Por Emiliano Monge
El pasado 15 de mayo, horas antes de que muriera el escritor Carlos Fuentes, dejé la ciudad de México sorprendido y fascinado con el hartazgo que la mayoría de la gente, personas de muy diversos ámbitos, edades y estratos sociales, muestra hoy al referir la realidad que los rodea pero también el tratamiento informativo que de ésta se hace en los principales medios de comunicación.
Hoy, en México, cualquier tema de discusión conduce, casi irremediablemente, hacia la sombra: la del narcotráfico, cuya violencia es atizada por la política de choque militar a que el gobierno actual se ha abonado, la de la desconfianza generalizada que inspiran los tres órdenes de gobierno y el sistema de partidos, cuyo buque insignia, el Partido de la Revolución Institucional (PRI), podría recuperar la presidencia el próximo 1 de julio sobre la base del voto corporativo y al amparo inexplicable del voto nulo y el voto en blanco al que hoy se llama, como se llamó ya en otras elecciones, desde sectores tan sorprendentes y tan dispares como los grupos de víctimas de la violencia y como otros grupos tradicional e históricamente asociados al PRI, y a la de la corrupción sistematizada. Tristemente, los mexicanos hoy nos hemos vuelto monotemáticos: lejos queda nuestro mítico hablar desarbolado: somos un río sin sus afluentes.
Esta obsesión reconvertida, o esta reconversión obsestida, es decir: esta reconveración asistida de nuestros nuevos temas viejos, diría Cantinflas, cuyos enredos hoy no harían reír a nadie, se ve recrudecida por el momento histórico en que estamos: en las próximas elecciones generales los mexicanos nos jugamos el regreso del PRI, es decir, de un pasado que creíamos superado, la continuidad del presente neoliberal, belicista y confesionario en el que permanecemos atrapados, secuestrados por el Partido Acción Nacional (PAN) y por el presidente de la República: Felipe Calderón Hinojosa, o el ingreso a un futuro que, a pesar de ser incierto, podría ser encabezado por el gobernante más exitoso que ciudad alguna del país haya tenido en los últimos treinta años: Andrés Manuel López Obrador. Están en juego, además, en el presente momento histórico, el futuro de nuestros medios de comunicación y el de nuestras instituciones ciudadanas, las otras dos causantes de la disfasia que hoy sufrimos, una disfasia que nos hace repetirnos todo el tiempo, que nos convierte pues en merolicos: y no es que sea para menos, es que es desesperante, no es que sea para menos, es que es frustrante y doloroso.
Da igual si estamos viendo un partido de futbol, si atravesamos la ciudad apretujados en el metro o si negociamos con el dueño de una tienda, siempre terminamos extraviados, secuestrados por lo mismo: el poder que ostenta el duopolio informativo encabezado por Televisa y TV Azteca, empresas especializadas en la confección de culebrones cuyo máximo orgullo es exportar la estupidez congénita de sus producciones a Tailandia, Rusia o Etiopía, la confianza que tendríamos que tenerle y no tenemos al Instituto Federal Electoral (IFE), organismo que, dígase lo que se diga, no ha logrado liberarse del estigma que cayó sobre sus hombros tras la elección presidencial de 2006 —impugnada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), por diversos investigadores y expertos de las instituciones de enseñanza más importantes del país y por múltiples sectores de la sociedad civil—, o la terrible corrupción que nos rodea y nos embarra, la corrupción que cimentó nuestro pasado y es pilar de este presente que vivimos pero también, y esto es quizá su viso positivo, nos advierte en la construcción de futuro, inyectándonos buena parte de la rabia que ha acabado por volvernos merolicos, una rabia cuya expresión primigenia dice: ha sido suficiente. Una rabia que puede pues servir para limpiar los ruidos de fondo de este bucle en el que estamos atrapados, dejando así tan sólo el eco de esa vieja voz que se alzó con el levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994: ¡basta!
El mismo basta que hemos estado repitiendo desde entonces y que apenas ahora, al ver tomar las calles por los estudiantes de las universidades públicas y privadas, comprendemos que lo único que hicimos diferente fue cambiar sus apellidos: basta de la guerra contra el narco, basta de esta corrupción que deja impune el crimen de una guardería en la que mueren asfixiados o quemados 49 niños, basta de un sistema que prefiere rescatar una empresa minera que sacar de adentro de la tierra a 65 mineros atrapados, basta de que existan gobernantes y empresarios que secuestran y humillan periodistas. Un ya basta que además de alimentar la rabia ha convertido ésta en asco: asco de llenar con mexicanos la principal lista de Forbes y al mismo tiempo llenar el campo gringo de migrantes, asco ante el reparto millonario que se hacen los partidos cada año y ante la reducción anual del presupuesto educativo, cultural y sanitario, asco al ver que la ética y la moral languidecen por su sustento: la educación que se imparte a nuestros niños, yace en manos de la cacique Elba Esther Gordillo, dueña del sindicato educativo más grande del país y de su propio partido político: el Panal, cuyo candidato a la presidencia de la república, por cierto e incierto, “inspira simpatías” a Javier Sicilia; aunque no tantas simpatías como para no llamar al voto nulo, sin decir, por supuesto, que en democracias inmaduras todo voto nulo y todo voto en blanco es un voto emitido al candidato que se alzará victorioso.
Cómo no iba a darnos asco que el duopolio informativo juegue a que son ellos el elector que México requiere, el único elector y, peor aún, el ungido productor del show en que se sume al país cada vez que hay elecciones: más que ante un proceso democrático se lucha por situar al mexicano ante un nuevo pseudodrama en el que lo importante son los amoríos, los engaños, los incestos, las traiciones, la belleza y el dinero, y no la democracia, la justicia, la libertad, la dignidad y la igualdad entre unos y otros. Cómo no iba a darnos asco que el gobierno cierre ambos ojos y no vea las transacciones que hacen día con día los narcos, transacciones millonarias que luego usan para comprarle la conciencia y las gracias a diversos periodistas, gobernantes, policías y generales, sean o no éstos nietos de los héroes que hace un siglo combatieron por la patria. Cómo no iba a darnos asco, pues, ser el país de América Latina con más alto transfuguismo (el 63 por ciento de los diputados federales han estado en 2 o más partidos políticos), que un gobernante: el priísta Fidel Herrera Beltrán, gane la lotería en dos ocasiones y nadie, ninguna autoridad, pregunte cómo ha sucedido, que el gobierno del PAN, encabezado por el presidente de la Republica, Felipe Calderón Hinojosa, el duopolio informativo y las instituciones que deberían preocuparse por generar ciudadanía y no por esconder del ciudadano la verdad que lo rodea se reúnan, una tarde solariega, en el Palacio y decidan qué historias deben verse en las pantallas y qué historias no deben mostrarse, que el payaso estrella de la tele, Cepillín, anime el Día del Niño en una casa de acogida para niñas que han sido abusadas, cantando la canción de moda en los puteros: "¡Mesa… mesa… mesa que más aplauda… mesa que más aplauda le mando… le mando… le mando a la niña… za za za… y a tu za y a tu za… za za za… y a tu za y a tu za…!".
¡Y a tu za… ya tu sa… ya tu sabes: era un asunto de tiempo: lo normal, lo más común y más corriente, es que al asco, que a la nausea, siga el estallido. Así se explican los "131", los jóvenes que, asqueados del país que han heredado, de los políticos que a éste han dado forma y de los comunicadores que han metido abajo de una alfombra la mierda, la miseria y la basura nacionales, repudiaron, de manera inesperada pero a la vez inevitable, como al final es siempre el vomito de un organismo largamente enfermo, a Enrique Peña Nieto, el candidato del PRI que no recuerda qué enfermedad mató a su esposa, que no es capaz de enlistar los nombres de tres libros y que dio la orden de arrasar Atenco sin clemencia, asesinando de forma indirecta a varios hombres, violando de forma indirecta a un mayor número de mujeres, torturando de forma indirecta a incontables jóvenes y niños, lastimando de forma indirecta a varios periodistas y humillando, también de forma indirecta, a uno que otro extranjero. Así se empieza a explicar, pues, los 131 jóvenes que repudiaron, de forma no planeada pero planeada de forma inconsciente a lo largo de los meses y los años, el fallido acto de campaña que Enrique Peña Nieto intentó llevar a cabo en la Universidad Iberoamericana, los 131 jóvenes que, al ser acusados, al ser injustamente señalados como porros y al tratar de ser borrados de la historia por la goma del duopolio informativo: "no mijo… no salistes en la tele…", rompieron, menos indignados ahora que creativos, el cerco informativo de Televisa y TV Azteca utilizando las herramientas que el avance tecnológico le presta a los que hasta hoy habían sido invisibles.
Y cómo no iba a ser el asco de estos jóvenes, el mismo asco que sentí yo el pasado 16 de mayo, horas después de que muriera Carlos Fuentes, autor, además de una prolífica obra literaria, del potente ensayo Nuevo Tiempo Mexicano, al encontrar el paquete electoral que el IFE envió a mi casa y al resto de las casas de votantes en el extranjero y descubrir que, además de la boleta electoral y el sobre en que debía meter mi voto, había dos preciosos DVDs que fueron el negocio de algún alguien, dos portarretratos de otro alguien que también sacó tajada, una calcomanía gigantesca que asevera: "ya voté por presidente", y que también dejó dinero a alguien y dos gruesos impresos en cuché y en cuatro tintas cuya hechura también dejó a otro alguien unos cuantos pesos (absténgase de hacerlo aquél que vaya a argumentar que esto era necesario para la mayoría de los migrantes: quien tiene DVD también tiene acceso a Internet, el paternalismo es una más de los problemas mexicanos), cómo no iba pues a ser la nausea de estos jóvenes, la nueva nausea mexicana, la que empezara a mover México y nos hiciera a los otros decir, de golpe: soy el 132 del movimiento. Como el: soy el jugador número 12. Como el: todos somos Marcos. Como el nuevo y enigmático pero también profundo: todos somos todos, que se escuchó el 21 de mayo pasado en la emblemática Plaza de las Tres Culturas, donde los 131 se encontraron con Andrés Manuel López Obrador, el candidato que, de ser ciertas las encuestas que lo marcaban como el favorito de los votantes en el extranjero, y considerando que éstos ya hemos sufragado, cuenta con la única ventaja que interesa: la que dan los votos emitidos. Ojalá, sin embargo, que él también haya estado un día asqueado. Ojalá que él también haya estado harto antes. Ojalá que él también haya sido un día un merolico y desee que el río recupere sus afluentes.