, pide un aventón a los miembros de la banda.

Aunque sin mucho éxito, el disco salió al mercado ese 1970 en el que el decano lo increpó.

Blades le replicó:
—Bueno, con eso recibo un dinero que me sirve para comprar mis libros.
—Usted va a ser abogado, usted le está dando mal nombre a la facultad. La gente lo está viendo por ahí cantando y tocando, en vez de estar estudiando. Así que usted decide —cerró Dulio Arroyo.


"Y yo solté la música ese día, no toqué más hasta que me gradué. Hasta que llegué a Nueva York", dice Rubén Blades al recrear ese episodio con el decano, cuatro décadas después, sentado en esta habitación del hotel donde se hospeda en Valencia, Venezuela. A punto de tomar un vuelo a Maracaibo para el último de sus cuatro conciertos en este país.

Es octubre de 2009 y está otra vez de gira.

Ése —negros el traje impecable y los zapatos lustrosos, grises la corbata y el sombrero Panamá—, ese que está de vuelta en el escenario con sus viejos compañeros de Seis del Solar, la orquesta que fundó en 1983. Ese que cierra los ojos y se lleva la mano al pecho cuando entona "Patria". Ese que se desliza con gracia en el baile, y se arquea, la pelvis al frente, con las maracas como malabares, mientras se muerde el labio. Ese que toca la clave y la campana, se quita el sombrero en reverencia a un hombre que lo ve en primera fila desde su silla de ruedas, y muestra la escasez de su cabello claro. Ese que encarna a Juan Pachanga y a Pedro Navaja mientras los canta. Ese que habla con el público y busca hacer con ellos contacto visual, que los hace reír y les cuenta, por ejemplo, que ésta es la primera vez que usa un apuntador en el oído en una presentación en vivo. Ese que lanza carcajadas de complicidad a Ralph Irizarry durante uno de sus soberbios solos de timbal y le acerca el micrófono al cámara que retransmite el show en las pantallas gigantes, porque notó que se sabe sus temas. Ese que ahora está solo sobre un taburete, el foco blanco sobre sí, y canta "Adán García", sin nada más que su guitarra. Ese que al final del concierto de dos horas y media, como en la despedida de una obra teatral, sale al borde del escenario para hacer una genuflexión con todos los miembros de la banda. Ese que todavía grita: "¡Se puede!".

Ese que está allí en la tarima tan cómodo, como si no se hubiera ido de los conciertos y las giras y los discos. El de toda la vida.

Ése parece distinto a este que está aquí sentado en la habitación del hotel a las 10 de la mañana de este sábado, a punto de salir para Maracaibo. El ceño fruncido junta sus ojos aceitunados y subraya los surcos de su frente. Usa ese gorro gris tejido que usa mucho, y la camiseta, también de siempre, con las iniciales del Show de Rubén Blades (SDRB), el podcast de su página rubenblades.com que él mismo anima, en formato de late night show pero sin recursos. Distante, ahorrativo en sonrisas. En palabras no economiza, eso no: a veces las suelta como cuchillas. No muestra duda en sus opiniones, y cuando quiere ser más categórico se inclina hacia adelante, arruga más el entrecejo, y apoya la mano sobre el muslo, el brazo como un asa.

Este que se sirve un café negro cargado, y más tarde otro, tuvo miedo de que la voz no le respondiera en este tour, que el diafragma estuviera débil, tras cinco años sin entrenarlos, mientras fue ministro encargado de Turismo de Panamá: "En mi casa no había ni guitarra".

A éste no le gustan el traje y la corbata, pero aprendió a usarlos para las reuniones de gabinete. Por decisión propia se los pone en los conciertos de esta gira: "Es un reflejo del paso del tiempo".

Éste sentado aquí nunca tuvo manager: "No tengo carrera, lo que tengo es suerte. No me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Yo manejo mi propia destrucción o mi propia salvación".

Tampoco tiene disquera. En 2003 grabó su última producción, Cantares del subdesarrollo, en una habitación de su casa de Los Ángeles que Walter Flores, director musical, habilitó con lo básico. En este disco simple y visceral que dedicó a Cuba y Puerto Rico, una continuación de Maestra vida, Blades hace todas las voces y toca casi todos los instrumentos, a excepción de la flauta, el cajón peruano y la percusión menor, a cargo de Flores. Las congas fueron tomadas de demos de Mark Quiñones, Oscar Cruz y Rey Cruz. El disco está a la venta por internet, de forma independiente.

Este que vuelve y ha dado conciertos por América desde agosto (y los dará casi un año más y con ellos llegará a Europa y Asia), enfrenta todos los días una contradicción: no le gustan las giras.

"A mí me gusta el show y disfruto estando con mis compañeros y con la gente, pero las otras 21 horas: ¡no, no y no! No puedes hablar con la gente, no conoces los sitios donde vas, no tienes un espacio para pensar y reflexionar sobre las cosas, estás lejos de la gente que quieres, tienes que bregar con todas las soquetadas sobre las cuales no tienes control pero te afectan…".

El tour Todos Vuelven, en particular, ha sido complejo: incorporó pantallas con efectos multidimensionales en el escenario y los instrumentos de los músicos de Seis del Solar fueron diseñados en exclusiva para ellos: lo último en tecnología. Viajan 40 personas en total.

Éste y ése: músico, compositor, actor, político, ex funcionario público, amante de la academia.

"Soy la misma persona dando vueltas".

No ejerció como abogado, pero lo otro lo hizo todo. Lo que ha querido.

Esta mañana de sábado aquí en el hotel viene a su cabeza el momento de su infancia cuando le preguntó a su abuela Emma si ella se iba a morir y ella le respondió que claro. Y que él también, algún día. Entonces quiso hacerlo todo pronto porque, como fue un niño enfermizo, cuando crecía comenzó a pensar que iba a morir a los cuarenta.

Escribió más de 200 canciones, grabó 24 discos, actuó en más de 30 películas y también en series de televisión en Hollywood, fue a la escuela de Leyes de Harvard para una maestría, ganó siete premios Grammy, y nominaciones al Emmy y al Independent Spirit, fundó su propio partido y fue candidato presidencial en Panamá, con un tercer lugar en las elecciones de 1994. Tiene un doctorado honorífico en el Berklee College of Music, es embajador por las Naciones Unidas contra el racismo. Estuvo a punto de grabar una canción en español con Michael Jackson y grabó un disco en inglés con Sting, Lou Reed, Elvis Costello. Escribe artículos de opinión a veces. Pinta cuadros en solitario, que están colgados en su casa.

A José Massó, conductor puerto-rriqueño del programa radial ¡Con Salsa!, que se transmite en inglés en Boston, le confesó en agosto pasado, en medio de una prolongada conversación: "Nunca pensé que viviría tanto (…) Por eso quizá quería hacer tantas cosas en tan poco tiempo y afortunadamente fui exitoso y para mi sorpresa todavía estoy por aquí, pero tenía una urgencia que me llevó a probar cosas y a hacerlo en mi tiempo".

En la entrevista con Massó reveló que por eso no pensó en tener hijos. No los tuvo.

Agrega esta mañana de sábado: "Mi mamá trabajó mucho, muy fuerte. Ella se sacrificó mucho por nosotros, porque ella pudo haber sido una artista de una proyección mucho más grande. Ésa fue otra de las cosas que yo vi: mi mamá, cuando tuvo los hijos, se le acabó la carrera. Entonces yo dije: ‘A mí esa vaina no me pasa tampoco', aparte que yo pensaba que no tenía tanto tiempo".

También por eso se casó tarde la primera vez, a los 38 años.

Pero llegó a los 61.

Ahora no se enferma más. En 2006 dejó de fumar, cuando después de hacerle las pruebas el médico le mostró la fórmula: colesterol muy alto, más cigarrillo, más sobrepeso, igual a corazón en riesgo. Corre, dejó de comer después de las siete de la noche, juega baloncesto como su padre, se quitó 11 kilos.

Cosas que hace en su SDRB:

Se sienta en un cuarto con dos computadoras, una copa de vino tinto al lado, durante media hora, 40 minutos, y responde las preguntas de los internautas que ellos mismos votaron como las más interesantes: acerca de cómo escribió "El cantante", y se la dio a Héctor Lavoe; de quién es Paula C.; de lo que lo inspiró a componer "Ligia Elena"; de qué significa el "mendo" de "Buscando guayaba". De si volverá a la política o no. De qué hacer para empezar en la actuación. De cómo ese disco Agua de Luna, inspirado en cuentos de Gabriel García Márquez, no tuvo éxito. De Charlie Palmieri y Tito Puente pagándole su primer desayuno en Nueva York en 1969 y de "esos tiempos que no regresan más" con La Fania, a pesar de que también habla siempre de la explotación de esa disquera a sus músicos. Ríe, ríe mucho. Bromea.

Promociona grupos musicales de todo el mundo que le escriben a su MySpace.

Lleva invitados: Calle 13, Aleks Syntek, Ralph Irizarry, Juampi (un niño con un programa musical muy popular en la radio panameña), Luba Mason, su esposa, que acaba de sacar un disco de música brasileña en inglés, Krazy Love, y a quien saluda con un beso de lengua. Y le dice: "Lubi, mi Lubita".

A veces se sienta en el sofá de su apartamento en la zona vieja del barrio San Felipe de Panamá. O prepara un plato con plátanos en la cocina. Otras está sentado frente al mar con un Bloody Mary delante, en Miami, con ocasión de los premios Billboard. O camina por el lobby de un hotel en España y entrevista a un miembro de Cirque du Soleil.

Tutea a Gabo, Sting, Ringo Starr, Antonio Banderas, Salma Hayek, gente así: son casi todos sus amigos. Habla de la foto que se tomó con Barack Obama durante la cumbre de Trinidad.

Vuelve a decir que Cheo Feliciano es su ídolo.

El show es grabado, pero como si fuera en vivo. No hay nada ensayado: el casete y la batería de la cámara se terminan en plena grabación.

Todo es idea de Orosmán de la Guardia, el diseñador de las portadas de sus últimos discos, con ayuda de su colega David Bianco. De la Guardia hace la cámara del show y lo dirige. Graban el programa en su casa. Le pasa siempre un un papel —más que guión, una chuleta— con la orden del día. Durante unos meses el show tuvo un solo patrocinador. Ya no.

Ha estado al aire desde 2007 y Blades habla de él como un desahogo. Lo mantuvo en contacto con sus seguidores durante esa temporada en la Autoridad de Turismo de Panamá.

De la Guardia está a cargo de rubenblades.com y de todas las redes sociales con la marca Blades: las cuentas de MySpace, Twitter y Facebook, el enlace de YouTube, porque el dueño de esa marca no tiene una buena relación con la tecnología; todavía está aprendiendo lo que es un podcast. Pero insiste siempre que sí son de su autoría las respuestas a algunos comentarios en su sitio web y los mensajes con su firma.

Fue de esta página web de donde salió el repertorio de la gira Todos Vuelven. Los internautas escogieron por votación las canciones, sobre todo de la época de Seis del Solar y Willie Colón, que ha interpretado en estos conciertos.

Es a través de rubenblades.com como vende su disco Cantares del subdesarrollo (y por Amazon y iTunes). Esta producción no está en las discotiendas, sólo salió en formato físico en una edición limitada en Puerto Rico.

Cosas escritas, dichas (y no) sobre Rubén Blades.

Los clichés y los apodos periodísticos: "El poeta de la salsa", "el maraquero", "el cantor de la patria y el barrio", "el panameño universal".

Que tiene un carácter explosivo. En la prensa está reseñado un incidente en el programa televisivo Debate abierto el año pasado: cuando de los planes de turismo el tema se desvió al de la política y hablaron de su movimiento, Papa Egoró, Blades se molestó y le dio la espalda a la cámara.

Él responde, por escrito, horas antes de este encuentro en el hotel en Valencia: "Soy explosivo con la injusticia, con la estupidez, con los hipócritas, con la malacrianza, con la corrupción, con la altanería, con los racistas, con los que hablan y no saben lo que dicen pero actúan como si lo supiesen".

Que es impaciente y por eso puede ser grosero. Que es muy crítico: todo eso lo dice él mismo en su SDRB.

Que es genuino. Afectuoso. Que se compromete en pleno con lo que hace. Que tiene un sagaz sentido del humor y hace bromas todo el tiempo.

"Hay días que estás mejor que otros. Yo no juego. Eso sí, no soy injusto yo soy sumamente cuidadoso con eso", agrega esta mañana de sábado.

También hay gente que no quiere decir nada sobre él. Nada de nada, por más que insistas.

Uno es su viejo compañero, Willie Colón. "Sin comentario", escribe en un mensaje directo de su cuenta certificada de Twitter. Colón demandó a Blades en 2008, en un tribunal federal de Puerto Rico, para exigirle el pago de 115 mil dólares que, dice, le adeuda de un concierto juntos en 2003 por los 25 años del exitosísimo disco Siembra. El juez no ha fijado la fecha del juicio.

La acción legal marcó la ruptura sin retorno del dúo. Blades insiste en que los productores los robaron a ambos y declaró públicamente que nunca más cantará en un escenario con Colón.

Nueva Orleans, Cuba, España, Santa Lucía, Colombia. Esos lugares están en sus orígenes. De todos ellos tiene en su ADN, pero lo marcó su abuela paterna, colombiana. En la Panamá de los años cincuenta —una democracia constitucional dominada por la oligarquía de la época, las fuerzas estadounidenses en control del Canal, una república apenas independizada a principios de siglo—, Emma Bosques era vegetariana, rosacruz y feminista y practicaba yoga en casa. Mandó a sus niñas a la escuela, no a los varones. Le tocó criar prácticamente sola a los hijos que había tenido con el abuelo "Bléids".

Con Emma pasaba Blades casi todo el tiempo, mientras Anoland y Rubén trabajaban. Entre las primeras imágenes de su memoria está un niño de cinco o seis años, de caminata con su abuela por el casco viejo de ciudad de Panamá, los teatros Variedades y El Dorado, la Plaza Amador, Las Bóvedas, el mar de frente.

Ella le enseñó a leer y a escribir. "Lo enseñó a pensar por sí mismo, a hacer lo correcto y a no preocuparse por convenciones", escribe desde Nueva York Paula C., el mítico personaje de la canción del mismo nombre que Blades publicó en 1978.

Rubén Blades nació en una pensión, la Panamericana, donde su familia vivía en el barrio San Felipe, en la zona antigua de la ciudad. A los meses se mudaron cerca de Santa Ana, en la Calle 13 Oeste, allí junto. "Un cuarto dizque con una recámara y una dizque sala. Una vainita chiquita", atisba este sábado por la mañana. Todavía no habían nacido sus tres hermanos menores.

Su madre, pianista desde niña, cantante de voz prodigiosa, hacía radionovelas y a veces lo llevaba a la estación. "Me contó que una vez, durante una escena, su compañero de reparto le estaba gritando y a ella le tocó llorar como parte del guión. Rubén comenzó a llorar muy fuerte también y eso salió al aire. Ésa fue su primera actuación en vivo", dice Paula C. Más adelante, cuando todo había cambiado en Nueva York, Blades grabó una canción suya con Anoland, "Yo soy una mujer", en la que ella interpreta a Manuela, personaje central de Maestra vida, el disco con formato de musical que hizo en 1980.

Los Blades no llevaban una vida holgada.

"Mi papá compraba un par de zapatos pa' mí, pa' la escuela, y ése era el único par de zapatos que yo tenía el año entero. Y esos zapatos de la escuela él los tenía que comprar a crédito. Y en mi casa, hermano, todo era reciclaje y cuido. Yo vengo de una casa donde si tú te aparecías con una camisetita que no era la que te había comprado tu mamá, tu mamá se daba cuenta de una vez y te preguntaba: ‘¿Eso de dónde salió?'. Su-per-vi-sión, brother".

Por eso Rubén Blades tiene en el armario muchos zapatos que no usa y mucha ropa que no se pone.

Después de bongocero, el padre se hizo detective y todo porque jugaba al baloncesto profesionalmente. Fue una idea del presidente José Antonio Remón, que quería mejorar la imagen de la policía y decidió armar con ellos un equipo de básquet, con los miembros de la Policía Secreta Nacional. "Si tú querías saber quién era la policía secreta, y las franelas decían PSN, ibas a un juego de básquet".

Manuel Antonio Noriega, el futuro sucesor de Omar Torrijos en la línea de las dictaduras militares del país, no estaba en el equipo de baloncesto del señor Blades, pero sí era el hombre fuerte de la Secreta. Lo acusó de ser un infiltrado de la CIA y la familia completa tuvo que salir a Miami en 1973. Pero Rubencito no. No hasta el año siguiente, cuando se graduó en la universidad. "Parecía que conmigo no se iban a meter, pero yo decía: ‘No voy a ser abogado en una dictadura', y me fui".

Y entonces, en 1974, con los pasajes más baratos de Pan American, llegó a Miami y luego a Nueva York, donde todo cambió.

Al principio fue la estrechez. Dormía en el suelo. Pasaba las noches en casa de amigos. Hasta que el director de cine Leon Gast le subarrendó un estudio de grabación, entre Columbus y Amsterdam, en la Calle 86. Allí había una cama, pero él igual compró otra y la puso al lado. "Era una vaina absurda. Paula C. entraba y decía: ‘¿Pa' qué tú quieres dos camas?". Y yo decía: ‘Ésta es MI cama, ¿me explico?'".

No habla mucho Blades de su familia en la actualidad. Es sabido que su madre falleció por un cáncer en 1992, cuando sacó al mercado Amor y control: en la canción del mismo nombre narra un episodio del hospital donde estaba internada; luego pasó una temporada sin cantar este tema en las presentaciones en vivo. También es público que su padre está cerca de los 90 años y vive en la ciudad de Panamá. De sus hermanos, el más conocido públicamente, en la música pop, es Roberto, el menor, que vive en Miami.

Habla poco de eso.

"En general soy muy deficiente en cuanto al contacto con familia y/o amigos. No sólo por ser una persona que se mueve solo desde hace décadas, también creo que por la propia naturaleza pública del trabajo. Soy sumamente privado y sigo sin entender por qué escogí una profesión como la de artista, que me lleva a todo menos al anonimato —otra contradicción suya—. Hay gente que necesita el contacto diario, constante, con otros. Yo no", escribió por correo electrónico horas antes de ese encuentro en el hotel en Valencia.

Consiguió un trabajo en el servicio de correos de la Fania Records en Manhattan. Llevaba la correspondencia, cargaba instrumentos, pero seguía componiendo. Pronto los músicos firmados con este sello comenzaron a grabar canciones de su autoría. Richie Rey, Bobby Cruz, Ismael Miranda (que fue uno de los primeros en reconocer sus letras), Roberto Roena, Tito Puente, Ray Barretto.

Cada vez que tenía oportunidad iba al estudio de grabación a ver si le dejaban hacer los coros. El empleo en el correo de la Fania terminó abriéndole las puertas de la popularidad.

"Rubén es un soñador. Escribía canciones todo el tiempo sobre la gente que veía a su alrededor en nuestro vecindario y sobre personajes que inventaba. Me tocaba cada nueva canción en su guitarra. Era muy curioso sobre la gente y sus vidas y nunca olvidaba las historias que le contaban. Yo, literalmente, vi a Rubén pasar de rodar un carrito lleno de cartas por las calles de Nueva York a convertirse en una celebridad internacional", escribe Paula C., su ex novia.

Se conocieron cuando ella trabajaba en Liberty House, una cooperativa de manualidades organizada por activistas de los derechos civiles. Un día vino él a la tienda porque había oído hablar de ella. Y ella de él. Él tenía 27 años y ella 31.

No tardaron en mudarse juntos.

Paula C., una bostoniana de ascendencia irlandesa, tiene ahora 65 años y habita todavía el apartamento de la Calle 82 del West Side de Manhattan donde vivió con él, donde ha vivido durante 40 años. Trabaja para una compañía especializada en medios y tecnología, confecciona los trajes de Halloween de los hijos de su sobrina, viaja de vez en cuando.

No quiere revelar aquí el resto de la letras de su apellido, aunque él ya lo hizo una vez en su show por internet. Su testimonio tiene el mismo tono misterioso de esa inicial de su nombre. Es prolija en sus respuestas, sí, pero no puedo palpar de ella más que lo que está en las fotos de esa época junto a Blades (cabello abundante y marrón, rasgos finos, ojos grandes), y ese archivo de Word con sus respuestas. Las envió por medio de Alison Weinstock, también de Boston, una muy acuciosa investigadora de la trayectoria de Rubén Blades. Weinstock, que conoció a Blades en el cine antes que en los discos, ha puesto todo lo que sabe sobre su vida pública (TO-DO) en su sitio web maestravida.com. También un testimonio de Paula C., quien luego le dio a Weinstock algún material para la memorabilia que está en la Loeb Music Library de la Universidad de Harvard, un archivo que ella creó, junto con José Massó, y que ahora coordina.

Un día, en 1978, Paula C., y Rubén tuvieron una de esas peleas casi definitivas, y ella lo echó de la casa. Él metió su ropa en tres bolsas de basura y se fue al apartamento de su amigo venezolano César Miguel Rondón, escritor, locutor y salsófilo, que entonces vivía también en Manhattan. Se quedó allí durante dos meses, como le cuenta Rondón a Leonardo Padrón en el libro de entrevistas Los imposibles.

Ya todo había cambiado para Blades en Nueva York. Había llegado el momento de oro con la orquesta de Ray Barretto, quien tras la ausencia de su cantante Tito Allen llamó a Blades a una prueba y lo contrató como vocalista junto a Tito Gómez (y Blades debutó en el Madison Square Garden delante de 10 mil personas y olvidó parte de la letra de "Indestructible" por los nervios). Había cantado con Larry Harlow y ahora celebraba su éxito junto con Willie Colón, en el apogeo de Siembra, el disco más vendido de la historia de la salsa. Tenía la bendición de Tite Curet Alonso. Salía de gira. Pedro Navaja era un personaje que comenzaba a respirar solo.

En casa de Rondón, Blades gestaba Maestra vida. Y compuso la canción: "Paula C.".

Pasaron siete años juntos, escribe ella en ese archivo de Word. Todo terminó a principios de los años ochenta.

Después vinieron:

El cine. The Last Fight, la primera película; Crossover Dreams, la que siguió, la importante.

La ruptura con Fania y Willie Colón. La fundación de la banda Seis del Solar con músicos newyoricans, y en vez de metales, el vibráfono, para no parecerse al sonido de los tiempos con Colón (cuando más tarde los incorporó, se llamaron Son del Solar). Cuatro discos con ellos, con la disquera Elektra Records.

La escuela de Leyes de Harvard, mientras salía Buscando América. Los primeros Grammy.

Más Hollywood, más discos con músicos panameños y costarricenses. La experimentación con la fusión y nuevos Grammy, pero en la categoría de World Music.

Una primera esposa. California. Un divorcio.

Vino Broadway: el musical The Capeman, en 1997, donde compartió papeles con Marc Anthony y Lubitza Mason, una neoyorquina de Queens de origen eslovaco, también cantante y actriz, que interpretaba a la madre de uno de los asesinos de la trama que escribió Paul Simon. Con ella se casó en 2006.

Y también vino la política.

El del correo en Fania Records fue su último empleo formal, de oficina. "Pa' decírtelo mejor, fue la última vez que tuve un jefe, hasta ahora", dice esta mañana de sábado antes de tomar el vuelo a Maracaibo.

Ese jefe fue Martín Torrijos, su amigo, hijo —fuera del matrimonio— del dictador por el que Blades y su familia salieron de Panamá. "¡Pero Martín es muy diferente de su padre! [...] Cree en administrar un país con altruismo", le dijo al diario español El País en 2002. Su partido Papa Egoró había apoyado al de Torrijos, el Partido Revolucionario Democrático (PRD), durante las elecciones de 1999. Blades tenía previsto acompañarlo en el gobierno si ganaba las elecciones en 2004.

Así fue: Martín Torrijos le dio rango de ministro a su cargo y allí se quedó durante los cinco años de la gestión, cuando mucha gente no apostaba ni uno. Había un antecedente: estuvo ausente en momentos claves de la campaña presidencial con su movimiento político. No se había desligado de Hollywood y la música, se fue a terminar discos y películas.

"Tú no tienes idea de la satisfacción que esa vaina me dio, especialmente después de la irresponsabilidad de Papa Egoró, que debí haberme quedado y no entendí un poco ‘e cosas. Tú tienes que agarrar ese caballo y mandarlo desde principio a fin. Donde lo sueltes se te va", recuerda ahora.

La celebridad del ministro, qué duda cabe, ayudó a promocionar Panamá como destino turístico. Hizo una campaña publicitaria con su imagen ("Panamá se queda en ti" el eslogan) y en 2008 se tomó las vacaciones de un mes para hacer una gira musical por España, Italia y otros países de ese continente (y aprovechó para cantar con artistas que había promocionado en su podcast).

En su mensaje oficial de despedida, Blades apunta que aumentaron los volúmenes de visitantes y que el turismo ahora hace aportes al producto interno bruto de Panamá. Dejó un plan maestro con miras a 2020 y una ley nacional.

Para hablar de este tema, aquí sentado en esta habitación de hotel, se inclina hacia adelante, arruga más el entrecejo y apoya la mano sobre el muslo, el brazo como un asa: "Lo que nosotros hicimos en el tiempo que estuvimos allí me dio la completa seguridad de que sí se pueden cambiar cosas. Cada cual tiene un nivel de responsabilidad en esta vaina y yo mi responsabilidad la asumí. Me gané mi derecho a hablar, ¿ves? ¿Quieres hablar? Suelta tu cosa, cierra tu negocio por cinco años y ven a servirle al país. Tuve la oportunidad de vencer mi propio egoísmo y mi propia necesidad de ego o lo que fuese que pudiera tener uno. Y nadie me puede decir que no es así. Porque en esos cinco años pude haber hecho la película, o no tener que estar vendiendo mis vainas pa' poder comprar otra vaina. Y sin ningún llanto. ¡No, señor! Al contrario, orgulloso y feliz de haber servido a mi país. Tú no tienes idea, eso me hace a mí una mejor persona, y eso me hace mejor ser humano, mejor cantante, mejor músico, mejor actor y mejor todo".

Al tour Todos Vuelven lo llamó "la gira de la liquidez" en su SDRB. Rubén Blades asegura que salió con deudas de su despacho. Va a vender el apartamento que compró cerca del barrio San Felipe en 1992, donde vivió mientras fue funcionario. Para comprar una casa en Nueva York, donde todo cambió hace 35 años. A donde regresa.

"Es mi clase de ciudad. Allí estás en contacto con la vida todos los días". Para probarlo trata de mostrarme el ticket del metro en su billetera, pero no la lleva encima.

Y en Nueva York puede ser un poco anónimo.

Quiere estar allí donde tiene todo a mano: el supermercado, el subway, el cine, la cancha de baloncesto y la iglesia. Donde puede caminar, porque nunca aprendió a conducir, y no le interesa.

De volver a la política no sabe. Ha dicho antes que no tiene el temperamento para eso, y después que para hacerlo tendría que aprobarse la reelección en su país.

Ahora: que depende. "Hay que ver lo que vamos a hacer. Yo no voy a perder mi tiempo para que pinten un retrato mío y me lo pongan en una galería en un pasillo".

Entre tanto va hacer cosas que le faltan, después de esta gira. Más. Escribir tres o cuatro libros sobre cada faceta suya: la música, el cine, la política. Grabar 10 discos: uno con su ídolo Cheo Feliciano —uno cantando canciones del otro—, y uno con el grupo brasileño Boca Livre. Algún trabajo con Aleks Syntek. Otros de boleros y de tangos. El resto con todo el material que grabó con Fania y con Elektra Records.

También presentaciones en vivo, pero más pequeñas. Obras de teatro —musicales— con los personajes de todos sus temas.

Hollywood, si se da la oportunidad.

Y regresar a la universidad, un doctorado en Sociología para hacer una tesis sobre las nuevas estructuras de gobierno. Quizás en Yale o en Columbia.

Después de todo, pasó de los cuarenta.\\

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