UNA PROPUESTA EN CUATRO PASOS
Sin importar qué tan bien intencionada, la crítica por sí misma no necesariamente es constructiva, y de hecho, criticar sin ofrecer alternativas puede ser irresponsable. La crítica sin propuesta es destructiva, y la propuesta sin crítica es endeble. En breve: el derecho a la crítica sólo se ejerce de forma responsable cuando se acompaña con propuestas: es tan importante censurar aquello que funciona mal como importante es también impulsar ideas para hacer mejorar las cosas.
En tiempos de crisis -o peor aún, de violencia abierta- la crítica tiende a llenar el aire sin dejar espacio para las propuestas alternativas; utilizada como catarsis de los descontentos, mucha energía se invierte en criticar lo que funciona mal y a sus responsables -lo cual es importante y necesario. Pero existe un peligro, la inercia crítica puede agotar la energía necesaria para cambiar: una cosa es invertir energía y otra gastar energía en la crítica. ¿Cómo cambiar una realidad dolorosa ahí en donde la crítica ha agotado la energía que todo conflicto produce?
Peor que la violencia abierta es la apatía, y es exactamente a este punto al que conduce el agotamiento de recursos: el punto muerto en el que se localiza un conflicto y el estancamiento de la violencia deterioran una situación, convirtiéndola de ser un punto crítico en el tiempo a una constante crónica; es decir, cambiando la naturaleza transitoria del sufrimiento por una naturaleza permanente. Por eso, presentar nuevas ideas es de importancia capital en el manejo de la violencia: nuevas ideas producen nueva energía que vacuna al conflicto y a sus actores contra la apatía.
La Educación para la Paz no es exactamente una "nueva idea". Si se buscan antecedentes en la historia de la humanidad se concluirá que siempre ha estado ahí. Sin embargo, en América Latina en general sí es relativamente nueva: como tal -es decir, como un área de estudio particular con una clara agenda de paz-, la Educación para la Paz se comenzó a mencionar apenas a fines del siglo XX. En diversos puntos comenzaron a florecer los programas de Educación para la Paz, principalmente con niños, pero también con adultos.
A la vuelta del siglo, la necesidad de educar para la paz sigue vigente. Muchos conflictos siguen ahí y la violencia que producen cuando se les descuida no espera. Aquí tenemos dos posibilidades del mismo proceso: a los niños se les educa para la paz con una intención
preventiva mientras que a los adultos se les educa para la paz con una intención reactiva -esto por supuesto no excluye las posibilidades a la inversa. Como sea, resulta más efectivo y fácil –incluso barato- educar para
prevenir la violencia que educar para reaccionar a ella, y es esta una de las razones por las que existe mucho más material educativo para niños que para adultos en Educación para la Paz. ¿Alguna de las dos es más importante? No, de hecho, ambas tienen un valor estratégico, aunque aquí cabe una observación que no podemos dejar de mencionar: en un sentido instrumental, la educación de los niños depende de los adultos, mientras que el caso inverso no siempre se verifica. Desde esta perspectiva, tiene sentido suponer que el efecto multiplicador la Educación para la Paz en los adultos es más fuerte en el presente –debido a que la pueden transmitir a los niños con los que tienen contacto-, mientras que la Educación para la Paz de los niños es una inversión a futuro –lo que de ninguna manera debe interpretarse como que "puede esperar".
Pero además existe otro argumento digno de mención. La Educación para la Paz de los adultos es fundamental por una sencilla razón: la violencia de la que es capaz un adulto tiende a ser mayor, más constante y más peligrosa que aquella de la que es capaz un niño.
¿Y cómo se educa para la paz? Existen muchas escuelas, técnicas, autores y especialidades en la materia. La que se presenta aquí es apenas una propuesta:
http://www.mediafire.com/view/?paa9t1aa2y5eoen
fernando.montiel.t@gmail.com