Con apoyo y solidaridad, para el movimiento de Javier Sicilia
Hay hechos ante los cuales las palabras son impotentes. Y sin embargo, no es mejor el silencio. La impresión de la violencia nos devuelve al orbe de la palabra, seguramente al de la indignación. Siempre el camino más fácil, el más estentóreo y quizás el que conduce más rápidamente al fracaso. Sí, el espontaneísmo y el voluntarismo de los clásicos; es la madre de Lolita descubriendo el secreto y saliendo rápidamente a la calle, presa de la angustia. Que haya sido atropellada me parece buena anécdota. Menos buena, si se le traslada al orbe de lo real y se apachurra a los Grandes Voluntaristas, presas de sí mismos. De todas maneras, no son distintos los finales de las buenas intenciones. Hay más o menos un recorrido que siguen las buenas intenciones, el cual caminan sin dejarse llevar por la tentación, por el lobo que terminará devorándolas. Van y vienen, caminan y regresan, ven de pronto el mundo y saben que las refleja, se entregan a él y se ven destruidas. ¿Es más o menos la moraleja que les gustaría escuchar? ¿quieren escucharla nuevamente? ¿les trae bellos recuerdos de su actuación en el mundo? No hay más que volver a abrir el libro y volver a empezar, muchos disfrutan leyendo las viejas leyendas, pues creen que las nuevas historias no harán más que repetir las anteriores: había una vez y volver a escuchar el recorrido de ida y vuelta, el gastarse del camino, la repetición de las situaciones, el volver a ocurrir: no salgas del camino de la virtud porque no sabes las consecuencias horribles que te puede traer el apartarte de él. Pero cuando las buenas intenciones vuelven a pasar se dan cuenta de que no puede ser malo el mundo que las rodea, los consejos finalmente son laxos y nadie se enterará de la transgresión, hay algo en el destino de estos personajes que vuelve trágico el sentido pedagógico de su existencia. Aunque a mí me maravilla el lobo chupando como una cereza el corazón de la Caperucita sin nombre y sin personalidad. Traía en su canasta una encomienda: esa era toda su carga, ya que el Destino sabía que no había de llegar a su cometido y que la canasta quedaría sola en el piso. Dentro de ella sólo hay palabras, mensajes que desafortunadamente no sabrá, señales que no podrá interpretar. ¡Tan claras que son las señales una vez que todo ha ocurrido! Mientras tanto, aquellas que el destino va sembrando, sirven para despistar. Sirven para construir nuestra propia incertidumbre. Ciertamente, en la literatura el destino tiene designios más palpables que en la vida real. El destino existe, ya que de otro modo seríamos capaces de llevar a cabo nuestros deseos. Pero el destino se opone –generalmente– a ellos. Tendrá sus razones. No, pensándolo bien, no las tiene. Tenemos que suponerlas. Generalmente, representándolo con un exterior visible y un interior incognoscible. Concibiendo la historia como una vasta revelación de sus deseos. Leer el presente para saber la primera voluntad que se expresa en los hechos. No importa que la literatura realista lo haya despojado de sus excedentes metafísicos, ciertamente continúa siendo el Destino, pero su instrumental se detiene precisamente sobre el individuo, precisamente sobre él. Posa su único ojo sobre su existencia, lo enfoca, no lo dejará salir. Él creó el camino, lo mismo que al individuo que lo camina, creó la ruta y el sitio a donde se llegará. Creó el desgaste de la vida que impide llegar más allá de la meta asignada. Como su esencia es la fatalidad, no creó la probabilidad. No puede mirar con nuestros ojos perplejos. No conoce la perplejidad. La desprecia porque no la entiende. La intenta dejar de lado, pero la mirada perpleja incendia el mundo de lo real. La indecisión y la indolencia tienen el mismo peso absoluto que las órdenes que da el destino. La libertad, si es que ustedes quisieran aceptarla como un participante más en este aburrido juego de dos piezas en el que se enfrenta el individuo contra el destino, debería tener un papel más o menos destacado. Digamos que puede ponerse dentro del pecho del individuo. Ahí no podrá ser directamente atacada, podrá imaginar y representar un mundo distinto. A su vez, la felicidad podrá tener un modesto lugar al interior de esa libertad. Más adentro del corazón del hombre, lo ignoro todo. No me lo pueden preguntar. Bueno, sí, sí me lo pueden preguntar. Y también me pueden arrancar una respuesta. Finalmente, si cuentan con los medios, pueden arrancarme todo, desde mis convicciones hasta mis uñas. Pueden preguntarme ¿hasta dónde llegará el hombre con estos elementos escondidos en su corazón? Lo más que logrará será hacer que el Destino debilite su fuerza y se llame Tendencia, a partir de ahora, una tendencia que tarde o temprano se cumplirá, exactamente como un destino. Pero dará al hombre la alegría de imponer algunas pequeñas conquistas. Nos conformamos con tan poco... Le damos un valor inmenso a estas pequeñas conquistas.
Sólo que si el destino hubiera sido vencido, habría triunfado completamente la libertad. Pero no, no es así, es sólo que el Destino se aleja para volver con otra forma, se nos presenta de otra manera para presentarse como casualidad. Y lo hace para que no desfallezcamos y tomemos confianza en el mundo, y no nos permitamos rendirnos. Finalmente, nos la pasamos tan bien en este juego. Pero la casualidad no es más que una ley del Destino arrojada y rota en millones de pedazos, para que no podamos armarla... Para que volteemos y miremos incrédulos: ¿Pero es que tú estabas aquí? / Un milímetro más y no lo cuento / Disculpe, ¿está ocupado este lugar...? Es sólo que la cadena de los acontecimientos no tiene extremos, y sólo podemos ver un limitado número de argollas.
Porque he decidido que estos sean los personajes de mi representación, debo de jalarlos y obligarlos a que continúen representando su papel. Sólo mirándolos actuar puedo saber qué es lo que pienso. Me cuesta menos representarme imágenes, verlas en movimiento y tratar de llevarlas hasta sus últimas consecuencias, que acomodar ideas en torno a la relación del hombre con su destino. Esencialmente, una relación de violencia, aunque deteste la palabra "esencial", pero no pretendo que esa esencia esté dentro del hombre. Más bien fuera, cuando el Destino lleva por la fuerza al hombre, lo cual es precisamente lo que entiendo por violencia. Nada más que llevar por fuerza. Generalmente, a un sitio que el individuo no pretende ocupar. ¿Por qué el individuo quiere estar en otro lugar, distinto al que le impone el destino? Pretende quebrar esa jaula, romperla en astillas, y que esas astillas se claven en su existencia, no importa, las llevará con él hasta donde vaya, no importa a dónde huya, ya que quien menos se resigna es el destino, de alguna manera es su destino. Esa es la diferencia entre su ceguera y la consciencia del individuo que de pronto mira y comprende, que quiere escapar al manotazo implacable de su mano ciega, y quiere ser la excepción de la orden ciega que no comprende al hombre. Qué lástima que el Destino no comprenda a sus creaciones, que las ame de un modo tan desinteresado que, al interesarse en ellas, las destruya. Pero el pensamiento de Camus, el cual pretende que la rebelión es otra forma de la esclavitud, lo rechazo. No puedo negar lo que afirmo. No se da en el fenómeno como una misma cosa la rebelión y la esclavitud, no pierden sus límites. Si acaso se muerden y se destruyen en un momento preciso del fenómeno. Se puede tomar al fenómeno y se le puede exigir que muestre el conflicto que lleva dentro, pero no se puede disociar el conflicto de tal manera que la libertad sea el determinismo, ni viceversa. Ni siquiera se puede separar el conflicto, el cual se reduce hasta la lucha del ser contra el no-ser, ya que sólo se puede medir la relación entre los dos componentes en pugna. Y esto es una afirmación. No podré ver al individuo y verlo separado de su destino, pues entonces sí corre el riesgo de disolverse. Ya que el destino es destino-para-alguien, nunca una fuerza absoluta en medio del universo, nunca un ser en sí mismo. Y eso significa que la relación del hombre con su destino no es un absoluto previo, una categoría filosófica que yo pretenda imponer ni suponer siquiera. Más bien es una manera en la que yo disfrazo lo que quiero decir. Pero me resultaba más efectiva esta manera, finalmente todo está dicho dentro del lenguaje, todo está enunciado como una representación. Dentro de mi texto el destino toma el poder que yo considere pertinente. Aunque sea la mano del destino la que maneje ahora mismo mi mano. Pero no caeré en ese juego de espejos que me devuelve a mí mismo. Seguramente saben ustedes que Hegel se entregó a este juego, el cual consiste en tomar un efecto y no dejarlo escapar, agarrarlo de los pelos para saber cuál era su causa, esa causa que a su vez se convierte en un efecto, por lo que se debe de volver sobre la causa anterior para que se convierta nuevamente en efecto, subir los eslabones de la cadena del ser, mientras lo vemos atentos y nos preguntamos ¿en qué se detendrá todo esto? Ya se imaginarán ustedes que en el fondo de las eternas relaciones de causa y efecto, cuando el hombre se atreve a llegar hasta el fin, sólo se encontrará de cara consigo mismo, con su conciencia que ha dividido el mundo en causas y efectos, en causas que sacan de sus sombreros de copa huidizos efectos de largas orejas. No pretendo seguir hablando de esto: lo ha hecho ya tanta gente antes que sólo quiero reafirmarlo, con pocas fuerzas, pues mejores fuerzas lo sostienen: el triunfo de la vida sobre el tiempo, el superar el tiempo en el tiempo, el arte como gran condición para esa superación, eso viene de Hegel también, pero lo deposita sobre un suelo histórico Marcuse. Y a él se debe de acudir para probar esa certeza. Lo que se queda aquí, conmigo, es la duda y el desvarío. Fundamentalmente, la incertidumbre de haber delineado una relación cierta entre el hombre y el destino, cuando al reducirlo filosóficamente, el destino se ve limitado, se hace pequeño en tamaño, porque se le exige que deje el ropaje majestuoso que le prestaba hace tiempo la teología y la metafísica, para que se presente en vestido como realmente es, dejando esa potestad que no puede estar más allá de su forma histórica. Sí, se llama sencillamente el Poder. Y se le representa en medio de su eternidad. Sólo emanando ideología, chorreando de su cerebro la verdad inmutable, su suprema ideología, la que dice que lo que ha sido será, que lo que fue se modificará para que siga siendo, que el devenir es relativo ya que sólo puede ser lo que es, que el no ser no será para que sólo el ser sea, porque en la esencia misma del ser no se encuentra el no-ser sino el ser, como una eterna maquinaria que se copia a sí misma, la cual se construye sobre el hombre que es considerado como un depositario del poder. Como se sabe la respuesta, entonces se puede formular la pregunta sobre la esencia del hombre, pues se tiene que decir que existe, y que en todo caso siempre es necesario el poder. Siempre uno sobre otro, por mandato exterior, por elementos que caen fuera de la comprensión, aunque sea más bien la comprensión la que es echada fuera, ya que se trata de acatar. Para eso se edifica una relación única entre poder y ser, entre poder y palabra, entre palabra y violencia. Si te encuentras con el enigma, de pronto, en medio de una encrucijada, deberás creer que tu voluntad te ha traído aquí, eso quizá te salve, aunque no, nada te salvará, pero tal vez lo creas, y si lo crees firmemente y lo crees con todas tus fuerzas, serás condenado y en tu pecho existirá una enorme esperanza. Es mejor que creas, si te parece. También puedes dudar de los demás, de los esfuerzos de los demás, eso también se permite. Te lo permitimos, escucha estas palabras que hablan por sí mismas, escúchalas porque también son manifestación de una duda, ya que el escepticismo es la duda de la posibilidad del cambio, aunque solamente cree en la imposición del ser sobre el hombre, para la creación de este orden incuestionable. Si recuerdas a Carlyle sabrás entonces que no debes de preocuparte por las palabras, ya que ellas toman sus armas, las encuentran y las usan. Tarde o temprano las tomarán. Vendrán por ti, porque esa es la rueda que gira en virtud de un soplo fundamental. ¿Y si las palabras se oponen?, pues sabes que las palabras no pueden ponerse de acuerdo, ¿qué es lo que ocurrirá?, que tomarán sus armas y se dirigirán unas contra otras, hasta que gane la más fuerte, no la más inteligente, por suerte, sino la más fuerte, la que ha venido preparándose, la palabra más fuerte es la que dirá la última palabra, pobre palabra: no sabe que no es más que un arma empuñada, no sabe que es una palabra que tiene empuñadura, y que el puño está detrás, que no dejará de ser un irracionalismo mientras no pueda verse a sí misma como ese apéndice de una más alta voluntad, la del poder, ese gran punto ciego. Y las pobres palabras... quisiera decir que me dan pena, pero no, que chillen, mientras no salgan de su ceguera sólo esto les corresponderá. Mientras sean empuñadas por el poder, seguirán cantando su existencia. Su cometido es la conquista del presente, el verdadero promontorio, desde el cual se conquista el porvenir y el pasado. No se sienten corroídas por la nada mientras conquisten el presente, con esa seguridad no sienten el advenimiento. Está muy bien, para mantener este dominio del instante les gusta promover otra ideología más: la que dice que la violencia engendra violencia, una gustada tautología que gustan de promover los que ven en la rebelión el inicio de un círculo vicioso que nunca puede terminar con el poder, tan solo traspasarlo a otras mejores manos, las cuales se corromperán, se pudrirán cuando intenten sostenerlo, pero por alguna razón esas manos son putrefactas y admirables, envidiables asimismo. Deben defenderse de los que intenten despojarlas de la eternidad de su instante. El poder es el todo que se deposita en un instante, cristaliza, sale de su capullo y se mira para siempre en un momento que aplasta con su contundencia. Es un mecanismo independiente. Una maquinaria que toma la vida y la destila, la exprime en su lagar, y embotella dos palabras, siempre y nunca, las cuales deben de usarse alternativamente para perpetuarse y para indicar su fin. Es una objetivación de actuaciones humanas. Nos convence de nuestro destino. Se disfraza de él. Tiene planes para nosotros. Pero que creamos que son nuestros. Yo albergo algunas dudas, aunque me gustaría esculpir una bella certeza con mis manos de duda. Que quedara una sola certeza. Pero cómo, si la pregunta que la podría originar se me disuelve entre las manos.
Palabras leídas en el "Primer Coloquio Nómada de Crítica Literaria: Literatura y violencia", en la ciudad de Zacatecas.