La Demora
Jueves 23 de mayo de 2013 
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Septiembre 2010
Soy mujer, soy mariachi
La Plaza de Garibaldi no sólo es cuna del mariachi, también es un cuartel del machismo. Ésta es la historia de las mujeres que lo están derrumbando.
Por Sandra Ortega / Fotografías de Rodrigo Vázquez
De los cuatro mil mariachis registrados en Garibaldi, sólo cincuenta son mujeres.
Isabel aguilar es hija de un mariachi. Creció escuchando las notas del violín que su padre tocaba, pues él ensayaba en casa. Isabel adoraba esa música pero no podía acercarse. Si lo hacía, recibía un regaño. "Vete a lavar los platos", le decía. "Luego llegaba el fin de semana, él se ponía su traje y se iba a trabajar. Yo lo veía y pensaba que ése era el mejor trabajo del mundo", me dijo Isabel.

Acaba de cumplir 30 años. Es delgada, de baja estatura, usa lentes a la moda. Parece frágil, pero no lo es. Me contó que en realidad el amor por la música se lo debe a su madre. Con ella escuchaba los discos de Lola Beltrán, de Flor Silvestre, de Pedro Infante y Jorge Negrete. Cantaban juntas durante horas mientras hacían las labores domésticas.

Al terminar la secundaria Isabel quiso iniciarse en la música, como sus hermanos. Su padre se opuso. Isabel decidió remar contra la corriente y empezó por su cuenta. Cuando tenía 16 años, en una fiesta de Santa Cecilia, la virgen patrona de los músicos, conoció al mariachi femenil Las Alazanas. Quedó maravillada con su calidad, con su porte. Se acercó a sus ensayos y muy pronto inició con el violín y el canto.

Al principio no recibía un salario en Las Alazanas, pero pertenecer al grupo era estímulo suficiente para resistir. Cuidaba como oro el poco dinero que su madre podía darle. "Me las veía negras", dijo. Permaneció cuatro años en el grupo, viajó con ellas a Marruecos y a Estados Unidos, donde estuvieron casi un año de gira.

Las Alazanas fue el último mariachi femenil que logró consolidarse en Garibaldi. Después de 12 años de existencia se deshizo en 2005. Sus integrantes comenzaron a casarse, y sus esposos les negaban el permiso para trabajar. Luego, algunas de ellas se fueron a Estados Unidos y se quedaron allá. También padecieron la falta de apoyo y reconocimiento de sus pares hombres.

"Les decían ‘las holgazanas', también… ‘las prófugas del metate'", dijo en tono de burla Miguel Cruz, el Jarocho, mariachi originario de Veracruz.

"Los hombres mexicanos son machos, pero los hombres mariachis mexicanos, son más machos; se supone que las mujeres tenemos derechos, pero aquí no es así", me dijo Isabel, quien después de Las Alazanas dirigió un mariachi femenil, pero también desapareció.

Si Garibaldi es la Meca del mariachi, también es la Meca del machismo mexicano, del estereotipo del hombre que canta al amor, al despecho y a su México lindo y querido. A pesar de las legendarias Lucha Reyes y Lucha Villa, de las muchas estrellas femeninas dedicadas a la canción vernácula y de algunos mariachis femeniles del pasado como Las Coronelas, Las Adelitas y el Mariachi Michoacano, hoy en día, en la Plaza Garibaldi, no es posible contratar un mariachi de mujeres.

Miguel Ángel Núñez es guitarrista y tiene unos 60 años de edad. Le molesta hablar de la presencia de las mujeres en Garibaldi. "Sí hay mujeres, pero no son mariachis, se han fugado de sus casas; en lugar de estar lavando y planchando, se vienen acá a estar estorbándonos. No son mariachis porque mariachis somos los hombres. La música es de inteligencia, y la mujer no es inteligente, la mujer es astuta. No soy machista, no tengo nada en contra de las damas, pero éste no es su lugar", me dijo mirándome a los ojos.

Actualmente, en la bulliciosa plaza hay grupos mixtos. A algunas mujeres se les ve, con su traje muy limpio y la botonadura brillante, con el violín o la vihuela listos para ejecutar una pieza, con un moño blanco. Ellas hacen la "maroma", lo que quiere decir que no pertenecen a ningún grupo y que pueden tocar con el conjunto que en ese momento las convoque.

Hay mariachis de mujeres en Guadalajara, algunos muy famosos, como Las Perlitas Tapatías. Los hay también muy reconocidos en Estados Unidos, como el Mujer 2000 o el Reyna de Los Ángeles. En el Distrito Federal sólo hay un mariachi completamente femenil, la Banda Mariachi Femenil Xóchitl. Tres agrupaciones más son, en su mayoría, de mujeres: el Marichi Femenil de México, Las Estrellas de México y las Estrellas de Jalisco.

En Garibaldi trabajan "hasta cuatro mil músicos", dijo Miguel Ortiz, secretario del Interior de la Unión Mexicana de Mariachis, que agrupa a los mariachis de Garibaldi. ¿Las mujeres? "Son pocas, no deben ser más de 50, entre las que están agrupadas, las que trabajan con sus familiares y las que trabajan solas".

Después de la desaparición de Las Alazanas, Isabel hizo la licenciatura en Composición y arreglo. Sabía que estudiar le daría herramientas para enfrentar algunas desventajas. Fueron seis años de adquirir conocimientos y destrezas musicales. También descubrió que hay hombres que aprecian que las mujeres se dediquen a la música. Se sintió respetada y admirada, y eso le dio valor para seguir adelante.

Sin embargo, la forma en la que los mariachis trabajan, musicalmente hablando, supone muchos retos, habilidades que no se aprenden en la escuela. Como los mariachis no tocan con partitura, hay que sacar las canciones "de oído" y memorizar letras, arreglos y adornos. Tampoco el sentimiento con el que se interpreta se aprende en un salón de clases. "Una canción tiene que hacerte vibrar para que transmitas la emoción, es lo que desarrollas si eres sensible", dijo Isabel. Y luego continuó, entre hablando y canturreando: "Si la letra dice ‘estoy en el rincón de una cantina, oyendo una canción que yo pedí', te convences de que te quieres emborrachar porque te engañaron. Pero si estás cantando una ‘rosa pintada de azul, es un motivo/ una simple estrellita de mar, es un motivo', pues es suave, para enamorados. Si logras poner en cada nota el sabor, el sentimiento de la canción, es que estás haciendo bien tu trabajo".

Cuando estaba por concluir la carrera, Isabel decidió dar el siguiente paso. "Ya puedo escribir música, ya puedo hacer arreglos, quiero hacer algo mío", se dijo en aquel momento. Reunió a varias jóvenes y dirigió durante dos años El Mariachi Femenil Sonidos de América. Ella hacía los arreglos, dirigía los ensayos, organizaba las contrataciones y las animaba a tocar en Garibaldi. Fue un esfuerzo que sostuvo durante dos años, de 2007 a 2009.

Llegaron a ser hasta 10 integrantes y resistieron las presiones de los mariachis que las rodeaban en la plaza para juzgar sus interpretaciones. Ellos las negaban cuando los clientes preguntaban por Sonidos de América. "Después mis compañeras empezaron a ser mamás, y cada vez que una salía había que buscar a otra, y esa otra no tenía lo que ya habíamos avanzado. Entonces el grupo se fue separando".

Fueron días de mucha frustración: algo tan deseado se le desvanecía entre las manos. "Pero tampoco podía yo hacer nada contra la naturaleza, ¿verdad? Después pensé que tal vez no era el momento. La idea todavía la tengo y algún día lo voy a hacer".

Isabel quiere integrar un mariachi femenil profesional, bien preparado. Y la red de amistad y solidaridad que ha tejido con sus compañeras se percibe. En la plaza, una noche de sábado, entre el estruendo de las trompetas, Isabel saluda a todas, está al tanto, se hace presente.
Actualmente es la única mujer miembro del Mariachi Internacional de la Ciudad de México, dirige sin pago alguno un mariachi infantil que debutará en septiembre en Garibaldi y trabaja de manera ocasional con las Estrellas de Jalisco. "Cuando no tengo otra opción, pues me voy a la maroma".


"La vida que a mí me ha dejado ser mariachi, pese a los malos ratos, a los muuuy malos ratos, es la mejor vida que pude tener. Aun con todo lo que ha significado, quiero seguir en esto".

¿Por qué? "No se puede describir, es el amor por lo que haces, es cuando estoy cantando y siento que la sangre me corre, es un placer extraño, como un palpitar, y es cuando dices esto quiero ser, soy mujer, soy mexicana y soy mariachi".

Todos los jueves el grupo de Mariachi Femenil Estrellas de Jalisco ensaya en uno de los pequeños departamentos que circundan la Plaza Garibaldi, en las calles de Honduras y San Camilito. Estas viviendas hacen de dormitorio, vestidor y salón de ensayo de muchos de los músicos de Garibaldi.

A diferencia de Las Alazanas, a las Estrellas las convocó a reunirse un hombre. El jaliciense José Luis Bernardo es quien dirige el conjunto. "Es atractivo, es algo diferente, llama la atención, a la gente le gusta", me dijo en el departamento en el que ensayan.

El grupo trabaja gracias a los acuerdos que él hace por teléfono, con clientes que las conocen por el reparto de tarjetas, la sección amarilla e internet. No en la Plaza. Le pregunté por qué no trabajaban allí. Me dijo que, por un lado, estaban las propias reglas del funcionamiento de Garibaldi. Para tocar y ofrecer sus servicios allí, los músicos deben ser miembros de la Unión Mexicana de Mariachis y contar con una credencial que lo acredite; para obtenerla es necesario ser hijo (o hija en este caso) de un mariachi miembro de la Unión. También porque "los compañeros mariachis ven como que ellas no caben en la Plaza y por motivos también familiares, por los esposos o porque ya tarde llega mucho borracho a la Plaza".

El espacio donde ensayan las Estrellas de Jalisco es pequeño, de techo bajo. Un poco de luz se colaba apenas por la ventana estrecha. El piso es de cemento, en una mesa había una grabadora y cintas desordenadas de mariachis y solistas de música ranchera. Un Sagrado Corazón parecía observar la escena. Hay dos camas individuales y un colgador del que penden los trajes.

Ensayaban de pie, como tocan en todas sus presentaciones. Se concentraban, miraban atentas, respiraban profundo buscando el tiempo y la nota adecuada para la ejecución. Ninguna ha estudiado música en la escuela, sino con maestros particulares, pero todas encuentran el perfeccionamiento musical como una de sus prioridades.

Ellas tienen entre 19 y 36 años de edad. Ecatepec, Chalco, Nezahualcóyotl, Santa Marta, son los lugares donde viven, todos en la zona conurbada de la ciudad y mínimo a una hora de distancia de Garibaldi. Casi todas provienen de familias humildes.

Esa tarde, Sandra, guitarrón del grupo, se despidió por un tiempo. No sabe cuánto. Estaba por irse a Cancún con su instrumento y dos trajes "de charra". Iba de vacaciones "y a ver si sale chambita". Desde los ocho años su padre le enseñó a tocar el guitarrón, y a los 10 debutó con Las Alazanas. Tiene 21 años y es madre soltera de un niño de tres.

Dijo de sí misma que es la "loquita" del grupo y que es madre soltera porque mejor sola que mal acompañada. "Nosotras sabemos ser mujeres de valor y salir adelante, no tenemos que estar con un hombre que no nos deje trabajar y nos quiera tener en la casa".

Las historias de las otras integrantes de las Estrellas son tan diversas como sus personalidades. Mientras que Guadalupe sufrió la oposición de su padre, pese a que su hermana Isabel ya le había allanado el camino, Jocelyn, la más joven y reservada del grupo —de familia de mariachis y músicos sinfónicos—, inició porque de niña la obligaron a estudiar violín.

Artemisa es la cantante y la mayor del grupo. Seis años de vivir en Estados Unidos le dieron una seguridad que las demás no tienen. Canta con garbo, aun en pantalones de mezclilla. El "cucurrucucú" de "Paloma herida" le exige en el falsete, cierra los ojos y se toca el pecho. Ella también fue rebelde, "el negrito en el arroz". Dice que si su familia la hubiera apoyado, sería soprano. "Sí, me siento frustrada por no haber podido realizar ese sueño". En Estados Unidos trabajó como cantante de ranchero. No puede olvidar cómo en un bar de Atlanta le pagaron la canción más cara de su carrera. "Eran unos burreros de Guerrero, me encañonaron para que cantara ‘El rengo del gallo giro'. Me dieron mil dólares por cantar esa canción tan fea", dijo. Tiene una hija de 12 años a la que no le gusta el trabajo de su madre. Cuando la niña era chiquita le tapaba la boca para que ya no cantara. "Creo que lo relacionaba con que yo me iba". Además de cantar, Artemisa es jinete de alta escuela y locutora de radio. Anhela llegar lejos, grabar con una disquera importante. "Ésta es una pasión que yo creo que se va a morir conmigo. Y sería muy feliz si me muriera cantando arriba de un escenario".

El ensayo llegó a su fin y, mientras guardaban los instrumentos, bromeaban y hablaban sobre los trabajos que habría el fin de semana. Vania y Guadalupe no paraban de reír,  son, definitivamente, el ala relajada del conjunto. Aun así, Vania se cohibió con la entrevista, casi en un susurro me dijo que amaba el violín porque le permite expresar lo que siente. "Es dulce y delicado. Es como una mujer, es como yo". Ella tiene tres hijos y ha aprendido a organizarse "como todas las mamás que trabajan".

Casi todas las Estrellas tienen pareja y aunque sus maridos las apoyan —lo que quiere decir que no se oponen a que ellas se dediquen al mariachi— las tareas domésticas y relacionadas con los hijos corren por su cuenta. "La semana pasada lavé 16 camisas, entre las suyas y las mías", dijo Vania, sin tono de reproche. También hay celos y roces por las horas a las que llegan. Y las abuelas siguen teniendo un papel protagónico. Es gracias a ellas que pueden trabajar por las noches.

Vania está convencida de educar a sus hijos con nuevos modelos: "Necesitamos hacer lo que nos gusta y que los hijos aprendan a sentirse orgullosos de nosotras, de que somos mujeres que trabajamos, que estudiamos".

Llegó el fin de semana y con él las presentaciones de las Estrellas de Jalisco. Se reunieron nuevamente en el departamento de San Camilito, que esta vez hizo de camerino. A toda prisa las mariachis iniciaron el ritual de vestirse de charras. El traje consta de una falda larga y entallada que lleva en los costados adornos de metal conocidos como "botonadura".  Algunos tienen grabada la Virgen de Guadalupe o el Calendario Azteca. También hay caballos, sombreros y herraduras. Hay quienes dicen que deben llevarse 32 botonaduras a cada lado, pues representan los estados de la República Mexicana. Camisa, chaleco, chaqueta corta con bordados y botonadura, moño al cuello, botines y, cada vez menos, sombrero. No deben faltar las flores o adornos en el pelo ¿y las pestañas?: lo más largas que se pueda. Los trajes se fabrican a la medida por sastres que tienen sus locales en Garibaldi. Las telas que más se utilizan son grano de pólvora y tricotina. Un traje con todo y botonadura cuesta alrededor de tres mil pesos.

Sandra, que deja ver un tatuaje en la pantorrilla, dijo que portar el traje significa dedicación, esfuerzo y estudio. También es fuente de respeto. "Aquí en Garibaldi hay mucho vicioso, mucho ratero, pero te ven vestida de mariachi y es como si trajeras un traje de policía. Siento que valgo más de charra que de civil". Como a muchas jóvenes de su edad, le gustan los cortes despeinados, los tatuajes y las perforaciones. Ahora se ha retirado varios piercings y se está dejando crecer el cabello porque "con el traje bien puesto representamos a nuestro país, el orgullo de ser mexicanos".

A la carrera, las largas faldas color hueso ocuparon el lugar de los jeans, las chamarras y sudaderas se guardaron en las maletas y las chaquetas bien planchadas tomaron su lugar. Los cierres de las botas subían y los comentarios sobre la limpieza y la calidad de los zapatos se dejaban oír. "¡Gástenle!", exigió en broma la más elegante a sus compañeras. Ella calzaba unos preciosos botines color camello, de gamuza natural.
Faltaba el moño, que ya viene hecho, con un resorte para sostenerlo en torno al cuello. Alguna preguntó por la plancha, pues lavó su moño de madrugada y aún no terminaba de secarse. El pelo y el maquillaje tomaron su tiempo. Se turnaban el pequeño espejo que pendía sobre el lavabo. Las impacientes sacaban el de bolsillo, las que no se apuraron lo suficiente terminaron de maquillarse en el camino.


Llegó la hora de partir y cada quien tomó su instrumento. Bajaron una por una por la estrecha escalera del edificio de San Camilito. Parecía como si las prisas fueran parte de la rutina.

Ya en la camioneta,  iniciaron el viaje hasta la colonia San Juan Ixtacala, en Tlalnepantla, Estado de México. Terminaban de maquillarse y conversaban. Jocelyn hojeaba una revista para muchachas de veintitantos.

Llegaron al lugar con unos minutos de anticipación. En medio de la llovizna afinaron sus instrumentos, pusieron brea en los arcos de los violines. Guadalupe y Vania en un instante ya tenían entre las manos un vaso con patas de pollo en salsa que comieron aprisa, cuidando de no manchar su traje.

Cuando las contratan, no saben a qué tipo de fiesta las han invitado. Hay bodas multitudinarias y cumpleaños con seis asistentes. Hay quienes les ofrecen de comer y beber, y quienes no dan "ni un vaso de agua". Al llegar deben percibir el ánimo que reina y adaptarse.

La puerta de la casa se abrió, y a la cuenta de José Luis se arrancaron con "Las mañanitas". Padre e hija festejaban sus cumpleaños. Era una reunión pequeña pero todos cantaban y a veces bailaban.

A los pocos minutos de comenzar a tocar, empezaron los chistes, los pasos de baile, el cotorreo con los festejados. El cumpleañero pidió "El Rey", y el mariachi, bromeando, tocó el principio de "El rey de chocolate", de Cri-Cri. Los chistes giraban en torno a los nombres de las canciones asociados con la fidelidad, los celos, las preferencias sexuales, todo con un doble sentido no muy subido de tono.

Es la onda expansiva de "El Mariachi Loco". Guadalupe dijo que esta nueva modalidad, más cercana al show, "son los clientes los que la van pidiendo".  Hace apenas unos cinco años que empezó a usarse y permite, por ejemplo, que "Caminos de Michoacán" se convierta en un reggaeton a ritmo de trompeta. "Hay clientes matamariachis, así les decimos a los que no nos dejan ni respirar, y ya exigen la siguiente canción, a los que se molestan cuando no nos sabemos alguna", dijo Guadalupe.

Transcurrieron las dos horas solicitadas. La señora de la casa comentó que ya había contratado mariachis, "pero esta vez quise algo diferente, por eso traje mujeres". Se le veía contenta, y entregó a José Luis los 5 600 pesos pactados.

Nada más se cerró la puerta de la camioneta, los celulares salieron de los bolsos. Hubo un momento de silencio e iniciaron las conversaciones, principalmente con los hijos. Luz, vihuela del grupo, sostuvo una larga plática con su hija de dos años en la que la niña le preguntaba si ella también estaba viendo la Luna.

Alejandra, cuarto violín, compartió con sus compañeras una grabación de su teléfono: era su hija cantando "Espejito", de Chayito Valdez. A ella le gustaría, en el futuro, "tener un mariachi familiar, con mi esposo y con mi hija".

Ese sábado, las Estrellas no tuvieron más compromisos. La camioneta se estacionó de nuevo en San Camilito, cada una de las mariachis recibió apresurada los 500 pesos que les correspondía en partes iguales y abonaron algo a José Luis para los trajes nuevos que piensan confeccionar. Es difícil cuantificar el ingreso de un mariachi. "Depende de la suerte", dijo José Luis. Pero una vez que se ha consolidado, es posible que los mariachis femeniles logren mejores ingresos, pues despiertan mayor interés que los mariachis masculinos y son muy pocos.

Jocelyn, que viajó callada casi todo el trayecto, se dio tiempo de encender un cigarro delgadito. Miró a la calle con su cara de niña. Quizá pensó en lo que, me dijo, es uno de sus sueños para el futuro: presentarse en un gran escenario en Estados Unidos, tocando con un buen mariachi de mujeres, como el Mujer 2000, o el Reyna de los Ángeles.

No hay padre, novio o marido a quien Nancy deba informar dónde va o de dónde viene. Es fuerte, cuadradita, y cuando no lleva el traje de mariachi usa gorra de beisbolista. Tiene 26 años y  trabaja en la Plaza Garibaldi en "la maroma". Aprecia su independencia y le conmueve repasar su propia historia.

Lunes y martes canta a los parranderos empedernidos en un bar de Garibaldi. De viernes a domingo se pone el moño blanco y sale a la plaza con su guitarra, a esperar que un grupo incompleto la invite a tocar.

Me dijo que en Garibaldi debe haber unos 700 músicos que se dedican a la "maroma". Mujeres, "no más de 20".

En esta modalidad de trabajo hay días buenos y otros en los que pasan hasta cinco horas sin que la convoquen. Durante la espera se ofrece a cantar "por pieza", con algún mariachi que la acompañe. No está establecido, pero la mayoría de los grupos paga lo menos 250 pesos por hora a cada elemento.

Desde muy niña supo que la música era lo suyo, pero su familia no tenía posibilidades de enviarla a una escuela de música. A los seis años empezó a cantar y a los 10, a tocar la guitarra. Los cancioneros, el radio y la televisión fueron sus primeros maestros.

Cuando tenía 14 años empezó a cantar en los camiones, primero por gusto. Después, el abandono de su madre y la consecuente necesidad de tener un ingreso la empujaron a seguir.

Llegó a Garibaldi por azar. La invitaron a cantar en un restaurante y poco a poco en algunos grupos. Después descubrió que tenía un familiar mariachi y pudo tramitar un permiso para tocar en la plaza. Pronto obtendrá su credencial y desde hace un año estudia guitarra clásica en la Escuela de Iniciación Artística de Bellas Artes.

No tiene horario. Hay días que empieza a trabajar a la una de la tarde y termina a las tres o cuatro de la mañana. Entonces llega caminando a un pequeño departamento que renta en la calle de Honduras. Aunque no ha abandonado por completo la casa familiar en Ecatepec, éste es su lugar. Aquí llega desvelada por las noches y sale recién bañada rumbo a la escuela.

Nancy disfruta ser la dueña de su vida. "Soy muy libre, yo decido con quién trabajo. No tengo pareja, pero no me quejo de estar sola. A veces me gusta mi soledad."

Cuando habla de lo que desea para el futuro recorre su historia de carencias: tener una casa propia, terminar su formación académica, tener una pareja —mariachi de preferencia— "para compartir las pasiones" y darle a otros lo que ella no tuvo, educación musical a "niños que tienen el talento, pero no posibilidades".

Al terminar la conversación Nancy suspiró profundamente y guardó silencio. Después de soltar el aire despacito me miró a los ojos y con una sonrisa remató: "¿Dónde consigo una grabadorcita de ésas?... Está buena la terapia".

Las mujeres mariachis enfrentan dificultades dentro y fuera de casa. Es el amor a la música, al mariachi y la voluntad de dedicarse a lo que les gusta (y lograr que quienes las rodean acepten esa decisión), lo que las mueve a tomar sus instrumentos, vestir con gallardía el traje y seguir deseando consolidar un proyecto femenil.

Algunas de ellas recuerdan con mucha nostalgia a Las Alazanas. "Si se pudiera otra vez, yo sería la primera en estar ahí", dijo Raquel Juárez, fundadora junto con sus hermanas de aquel grupo. "Ya nos hemos acostumbrado a trabajar solas, pero me gustaría volver a empezar con un grupo de mujeres", dijo Rosario, que se dedica a la "maroma" y que fue también parte de Las Alazanas.

Se sienten cómodas de trabajar entre mujeres. "Nos hablamos, nos pedimos ayuda, y hay confianza por si hay algún problema", dijo Vania.

Saben muy bien que requieren  consolidar su preparación "para que no nos achiquen musicalmente".

Necesitan que en la casa "se vuelva más parejo". "Los hombres también son hijos y padres de familia, pero no tienen las mismas responsabilidades", dijo Nancy. No hay un solo mariachi que salga corriendo de la Plaza porque tiene que recoger a sus hijos de casa de la abuela. Ellas sí.

Estas mujeres están intentando torcer la tradición. Por ahora lo que exigen es respeto. Isabel lo dijo en una frase: "No sé si se puede, pero una de mis prioridades es lograr que en Garibaldi la mujer mariachi sea respetada". \\

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