La droga en Torreón ha dejado de ser un asunto de dílers. No recuerdo cuándo fue la última ocasión que compré cocaína. Seguro antes de que estallara la guerra contra el narco. Los estupefacientes siempre han estado aquí. Sin embargo, su presencia nunca ha sido tan significativa. Es admirable la entrega y el ansia de superación por parte de los cárteles. Apenas se registra una jornada violenta histórica en la región, la consigna es que el día siguiente resulte más sangriento. Hasta que alcanzamos la cifra de dieciséis ejecutados en veinticuatro horas. Lo más conveniente era permanecer en casa. Eludir la calle. Pero tengo la convicción de que no debemos permitir que el crimen organizado nos arrebate la ciudad. Así que me fui de parranda.
Cuando aumentan los niveles de violencia, no consigo evitar que me ataquen las pesadillas. Una manifestación del miedo que no me atrevo a concientizar en la vigilia. Tenía frente a mí uno de los meses más decididamente gore que se hayan registrado en la entidad. La semana estaba marcada por dos hechos significativos. El primero es que me encontraba molesto. Siendo honesto, siempre estoy encabronado. Y la verdad desconozco el motivo. No sé si achacarle mi estado de ánimo al calor, al miedo, o simplemente a cómo se lo carga la chingada a todo esto. La diferencia es que en esta ocasión había identificado qué me tenía bien emputado: Salvajes, de Oliver Stone. Me arrastré a la sala porque, creo, el cine significó algo en un momento de mi vida. Todavía recuerdo el misticismo de Mickey y Mallory, aunque para mi gusto la película no resistió tan bien el paso del tiempo. También tenía presente el tratamiento que se otorgó a las drogas en The doors. Y tampoco olvidaba que el director había escrito las versiones para la pantalla de Scarface y Expreso de medianoche. En resumen: taras producto de haber sido adolescente en los noventa.
Estoy acostumbrado a que las cintas me decepcionen, o me aburran, pero no a que me irriten. Lo que más me produjo coraje fue la visión que se ofrece de Tijuana. La alusión al lugar común de que es el paraíso de la criminalidad. La atmósfera ominosa con que la representan. Aspecto que se convierte en el leitmotiv de la trama: el narco mexicano es uno de los males irrefrenables de la actualidad. Sus visos terroristas ponen en riesgo la seguridad de Norteamérica. A lo largo de su historia, el cine gringo ha dirigido, a través de la industria cinematográfica, su encono hacia distintas razas. Pensamos que nunca nos sucedería, pero ahora le tocó su turno a México. Lo que nos lleva al mismo problema de siempre. Para qué se hacen pendejos, si a pesar del gran problema de salud pública en que se ha convertido la drogadicción en este país, siguen como los principales consumidores de nuestros productos. La mayoría de las armas con las que podemos infundirles terrorismo pasan a través de su frontera.
Es en lo anterior donde observo la gran falta de respeto hacia esa parte de Baja California. Tijuana es la ciudad menos norteña del norte. Lo digo sin afán despreciativo. A lo que me refiero es que a comparación con otras zonas del noreste o del noroeste, su grado de conflicto es infinitamente menor. Por supuesto que existe la precariedad, esto es México. Lo que nos muestra Salvajes es la exacerbación máxima del cliché. Nada que ver con la Tijuana del laboratorio posmoderno que retrata Alex de la Iglesia en Perdita Durango. Aquí se trata de lo que escapa a la clasificación del kitsch: la pendejada pura y dura. Como lo demuestra la referencia a Chespirito. Mejor la película que protagoniza Mel Gibson, Get the gringo, es cuidadosa al no ofrecer una visión de lo que desconoce. En esta historia, que se desarrolla en un penal que se encuentra en TJ, apenas si observamos dos o tres pedazos del paisaje.
Además de la “ilusión” de Tijuana, me fastidiaron las actuaciones de los mexicanos. El mediocre papel de Demián Bichir y la caricatura en que se ha convertido Salma Hayek. Repleta de obviedades. Era de esperarse. Recordemos que su origen se remonta a las telenovelas de Televisa. Cómo es posible que se presten a tales payasadas. Y como remate, el pésimo final. El happy end. Más hollywoodense imposible. Y mil detalles más de los que podría hablar, pero no es este texto una crítica cinéfila ni soy yo Óscar Uriel. Estuve a punto de abandonar la sala, pero me contuve para testimoniar en qué terminaba el maldito bodrio. Y justo cuando la película comenzaba a adquirir una dimensión realista, la embarran con su final feliz (el numerito de la DEA) y se jode todo con el cuento de hadas. Que resume a la perfección la política estadunidense, “puedes transgredir la ley, pero nos beneficia, estás perdonado”.
Con todo esto en la cabeza me salí una tarde a comprar unos audífonos. Y me sucedió el segundo hecho significativo de la semana. Habían transcurrido varios días desde que se me habían descompuesto mis audífonos. Y sufría. Para mí son indispensables. Todas las mañanas hago un recorrido a pie desde mi casa a la oficina y viceversa. No me atrevo a emprender una caminata sin un soundtrack. El silencio lo dejo para los practicantes del budismo. Y en la chamba son mi refugio. Con ellos me aíslo del bullicio del inmueble. Bajé hasta el corazón del centro y compré unos audífonos nuevos. Me puse tan contento que decidí volver a pie a casa, lo que implica atravesar una parte importante del primer cuadro. Las pintas atrajeron mi atención. En una barda de la iglesia del Perpetuo Socorro estaba escrito con aerosol: “Virgencita cuídame de los polis”. Calles adelante me topé con otra que decía: “Terror, Coahuila, Comarca Balacera”. Lo que me recordó que en los créditos de inicio a la tercera temporada de la serie televisiva The wire aparece en una barda “Body-more-Murderland”. Ejercicio para mí no representa un simple juego de palabras, sino una transnomenclatura. El territorio que abandona su significado para convertirse en su significante. En el presente, toda referencia a Italo Calvino para representar a la ciudad me resulta de una ingenuidad conmovedora. En la actualidad, en el norte, la personalidad de una ciudad no depende de la arquitectura o la geografía, se la otorga la droga.
Continué mi andanza y vi otra más: “Bienvenido a Ciudad Travesti”. Avancé por la avenida Morelos y el paisaje de palmeras sobre los techos le otorgaba a Torreón la apariencia de una Bagdad cualquiera. Con el Cristo de 21.85 metros sobre el Cerro de las Noas como vigilante de la ciudad. Al que en las redes sociales lo han photoshopeado para colocarle un chaleco antibalas. La zona se encuentra inactiva debido a la construcción de la nueva presidencia municipal. Pocas personas transitan por estas calles. A pesar del poco afluente, no pude evitar cierto apego por mi terruño. Pero no por deliberado chauvinismo. Ni por algún sentimiento de pertenencia. No consigo explicarme el porqué. Sólo alcanzó a atisbar que está relacionado con mi convicción de que esto no es más una ciudad. La caminata entre tanta desolación me revitalizó. Estaba listo para correrme una buena borrachera. “Si he de morirme, que me maten de una vez”.
La noche anterior había soñado que a la salida del cine mi hija de cinco años y yo nos quedábamos atrapados entre el fuego cruzado. La cinematografía del sueño americano está obsesionada con destruir Estados Unidos, yo con las pesadillas que indican que esto cada vez se pondrá peor. Vivo en Ciudad Travesti. Aquí estamos todos solos y estamos muertos. Torreón acaba de ofrecerme un resumen de sus opiniones. Es profeta de su tiempo. Dice que va a continuar el mal tiempo. Van a haber más calamidades, más muerte, más desesperación. Ni el menor indicio de cambio por ningún lado. El cáncer del tiempo nos está devorando [...] Debemos marcar el paso, en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No hay escapatoria. El tiempo no va a cambiar. El pánico me atacó cuando en el sueño un bazukazo pasaba a pocos metros de nosotros. Desperté y fui al baño a vomitar. No fue una vomitada histérica. Quizá la culpa era de la hamburguesa que había liquidado esa noche junto a un six de cervezas.
Mientras regurgitaba en cuclillas en la taza experimenté una sensación más incómoda aun que devolver. Encendí la luz y me miré en el espejo. Tenía la mitad del rostro de John Merrick. No podía escupir sin mancharme todo el tórax al más puro estilo borrachín sacado de las páginas del Ulises de James Joyce. Estoy intoxicado, pensé al ver mi cara tan inflamada. Volví a la cama y me dormí. No lo pensé hasta después. Pero pude haber muerto aquella noche. Desperté con la jeta más henchida todavía. No podía ni pronunciar mi nombre. Expulsaba un balbuceo por el que seguro me felicitarían en otras latitudes, pero aquí no servía ni para decirle al taxista a dónde debía llevarme. Salí de casa envuelto en una toalla. No quería que nadie me viera. Incitaba a la carcajada sin contemplación. El chofer dedujo que me dirigía al hospital. Entré a urgencias como Calderón a gobernar este país, por la puerta de atrás.
Prurito por piquete de insecto fue el diagnóstico. Reacción alérgica al veneno de hormiga. Si mi cuerpo no lo hubiera resistido, podría haber padecido un paro respiratorio y adiós Nicanor. Lo que no había conseguido vivir en Torreón lo habría perpetrado un minúsculo asquel. Una enfermera gorda, benditas enfermeras gordas, las amo a todas, me aplicó dos inyecciones. Una en cada nalga. “¿Va a doler?”, pregunté. “Sí”, respondió. Cuando la aguja se deslizó en mi carne y el líquido se incrustó no sentí ni la brisa. Exageraciones, me dije, de estas matalotas divinas. Salí con la cabeza todavía cubierta. Caminé media cuadra y en la esquina sentí dos calambres que me cimbraron. Nunca me había dolido tanto una inyección. Me costaba caminar. Temí subirme a un taxi porque no deseaba ni presentir el dolor que me aturdiría si me sentaba. Me tardé casi una hora en recorrer unas cuantas cuadras para llegar a mi casa. Con vergüenza, veía cómo los viejitos me rebasaban. Parecía que estaba aprendiendo a caminar. En la primera calle que tuve que atravesar estuve a punto de pedir ayuda. “Que algún alma piadosa me cruce por favor”. Ni madre. No haría el oso. Me esperé a que no pasara ningún carro y seguí. Cuando por fin llegué a mi jausa me eché boca abajo en la cama.
El dolor comenzó a disminuir. Y la inflamación también. A las once de la mañana mi rostro había recobrado su dimensión original. Me pegué una ducha y me arranqué a la oficina. A las doce del día el solazo lagunero ya curtía mi carácter. El calor me pone de mal humor. Enojado permanente, no consigo acostumbrarme a las altas temperaturas. Las padezco, me agotan. He visto que en otros climas rindo más. Pero no me rajo. En este sitio he nacido y aquí estaré todavía algún tiempo. Como anuncié, me quemaba por ponerme bien mamado. Y a la salida me apliqué. Visité a un amigo. Con tanto altercado a bares, mi compa no desea volver a empedarse en cantinas. La borrachera transcurrió sin sobresaltos, encerrados en una casa. Se nos unió otro carnal e hicimos lo típico. Oír música y beber y cantar e incordiar a los vecinos y mear las plantas y estrellar las botellas vacías contra el fondo del patio. Lo intenso se presentó cuando salimos de ahí.
Dejamos a nuestro camarada en su guarida y el compa que había llegado al final y yo nos subimos pedísimos a una troca con la intención de atravesar la ciudad, que se encontraba en código rojo. Arrancamos a ciento veinte por hora y no redujimos la velocidad. Mientras mi bróder conducía -es veinte años mayor que yo- me contaba sobre la ocasión que había estado en un concierto de ZZ TOP en un pueblito de Texas, en los setenta, cuando cruzó al Chuco como mojado. En lo que me relataba cómo había compartido un toque de mota con Billy Gibbons tronó la llanta trasera de la Lobo. Ignoro por qué no nos volcamos. Con la borrachera que se cargaba, no contaba con la destreza suficiente para controlar una carriola, sin embargo, orilló la ranfla sin dificultad. Típico: no traía refacción. Quitó la llanta. Y se perdió en la oscuridad en busca de una refaccionaria abierta a las tres de la madrugada. Yo me quedé a cuidar el vehículo. Y ni estéreo traía el puñetas este.
No sé cuánto tiempo transcurrió. Seguro más de una hora. Y comencé a cabecear. Intenté dormitar en la cabina. Fue imposible. Uno de los vidrios no bajaba y me cocía del calor. Bajé la tapa de la caja pero estaba dura como la litera de un reo sin colchón en una prisión de máxima seguridad. No pensé. Se me hizo fácil. Me acosté boca abajo, en la carretera, junto a la camioneta. En pleno bulevar Torreón-Matamoros. Y me quedé dormido. Tampoco tengo conciencia de cuánto tiempo transcurrió. Sólo de que me despertaron las sirenas de las patrullas. Alguien me había divisado desde un coche tirado sobre el asfalto y me confundió con un ejecutado. Sin desearlo, desplegué un gran movimiento policiaco. Cuando se percataron de que estaba vivo y les expliqué la situación, se emputecieron. Querían llevarme preso. Querían tablearme. Querían cogerme. Dispararme. Pero les solté que era periodista y tuvieron que dejarme en paz.
Mi compa regresó en una camioneta destartalada con el vulkanizador, la llanta desponchada y una caguama en la mano. Debían de ser las cinco de la mañana. Le relaté el episodio con la policía. Una verdadera suerte que me dejaran ir. En este pueblo la ley es muy severa en torno al tema de conducir en estado de ebriedad. Pero yo era el copiloto. Arrancamos y nos dirigimos al centro. Escamados. No fuéramos a encontrarnos con alguna de las ocho patrullas que fue a despertarme y que estacionadas llegaban hasta el semáforo que está frente al Campo Militar. Pensarían que andábamos en la zozobra. Movíamos droga. O atracadores. Entonces sí nos meterían presos.
Mi compa no me llevó hasta la puerta de mi casa. Me tiró en el bulevar Independencia, a unas cuadras de la Plaza de Armas. Empecé el diáfano trayecto a mi morada. A pesar del circo, el susto, la peda no se me había bajado. En una de las bancas de la plaza me saludó uno de los clochards con tintes de intelectual que vagan por la ciudad. Hay tres o cuatro por ahí, que son eruditos a su manera, frecuentan libros y tertulias semiliterarias. También era la hora para él de marcharse. Me propuso que partiéramos juntos. Quizá planeaba discutir conmigo alguna de las teorías que tanto le macilaban el pensamiento. Pero nuestros caminos estaban divididos. Él caminaba por Morelos, yo por Allende. Me insistió que optara por sus rumbos. “Esta avenida nunca está sola. La habitan las vestidas. Estamos en Ciudad Travelo”. Tenía razón. Cuando todos se guardan, incluso el crimen organizado, los travesaños se adueñan de la noche
Desperté aquejado por otra méndiga pesadilla. Andaba agarrando el pedo. En un bar. No logro identificar en cuál. Recuerdo que había poca iluminación. Ignoro si debido a las tenebras de la pesadilla o la decoración del lugar. Estaba toda la flota. No creo en los sueños precognoscitivos, pero no consigo renunciar a la idea de que ese significaba algo en especial. Inexplicablemente abandoné el congal. No fue por mala copa. Ni siquiera me había embriagado. Tampoco me faltaba dinero. Una sensación indefinida me conminaba a marcharme. Nunca en mi historia había sido el primero en largarse de una cantina. Simplemente me fui. Ovacionado por la bulla general.
Minutos después de que saliera rafaguearon el lugar. Todos mis amigos murieron. La onda no terminó ahí. En el maldito sueño se sospechaba de mí por ser el único sobreviviente. Se presumía que estaba implicado. Pero yo no sabía nada. De lo contrario habría incitado a una desbandada general. Nadie me creyó. Entonces sonó la alarma del despertador. Mientras me bañaba, me reprobé a mí mismo por fantasear con la caída de mis bróders. Días después la pesadilla obtendría sentido para mí debido a un asesinato. Mataron a Villarreal, el dueño de los Billares Torreón, de veinte puñaladas. Pepe Ramírez (quien ahorita se encuentra hospitalizado. Saludos, Pepetre) y yo frecuentábamos su negocio. Siempre supimos que era homosexual. Aunque su aspecto lo desmintiera. Era más fácil tomarlo por un vendedor de semillas o un repartidor de Marinela que por un maricón. Su gordura, su bigote, sus lentes: cualquier contador venido a menos. Pero tenía el mismo vicio que Fernando Vallejo: los muchachitos. Contrataba puro efebo proclive a ser seducido.
No dudé que se trató de un crimen pasional. Descubrieron el cuerpo afuera de la cantina. Sucedió después de las dos AM. Villarreal sólo abría los domingos cuando había futbol. Fue la segunda fecha del presente torneo, cuando Santos derrotó a Chivas uno a cero. No eran necesarias tantas puñaladas para robarlo. Empiezo a sospechar que fue por amor.
En las redes sociales se armaba alboroto porque varios días atrás el presidente de Uruguay había legalizado el consumo de mariguana. La noticia gozó de cierto impacto en algunos círculos intelectuales. En Torreón no pasó totalmente desapercibida, pero le restamos atención debido a problemas domésticos. Debido a una explosión, la verdad no se conoce la causa con exactitud, desalojaron el tercer piso de la Clínica 71 del IMSS. Se achaca el siniestro a una balastra. Nadie se la traga. Desde hace tiempo la 71 sufre atentados por parte de grupos armados. Sicarios han entrado y acribillado a miembros de organizaciones rivales que se encuentran hospitalizados. Todos los no peritos coinciden en que fue premeditado. Con anterioridad se había presentado un hecho similar en la planta de la empresa Coca Cola. Y no mencionemos las decenas de granadas que se han diseminado por la ciudad y no han conseguido detonar.
Las vestiduras que se andaban rasgando algunos debido a la aceptación de la “fritanga”, leí por ahí que varios querían cambiarse la nacionalidad, me trajo a la mente un mal rato que le hicieron pasar a un rapero local. Conducía su coche y miembros del ejército le ordenaron que se detuviera. Lo interrogaron. Le preguntaron si portaba armas o droga. Se negó. Después de registrarlo le descubrieron un carrujo de mariguana. Lo golpearon. Y le arrojaron las llaves de su auto lejos para que batallara en encontrarlas. En los medios se vitoreaba o vilipendiaban las medidas del presidente uruguayo, y en nuestro país, donde desde el año 2010 se despenalizó la portación de estupefacientes, seguían ocurriendo estos penosos incidentes. Me pregunto hasta dónde son conscientes, qué iluso soy, pero seguiré adelante con mi punto, los policías o soldados sobre la idea que asegura que la guerra contra el narco arruinó para siempre el trabajo policiaco o militar. Con la noción de que estamos en guerra, todos los que pertenecen a los distintos cuerpos del orden se creen combatientes. Y una guerra necesita un enemigo. Y la ley se ha confundido. Piensa que toda la población se ha vuelto del otro bando. Y lo que debería de proteger lo ataca. Y todo lo que debía preservar lo destruye. No voy a defender ningún rango, pero pobre de aquel que caiga en las manos de la política calderonista.
El adicto siempre es quien la lleva de perder. En principio no tendrían nada de qué ufanarse los uruguayos. Aquí puedes cargar tu dosis personal. Pero la realidad es que si te agarran los chotas con alguna sustancia te tratarán como a un criminal. La fantasía del Senado de que se te tome por un toxicómano es una puñeta mental. Consumir drogas en México no es ilegal. Lo ilegal es comprarlas, llevarlas. Y más con las medidas que han tomado los cárteles de aniquilar a los consumidores. Pese a lo anterior, el emporio de la droga nunca se verá en peligro de extinción. Porque mientras algunos capos están en el narcotráfico por negocios, otros están por el estilo de vida. Entonces es difícil saber por qué se pelea. No por el dinero. Quizá por inercia.
No, no estaba el culo para besitos, pero quería documentarme sobre en qué estado se encontraba el narcomenudeo en La Laguna. Y la única forma de descubrirlo era ir a comprar. Como dije, no recuerdo la última vez que “conecté”. Debió ser antes de que naciera mi hija. Cuando me convertí en papá me desintoxiqué involuntariamente. No es que hubiera experimentado una especie de revelación o epifanía, y decidiera dejar de drogarme como un acto de madurez ante el milagro de la paternidad. Por aquellos años atender a la bebé absorbía todo mi tiempo. Mi entonces pareja trabajaba por las tardes. Y dormía hasta tarde por las mañanas. Como yo estaba desempleado me correspondía responsabilizarme. Sin quererlo me regeneré.
Todos mis dílers han muerto. Desde antes de que me retirara, el sistema de distribución de droga había fenecido. Nunca más se obtendrían servicios de venta de droga a domicilio. Para obtener unos cuantos gramos de la más pésima calidad de coca que había consumido en toda mi vida, me arrastré hasta la colonia El Consuelo. La nueva modalidad es que el polvo no se empaqueta más en bolsitas de plástico o papeletas, en adelante la presentación será en cápsulas de color amarillo. Me metí a aquel mugrero y me despedí de mis días de adicto. Con aquella porquería cerraba toda una era de experimentar con sustancias.
No recuerdo tampoco cuánto tiempo duré limpio. Cuatro años o cuatro y medio. Volví a probar la coca en el DF. A mí regreso a Torreón me descubrí sin un díler, sin nadie que conociera un conecte, aislado por completo de la oportunidad de comprar droga. Era peor que estar desnudo a media calle. Y tampoco me animaba a ir por mi propio pie a los puntos de venta. Menos después de que a un morro del barrio lo mató un cartel por ser cliente de la competencia. Y a menos que te arriesgues a adentrarte en las colonias es imposible conseguir un “arreglo”. Si ha dejado de ser un asunto de dílers, me dije, alguien debió asumir la bronca. Fueron los taxistas.
En la actualidad, en Torreón una dosis cuesta ciento veinte pesos, más ochenta o cien pesos de la carrera. Sólo se puede conseguir producto de parte de dos cárteles, del Chapo Guzmán, en cápsulas, o de los Zetas, en bolsa Ziploc adornada con un dibujito, el distintivo. Cuando regresé a las andadas, tuve que contactar a un taxista. Le marqué a su celular desde un teléfono público. Temeroso de que me mandara al buzón. La paranoia no descansa, y si algo les produce desconfianza, los que trapichean con droga no te contestan la llamada. Me citó en unos billares. “Estaré sentado en la barra, aquí lo espero”. Apenas me planté junto a él le invité una caguama, sin consultarle. Le pedí al cantinero que le sirviera lo que estuviera tomando. Y pagué. De inmediato me gané su afecto. No importa cuántas veces los dílers o los taxistas te defrauden, siempre estará uno para complacerlos. Son nuestro conducto al vicio, eso no tiene precio.
Fue así como conocí a J. Y me convertí en su cliente. Su vida era igual o más fascinante que la de un gran capo. Había sido hippie en los setenta. Probó los ácidos. Era un mariguano consumado, aficionado a la coca y un devoto a la “piedra”, es decir: al crack. Desde que obtuve su celular jamás me tuve que exponer para comprar droga. No tenía nada de qué preocuparme. Me olvidé de los “puntos”. Era un alivio ahorrarse el viaje hasta las colonias conflictivas. Recibía la droga en casa. Lo que indicaba que tal vez no todo estuviera perdido. Sin embargo, al paladear la pésima calidad del producto, cae sobre ti el peso infecto de la realidad. Pero como dicen los adictazos de estos rumbos: “No existe peor coca que la que no hay”.
Por fin me decidí, visitaría un punto de venta, para no exponerme demasiado. Aunque al final terminé por acudir a dos, debido a circunstancias inherentes a la compra misma. La semana había estado pesada. Además sucedían otras cosas por “debajo del agua”. Que no aparecían en los noticieros. Como el secuestro de dos niñas de trece años en el ejido Ignacio Allende, que es zona conurbada, pues ha sido devorado por la ciudad, que se encuentra a espaldas del fraccionamiento Viñedos. A una de ellas, de nombre Alejandra, hija de un trailero, la levantaron para pedir ocho mil pesos de rescate. El único rasgo en común, pero no determinante, es que ambas estudiaban violín. Pero no fue esto lo que me llevó a decidir. El detonante fue la muerte de Mr. Jones.
Amo a los perros. Siempre los he adorado. Tengo dos tatuados en el antebrazo derecho, un grabado del artista mexicano Ricardo Hernández, que aparecieron en la portada de El llano en llamas de alguna de las ediciones del FCE. Pero la gente considera lo contrario. Se confunden. Para mí la mayoría de las mascotas que viven en los hogares no son “perros”. Can que no es capaz de ganarse la vida por sí mismo en la calle no merece tal apelativo. Detesto a las caricaturas nerviosas, enanas, que viajan en bolsitas o en los brazos de las mujeres. Que usan moñitos en el cuello en lugar de collares, o que los llevan a las estéticas para cortarles el pelo de manera ridícula. O que llevan una dieta digna de un enfermo terminal.
Hacía tiempo que no tenía una mascota, hasta que apareció Mr. Jones. No era un animal grande, iba en contra de mi definición de perro, incluso. Una tarde, a la salida de la clase de ballet de mi hija nos topamos a este perro, de raza indefinible, cruzado con de la calle. Nos siguió varias cuadras, hasta que abordamos un taxi. Al vernos dentro, no dudó y de un salto se montó en él. Lo bautizamos Mr. Jones en honor a la canción de Amy Winehouse, de quien mi hija es fan irredenta. No le gustaba estar encerrado, siempre andaba en la calle. Cómo me recordaba mis años de juventud.
Entonces, las vecinas, viejas brujas de la cuadra, se comenzaron a molestar con su presencia. Hasta que un día desapareció. Lo dimos por muerto. Después de diez días regresó. Mi teoría es que lo tiraron lejos de casa. Pero encontró el camino de regreso. Me sentí fascinado ante el hecho. Qué vida más intrépida la de mi perro. Desconocía su origen, si tenía dueños. No lo robamos. Decidió unirse a nuestra manada. Y unos meses después había desaparecido. Vagó por rumbos desconocidos, sin comida, como un auténtico perro, jugándosela. Y ahí estaba de nuevo. Pero sólo duró un día. Algún vecino hijo de puta le echó el auto encima y lo atropelló. No supimos quién lo hizo. A los dos días tuvimos que sacrificarlo. Me la pasé llorando varios días. Pinche gente. Por eso esta ciudad está como está. La dieta básica del norte es la violencia. Contra el que se deje, contra nosotros mismos, contra los animales.
Sabía que no era buena idea acercarme a un “punto”. Pero en honor a Mr. Jones dejé de lado la sensatez y le marqué a J. Para mi sorpresa me llevó a la colonia Moderna. Siempre ha tenido fama de barrio bravo, pero desde hacía rato que las acciones delictivas se encontraban concentradas en otros lares de la ciudad. Me subí en el asiento del copiloto. Quizá lo indicado era el trasero. Como si fuera un cliente y no un acompañante. Tomamos el bulevar Constitución y accedimos a la colonia. No era un gueto, pero a pesar de que el sitio donde venden está alejado de la entrada, desde que ingresas te tienen vigilado. Saben qué vehículo entra y con que características. Para alcanzar al que la vende, debimos atravesar un partido de futbol callejero, lo que nos obligó a reducir la velocidad a diez kilómetros por hora.
No había. Decidimos movernos. Y enfilamos rumbo a la Victoria. Desde el principio creí que compraríamos la droga en la Durangueña o en San Joaquín. Pero J conocía todos los rincones del poniente. Cruzamos las vías que están junto al panteón municipal y ya estábamos en la colonia. Tras avanzar unas calles, al pie del cerro, J se bajó de la nave y entró en un callejón. Me paré a unos pasos de él para registrar la acción, pero sólo le soltaron una advertencia. Viene el ejército. Salga por el otro lado. Y en efecto, abandonamos la colonia por un camino de terracería. Sólo tiene una entrada, y cuando la divisamos de lejos, vimos a los soldados levantar un “topón” en el acceso. Era una ventaja ir con J. Era conocido. Si hubiera sido otro, con seguridad nos hubieran trampado los soldados. No teníamos nada que nos incriminara, pero no son pendejos. Saben a qué vas. Y nos hubieran tableado o mantenido cautivos por dos horas. Aunque no lo pareciera, la libramos por unos segundos. Un poco más que nos hubiéramos tardado y nos tendrían en sus manos.
J dispuso que regresáramos a la Moderna. No lo contradije. Pero había tenido suficiente. Debí dejarlo para otra ocasión. Sospechaba que el ejército también estaría en el otro punto. Y estuve a punto de decirle que me bajara del taxi, que lo esperaba en el bulevar Constitución, pero me contuve. En la Moderna todo era Ham on rye. Seguían sin droga. Mientras esperábamos, orinamos pegados a la barda que colinda con el lecho seco del Río Nazas, más allá se encuentra la hermana república de “Gómez Balazos”. Bonito me vería yo al mear en uno de los territorios más calientes de mi tierra. No me sorprendería que por deporte alguien me disparara desde su ventana. O una pala se estrellara en mi cráneo por alguien que se sintiera ofendido de que le regara la pasada.
Nos estacionamos a media cuadra del punto. La droga tendría que llegar. A estas alturas ya se había formado una fila de desgarbados que esperaban su polvo como nosotros, pero la horda más numerosa y famélica estaba conformada por “piedros”. El panorama no lucía tan desolador como en otras áreas. Y pese a todo, la cuadra bullía de vida. Un puesto de tamalitos mantenía un flujo constante de gente.
Apareció la droga y salimos de ahí. Cómo es posible que puedan convivir con el narcomenudeo, le pregunté a J. “Están contentos”, me respondió. Desde que el cartel del Chapo Guzmán expulsó a los Zetas del poniente de la ciudad, la calidad de vida es otra. Se terminaron los abusos, desde el más elemental como no pagar en la miscelánea, hasta la violación. Si un miembro de la familia sufre un agravio por parte de un mayor o alguien de la cuadra, basta que informe a los capos para que obtenga su merecido. La civilidad de los bárbaros. Se puede arriesgar la vida por droga de pésima calidad, pero está prohibido el abuso.
Después de concretar el cometido, liquidamos un par de cervezas en un bar. Y me largué a dormir. Aquella noche me volvieron a asaltar las pesadillas. Soñé que en una sola tarde ejecutaban a setenta y cinco en Torreón. Al día siguiente, aparecieron cadáveres de cuatro mujeres que habían sido torturadas en un campo de beisbol. Y horas más tarde catorce supuestos coahuileneses secuestrados fueron hallados en una carretera cercana a San Luis Potosí. Sólo resta esperar qué le aguarda a esta ciudad para después del primero de diciembre.