República Dominicana: La isla sin tiempo

Viajamos a República Dominicana y descubrimos que a esta isla se viene a disfrutar del momento y a olvidarse del tiempo.

Por Mariana Castro / Fotografía Pía Riverola

Hay dos consejos iniciales para quien visite República Dominicana. El primero (de corte práctico) es que deben tener a la mano diez dólares para pagar el impuesto de entrada. El segundo (de corte romántico) es que este es un destino en el que no se aplican los itinerarios estrictos. A esta isla se viene a disfrutar del momento y a olvidarse del tiempo.

Aterrizamos en el aeropuerto de Santo Domingo muy de mañana, pero esto no impidió que nos recibiera un calor intenso que hace que te acomodes la blusa, te recojas el pelo y esperes a que alguien suelte la frase: “Sí, está bueno el cambio de temperatura”. Afortunadamente, nuestro trayecto hacia la península de Samaná incluía una camioneta muy cómoda con aire acondicionado y un conductor simpático que nos presumió la efectividad de las carreteras de la isla, asegurando que podríamos recorrerla completa en menos de siete horas.

Playa Grande, República Dominicana

Playa Grande.

Después de casi tres horas llegamos a Sublime Samaná, un resort que forma parte de Small Luxury Hotels of the World, escondido entre las colinas cubiertas de selva tropical y las playas de arena blanca que caracterizan a la provincia. Dejamos nuestras cosas en una de las villas privadas y desayunamos con Bruno, el gerente del hotel, quien presume la península con el mismo amor de cualquier local (él es argentino y lleva aquí un par de años). Bruno hace énfasis en las riquezas naturales de Samaná, desde los arroyos hasta las aves de colores que habitan el Parque Nacional Los Haitises. Una vez que recargamos energías, reubicamos la convivencia al club de playa, que no necesita más que un par de camastros mirando hacia el mar para convertirse en un paraíso. Ya con trajes de baño y cerveza en mano, nos dimos cuenta de que parecíamos protagonistas de un momento publicitario que promociona una escapada al Caribe. Esta fue la primera vez que perdimos la noción del tiempo. La segunda fue un par de horas después, con un masaje a cuatro manos. El combo playa-spa es infalible.

Al día siguiente, partimos a Puerto Plata no sin antes hacer un par de escalas, primero en Playa Grande, una de las más hermosas del país y la más larga de la costa norte. Esta playa es muy popular entre los amantes del surf. El almuerzo tradicional consistió en pescado frito, langosta, arroz, patacones y un ceviche de caracol del que todas repetimos. La segunda parada fue la laguna Gri Gri en el municipio de San Juan, donde hicimos un recorrido en lancha que primero atraviesa un canal natural de manglares para llegar a Playa Caletón y la famosa cueva de las golondrinas, que cada año recibe a distintas especies de aves migratorias que llegan a poner sus huevos.

Casa Colonial Beach & Spa.

Casa Colonial Beach & Spa.

Llegamos a Puerto Plata por la tarde y nos instalamos en las habitaciones de Casa Colonial justo a tiempo para ver la puesta de sol desde el balcón. Como su nombre lo indica, este hotel es una propiedad colonial restaurada que mezcla la cantidad exacta de lujo y comodidad con espacios muy abiertos decorados con objetos de diseñadores locales. Basilia, la gerente del hotel, nos acompañó a una cena donde los protagonistas fueron los mariscos preparados en distintos formatos: ceviche, carpaccio, rissotto y sopa.

Tal vez fueron las copas de vino blanco o las deliciosas camas de Casa Colonial, pero despertarnos al día siguiente fue un reto.

Por la mañana el itinerario marcaba “excursión a 27 Charcos” que se ubican en las montañas verdes de la cordillera central y forman parte del sistema de áreas protegidas del país. Se trata de una serie de pozos y cascadas de distintas alturas y profundidades. Nadar en estas aguas color turquesa me recordó que Dominicana no sólo atrae a los que buscan descanso sino también a los amantes de la aventura y el ecoturismo.

Vista desde el teleférico de Puerto Plata

Vista desde el teleférico de Puerto Plata.

Regresamos a Casa Colonial con mucha hambre (que le atribuimos, por supuesto, a la actividad física), y fuimos recompensadas con una comida en la alberca, uno de los espacios más representativos del hotel. En esta ocasión la estrella fue el mofongo, un platillo tradicional que se prepara con plátanos fritos machacados, ajo, sal y chicharrón. Estos ingredientes se combinan formando una especie de bola que se sirve en un mortero y se puede acompañar con camarón, pollo o chivo. La tarde fue de relajación absoluta, entre la playa, el spa y alguna terraza. Más tarde nos dirigimos a la bahía de Cabarete, que durante el día es una playa muy popular entre los entusiastas de los deportes acuáticos (principalmente del kitesurf) y por la noche se convierte en la parada obligada de los que buscan estar en Puerto Plata. En ningún otro lugar había encontrado gente de tantas nacionalidades —franceses, brasileños, estadounidenses y hasta rusos— haciendo su mejor esfuerzo por bailar bachata.

GUÍA PRÁCTICA
Dónde dormir

Sublime Samana Hotel & Residences
Bahía de Coson, Ramal Viva, Las Terrenas
sublimesamana.com

Casa Colonial Beach & Spa
Playa Dorada, Puerto Plata
casacolonialhotel.com

Casas del XVI
Padre Billini 252, Zona Colonial, Santo Domingo
casasdelxvi.com

Dónde comer

Jalao
Parque Colón, Zona Colonial, Santo Domingo
jalao.do

¿Qué pedir?
El rabo encendido con puré de yuca.

Meson D’ Bari
Calle Hostos 302, Zona Colonial, Santo Domingo
¿Qué pedir? El chivo ripiado.

Pat’e Palo European Brasserie
La Atarazana 25, Santo Domingo
patepalo.com

¿Qué pedir? El risotto nero.

*Esta es una versión del reportaje “La isla sin tiempo”, publicado en la revista Travesías núm. 171

 

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