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ACTUALIZADO 2010-12-06 19:06:17 AT
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
Recuerdo de Alí Chumacero
2010-12-06 19:06:17
A sus 84 años, Alí Chumacero era el hombre más joven que yo había conocido. Tenía a flor de labio la sonrisa, el chiste amable, la anécdota erudita y el comentario pornográfico. Cualquiera podía sentarse en su mesa y compartir el entusiasmo por la vida que irradiaba el niño de Acaponeta. Ni su fama ni la veneración que le profesaba la vida literaria mexicana le estorbaban para cultivar una sencillez altiva, sin humildad ni modestia. A mi lado se sentaba un puente entre siglos que igual rememoraba a Enrique González Martínez que a Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Carlos Montemayor o Jorge Volpi. De su ironía no se salvaban ni sus grandes amigos. Crítico de la República de las Letras, no escatimaba los méritos de nadie y estaba siempre dispuesto a leer el poema de un escritor joven y a escuchar el cuento del adolescente en las sesiones del Consejo Mexicano de Escritores, del que era asesor literario. No se avergonzaba de sus amigos, ni del político corrupto ni del mal escritor, pero aceptaba la crítica con un silencio cómplice. Maestro de las letras desde los 20 años, cuando la mayoría son apenas aprendices, no publicó más que tres libros.



–¿Por qué ya no publicó más, maestro?



–Ya para qué, ya estaba muy viejo --decía con una sonrisa.



Editor de toda la vida, a pesar de la brevedad de su labor crítica contribuyó a templar los gustos literarios del México moderno. Gerente de producción y después coordinador general editorial del Fondo de Cultura Económica, en 2002, cuando yo lo conocí, Alí vivía una especie de jubilación presencial en el Fondo. Llegaba a las doce del día a su escritorio del primer piso del edificio de Picacho-Ajusco 227.

Revisaba alguno de los 26 tomos de la obra de Reyes y señalaba erratas que ya nadie corregiría, releía el diccionario enciclopédico, un libro en francés, a veces el periódico y, frecuentemente, recibía la visita de “los muchachos”: Juan José Utrilla y Marco Antonio Pulido, decanos de cabello blanco y dos de sus discípulos editoriales. Se iba a las dos de la tarde en punto, a las dos treinta o a las tres si una conversación lo retenía, porque era incapaz de cortar una charla por trivial que fuese. No le gustaban las oficinas cerradas. Nadie entendía por qué no ocupaba un espacio privado en lugar de permanecer en un pasillo, pero él lo confesaba a quien quisiera escuchar: “Es que me gusta ver a las muchachas”. Su pasión por las mujeres era irrenunciable. Impotente confeso, hacía el amor con la palabra. “Esto es lo bueno de la vida, lo que vale la pena”, decía al desplegar una revista pornográfica sobre su escritorio gris. Consultaba revistas mexicanas y españolas, pero prefería las de Europa del Este que le había traído alguno de sus hijos de un viaje reciente. Era difícil sustraerse al encanto del close-up de las vaginas rosadas, a las lenguas que acariciaban un clítoris, a una mujer lidiando con cuatro penes erectos y una doble penetración. Debido al tamaño de las fotografías, el maestro no debía usar la gruesa lupa para mirar los pliegues de los labios, bastaba con alzar un poco la cabeza para ver a través del cristal inferior de sus bifocales negros.

–Esto es lo bueno de la vida: Las mujeres. No importan ni la literatura, ni los libros, ni las editoriales, esto es lo bueno de la vida, tómala, llévatela, pero me la traes –advertía al prestarme uno de sus valiosos ejemplares.



Hasta entonces asistente frecuente a cenas, homenajes y mesas redondas de la vida cultural mexicana, su presencia rechazaba pretensiones de poder. No había en él aire de pontífice ni anhelos de mando. Y era claro con sus afectos y simpatías: sólo a José Revueltas le reservaba el título de “maestro”. Por el contrario, Octavio Paz era “un mamón que cada tantos años cambiaba de amigos". A Juan Rulfo lo llamaba Pedro Páramo, condenado quizá a una contrición eterna por el artículo de 1955 que minimizaba la gran novela mexicana del siglo XX. Igualmente su memoria alumbraba la geografía de la vida literaria de su época: el café París, escenario de formación e intercambios intelectuales de los jóvenes escritores; El hijo pródigo, “la mejor revista literaria de México”, que cofundó con Leopoldo Zea, José Luis Martínez y Jorge González Durán, éste último “el mejor escritor del grupo, que se echó a perder porque se dedicó a ser sub de todo, subdirector del ISSSTE, subdirector del INBA, ministro de la embajada en París”; Alfonso Reyes, cuya prosa leía con devoción y cuya poesía criticaba sin concesiones, y Arnaldo Orfila, director del FCE que, recordaba Alí, inventó la colección Letras Mexicanas para defenderse de las críticas de extranjerista que venían desde Los Pinos en tiempos de Díaz Ordaz.



Una tarde de marzo de 2003, después de un año de largas conversaciones, cafés, préstamos de revistas pornográficas, corrección de mis trabajos editoriales, me despedí de Alí.



–Ya me voy, maestro –le conté.



–Haces muy bien, esto ya no tiene futuro, yo también ya me voy, estoy hasta los cojones –mintió, porque se quedaría ahí hasta el final.



–Le hablo después para que nos tomemos un whisky.



–Adiós, Emiliano –dijo antes de cerrar la puerta de su carro azul, conducido por Manuel, su chofer y amigo.



Lo vi alejarse nuevamente para regresar al otro día y al otro día, al tiempo que estaría ya lejos de mí, ausentes para siempre sus conversaciones, su alegría, su magisterio, su sencillez altiva, su amor por la vida, las mujeres, la literatura, la imagen candorosa de una joven desnudada. Nunca le devolví dos revistas pornográficas.

 
 
   
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