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Enrique Escalona
REPORTERO Y GUIONISTA
Pavos priistas
2012-05-29 12:55:42




¿Lograremos sacudirnos de la cómoda fatalidad de un partido político metido en todos nuestros asuntos? Primero habría que luchar contra el priista que llevamos dentro.

Durante las elecciones de 2009 me encontré con un mitin priista en Tlacotalpan, Veracruz, en el que los candidatos repartieron comida para todos. Hubo un gran banquete, grupos musicales, baile y muchos regalos para los asistentes: tortilleros, bolsas, gorras, playeras, lápices, reglas, ceniceros... a cambio, los candidatos recibían porras y halagos. También obsequiaron pavos vivos a todos los que se anotaron en una lista, para que el día de las elecciones los voluntarios los "acompañaran" a votar por el PRI. Claro, el voto es libre y secreto, era sólo una "cordial invitación al voto".

Durante el festín, una señora me contó que el candidato a diputado le había prometido conseguir un pollero para "pasar" a sus sobrinos a Estados Unidos, y que por eso le daría su voto. No hay espacio público o privado donde la promesa de un priista no entre.

En los días que permanecí en Tlacotalpan supe que todo debe pasar a través de las autoridades del PRI: si quieres inscribir a un hijo a la escuela, conseguir un permiso de construcción, tener una lancha para pasear turistas, abrir un restaurante, usar tu casa como posada, cerrar las calles para hacer una fiesta, vender dulces en la ventana o comprar un terreno. Nada se mueve si primero no se transa con el PRI, ya sea a través de amigos, mordidas o haciendo partícipes a las autoridades del negocio. Y así es en tantas partes de México.

Uno de los resultados del priista way of life es la exagerada lambisconería e inseguridad que nos distingue a los mexicanos, los miles de "gracias" y el "señor licenciado", hasta para sacar una nueva acta de nacimiento. Como si fuéramos los súbditos de un señor feudal o estuviéramos en la corte virreinal de hace 300 años. Tengo ese trauma, viví cuatro presidentes priistas al hilo y, cuando hago un trámite, estoy preparado para que me digan que no se pudo, que hay que hablar con el delegado o que tendré que "dar una gratificación". Es el síndrome de la dádiva, el cual nos hace pensar que debemos quedar bien con los gobernantes porque ellos nos "bendicen" con su atención, el pensar que nada se logra sin el abrazo de los poderosos y sentir que no se pueden criticar y ver como lo que son: nuestros empleados. Porque entonces perderemos la gracia del "Señor Diputado" y los priistas ya no nos van a dar regalos, se van a enojar mucho por “nuestra traición” y todas las puertas estarán cerradas.

Recuerdo un comercial de la campaña presidencial de Roberto Madrazo que terminaba con la frase “México es el PRI”. A veces así es por desgracia, una fatalidad que espero podamos sacudirnos algun día. No tanto por echar a ese partido de la vida nacional, sino para recuperar un trozo de dignidad.

 
 
   
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