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Pável Granados
ESCRITOR
200 años de Franz Liszt
2011-10-23 14:48:36


En las calles de Comala, el pueblo muerto de Pedro Páramo, se escuchan frecuentemente rumores fantasmales. Voces que hablan en soledad. Fantasmas que no descansan. La poesía que existe en esta novela mucho le debe a las lecturas que Juan Rulfo hizo de los autores nórdicos, por eso muchas de las voces que se escuchan en su novela y en sus cuentos se asemejan a autores ciertamente desconocidos entre nosotros.

En las calles de Guanajuato se escuchan por estos días las voces nórdicas. Poetas, músicos y actores de Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia, están por toda la ciudad. Los países nórdicos son los invitados al 39 Festival Cervantino, así que es su fiesta, por lo que enviaron artistas como la Oslo Camerata, que interpretó, entre otras, obras de Grieg. También Noruega envió a la compañía Zero Visibility Corp., en la que 16 bailarinas intentan, con coreografías, gestos y movimientos, explicar qué es la mujer nórdica actual. Pero el día de hoy, 22 de octubre, el rumor que recorrió Guanajuato, el sonido que realmente conmovió a los asistentes al Cervantino, fue la voz de Franz Liszt. Hoy, en el festival, se festejó su bicentenario.

Primero, el pianista australiano Leslie Howard dio un recital dedicado a Liszt. Howard es enorme y el piano de cola le queda chiquito. Se sienta frente a él y se concentra en las teclas, se balancea hacia delante y hacia atrás, mientras va hipnotizando al público, primero con la obra Deux Légends S. 175 (1863). El inicio es inquietante, porque Howard lo interpreta con parsimonia, aunque se trata de una obra llena de adornos, de una enorme ligereza. La primera leyenda es San Francisco de Asís: la predicación a los pájaros, inspirada en uno de los poemas escritos por el santo, y se trata de la más interpretada de las obras de tema bíblico entre las escritas por Liszt. El compositor escribió al respeto de esta leyenda: "Lo que podría ser llamado el 'el motivo espiritual' de la siguiente composición, está extraído de uno de los episodios más conmovedores de la vida de san Francisco de Asís, la cual se cuenta con la gracia inimitable de la simplicidad". Sí, es una obra alada, llena de luz, de sonidos que vuelan. Howard tocó una sonata, un Romancero español bellísimo y una fantasía sobre temas de Don Juan de Mozart.


Foto: Rogelio Cuéllar.

La religiosidad de Liszt es lo principal. No sé si incluso lo sea la experiencia mística, pero el público sólo mencionaba la sensación de embriaguez del concierto de Howard. En la conferencia de prensa que dio a los medios, Howard dijo que en una carta, Liszt contó que se le había caído un crucifijo dentro de un piano y que no lo había vuelto a encontrar. Ese piano estaba oculto en un sótano; muchos años después, se encontró el piano y, dentro, el crucifijo, por lo que se comprobó la autenticidad del piano y de las obras manuscritas que se hallaron en ese mismo sótano.

Más tarde, en el Teatro de la Compañía, se llevó a cabo el estreno en México de la ópera Don Sanche ou le Château d’amour (1824-25), la cual se tocó por primera vez en la Ópera de París, cuando su autor tenía apenas catorce años. La versión que hoy se tocó se hizo en forma de concierto, con tres cantantes húngaros y dos mexicanas, con el acompañamiento del Coro y la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes, dirigida por Román Revueltas.



Dentro del Templo de la Compañía de Jesús, la Orquesta de Aguascalientes y su coro, tocaron la obertura a Don Sanche, una obra colorida, extraordinaria; a los pocos minutos ya cualquiera olvida que fue compuesta por un niño prodigio de 13 años. Liszt, el niño que desde los ocho años daba conciertos de piano, y que rápidamente fue celebrado por Chopin, fue impulsado por una sociedad que tenía cierto morbo por descubrir pequeñas maravillas de la música, una sociedad cruel hasta cierto punto con estos descubrimientos (y por ello, bastante cercana a la nuestra). Aunque el libreto fue escrito por Théaulon y Rancé, y la orquestación de la ópera fue realizada por Ferdinand Paër, el maestro de Liszt, puede decirse que la música es íntegramente suya. Una música sorprendente, llena de colorido: vigorosas marchas iniciales que hablan del amor y de la vida conyugal, y recitativos más o menos dramáticos. Fue escrita cuando aquí, en México, se consumían óperas italianas y francesas de final feliz. Apenas unos años más tarde, los mexicanos de los años 30 y 40 del siglo XIX comenzaron a preferir los finales trágicos, pero en los años 20 preferían que todo el argumento se torciera con tal de que pudieran volver contentos a sus hogares. Don Sanche pertenece a ese tipo de óperas pre-románticas y llenas de alegorías. En este caso, la historia de un enamorado (Don Sanche) de una mujer que pretende ser una fortaleza ante el amor (Elzire). Al castillo del amor sólo se entra en parejas, y en él se vive la dicha suprema. Sólo es necesario conseguir el amor y la entrada al castillo es un hecho. Cómo se ve que no sabían nada del amor estos autores alegóricos del siglo XVIII, de una exquisita ignorancia ante el amor. Más dramatismo y complejidad hay en la forma musical, en los recursos de Liszt para sus geniales recitativos. Después de esta ópera vendría su historia de estrella de la interpretación en el piano, cuando –durante una audición– el gran maestro de piano, Czerny, le dijo: "No había visto un talento igual desde Schubert". La musicalidad aún neoclásica de esta ópera –que por momentos parece de Haydn– madurará hasta la voz conmovedora que interpretó Leslie Howard.

Con motivo de este Cervantino se reeditó el libro Cien años de cuentos nórdicos, que había aparecido en 2003. Otras de las voces nórdicas que hoy estuve escuchando provienen de este libro. Hay autores de una gran fuerza poética, como el islandés Hannes Pétursson, nacido en 1931. Hoy leí "El hombre de la tienda", la historia de un hombre que vive en una casa de campaña, cerca de una carretera, entre otros hombres que, igual que él, sólo ven pasar el camión con los viajeros que van a la ciudad. Al pasar, avientan sobre esta pequeña comunidad los diarios del país, los cuales son tomados por los habitantes de esta pequeña villa de personas que viven en casas de campaña. Uno de ellos sólo mira, reflexiona sobre una ciudad a la que nunca ha visto, de la que apenas esta mañana han salido los camiones que ahora pasan frente a él –una vez que se aleja el ruido de los camiones, él retoma su libro y continúa leyendo mientras se vuelva a escuchar el murmullo del río.

Me refiero a este autor, porque si uno de pronto elude el barullo de las calles de Guanajuato, logra escuchar las voces ciertamente delicadas de la música y de la poesía que se reúnen en la ciudad por estos días.

 
 
   
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