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Recordando a Gabriel Figueroa
2012-11-09 15:29:09


Por Guillermo Sánchez Cervantes

Cuando era niño vi muchas películas del “cine de oro mexicano” junto a mi abuela. Cada domingo por la tarde ella se aventaba cintas de Andrea Palma y María Félix. A esa edad yo no entendía gran cosa, mucho menos me ponía a pensar en la labor que había detrás de una película filmada en blanco y negro. Lo único que tenía claro era que nunca sabría si el vestido de la Doña era violeta o rojo. Pero en efecto, había un artífice detrás de aquellas escenas que han hecho historia.

El cineasta Emilio Maillé presentó este jueves en el Festival Internacional de Cine Morelia su más reciente documental, Miradas múltiples, sobre Gabriel Figueroa, el cinefotógrafo que legó al cine mexicano todo un discurso estético inigualable en cintas de Luis Buñuel, “El indio” Fernández, Miguel Gavaldón y hasta en el cine de John Huston. "Su fotografía no sólo era en blanco y negro, sino que había tonos radicales, de gran contraste, era una fotografía dramática, sensual y hasta sexual. Provocaba imágenes arrolladoras", dice Maillé en entrevista. "Lo querían hasta para las películas de Marilyn Monroe."

Musicalizado por el británico Michael Nyman, el documental reúne los testimonios de veinticinco cinefotógrafos reconocidos que han trabajado con cineastas como Roman Polanski, Lars von Trier y Wong Kar Wai, entre muchos otros. A cada uno Maillé envió una selección de secuencias con lo mejor de Gabriel Figueroa, para más tarde entrevistarlos y filmarlos en blanco y negro. Unos habían visto al menos una película suya, otros apenas lo descubrieron. Cada uno dio un testimonio sobre su trabajo en el cine.

“Es interesante la conclusión a la que todos ellos llegan. Lo que Figueroa hacía era 'fabricar' películas. Iluminaba una escena a modo de claroscuros, se fijaba mucho en los rostros de los actores, en sus formas, en los sets, y buscaba los mejores contrastes. Sin la iluminación, la imagen desaparecía de la pantalla, no se podía ver nada. Ahí radicaba la importancia de los cinefotógrafos en aquellos años. Figueroa usaba un aparato hoy ya en desuso que medía los niveles de iluminación de un set”, dice Maillé.

Se prevé su estreno en marzo de 2013. Es un filme que invita también a reflexionar sobre los cambios que hay y vendrán en la industria. ¿Qué sucederá con los cinefotógrafos? ¿Seguirá vigente su trabajo, sobre todo cuando el futuro digital indica que más que retratar mundos, se necesita recrearlos? “El color se convirtió en el opio del pueblo”, declaró en el documental Ricardo Aronovich, cinefotógrafo de Costa-Gavras.



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Si algo quedó claro en esta edición del FICM es que el documental mexicano está en un gran momento. No sólo por el soberbio trabajo de Maillé, sino por la labor de investigación en el pasado, como en El paciente interno de Alejandro Solar Luna, o el retrato de una mujer que revela una realidad en el país tan dolorosa, como La revolución de los alcatraces de Luciana Keplan.

En 1993 una abogada investiga el caso de un hombre internado en un pabellón psiquiátrico, que afirmaba haber intentado asesinar al entonces presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, el 5 de febrero de 1970 en la ciudad de México. Descubre irregularidades en su ingreso y diagnóstico. Esta es la historia de Carlos Castañeda, que a sus 19 años desafió al gobierno más represor del México contemporáneo. Y que el diario La Jornada sacó a la luz por primera vez en 1993.

Carlos Castañeda estuvo encerrado durante cuatro años en un pabellón psiquiátrico construido especialmente para él, donde no tenía contacto con ninguna persona y para poderse bañar le tenían que oprimir un botón desde afuera de su celda. Más tarde, estuvo 19 años en el Pabellón 5 bajo condiciones infrahumanas. Se le acusó de ser un peligroso esquizofrénico con delirios religiosos. Había querido matar al ex presidente, declarándose él el vengador de los estudiantes muertos en Tlatelolco.



El miércoles por la noche me reuní con Luciana Kaplan en el hotel Virreyes. Una joven documentalista que presentó su polémico filme La revolución de los alcatraces. En ella retrata el ascenso de la indígena y activista Eufrosina Cruz Mendoza, originaria de Oaxaca, como diputada plurinominal. Durante dos años Luciana la siguió con su cámara por todas partes.

“En 2007 Eufrosina se hizo muy conocida en los medios, cuando le niegan en su comunidad —Santa María Quiegolani—, el derecho a convertirse en presidenta municipal, según las leyes de usos y costumbres. Y le anularon sus votos, la gente del pueblo no podía permitir que una mujer ganara. Las mujeres indígenas no tenían derecho ni a votar. Eufrosina se volvió una activista imparable, una que pugnaba desde adentro las leyes para las indígenas”, dice Kaplan.

Al principio pensó que estaba haciendo el documental de una simple activista que buscaba la igualdad de género en comunidades indígenas. Retrató el día a día de las indígenas de Oaxaca, que sólo podían ser bien vistas si se dedicaban a moler maíz y hacer tortillas.

“Hacer este documental fue como lanzarse al vacío, no sabíamos qué iba a pasar, nunca nos imaginamos que a un año y medio de estar filmando, Eufrosina llegaría al Congreso de su estado. Ella accedió desde un inicio a este documental, y nos abrió las puertas de su vida y pude así vivir de cerca su lucha”, dice Kaplan.



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Tras el éxito que tuvo Amor, dolor y viceversa en el FICM del 2008, Alfonso Pineda-Ulloa y el argentino Leonardo Sbaraglia repiten mancuerna en la misma ciudad, en el mismo festival, pero ahora con la cinta Restos, basada en la novela homónima de Blas Valdéz. Participan también los actores Manolo Cardona e Ilse Salas.

Es la historia de Daniel, un hombre sonámbulo que vive aislado en un hotel con vista al mar. Durante el día se la pasa bebiendo mientras recuerda su historia trágica con Elena, quien terminó suicidándose hace unos años. Cada noche baja dormido a la playa, entre la desesperación y el dolor, vaga con los pies descalzos hasta que se topa con una mujer ciega que es maltratada por su marido misógino. Cada noche ella también baja para llorar sus tormentos. Ninguno puede verse a la cara.

“Después de Amor, dolor y viceversa, quería contar una historia de manera distinta. A final de cuentas siguen siendo dos historias que se van entrelazando, pero quería contar la historia de personajes atrapados por sus propias decisiones. Esta película me permitió trabajar mucho con los actores. La primera tenía una estructura que no me dejaba jugar mucho con la edición, con Restos sí se pudo”, dice Pineda.

Filmada en Barra de Coyuca y Pie de la Cuesta, Guerrero, es una película que impuso una serie de retos al director. “Me encontré que eran personajes que los actores nunca habían interpretado, y me exigió muchísimo como director, meterlos de lleno en la problemática interna de cada uno. Todos nos aventamos a la misma alberca y aprendimos cómo hacerlo ahí”, dice.

Sin fecha aún de estreno en los circuitos comerciales, es uno de los largometrajes favoritos. Alfonso Pineda se la vive ahora volcado en un nuevo proyecto: una película de terror con Paz Vega.

 
 
   
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