El 8 de mayo estuve en la marcha que partió de Ciudad Universitaria al Zócalo. El contingente de Filosofía y Letras llevaba pancartas y gritaba consignas. Pasando Churubusco, se incorporó la Escuela Nacional de Música; sus alumnos prepararon canciones y organizaron una batucada. Poco después, una persona se acercó:
–¡Que dice Sicilia que se callen!
Y otra voz, creo que desde el contingente de los músicos, respondió con un grito:
–¡Pues díganle a Sicilia que no es su marcha!
Sentí que había desde entonces una brecha que no se iba a poder cerrar pronto. Porque, desde ese momento, estuve de acuerdo con el grito de la UNAM. Javier Sicilia es un símbolo, el símbolo de la desesperación, de un dolor que no le importa al poder. O que no le interesa. El poder no tiene oídos para él. Pero Sicilia decidió hacerse oír. Desde entonces, me lo he imaginado cargando una enorme cruz, viviendo sus propias parábolas bíblicas de las que es protagonista. Su sentimiento religioso lo ha ayudado a persistir. ¿Será que imagina que su dolor soporta el peso de los demás? No lo dudo. Afirmo que su dolor lo ha llevado lejos. Más lejos de lo que ninguna otra víctima de este régimen ha llegado. De ahí la desazón de verlo llegar a arrojar a los pies de Felipe Calderón el producto de su larga experiencia en el país.
Porque lleva semanas recorriéndolo, enfrentándose a la realidad más sombría, su dolor debió de hacerse más empático. Calderón no salió del círculo vicioso de su pensamiento: el ejército está ahí porque ahí hay violencia, y no está la violencia a causa del ejército. De donde se deduce que la violencia estaba ahí antes y por motivos desconocidos. Y no es así: la violencia se ha acentuado precisamente en donde está el ejército. Contemplando el ingenioso silogismo de Calderón estaba el símbolo ominoso de Genaro García Luna, dando fe de ese discurso que, en última instancia, justifica el asesinato de 40 mil personas. Lo justifica porque el verdadero arrepentimiento de Calderón es el de no haber actuado antes. Y no: haber actuado de otra manera. No hubo, desafortunadamente, una cuña en las palabras de Sicilia para abrir la nuez de las palabras de Calderón. Trató de acercarse a su corazón. Pero para hacerlo hizo a un lado las resoluciones que se han ido tomando en las mesas de los miembros del movimiento.

En la revista Proceso el poeta dio su versión de los hechos. Habla de su abrazo con Calderón y la magnificación de esa imagen en todos los medios. Es que el poeta no habla el lenguaje de los medios ni de la política. Pero convendría que aprendiera a hablarlo, pues en este caso, por desgracia, la política no aprenderá a hablar el idioma de la poesía. No por ahora. Definitivamente, no todos los que siguen a Sicilia están de acuerdo en su actuación. Marcela Turati, también en Proceso (3 de julio de 2011), señala que varias de las agrupaciones que han seguido a Sicilia comentaron que "le hace falta incluir a mujeres; su toma de decisiones ha sido centralista y le ha costado incluir nuevos actores; invisibiliza las historias de luchas regionales en vez de acogerlas para enriquecerse; le falta preparación política, y carece de una buena estructura organizativa y de método de trabajo". Me parece, fundamentalmente, que la última palabra no debe de quedar en Sicilia. Los integrantes de un movimiento que se vislumbraba importantísimo desde el primer momento, deberían de tomarlo entre sus manos. No fiarse de un líder. Ya recibieron la primera desilusión. Ya significaron un triunfo para la estrategia política de Calderón. Y Sicilia sigue hablando en otros términos: el corazón del hombre, la sensibilidad del poder... Sicilia escribe su visión del encuentro: "Al no sentirse humillado ni acorralado, Calderón pudo sacar algo de lo más noble que hay en su corazón: Reconocer que tiene una deuda con las víctimas y prometer dar pasos con los ciudadanos para iniciar la justicia que su guerra nos arrebató, es un buen principio".
No es un buen principio: es un mal final para las demandas de los ciudadanos. Porque Calderón reconoció una deuda, pero la piensa pagar siguiendo con su equivocada política. Intensificándola. ¿Qué seguirá para este movimiento sostenido por la legitimidad de sus propios integrantes? El padre Solalinde no acudirá a la siguiente reunión: "No asistiré, no volveré a prestarme a otro teatro con Felipe Calderón" (NSS Oaxaca, 3 de julio). Sin duda, Sicilia vio una obra muy diferente en ese teatro, de final esperanzador. Quizás tocó el corazón del poderoso... y el poderoso vio que era bueno y continuó con su política criminal. No me convence. Pero no me tiene que convencer a mí; creo que Sicilia debe de hablar a sus propias bases. No tomar decisiones por cuenta propia. Y los miembros deberán decidir si seguir a Sicilia o pugnar porque se reconozcan sus decisiones. Ah, de nuevo el viejo caudillismo, y aparece donde no debería... Javier Sicilia es parte de un movimiento notable, pero el movimiento no debería ser el de Javier Sicilia.
Llegaron a Chapultepec con un hueco. Y Calderón lo aprovechó de inmediato para llenarlo de palabras huecas. Gracias a eso, el titular del Ejecutivo tuvo elementos para continuar en su discurso, ya que no llegaron propuestas concretas. El poeta salió con una convicción: que ofreció a sus adversarios lo mismo que han ofrecido a todos: "la resistencia y el sacrificio". Eso lo ofrece el país entero sin pertenecer al Movimiento por la Paz. Pero no pasaron a la actividad política para ofrecer resistencia y sacrificio, espero. Quiere decir que la sociedad mexicana y Sicilia no están hablando de lo mismo. Eso no significa que deba dejar de apoyar este movimiento legítimo. Significa que el Movimiento debe decidir si desea enarbolar esas ideas.
Naturalmente, hablo sólo por mí, pero me gustaría no estar solo en mis palabras.