Viernes 31 de octubre de 2014 
SGUENOS:
BLOGS
ACTUALIZADO 2011-10-24 19:28:29 AT
Cabeza de borrador
Pvel Granados
ESCRITOR
Contrastes
2011-10-24 19:28:29


Esta mañana en el Festival Internacional Cervantino, los seis integrantes del conjunto vocal The King’s Singers, con sus corbatas amarillas, cantaron en el templo de la Valenciana, el esplendoroso templo del siglo XVIII que se encuentra en una de las colinas de las afueras de Guanajuato. Tanto oro bruñido, tantos angelitos redondos y columnas estípites, fueron el escenario en el que se escucharon las voces de la mesura inglesa: un sexteto vocal que incluye misas, música romántica, baladas estadounidenses y canciones de los Beatles. The King’s Singers son dos contratenores, un tenor, un barítono y dos bajos. Una formación musical impecable, un ensamble perfecto. Cada uno de ellos parecía un tubo de un órgano de iglesia, a veces el bajo cantaba un ostinato, otras veces las voces eran una suma de arpegios que servían de acompañamiento a la voz del tenor, y otras, un laberinto de voces que de pronto se encontraban milagrosamente en el compás preciso.

San Cayetano, el santo patrono de la Valenciana, y su corte de querubines, escucharon esta mañana a William Byrd (h. 1543-1623), el compositor católico que contribuyó al repertorio de los himnos para la iglesia anglicana. Byrd está considerado el mejor compositor inglés del siglo XVI, a quien le tocó vivir la última época de catolicismo inglés, antes de la fundación del anglicanismo, y fue uno de los que más contribuyeron al repertorio religioso de la nueva iglesia. Fue sombrío y luminoso, su obra oscila entre la luz y la sombra. Con toda razón se dice que Sing Joyfully, escrita para seis voces a capella, hace que las melodía suene a "gloriosos repiques de campana". Ésa era precisamente la sensación que se tenía al escuchar a The King’s Singer interpretar este himno.

Mi corazón que no está bruñido en el catolicismo y que no ha sido remojado en ninguna pila bautismal, sólo se dedicó a disfrutar del contraste entre la arquitectura católica romana y la música forjada en la tradición anglicana. Qué bueno no preferir ninguna. Los contrastes entre la economía de recursos de la música inglesa y el derroche churrigueresco de columnas, altares y obas. (Obas, aprendí en las clases de literatura barroca, son las algas marinas que frecuentemente se representan en los altares barrocos.) Y de ahí, el repertorio cubrió más siglos e incluyó arias de Arthur Sullivan y W.S. Gilbert, los famosos compositores ingleses de ópera cómica, como "Tit-Willow", de la ópera El Mikado, estrenada en 1885. Al final, "Ob-La-Di, Ob-La-Da" ganó más aplausos, pero no como la canción que el grupo tenía guardada para el final: "Contigo aprendí"; su versión, unida al chauvinismo, hizo que el sexteto saliera entre ovaciones. Moisés Rosas y yo, nos confesamos a la hora de la comida, que se nos había hecho un nudo en la garganta mientras las seis voces de The King’s Singers cantaban a Manzanero.



Por la noche, más contrastante que el barroco y la sobriedad inglesa, se presentó la ópera china, una obra para niños: la adaptación de Los gansos salvajes, de Andersen. Sin antecedentes de la ópera china, de pronto quedé absolutamente maravillado con sus colores chillones, con sus voces tipludas y con la falsedad de sus actuaciones. La mala poesía, los movimientos exagerados, la acrobacia sin sentido y sin fin, el absurdo de la historia y de los personajes, la música para la cual no existen referentes que permitan asirla: todo eso eran los elementos de una belleza casi imposible. A eso se le añade la belleza del rostro de la actriz principal, una belleza artificial, de porcelana. Y se verá entonces cómo provee China de sueños, porque el China Gansu Provincial Ensemble of Pekin Opera es una especie de sueño. Bueno, no precisamente, porque los sueños no son tan bonitos ni tan sorprendentes. Sin embargo, la primera impresión de belleza, de fuego artificial, se rompe rápidamente. Eso dicen los asiduos al Cervantino, los que dicen que dentro del cascarón de la ópera china no hay nada, confeti acaso, visiones evanescentes. Que dentro de dos años no querré volver a saber de óperas chinas. Pero eso me parece suficiente: la belleza que se toca y se va. Que se consume apenas se enciende. Por otra parte, no sé nada de China: pero en el chispazo de su ópera vi de pronto un mundo lejano, desconocido, inverosímil como los cuentos del Rey Mono que leí en la infancia.



Ciertamente, es ambigua la sensación de una obra que imita la belleza, o que la trae de lejos, o que la manifiesta como estallan los fuegos artificiales en el cielo... un chispazo en la altura, y ya se cae desmoronado. Todavía queda revoloteando durante un tiempo, la sensación de los cisnes de Andersen sobre el pensamiento. Y a la ópera quizás se le pida un poco más de trascendencia, algo menos de evanescencia. Porque sus colores rápidamente se opacan en la memoria. Porque tenemos más herramientas para apresar el arte cercano. De todas formas, se trató de tres maneras de esplendor: la mesura, el barroco y el artificio exótico.

 
 
   
LO MÁS LEÍDO
Jos Cuervo presenta edicin especial con obr...
Perfil de Amelita Baltar, una diva del tango.

El 24 de octubre Netflix estrena el documenta...
sta es la historia de Roberto Zavala Trujill...
COMUNIDAD
Copyright © 2010  -  www.gatopardo.com