Viéndolo a la distancia, me resulta fascinante advertir cómo David Romo Guillén fue capaz de captar nuestra atención. Porque no era el único ministro de culto que celebraba misas a la Santa Muerte y ni siquiera el más popular. Sólo por mencionar un ejemplo, a tres cuadras de su templo -que llamaba indistintamente Único Santuario Nacional de la Santa Muerte o Parroquia de las Misericordias-, se ubicaba un altar a la muerte que era aún más exitoso, el de Alfarería, que recibía hasta cinco mil personas los primeros miércoles de cada mes.
Pero David Romo siempre supo sacar provecho al éxito y al fracaso. Bajito, moreno, rollizo, prognata, con poquísimos estudios sacerdotales y pobre formación intelectual, se dio cuenta de que la devoción a la Santa Muerte despertaba el temor de dos actores fundamentales: la Iglesia católica y el gobierno. Hizo de su templo, en la brava colonia Morelos, un espacio no sólo de devoción, sino de atención pública.
Porque su gran acierto, desde mi punto de vista, fue sacar del clóset el culto a la muerte. Yo era reportero del diario Reforma y estaba asignado a la cobertura religiosa. Cuando visitaba sus misas y le preguntaba a los fieles por qué creían en la Santa Muerte, lo que más me sorprendía era descubrir que muchos de ellos habían heredado la fe de sus abuelitas, que a su vez la habían heredado de sus abuelos.
Siempre, insistían, a escondidas. El altar a la muerte vivía oculto dentro de la casa, arrinconado, pero tan vivo como la veneración a la Virgen de Guadalupe o a Jesucristo. Elio Masferrer, el antropólogo que más sabe de religión en el país, me explicaba que se habían identificado dos raíces de la devoción: por un lado, la rica vertiente prehispánica y, por el otro, una tradición europea de veneración a la muerte que se popularizó durante las pestes medievales -aquellas que exterminaron a la tercera parte de los habitantes del Viejo Mundo- y que se mantuvo en la clandestinidad durante años, rechazada por la Iglesia católica. Y bajo esa clandestinidad llegó con los conquistadores y se mantuvo oculta por siglos.
David Romo, hasta donde recuerdo, fue el primero que organizó procesiones al Zócalo de la ciudad de México con la Santa Muerte como patrona principal. La primera vez que lo cubrí, sus seguidores acaso llegaban al millar, pero eso fue suficiente para despertar el apetito de los medios, la preocupación de la Iglesia católica y la suspicacia del gobierno. A los periódicos nos dio dos razones para convertirlo en noticia nacional: era un suceso aparentemente nuevo y le daba un festín a los fotógrafos: esqueletos -reales o sintéticos- vestían ornamentos episcopales, se adornaban las falanges con anillos de oro y el cráneo con coronas de espinas. Esas imágenes se trasladaban, en forma de tatuajes, a los bíceps y espaldas de sus seguidores, hombres, muchos de ellos, curtidos en experiencias carcelarias o en relación diaria con la muerte, ya como policías o como delincuentes.
Y a todos nos entusiasmó la provocación de David Romo. La Arquidiócesis de México instruyó a sus parroquias de Tepito a que los días 8 de cada mes se celebrara una misa "a la santa vida" que representaba la Virgen María. Pero quien se lanzó con todo fue la Secretaría de Gobernación. Era 2005, un año antes de las elecciones presidenciales, y Santiago Creel hacía lo posible por quedar bien con los poderes fácticos -a Televisa le daría concesiones de casinos, por ejemplo— y determinó retirar el registro como Asociación Religiosa a la Iglesia Católica Tradicionalista Mex-USA, que era el membrete legal que amparaba a David Romo. En ningún otro momento de la historia contemporánea, la Secretaría de Gobernación se ha inmiscuido tan ridículamente en la vida de una organización religiosa. Porque los funcionarios de Gobernación, sin cambiar la corbata por el alzacuellos, se abocaron a hacer teología. Con base en la denuncia de un ex compañero de Romo, revisaron las bases doctrinales con las que se había registrado su Iglesia, y determinaron que el culto a la muerte violaba sus propios estatutos y, por lo tanto, se hacía merecedor de la sanción más fuerte que tenía a la mano. Escribí en mi nota en aquel entonces: "La Secretaría de Gobernación canceló el registro como asociación religiosa a la Iglesia Católica Tradicionalista Mex-USA por no ceñirse al rito tradicionalista del Concilio de Trento, que la Iglesia católica celebró en el siglo XVI".
"La dependencia establece que al adoptar el culto a la Santa Muerte la Iglesia violó sus estatutos porque la muerte es signo de pecado: ‘Por ello –escribieron los funcionarios de Gobernación— Jesús vino a redimir del pecado y ofreció vencer a la muerte, siendo el primero en resucitar a la vida eterna. En su acción evangelizadora, Jesús buscó resucitar a los muertos y resucitó él mismo, para mostrar su oposición a la muerte. Estas son ideas comunes a todos los católicos; en este contexto, la muerte es contraria a Jesús’".
Aunque usted no lo crea, las frases en cursivas fueron los argumentos de la dependencia, expuestos en un documento que firmaron Álvaro Castro, Enrique Barber y Ricardo Sepúlveda, entonces directores generales de Asociaciones Religiosas, Asuntos Jurídicos y Derechos Humanos, respectivamente. Carlos Monsiváis se pitorreó de la vocación teológica de los funcionarios, obligados constitucionalmente a preservar el Estado laico, en el artículo "Lecciones de la teocracia", publicado el 28 de mayo de 2005 en Proceso.
Y, paradojas de la vida, David Romo coqueteó entonces con el PRD. Aun despojado del registro de Asociación Religiosa -con lo que perdía facultades legales— jurídicamente era todavía una "agrupación religiosa" y Romo un ministro de culto, por lo que estaba impedido a apoyar o descalificar a partidos políticos o candidatos a puestos de elección popular. Pero el 14 de agosto de 2005, ya con Creel en precampaña presidencial, Romo celebró el cuarto aniversario de su templo y, sabiendo que un reportero estaba ahí, dijo en su sermón: "Andrés Manuel López Obrador, como jefe de Gobierno, garantizó nuestras marchas con toda seguridad. Esos hechos valen más que mil palabras y deben estar en nuestras mentes y corazones para que decidamos a quién queremos de nuestro gobernante... aquellos que promovieron un juicio en nuestra contra ya no están, aquellos funcionarios que hoy andan pidiendo el voto no serán perdonados hasta que vengan de rodillas a pedirle perdón a la Santa. Hay ofensas que no se perdonan, se cobran en las urnas y ahí es donde vamos a pasar la factura". Ya fuera del sermón, en entrevista, Romo me dijo que quería ser candidato a diputado, y que la entonces delegada en Venustiano Carranza, Ruth Zavaleta, era un adalid de su organización.
Gobernación le inició un expediente. Incluso me enviaron un oficio membretado solicitándome la grabación de los dichos del sacerdote, pero ya no llegaron a más. Romo encabezó más marchas. De vez en cuando me llamaba para decirme que promovía un voto de castigo y que sus seguidores eran un millón, dos millones, tres millones, y que construían catedrales en varios estados del país. Ya no había una línea clara entre los hechos y las fantasías. Su última decisión pública me pareció increíble, y creo que marcó el inicio de su caída: expulsó de su templo las imágenes de la Santa Muerte y las sustituyó por el rostro de una niña pálida, la "niña blanca" de la que hablaban las fieles más ancianas de la Santa Muerte. Dijo que reformaba la devoción para disociarla de la violencia, pero desde entonces su estrella se apagó. Si su mérito había sido sacar de las catacumbas el culto a la muerte, su error fue tratar de volverlo a esconder. A partir de entonces comenzó el auge de otros líderes como el fallecido Comandante Pantera, que auspició la erección del más grande monumento a la imagen, de 23 metros, en Tultitlán, Estado de México.
Y ahora, un año antes de las elecciones presidenciales, Romo vuelve a ser noticia. La Procuraduría capitalina, bajo un gobierno del PRD, el partido con el que soñó ser candidato a diputado, lo metió tras las rejas acusado de complicidad en secuestro. Culpable o no, la reclusión sin duda lo aproximará más a feligreses de la Santa Muerte, pues muchos de ellos se hicieron devotos justamente pidiendo milagros en los penales del país.