Jueves 24 de abril de 2014 
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ACTUALIZADO 2011-11-24 13:51:23 AT
Aspirina molida
Rodrigo Mrquez Tizano
ESCRITOR
La noche triste del boxeo
2011-11-24 13:51:23




I.


Un día, durante una rueda de prensa, escuché decir a Shane Mosley que si alguien era derribado tres veces durante el primer asalto, y aún así conseguía empatar la pelea a los puntos, no debía caber duda quién es el ganador. Se refería, sin decirlo abiertamente, al primer combate –declarado tablas– que sostuvieron Manny Pacquiao y Juan Manuel Márquez.

II.

Tres días es el tiempo preciso que necesita un ultimátum o una resurrección. Podríamos alargar la expectativa, pero a mi consideración, 72 horas deberían bastar para que un fallo cumpla su propósito definitorio. Exigir un menor tiempo en la deliberación sería una falta de educación, y apurarla, una insensatez. No podemos reclamar que esta misma lógica sea la que determine las decisiones en un deporte tan dinámico y explosivo como el boxeo. La misma estructura de la industria hace ver a este razonamiento fuera de sitio, inabarcable desde su propuesta. ¿Cómo esperar que el espíritu combativo de dos hombres que han estado castigándose durante casi cuarenta minutos amaine de pronto, sin que la inmediatez del resultado se convierta en bálsamo? Sería como pedirle tiempo de compensación a la muerte. El daño agudo está ahí presente, planeando silencioso entre el encordado y los reflectores, de incógnito. Más ridículo me parece pedir mesura al motor del espectáculo: el dinero. Tiene que contarse, dilapidarse, gastarse a velocidades que ni siquiera el ojo mecánico de Compubox podría registrar. Ante el método de los acreedores poco se puede debatir. Y sin embargo, éste es un deporte de apreciación en el que las certezas son pocas. Incluso el nocaut, tan rotundo e irrefutable, puede ser incierto como un fantasma: los años y las infinitas reproducciones aún no han podido elucidar si aquel 25 de mayo del 65, a Sonny Liston se le cruzaron los nervios con ese puñetazo –en apariencia inofensivo– que soltó Ali a contrapié, o si en cambio, su desplome tuvo motivos más oscuros. Lo que sucede en el cuadrilátero y lo que se aprecia desde afuera necesitan del cálculo y el sosiego como puente. Son dos ritmos diametralmente distintos que se unifican por la urgencia de llegar a un término. Pero en el segundo de los combates entre Sonny y Muhammad, quizá hasta Jersey Joe Walcott pudo haber llegado a una conclusión (o al menos comenzar el conteo), si la proximidad temporal del suceso no lo hubiese petrificado.

III.

La expectación causada por el combate entre Manny Pacquiao y Juan Manuel Márquez es un síntoma inapelable del buen momento por el que atraviesa el boxeo. Su regreso a la televisión pública y la frecuencia con que las veladas son transmitidas por las dos televisoras más poderosas del país (un programa de al menos tres peleas cada sábado) son las causas más determinantes para explicar por qué el pugilismo, desde hace algunos años, ha ido recuperando ese añejo y sospechoso lugar que lo sitúa como uno de los deportes más redituables de los que se tenga noticia. Desde hace mucho tiempo el boxeo mexicano no registraba un acontecimiento de tal magnitud. Apenas ayer, luego de agotar la charla llena de lugares comunes sobre la pelea, un amigo me comentó que quizá lo más preocupante sobre el tongo, sea que llega en la cúspide de la popularidad boxística. No de los púgiles, sino del deporte en sí mismo y de su relación con el resto del mundo. Ese sábado por la noche, los ratings registraron más de 37 puntos. Casi como el final de una telenovela.

IV.

Yo vi a un Pacquiao fuera de lugar, descolocado. En ningún momento pudo ganar la posición a Márquez: parecía ir un movimiento atrás, permanentemente. Y ese impedimento, que le ha sido empleado tan pocas veces al filipino, hizo mella en su paciencia. "Pacman" es un experto para situarse en posiciones que le permitan lanzar desde ángulos que muy pocos boxeadores conocen. Su guardia está siempre dislocada, buscando los recovecos que el campo visual humano omite registrar. Si combinamos esta habilidad con el juego de manos más veloz que se ha visto desde los mejores tiempos de Ray Leonard, hablamos de una máquina imparable. Esta ocasión fue distinta. Pacquiao falló en atravesar la línea de combate que le impuso Juan Manuel, y a cada paso lateral lo esperaba un jab tabulador, sincopado, que en variadas ocasiones consiguió agrietar su defensa para que apareciera el recaudo de derecha. Márquez hizo bien su trabajo. No fue espectacular, pero su boxeo, para quienes están en la centelleante búsqueda de las lonas, nunca lo ha sido. Su estilo es difícil, le cuesta mucho a boxeadores del tipo de Pacquiao. La clave fue que en ningún momento trató de igualar la velocidad del filipino: lo contrarrestó con ritmo. Supo siempre que cualquier intercambio directo iba a ir en detrimento de su condición, así como también tenía conocimiento de que en caso de llegar a los puntos, llevaba las de perder. Las 147 libras eran una incógnita: la última vez que Juanma intentó subir de peso, lo hizo sin fuerza, y quedó a merced de la venenosa defensa de "Money" Mayweather. Buscar el nocaut no era una opción, porque ese nunca puede ser, para un boxeador con las características de JMM, el plan A. Hay peleadores que se definen desde sus carencias. Márquez es más viejo, más lento y menos poderoso. Joe Louis tenía 38 cuando Rocky Marciano le propinó aquel zurdazo que nadie previno (durante todo el combate estuvo cuidándose del recto de derecha) y nunca más volvió a subirse a un ring. Márquez hizo los preparativos de manera correcta, en la mente. Sus músculos más desarrollados son la inteligencia y su capacidad de contrarrestar y castigar los errores. La magnitud de su cintura la conocíamos desde siempre, no así el uso de los pies: todos iban a ver el juego espectacular y relampagueante de Manny, pero fue Juan Manuel el que definió el tempo, la cadencia, como en un tango muy pausado donde los espasmos llegan de manera natural, casi imperceptibles, sin causar desajuste alguno entre el suelo y los cuerpos que se deslizan a través de él. No sé si vi un robo, pero ya dije lo que vi.

V.

Hoy por la mañana llegó a mi correo electrónico un video en el que acusan a Márquez de hacer trampa por pisar a Pacquiao en repetidas ocasiones durante la pelea. Caballeros: eso sucede cuando se enfrentan un zurdo y un derecho.

VI.

Hubo un Tour Mundial para promocionar la pelea. Ambos boxeadores y sus respectivos equipos de trabajo visitaron Manila, Los Angeles, Nueva York y el Distrito Federal. La idea era convertir el tercer episodio en un evento de relevancia internacional. El día que se presentó la pelea en la Ciudad de México, la producción contaba con una feria donde se promocionaban otros peleadores pertenecientes a la promotora de TV Azteca, un ring en la plancha del Monumento a la Revolución, la presencia de periodistas que acudieron desde una infinidad de latitudes y un escenario móvil, de esos que se utilizan para dar conciertos de estadio. Ése fue apenas un preámbulo del derroche publicitario que abrigó a la llamada pelea del año. El revuelo causado por los aficionados (neófitos, de medio uso y experimentados; espontáneos, pubertos de pinta y advenedizos, da igual) fue tremendo. La gente estuvo a punto de derribar las vallas de seguridad: Manny Pacquiao los hizo esperar un largo rato bajo el sol mientras recorría el Congreso de la Unión con sus homólogos mexicanos. Aquella tarde, luego de la presentación pública, se organizó una rueda de prensa para los medios acreditados en una pequeña carpa que estaba ubicada detrás del escenario. Entre quienes desfilaron por el micrófono se encontraba el Embajador de Filipinas, George Bello Reyes, quien lanzó un discurso que hizo alarde sobre la relevancia en los ámbitos político y sociales que Manny Pacquiao tiene en su país. Siempre he pensado que si Manny decidiera dejar el boxeo y dedicarse de tiempo completo a la política, pronto sería elegido presidente. Entre los asistentes se encontraba una delegación de cuatro o cinco secretarias de la Embajada filipina, que gritaron extasiadas cuando su ídolo tomó la palabra. Lo primero que hizo fue pedir una disculpa por haber noqueado a tantos mexicanos. Luego intentó hablar en español. Alguien gritó: "a ver si Juanma puede hablar en tagalo". Manny lanzó una de esas sonrisas que lo han transformado en uno de los atletas mejor pagados de la orbe, asediado por las marcas y aclamado como último héroe limpio del deporte. Una sonrisa a tres bandas, bondadosa e impenetrable. Las filipinas estaban conmocionadas, cinco puntos rojos reverberantes entre los flashes, que danzaban sobre las montañas de carne amontonadas para obtener un mejor lugar. Una de ellas me dijo, orgullosa: "es nuestro Muhammad Ali".



VII.

Y lo que vi, volví a verlo tres días después, luego de mirar la repetición de la pelea cuatro veces más. También le sucedió así a "Maravilla" Martínez. A Khan no: él rectificó y señaló que Manny Pacquiao había ganado una pelea muy justa, demasiado cerrada. Michael Marley, escritor de boxeo para The Examiner, anotó en su cuenta de Twitter: "Amir Khan dijo también que había visto de nuevo el video del asesinato de Kennedy, y que Lee Oswald ni siquiera estuvo en Dallas cuando ocurrió".

VIII.

Un día llegó al entrenamiento de mediodía de Juan Manuel un chico con guantes de box Cleto Reyes color blanco amarrados al cuello, corte de pelo milimétrico, cejas afiladas, tenis Nike blancos último modelo y una chamarra roja, de la misma marca, en la que se podía leer "Team Pacquiao". El calor en el gimnasio Romanza es siempre asfixiante: la parte que da a la calle está compuesta por ventanales de acrílico muy gastados y es casi un horno de resistencias. Todos sudábamos, y los humores se concentraban en el techo de lámina para volver, de pronto, convertidos en livianas gotas. Márquez realizaba sus ejercicios de ligas ante las miradas atónitas de los espectadores y las cámaras, que no dejaban de disparar sus flashes. Era parte de la estrategia: subir de peso, pero con elasticidad. Ganar fuerza.  A pesar del calor, el chico de los Cleto reyes blancos se mantuvo con la chamarra cerrada. El "Lobito", vecino de la Granjas México y aficionado antiguo al bofe, miró con desprecio la vestimenta del recién llegado y le gritó: "¡Quítate esa chingadera, hijo!"



IX.

Si me lo preguntan, Juan Manuel no tendría que aceptar un cuarto combate. No lo necesita. Él ganó. En la segunda pelea incluso fue más claro, pero esta vez la resonancia fue mayúscula. México se volcó con ese viejo héroe, desconocido hasta hace no mucho para el grueso de la población. Nacionalismos aparte, en esencia el boxeo es un enfrentamiento físico, sí, pero las inteligencias juegan un papel importante, a veces menospreciado. Mike Tyson solía decir que todo mundo tiene un plan en la cabeza hasta que lo aporrean. Pues bien, que tu cabeza sea sacudida en repetidas ocasiones durante episodios de tres minutos, como si se tratara de una piñata o un cascarón quebrado, y aun así tener la templanza (o la necedad) para adherirte a una estrategia, debe tener alguna clase de mérito. No en Las Vegas, al parecer. Que se diera un cuarto enfrentamiento sería vergonzoso, no sólo para el boxeo profesional, que está acostumbrado a tratar a sus aficionados como consumidores, sino a la dignidad del púgil, sobre todo por la manera en que Bob Arum ha tratado a Juan Manuel y a Nacho Beristain. Sin embargo, el legendario entrenador no quiere dejar ir el tren de nueva cuenta. Los espectros de Indonesia aún lo persiguen. Ya alguna vez Márquez rechazó una pelea con Pacquiao, luego del primer enfrentamiento, por cuestiones económicas. Y viajó a Indonesia para ser castigado y despojado del título por Chris John en una pelea que más bien parecía una trampa para animales salvajes. Fue una mala decisión. Márquez tuvo que esperar dos años más para conseguir la revancha, y las condiciones fueron más favorables para el filipino. También está la trascendencia. Cuando alguien, un ciudadano cualquiera revise los libros del boxeo donde se escriben las grandes hazañas, Manny Pacquiao aparecerá como campeón. Y eso, a pesar de no ser una mentira, tiene un matiz importante. Se llama Juan Manuel Márquez y mientras escribo este texto, su voz comenta una repetición (otra) más de la pelea, transmitida a través de TV Azteca y en donde round por round, un grupo de periodistas analizan los movimientos de ambos boxeadores y repiten a destajo lugares comunes como "robo a mano armada". Los cronistas se asumen como defensores de la decencia, inquisidores públicos de un negocio que conocen también como beneficiarios privados; son zalameros y de lengua fácil, dan rodeos a la mínima provocación y cuando tocan el tema de una posible cuarta pelea, utilizan eufemismos: no nos hagamos pendejos, 25 millones es mucho dinero.

Fotos: José Luis Cuevas.

@rmtizano

 
 
   
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