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ACTUALIZADO 2011-09-28 12:37:57 AT
Aspirina molida
Rodrigo Mrquez Tizano
ESCRITOR
Ciudadanos al poder
2011-09-28 12:37:57


El fin de semana que sobrevino al jueves del bombazo en Monterrey, la Ciudad de México parecía sumida en un desmayo generalizado. Quizá era porque el domingo había dilatado ya sus agujas negras (lo que contaré sucedió casi al anochecer, justo cuando se agrava el gesto perturbado y nervioso de los peatones), pero durante una de esas largas caminatas que ayudan a sobrevivir sus tardes tan pausadas, me pareció distinguir por las calles una variedad de tristeza más aguda que la habitual. Era como si el auténtico filamento del desconsuelo, el más particular y oculto, hubiese sido expuesto de pronto, sin advertencia de por medio. La ciudad mostraba en sus plazas, calles y avenidas, la misma vergüenza que se delinea en el rostro de un hombre cuando sus miserias son puestas a la luz. Llovía, pero no como siempre. Algo había de nuevo (y de arcaico, y de abismal) en el compás desigual de los espectadores. Así, la ciudad se revelaba como una presencia mansa: en todos los kioscos (también en los televisores, como ataúdes coloridos y planos; en las rodillas sostenidas sobre esteras, a su vez contenidas en el concreto) se despliegan imágenes violentas, letras negras, mayúsculas, implorando paz. ¿Quién pudiese redimir la extrañeza de la paz cuando ha sido coreada hasta la saciedad? Pero quizá sólo se trate de la fibra óptica dominical. Existe, para aligerar el malestar, un adjetivo más campechano, que nos insufla el pecho de falso descanso: dominguero. Domingueros son los restos de comida y envolturas regados por Chapultepec al caer la tarde, la espeluznante voz del autómata que enumera las emisiones de Acción al final de cada programa, las cubetas rebosantes de agua que los señorones en "chores" malgastan para lavar su automóvil estacionado frente a la cochera. No, los domingos son cosa seria, lo bastante desoladores por sí mismos como para ostentar un luto que no sea el provocado por el fin de los finales: la tragedia de la semana inglesa. Cargan mucha oscura dignidad como para ser primos hermanos de lo cursi, de lo desmedido. Eduardo Lizalde escribió un poema sobre los domingos que recuerdo a menudo, por la impronta cíclica y machacona que les atribuye:



El infierno serían esos domingos,
Todos esos grises, sordos, ciegos,
Pantanosos domingos,
unidos en un ciclo sin semana,
un círculo, el noveno,
dos años hechos sólo de domingos,
un compacto bloque de invisible pero sólido tiempo
de soledad perfecta,
una columna vertebral de perros, de espantosos domingos,
soldados uno a otro como discos de hueso,
sin sábado y sin lunes.



Los domingos son lo más cercano a la vejez que tiene la semana para ofrecer: a través de sus horas no podemos añadir más presente a nuestras vidas sin que cuanto ocurra nos recuerde irremediablemente a cualquier otra cosa. Vivir en domingo es instalarse en la repetición, en un loop ad infinitum: no hay oportunidad de que algo ocurra por primera vez. No hay viento que no sea todos los demás vientos, ni árbol que viva por sí solo, sin que otro árbol crecido en nuestra memoria alimente sus ramas. Somos habitados por recuerdos, y si pudiéramos utilizarlos a placer, venceríamos el trance del domingo. Pero esto rara vez sucede, porque para ello tendríamos que librarnos de la nostalgia. Y sabemos que la polisemia es rígida, intensa, sobre todo durante los días de guardar. He ahí una clave: ¡cómo se intensifica un tifón tropical en el último de sus alientos! Todos los días son domingo, menos el auténtico domingo: es peor. Resulta imposible volverse presente, pues, en domingo.



Éste era igual a todos, y aún así, la perspectiva apuntaba a picada. Allí radicaba lo novedoso de aquel domingo: podía concebirse, sin dificultad alguna, la posibilidad de empeorar; no de encontrar la certeza del fondo pero sí de saberse rastreadores del vértigo. Hasta Lizalde acababa de recibir un reconocimiento ese mismo día, en Puebla.

Caminé a través de la Zona Rosa, resguardándome bajo los toldos y las cornisas de tiendas de autoservicio y table dances cuando la lluvia arremetía con mayor fuerza, o apretando el paso si amainaba de pronto. Los vi desde lejos, pero ya antes había escuchado las bocinas. El escándalo podía oírse desde un par de cuadras antes de llegar a Reforma. Aquel había sido un fin de semana de arrebatos culpígenos, de resaca emocional. Nadie había quedado indiferente con lo sucedido el jueves en el casino. Más valía. Un poco de ímpetu, de ternura para un domingo descarnado. Inútil pero encomiable, como el eco. La imagen es la siguiente: diez chicos de no más de 19 años se mueven a lo largo de uno de los carriles centrales de Reforma (el que va de la Basílica hacia Auditorio), sosteniendo pancartas que exhortan a los automovilistas a tocar el cláxon si se sienten descontentos con la violencia, con la insostenible situación del país. Hagan ruido si se sienten enojados. Den señales de vida. Algunos conductores apretaban las bocinas durante lapsos sostenidos, como si anunciaran el inminente arribo de una máquina de vapor al anden; otros se deshacían en pitazos interrumpidos, más ligados a las arengas futboleras (por lo regular, también relacionadas con el domingo) que al lamento de un ciudadano enfadado. Los chicos corrían de un lado a otro, sudando, con el rostro marcado por ese éxtasis inocente –ponderado por el ego– de quien se cree poseedor de las últimas horas de un domingo: algunos los malgastan en el cine, otros mirando eventos deportivos por televisión, tendidos en la cama buena parte del día. Pocos salvan el país. Una de sus pancartas decía: "Ciudadanos con poder"; y yo pensé: ¿qué poder? ¿el de tocar una bocina? Me acordé de Ibargüengoitia y su rivera del Arauca vibrador. Que haya quienes piensen que un bocinazo puede hacer algo por nosotros resulta sintomático: decidieron demostrar su descontento con el mismo instrumento que millones de automovilistas iracundos utilizan para intentar desatascar el tráfico por arte de magia. Al menos no me tocó ver una de esas tontas consignas que se conforman con encontrar culpables, más no responsables: "Tus tachas pagan la guerra". A veces el consuelo toma la forma del ruido. Quise decirles que los delincuentes (estos, aquellos, da igual) se ríen de los bocinazos. Se carcajean. Pero no les dije nada. Desde mi casa, más allá de la avenida, los bocinazos siguieron, hasta que –quiero suponer– se cansaron. Entonces volvieron los sonidos incidentales: mentadas, neumáticos humeantes, silbatazos. Luego silencio. Otra madrugada de lunes comenzaba.

@rmtizano

 
 
   
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