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ACTUALIZADO 2011-10-18 13:03:51 AT
Aspirina molida
Rodrigo Mrquez Tizano
ESCRITOR
Spam
2011-10-18 13:03:51


Rara vez me encuentro con algún suceso digno de mención en ese universo lioso y convulso que es la bandeja de entrada de mi correo electrónico. Esto debe su razón de ser –la principal, al menos– a que mi domicilio postal en la red se ha convertido en un hervidero de spam. A decir verdad, no tengo idea de cuánto tiempo más conseguiré distinguir las tretas automatizadas de las misivas fraternas, ni si acaso podré seguir teniendo el tesón para abrir correos, en apariencia de cierta importancia, y encontrarme en cambio con algún guantazo escatológico, o en el mejor de los casos, una solitaria y sospechosa liga, virulenta a todas luces. Pastillas para lograr erecciones nivel 5, cadenas en tono de amenaza, chistes sonsos, métodos infalibles que aseguran agrandar el pene en dos semanas, mujeres de diminutos países ex soviéticos deseosas por contraer nupcias con algún mexicano: mi dirección de correo electrónico es una especie de bacinica virtual para todo aquel que no encuentra a quién más endilgarle su mierda, y sin embargo, siente deseos irrefrenables de inundar el mundo con sus desechos. La tarea de hallar un correo útil en medio de ese vertedero es comparable a la que lleva a cabo un gambusino que se ha quedado dormido durante la fiebre, e intenta recomponer el camino enclavado en una gruta pelona.

Pues bien, el hostigamiento sistemático que sufre mi cuenta por parte de una entidad maligna –alguna ex novia, me atrevo a pensar– no había tenido repercusiones de consideración hasta que hace un par de días, mientras intentaba poner algo de orden en aquella temible maleza epistolar, me encontré con un correo de la Concejalía de Cultura de cierto ayuntamiento español en donde se me informaba que había resultado ganador de un certamen literario del que ni siquiera tenía conocimiento. A primera impresión me pareció otra prueba irrefutable del buen momento que vive la pandemia de publicidad basura. Qué mejor modo de engatusar a un escritor sino prometiéndole estimación (y cochino y epicúreo dinero, no lo olvidemos) por su trabajo. Bravo. El correo, que estaba fechado casi un mes y medio atrás, decía algo así:


Muy estimado Sr. Márquez Tizano:

En nombre de la Concejalía de Cultura del H. Ayuntamiento de Valdeinfierno, es un placer informarle que le ha sido otorgado el primer premio del XXXVI Certamen Internacional de Relato Corto Juan Miguel Cobos por el cuento titulado "Nana, buche y nenepil". El jurado, compuesto por (aquí los nombres de algunos políticos e intelectuales de provincias) otorgó fallo unánime y decidió premiar su relato por "la prosa contundente no desprovista de poder lírico (sic), el ritmo digno de elogio (sic) y el buen uso de las imágenes (sic)". El acto oficial presidido por el C. Alcalde, la entrega del reconocimiento y el premio en metálico (1800 €, menos retenciones) tendrá lugar en el H. Ayuntamiento de Valdeinfierno el próximo 29 de septiembre del año en curso. Le recordamos que una de las condiciones para recibir el premio en metálico es asistir a la premiación, o en su defecto, enviar a un representante legal.


Sin más, le reiteramos las felicitaciones por el premio y esperamos su confirmación.



Sentí un vuelco en las tripas. La información era, hasta cierto punto, correcta. La mínima posibilidad de que aquel cuento fuera cierto y no otro correo basura más se convirtió en un hecho cuando rastreé la dirección de correo electrónico y encontré –perdidos entre el aluvión de urgentes– otros tres mensajes de la Concejalía, los dos primeros intentando localizarme con fervor; el último, donde se me informaba que por omisión, el premio otorgado a "Nana, buche y nenepil", había sido redestinado al segundo lugar, "Las mutaciones de un otoño ingrávido", de un tal Ángel Rubio Jiménez. Carajo. Sentí las piernas del mismo modo que cuando se falla la trifecta ganadora por una miserable cabeza. No podía ser que un cuento con un título tan cursi se hubiera quedado con mi plata.

Hay que aclarar algo: no soy amigo de los premios. No suelo participar, por lo tanto tampoco los gano (no es distinto cuando participo), y mucho menos disfruto con la idea de desperdiciar un buen centenar de folios y los empeños del servicio postal en una pesquisa del ego, que nada tiene que ver con lo estrictamente literario. Es una manera de conseguir dinero. De recibir remuneración por un trabajo en un oficio de muertos de hambre. Pero nada más. No tiene que ver, al menos para mí, ni un ápice con la capacidad creadora. Es más bien un asunto de prestigio, o sea, concerniente al terreno de la idiotez pública. Espero no se me malinterprete. No deseo unirme a la falsa mesura de aquellos escritores que dicen rebelarse contra un mecanismo que los asquea y atrae de la misma manera. Mis motivos para negarme a ser un participante regular del sistema de premiación son igual de egoístas que las de aquellos que han decidido hacerse un nombre a golpe de certámenes. Sin embargo, la desidia y la falta de ambición me han colocado de este lado. Ni modo. Aún así, durante mi estancia en Córdoba y debido en gran parte a la precariedad de nuestra divisa frente al euro y a una considerable deuda que guardo con Hacienda, me dediqué durante unas cuantas semanas a confeccionar un puñado (uno) de cuentos que más tarde repartí por concursos menores de pueblos perdidos. El truco radica en lo siguiente: someter el relato a ligeras modificaciones, terminar con una decena de versiones y remitirlos con títulos distintos, con tal de que los jurados no cayeran en cuenta de que, en realidad, era el mismo cuento que se repetía una y otra vez. Luego de enviar los paquetes a media España, me desentendí del asunto y lo borré de mi memoria, hasta que me enteré, casi un mes después de la premiación, que una de mis botellas al mar había tocado puerto. La idea no es nueva ni original, pero funciona. Hay gente que vive de esto: han desarrollado un sistema casi indefectible para vivir de los dotes literarios de las pequeñas poblaciones, que se engalanan para agasajar con bombo y platillo al truhán de turno. Ahí está ese compendio de pillería con retruécano vallejiano, España, aparta de mí esos premios, de Fernando Iwasaki, donde el escritor peruano-sevillano-japonés demuestra su habilidad prestidigitadora y consigue tomarle el pelo con un solo relato a siete distintos jurados a lo largo y ancho de la geografía ibérica. El engaño es redondo, casi poético, tan drástico como el que sufre quien se convence de que el aplauso es un antídoto contra la mediocridad.

El cuento no se extiende mucho más. Me comuniqué con el H. Ayuntamiento de Valdeinfierno, alegando confusión, interferencia transatlántica y hasta maquinaciones xenófobas, pero ya era demasiado tarde: para cuando me dieron el pésame, Ángel Rubio Jiménez estaba malgastando mi dinero en cafés con leche, sacos de pana y libros de Benedetti. Por lo demás, la vida sigue igual. Permanezco en la pobreza, mi deuda con la Administración Tributaria sigue intacta, recibo un día sí y otro no correos donde me ofrecen 2x1 en viagra, y sólo de vez en cuando me imagino entre vítores, licores a base de endrina y quesos curados, estrechando la mano del Alcalde y dándome un beso a dos mejillas con la reina estival de Valdeinfierno. Mentiría si dijera que no hay un arco de transformación en esta historia: cada día –a escondidas de mi propia conciencia– hurgo entre la miasma de mi correo y hago guardia frente al inbox, como un cazador instalado en la penuria de su vigilia, fusil en mano, por si acaso las buenas noticias siguen negándose a aparecer.

Rodrigo Márquez Tizano, becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA en la especialidad de cuento, periodo 2011– 2012.

@rmtizano

 

 
 
   
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