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Diciembre 2009
Las Dos Fridas
Una pareja de anticuarios de San Miguel de Allende sacó a la luz 1 200
piezas desconocidas de Frida Kahlo, entre cartas, óleos y dibujos. Se
supone que esta colección revelaría el lado más oscuro de la artista. Pero estudiosos y galeristas piensan que no es sino uno de los fraudes
más grandes en la historia del arte mexicano.
Por Galia García Palafox / Fotografías de Adrián Duchateau
1
La pareja transportaba las piezas en una camioneta a San Miguel de Allende, Guanajuato, donde tienen una galería de arte y tienda de antigüedades. Algunas se exhibían y otras se guardaban en una bóveda de donde sólo salían para ser digitalizadas y clasificadas. El lote llegó a sumar más de 1 200 objetos. De vez en cuando aparecía por ahí una nota de periódico que anunciaba un tesoro encontrado de Frida Kahlo o ponía en duda la autenticidad de esas piezas. Pero en San Miguel el sentimiento dominante era el entusiasmo por la aparición inesperada de esas piezas. En ese pequeño pueblo colonial, favorito de estadounidenses ricos y artistas trasnochados, comenzaron a circular las historias de objetos que descubrían a una Frida distinta a la de los libros y las películas, de críticos y biógrafos. Era una Frida que escribía sobre León Trotski con una ortografía pavorosa y una intención soez: "a este cabron lo recuerdo por sus ratos de placer, me la pase placentera cuando estuve con el [sic]", y que hacía dibujos fálicos extrañamente adolescentes. Para los entusiastas de San Miguel esta Frida desconocida es la auténtica. Fuera de San Miguel se había formado un consenso de que las piezas eran falsas. No eran dignas de discusión ni daban lugar al escándalo, hasta que una curadora estadounidense radicada en San Miguel anunció la aparición de un libro de su autoría, con textos en inglés y español, sobre parte de esa colección. El tomo se llamaría Finding Frida Kahlo. Nacería bajo el sello editorial neoyorquino Princeton Architectural Press. Se distribuiría de forma exclusiva en Estados Unidos. El libro aún no salía a la venta, cuando en Nueva York y la ciudad de México empezaron a circular las quejas de estudiosos de Frida, galeristas y familiares. Siempre se habían falsificado obras de arte moderno mexicano, pero la manera en que el libro legitimaba estas piezas simplemente había llegado muy lejos, decían los expertos. Leticia y Carlos Noyola se iniciaron en el negocio de las antigüedades en los años setenta en Monterrey. En la industriosa ciudad norteña, los empresarios no querían arte ni muebles mexicanos; les gustaba lo oriental y lo europeo. Y los Noyola se los dieron. Viajaron a Europa y a Medio Oriente y les trajeron los tapetes persas y los muebles de maderas orientales que buscaban. Lograron posicionarse como conocedores, mentores en materia de antigüedades y proveedores de las familias más ricas de esa ciudad imponiendo modas e influyendo en los gustos de la aristocracia regiomontana. "Nosotros inculcábamos una moda, sabíamos quién podía influir. Si compraba la señora fulana, sus amigas iban a querer lo mismo", dijo Carlos Noyola. El negocio prosperó hasta que en los años noventa llegó la moda minimalista y se fueron en picada. Unos años más tarde, Carlos Noyola organizó una feria de antigüedades en San Miguel de Allende. Los clientes eran extranjeros, estadounidenses con dinero y educación que apreciaban el arte y las antigüedades, en especial las mexicanas y coloniales. Lo que en Monterrey no tenía público, acá era un éxito. Noyola abandonó Monterrey, convenció a su esposa de dejar a sus hijos a cargo de los negocios y mudarse con él para abrir una pequeña galería en San Miguel. Comprarían un casco de hacienda, lo restaurarían y lo adaptarían como casa, galería y escuela de apreciación y restauración. La historia no resultó como la planearon. Una mañana lluviosa de octubre me senté con Noyola en un espacio llamado La Buhardilla. Son dos galerías juntas —una con piezas de arte y otra de antigüedades— en La Aurora, la antigua fábrica de textiles convertida en pequeñas tiendas de arte, antigüedades y diseño donde la luz natural ilumina las piezas como en el mejor de los museos. Estábamos en su escritorio frente a un Pedro Coronel, un Cuevas y un Siqueiros. Noyola debe rondar los 60 años, tiene el pelo blanco y un acento y un trato inconfundiblemente norteños. Su esposa, Leticia, quizá de su misma edad pero con un aspecto juvenil entraba y salía de la galería. A veces se sentaba con nosotros y le ponía detalles y color a la historia de su marido. Iba y venía de la bóveda, sacaba carpetas con dibujos y catálogos que necesitan los abogados. El Banco de México, al que pertenece el Fideicomiso de Diego Rivera y Frida Kahlo, acababa de interponer una demanda en la ciudad de México por falsificación de piezas de la colección. Aunque no es directamente contra los Noyola, ellos son quienes tienen las piezas y ya contrataron un abogado para entablar la defensa. 2Me contaron que en el año 2003, en una visita a la ciudad de México se encontraron con que una amiga anticuaria tenía en el comedor de su casa un cuadro al óleo con la cara de Frida y el cuerpo de venado, así como cartas con su firma. La amiga les dijo que un antiguo maestro de derecho se los había llevado a valuar y que, si les interesaba, los ponía en contacto con él. El dueño de las piezas prefirió no dar la cara y negociar por medio de la amiga. Dejando un cheque en garantía, los Noyola se llevaron los cuadros a autentificar.Fueron con Ruth Alvarado Rivera, nieta de Diego Rivera, que se ostentaba como curadora independiente. Cuando los tuvo enfrente, Ruth se maravilló. Les dijo que reconocía la máquina de escribir de su abuelo y que debían pedir la opinión de "Los Fridos", es decir, Arturo García Bustos, ex alumno de Kahlo, y su esposa Rina Lazo, asistente de Rivera. Lo mismo pasó cuando García Bustos tuvo los cuadros en su casa. Les dijo que sentía que sí eran de Frida Kahlo. Dejaron las piezas y cuando fueron por ellas, les dijo que el cuadro del venado era el cuadro más bonito que había pintado su maestra. Ahí se acabaron para los Noyola los planes del casco de hacienda. Los ahorros se invirtieron en maletas y baúles con piezas con la firma Frida Kahlo. Actualmente, San Miguel de Allende es el lugar donde las muñecas de trapo con vestimenta indígena son cejijuntas; los maniquís de los aparadores tienen cara de Frida Kahlo y una visita al mercado es un desfile de bolsas con la cara de la artista del huipil y los autorretratos. En su monomanía, San Miguel recuerda al Dublín de James Joyce o al Salzburgo de Mozart, pero Frida no nació en el pueblo guanajuatense, nunca vivió ahí y no hay rastro visible que diga que siquiera lo haya visitado. La ciudad fundada en el siglo XVI fue un sitio de despensa para los mineros de Zacatecas y Guanajuato. El oro sobraba y los españoles construyeron ahí edificios majestuosos, en muchos casos réplicas de construcciones de sus ciudades de España. Con la lucha de Independencia, San Miguel se vino abajo. En 1942 con los festejos por los 400 años de la ciudad, los sanmiguelenses limpiaron fachadas barrocas de palacios e iglesias, las farolas del centro y los balcones de hierro forjado a mano. Poco antes, el cantante de ópera José Mojica había descubierto el pueblo destruido y se dice que llevó ahí a Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Felipe Cosío del Palmar, que fundó el Instituto de Bellas Artes de la ciudad. Con la fundación de Bellas Artes y la limpieza de la ciudad coincidió el fin de la Segunda Guerra Mundial. Veteranos estadounidenses llegaron becados a aprender a hacer platería, telares, pintura o gobelinos. "Los veías con sus cuadros pintando en la calle a niños pagados como modelos. Se decía que iban a robarse a los niños", dijo el cronista de la ciudad José López Espinoza. Artículos de los años cincuenta de la revista Time señalan a San Miguel como un santuario de comunistas adinerados perseguidos durante el macartismo "que representaban todos los tonos del espectro comunista, desde el rosa de salón hasta el rojo de Moscú". No se robaron a los niños. Tampoco se fueron. "Venían a conquistar San Miguel y San Miguel los conquistó", dijo el cronista. La ciudad se volvió un lugar favorito de extranjeros jubilados, mujeres solas y artistas: fundaron bibliotecas bilingües, asociaciones de beneficencia y de mecenazgo de las artes; galerías de arte mexicano y tiendas de artesanías de alta calidad. Compraron casas en el centro colonial hasta por millones de dólares y construyeron colonias enteras en las colinas con residencias estilo mexicano que van del color amarillo al naranja, techos de teja, bardas de piedra y enredaderas de buganvilias. Las casas tienen placas de cerámica en las puertas que anuncian: Casa Angelito, Casa de dos mundos, Casa Cascabel. También tienen autos con placas de Texas o Carolina del Norte a la puerta. Hoy, la ciudad vive en dos idiomas. Los menús de restaurantes y los programas de teatro están en inglés y por las calles se anuncian clases de español. 3Una estadounidense con varios años de residencia en San Miguel me dijo que lo mismo hay petroleros texanos que herederos de las grandes fortunas norteamericanas (se habla de un Rockefeller y de una heredera de la fortuna de Pepto Bismol), que llegan en busca de un estilo de vida bohemio y se fascinan con el pueblo pintoresco, las artes y artesanías mexicanas, los colores brillantes y las sandías: el kitsch mexicano."Frida viene en el paquete —me dijo—. Es una superestrella". Y en medio de este pueblo entusiasta llegaron las piezas nuevas de Frida Kahlo. Aquel primer lote de piezas es el único que no está entero en manos de los Noyola. Vendieron 44 objetos en una caja de laca michoacana de 1950 a un estadounidense de San Miguel llamado Graeme Howard por una cantidad desconocida. (Howard no quiso comentar para este artículo). "Me insistió en que se las vendiera", dijo Noyola. La mayoría de las piezas no tenía un verdadero valor artístico, eran pedacería y memorabilia que presuntamente pasaron por las manos de Frida: dos dibujos en tinta, cuatro billetes de lotería con dibujos, cartas y postales, pero Howard parece haberse fascinado con el lote. "La colección era el sueño de Graeme. Se pasaba todo el día en su oficina revisando las piezas. Estaba muy inmiscuido [en el tema]", dijo su esposa Joanne Howard en una entrevista a un medio de San Miguel. Howard fue el primero en darles publicidad a las piezas con una exposición en San Miguel. Pero no pudo conseguir el espacio obvio para exhibir cartas y dibujos de la artista latinoamericana más cotizada en el mundo: Bellas Artes de San Miguel. El director les negó el espacio por la duda acerca de su autenticidad. Las piezas fueron expuestas en una galería local con gran éxito, y los fondos de las entradas se entregaron a la Cruz Roja. Después intentó publicar un libro con una editorial argentina, pero en ese momento la crítica Raquel Tibol dijo públicamente que las piezas eran falsas. "No es la caligrafía de Frida, ni cosa que se parezca. Están hechas en bloc tamaño carta, de papel amarillo rayado. Frida era muy cuidadosa en el tipo de papel que utilizaba para escribir [...] Jamás he encontrado una carta escrita en un papel de esas características [...] Además, están escritas en un lenguaje prostibulario, soez y burdo, que no hay que confundir con el lenguaje popular y pícaro de Frida, un lenguaje con gracia y conveniencia" del que dan cuenta "sus cartas auténticas", dijo Tibol en ese momento. 4Howard ha insistido por años al Instituto Nacional de Bellas Artes que autentifiquen las piezas, avalándose con un certificado de autenticidadde García Bustos y otro de Ruth Alvarado Rivera. En México, la certificación de arte es un proceso informal y sin valor oficial. Las instituciones gubernamentales no emiten certificados de autenticidad y aunque algunos estudiosos lo hacen, su validez radica en la autoridad del certificador, y esa autoridad es subjetiva. "Una certificación es algo que sólo pide la gente ignorante", dijo James Oles, uno de las más activos opositores de Noyola. "La gente que no sabe de arte quiere que sus piezas estén certificadas". La falta de regulación ha permitido que la certificación de arte sea un negocio rentable. Galeristas y coleccionistas me muestran certificados escritos a máquina, uno de "Avalúos Versalles", que emitía certificados a granel y que los expertos tomaban casi como un certificado de ilegitimidad. El coleccionista Andrés Blaisten, dueño de la colección de arte mexicano más importante del país y experto en el Dr. Atl, me dijo que hay muchos descendientes de artistas plásticos que sin conocimiento se dedican a emitir certificados. "¿Quién es capaz de decir si una obra es auténtica o no?", dijo Oles, y ésa parece la pregunta clave. "Muchos quieren creer que los científicos, o los hijos, o los alumnos [del artista]. El hecho de que alguien sea cercano por amistad o por sangre no los hace expertos". Blaisten hablaba de herederos de grandes maestros que viven de firmar certificados. "Hay gente que ya sabemos que da certificados de lo que sea", dijo. Me dio un par de nombres, algún pariente de Siqueiros, y el de Ruth Alvarado Rivera, quien murió hace unos años. "Era una pesadilla. Decían: ‘Pero si es la nieta [de Rivera]'". Andrés Blaisten y Mariana Pérez Amor, experta en arte mexicano, y dueña de la Galería de Arte Mexicano, donde Frida expuso Las dos Fridas, tienen archivos fotográficos de cientos de cuadros falsos —algunos con certificados— que les han llevado a vender o a certificar. En sus computadoras me mostraron de todo. Los favoritos: Rivera, Izquierdo, Siqueiros, Carrington, Dr. Atl, Tamayo y Kahlo. Algunos de los cuadros falsos que vi en el archivo de Pérez Amor, se repiten en el de Blaisten, como si el dueño de la pieza brincara de experto en experto buscando un incauto. "Algunos regresan tres años después. Me los trae el mismo dueño o uno nuevo", dijo la galerista. "Las historias de esos cuadros siempre son macarrónicas, historias oscuras, inverosímiles", dijo. Un vendedor de lámparas recién le llevó varias piezas. Supuestamente Frida y Diego se las habían regalado al hombre que les cargaba las maletas cuando tomaban el tren a Laredo. En otra ocasión le llevaron un libro de medicina recortado por dentro que, decía el dueño, Frida le había regalado a su ginecólogo. Los cuadros buenos, me explica Pérez Amor, tienen una historia impecable porque el mundo del arte ha crecido muy despacio en este país. Por más hermético que sea el coleccionista, la gente del mundo del arte sabe quién tiene qué piezas. Los falsificadores introducen los cuadros al mercado de los cajueleros —art dealers informales— que desconocen de arte y los venden sin saber. Cuando el comprador se da cuenta de que tiene una obra falsa, la vende. "De lo perdido, lo que aparezca", dijo Pérez Amor. Y la pieza sigue rodando, lo que hace más difícil seguirle la pista al cuadro y encontrar de dónde salió. 5Los falsificadores, me explicó Pérez Amor, siempre toman elementos de otros cuadros del artista. En falsos de Leonora Carrington, por ejemplo, aparecen personajes de obras auténticas y ésa es otra forma de identificar un falso. En su archivo de falsos —y en el de Blaisten— aparece una Frida con cuerpo de venado, una imagen similar a La venadita herida de los Noyola, y que parecen inspirados en el famoso cuadro El venado herido. Las falsificaciones además, siempre están hechas para un público de la era actual (para un cliente potencial) y exageran las características de la obra del artista. En falsos de la obra de Frida, por ejemplo, siempre hay más sangre, más dolor, más sexo, más violencia, porque eso es lo que quiere ver el cliente.Este año, el pintor Pedro Diego Alvarado Rivera, nieto de Rivera y hermano de Ruth, leyó un artículo de periódico donde se anunciaba el libro Finding Frida Kahlo sobre la colección de la familia Noyola, de la curadora estadounidense de San Miguel, Barbara Levine. El libro es una selección de las 1 200 piezas, con fotografías de 10 óleos, algunos dibujos, muchas cartas dirigidas a Carlos Pellicer, a Rivera, o a ella misma, un libro de medicina con dibujos de una amputación con anotaciones en tinta roja, y algunas entradas del diario "Los Placeres" con pequeños textos eróticos. Rivera había conocido un par de las piezas de los Noyola años atrás por medio de su hermana. "Ella estaba escribiendo un libro y me las mostró. Yo le dije que parecían falsas, que consultara a Salomon Grimberg [autor de un catálogo de la obra de Frida]". No volvió a saber de eso hasta que vio el artículo de periódico y luego el libro. La letra le pareció falsa y con cuatro estilos distintos, los dibujos mal hechos, los textos grotescos y los cuadros "ni como imitaciones quieren ser Fridas. Hasta las recetas de cocina están firmadas". Pedro Diego se puso en contacto con galeristas y expertos mexicanos y extranjeros: Oles, Grimberg, la galerista neoyorquina Mary Ann Martin, Pérez Amor, su tía Lupe Rivera, Cristina Kahlo y otros. Enviaron una carta al Instituto Nacional de Bellas Artes pidiendo que investigara, pero el INBA dijo que no era de su competencia. Mary Ann Martin envió un correo electrónico a los Noyola al que ellos respondieron que nunca han dicho que las piezas sean verdaderas, sino que están en proceso de autentificación. Ninguno de ellos ha visto la colección de San Miguel de Allende, y ninguno está interesado. "No hay necesidad, hay dos libros publicados —dijo Oles—. Yo no estuve en Auschwitz, pero no tengo duda de que pasó". Para el curador no existe intersección entre las 1 200 piezas de Noyola y la obra conocida de Kahlo. Pone de ejemplo un óleo de la colección de San Miguel donde Frida aparece cargando dos piernas. "Frida con dos piernas en la mano, no se asemeja a ninguna otra pieza [de la artista]. Frida Kahlo no hubiera escrito llegó con "y", solamente un analfabeta escribe llegó con "y". Tampoco creo que hubiera usado la palabra bisexual. Para aceptar que esas piezas son buenas hay que aceptar que [Frida] era una estúpida", dijo Oles. 6Ese cuadro está fechado un año antes de que le amputaran una pierna a Frida, pero para Noyola eso no dice que sea falso. "Tenemos análisis científicos y microscópicos de barrido que dicen que el cuadro data de 1940", dijo. El autorretrato está basado en una foto tomada por Nick Murray. Que le amputaran la pierna después no quiere decir que no sea de ella, "Frida tenía premoniciones", dijo Noyola, que habla de Frida con un toque de esoterismo. "Cuando nace Ruth [Alvarado Rivera] el bautizo es en Casa Azul, la madrina fue María Félix. Diego manda por una urna de Frida y le pone cenizas en la papilla para que existiera simbiosis. Ruth me lo platicó de manera esotérica, nos dijo: ‘ustedes van a ver que el espiritu de Frida se les va a meter'. Y así fue, no hemos hecho nada, todo ha venido a dar aquí. Muchas noches nos despertamos pensando en Frida".Lo que a los críticos y estudiosos les molesta, es precisamente la publicación del libro, porque están dando por genuinas obras que ellos están convencidos que son falsas. "Están creando una duda en la mente de los mexicanos. No faltará un coleccionista estúpido que diga, a lo mejor no es [falso]", dijo Oles. Él, lo mismo que Pedro Diego Alvarado, pone en duda las pruebas que han dado los Noyola. 201CTienen un grafólogo [que avala que la letra es la de Kahlo]. Que encuentren diez. El papel y la tinta son de los años cuarenta y nadie falsificaba a Frida en esa época, pero no hay prueba que diga que fue hecho en los cuarenta", dijo Oles. "El papel viejo se compra en la Lagunilla", me dijo Pedro Diego en su taller de la colonia Roma. Cuando les pregunté a los Noyola y a Daniel Friedman por separado por qué si para ellos es tan claro que se trata de piezas auténticas (los estudios químicos y científicos continúan), los críticos y expertos no tienen dudas de su ilegitimidad. Noyola me habló de un grupo cerrado en el que no caben otros, de un control total sobre el arte mexicano. Friedman, de un parteaguas en la historia del país, en el que los grupos que controlan el arte y que no estaban acostumbrados a ser retados ahora están perdiendo el poder. "México está cambiando. Esto es una lucha entre David y Goliath, porque los dueños [Noyola] son gente sencilla. Carlos Noyola me explicó eso", dijo Friedman. "El arte es una disciplina elitista. Es gente escogida por sus talentos, por su educación, por su visión", había dicho Oles. La primera vez que tuve Finding Frida Kahlo en mis manos me sorprendió lo que vi y leí. La imagen que tenía de Frida era la de una mujer culta y educada que se movía en los círculos de la elite cultural de la época en México y el mundo. Una mujer cosmopolita que se codeaba con André Breton y hospedaba en su casa a León Trotski. En estos textos sorprendía la crudeza estilística, la sintaxis fracturada y las faltas de ortografía, así como los dibujos de penes, sapos y senos en un estilo casi grotesco. "Parecen dibujos de letrina —me dijo alguien que estaba conmigo—. ¿Y si esa fuera la Frida de verdad? ¿Y si Frida era en realidad una tonta a la que hemos idealizado, un fenómeno mediático?". La idea me rondó la cabeza durante semanas. Carlos Noyola tiene la teoría de las dos Fridas: la artista pública y la privada, que es la de las cartas y dibujos de su colección donde se expresa libremente, sin tener que aparentar ni cubrir una imagen. Esta Frida le escribe a Carlos Pellicer sobre Chavela Vargas: "Extraordinaria, lesviana, es mas se me antojo eroticamente... pero creo que es una mujer bastante liberal que si me lo pide no dudaría un segundo [sic]" o a Diego Rivera: "Diego, tu no eres un sapo, eres un gusano que todo lo que toca lo seca". 7"Hay dos Fridas, la del fideicomiso [de Diego y Frida], la exclusiva, la VIP, y la libre. Se le ha acotado, limitado en su historia. Fue mucho más prolífica en sus escritos, en sus relaciones, en sus ideas", dijo Carlos Noyola.Ésa parece ser la teoría que circula en San Miguel, la de una Frida que no le conviene a la imagen de la superestrella. "Hay algo crudo [en esta colección] comparado con lo que yo había visto antes [de Frida], pero no me parece inmaduro. Cuando yo escribo en mi diario lo hago de manera más cruda. Eso fue algo que me intrigó: el vocabulario sexual, crudo, explícito. Tenía ese lado en el que quería hablar con los trabajadores, mentar madres. Frida quiere ser una mujer sin educación, hablarle al obrero. Esta colección tiene más de esa parte. Es más atrevida", me dijo Jennifer Church, que escribió un primer libro sobre la colección El laberinto de Frida Kahlo. Church y su esposo Daniel Friedman llegaron a San Miguel hace cinco años. Pasan ahí la mitad del año y el resto en Nueva York, donde él tiene un laboratorio forense de diagnóstico de edificios y ella es profesora de filosofía de la Universidad de Vassar. En el estudio de su casa me contaron que viven ahí porque les gusta la gente, las calles, los colores. "Es estéticamente feliz y los mexicanos son un modelo de amabilidad y generosidad. Son mentalmente sanos", dijo el esposo. Friedman conoció a Noyola en su galería cuando las piezas de Frida estaban en exhibición. Para entonces, Noyola había vendido el primer lote de piezas a Howard, unas jarras de cerámica a otra persona, y tres cartas, por 50 mil dólares, a un cuñado de Friedman (esas cartas se las regresaron cuando un curador las catalogó como falsas. Noyola me contó que le regresó el dinero al cliente). El resto de la colección la tenía él y había decidido no venderla. Friedman se ofreció a ayudarlo a fotografiar y catalogar la colección. Ni Church ni Friedman son expertos en arte y lo dejan claro desde el principio. Ella se interesó por la colección como una investigadora que trabaja temas de esquemas mentales y ambivalencia para lo que Frida parecía perfecta. Él se fascinó con el tema y dedicó dos años a catalogar e investigar las piezas. Dice que ha hecho investigación histórica para descifrar momentos de la vida de Frida que aparecen en las cartas y los documentos. Algunos parecen ciertos y útiles, como investigar los horarios de las salidas de barcos de La Habana a Nueva York para comprobar la certeza de una carta escrita por Frida en Cuba. Otros parecen demasiado líricos, como su explicación de un texto que dice: "No soy tan buena poeta como el Tib". Friedman llegó a la conclusión de que Frida hablaba de El Tiburcio, un bandido californiano del siglo XIX. Unos días después de que los Noyola compraron los cuadros encontrados en la casa de su amiga, ella los llamó para decirles que el dueño quería conocerlos porque tenía mucho más. Él había comprado las piezas por lo menos 20 años atrás a un carpintero que le hacía marcos a Frida. La artista entregó varios baúles con cosas. La amiga les dijo que la persona que les vendió esos cuadros tenía una colección en cajas fuertes y por ahí, regadas, había cartas, cuadros, dibujos y documentos de Frida. Los Noyola decidieron explorar y entraron en comunicación directa con el dueño de ese tesoro. Le compraron más piezas. La primera entrega de las mismas se hizo en la casa del hombre misterioso. Era una casa grande cerca de la Villa de Guadalupe, en la ciudad de México. "Tenía 200 perros y a todos les hablaba por su nombre, el hedor llegaba a una cuadra de distancia", dijo Leticia Noyola. Luego, los Noyola ya no regresaron a la casa. Recibieron las cosas en su cuarto de hotel. 8"¿Por qué aparecía un baúl tras otro? —se pregunta Pedro Diego Alvarado—. Porque los iban haciendo".Pérez Amor fue todavía más dura: "Yo estoy segura de que hay un taller [de falsos]. Yo lo veo muy bien pensado [para venderle piezas a extranjeros fridomaniacos]. Es el plan perfecto". Intenté seguir la pista de los cuadros. El carpintero de la historia, la persona que le habría entregado los baúles llenos de objetos al hombre misterioso, se llamaba Abraham Jiménez López, y era en realidad un escultor que tallaba en madera, que vivía y trabajaba en el Centro, en la Merced, frente al mercado Abelardo L. Rodríguez. En la que debió haber sido su casa ahora hay unidades de departamentos construidas des- pués del temblor de 1985. Algunos vecinos se acuerdan de él: era rubio, usaba una boina, murió en los años ochenta y vivía en un taller minúsculo que más bien era la accesoria de una vecindad. No hay más rastro, además de una colección de piezas labradas en madera con los rostros de los presidentes que tiene el anticuario Filiberto Solís. Ese escultor fue maestro del pintor Sergio Hernández, dijo Solís. Por muchos años el intermediario, el que compró al escultor y vendió a los Noyola se llamó "el abogado". Cuando estuve con ellos, los Noyola me dieron su nombre, pero se negaron a ponerme en contacto con él: Manuel Marcué. El nombre sonaba en mi cabeza por dos razones. Es el de un respetado periodista de mediados de siglo, ya fallecido, y es también el que me dio la primera persona a la que entrevisté para este artículo, una conocida curadora que pidió mantenerse en el anonimato. Explicándome el mundo de los falsos, ella me contó que hace algunos años, un amigo la llevó a ver un lote de piezas de Frida que alguien ofreció. "Era un almacén cerca de la Villa —dijo la curadora—. Sacaban cuadro tras cuadro. Uno más falso que el otro. Primero eran Fridas y poco a poco nos trajeron otras cosas hasta llegar a un Picasso que me dijeron que era de su era puntillista, pero Picasso nunca pintó puntillismo. Cuando pregunté de quién eran todas esas piezas me dijeron que era la colección personal de Manuel Marcué, que se estaba vendiendo". Busqué a ese Marcué que, según los Noyola, es hijo del periodista. Llamé a todos los números de la sección blanca bajo ese apellido, me di una vuelta por la Villa buscando la casa de los 200 perros, una amiga mandó un mensaje en Twitter y otro en Yahoorespuestas para preguntar si alguien sabía de esa casa olorosa. Ningún éxito. Un par de semanas después de la visita a San Miguel de Allende me di una vuelta por la Plaza del Ángel, en la zona rosa de la ciudad de México. Entré en una pequeña tienda de antigüedades. En la parte de atrás el dueño me mostró retablos y muebles barrocos. Escondido en una esquina había un pequeño óleo de Siqueiros que, me dijo, pintó en la cárcel. De atrás de unos muebles antiguos sacó varios Tamayo. Mientras yo los observaba él movió piezas de aquí y de allá. De pronto vi que había dejado al descubierto un arcón de donde se asomaban una Frida y un Diego. 9—¿Y esto? —pregunté—Es un baúl pintado por Frida Kahlo —me dijo y lo abrió. En la parte interior de la tapa había otra Frida con una cara que sólo se parece a la de los autorretratos de la artista. —¿En cuánto los vende? —No quiero venderlo solo, tengo toda una colección de cientos de piezas de Frida Kahlo que tendría que buscar. Regresé más tarde y me mostró un álbum con fotografías de Kahlo y Rivera, una falda floreada presuntamente de Frida, unas cajitas que me dijo fueron pintadas a mano por ella. De la pared descolgó un cuadro de la Virgen de Guadalupe y atrás apareció un óleo en formato circular con la cara de Frida. —No está firmado —me dijo—, pero es de ella. —¿Cuánto pide por él? —Vendo toda la colección, ofrézcame, yo creo que unos tres millones de pesos. —¿Pero de dónde salió todo esto? —La mayoría eran piezas que Frida le dejó a su fotógrafo y que yo compré y he guardado por años. \\ |




